En llagas…

…heridas que no cierran y sangran todavía dice un tango, cuál era? No importa, era un tango triste… otro más.

Pero cómo pude dejar de sentir esas llagas que me produjeron tu pérdida? Nunca sabré cómo, tampoco sabré cuándo me llegó el perdón y la aceptación de que no volveríamos a ser nunca más, lo que fuimos y seremos eternamente, esa legítima maternidad de la que hice alardes.

Ni me cuidarás, ni me verás envejecer, ni volveré a ver el futuro por tus ojos, no serás más mi orgullo, mi desvelo ni mucho menos, mi consuelo.

Te arrancaste de mi cuerpo en mi parto casi adolescente y te arranqué de mi lado, te enterré y lloré como muerto. Ha sido una larga llaga viva que me dejó sin piel durante años.

Ya no recuerdo tu mirada, esos ojos por los que sobreviví en el horror de aquellos años. Vencida mi ideología rebelde, encerrada, encapuchada y golpeada, me aferraba al recuerdo de tus ojos de niño para poder resistir.

La vida tuvo tantos tumbos y vueltas que terminé vencida pero logré sacarte de mi vida. No fuiste mi gloria, ni mi perdición, fuiste el hijo pródigo que se rebeló contra mí y jamás regresó.

Una lección te he dejado, una sola, por la fuerza, por obligación, jamás: ahí dejé de ser tu madre y fui mujer.

Lo siento, no aprendiste nada. No te di nada, ni te pediré nada.

Ahora la llaga ha cicatrizado…

Vorágine

No estoy preparada, no tengo resistencia, esta vorágine de clic y más clic y vivir entre pantallas, me agota.

Y ya no sé cuál es mi personaje favorito ni a quién debo responder primero y qué me olvidé de enviar y si era por correo o por Red Social.

Para compensar ya no sé escribir con birome, no sé cursiva y con la imprenta se me mezclan mayúsculas con minúsculas. Recurro a esto y lo otro y sigo clic clic clic…

Esta vejez es agobiante, mi abuela lo tuvo más sencillo, se han triplicado las formas en veinte años, soy un dinosaurio que todavía trabaja y además, le gusta el clic clic clic y cree que esto está buenísimo…

Perdida en la vorágine…

Inocente

Cómo mis gatos: me confieso inocente. Ellos no fueron traídos a mí, los busqué. No son mis hijos, ni mi hija. Los adopté con el afán de tener mascotas.

Están aquí y a veces, me maúllan pidiendo comida, caricias o que abra la puerta. Qué saben ellos de esta tristeza infinita? Son inocentes.

De esta desazón que me hunde en esta cama, son inocentes pero me buscan e intentan acompañarme, instinto?

A veces huraños mis gatos se aletargan y siento que nos parecemos. Soy inocente. Me tiendo me aíslo y no quiero ni caricias…será tan grave, me pregunto, ser inocente y no entender porqué la vida algunos días te resulta extraña pesada y hostil?

Tanta soberbia es innecesaria, una puede sentirse mascota de la vida y ser genuinamente inocente. Todo no puede saberse, ni resolverse, menos aún, entenderlo. Es así… hasta que se active otra vez, eso que llaman » instinto de supervivencia » y saldré a maullar y pedir alimento, incluso volveré a ronronear, agradecida…

Dolerse

Mi vieja gata se lame, se lava, se acicala.

A su edad ya no necesita otra cosa que su propio yo.

No está en celo, no busca dueña, no necesita casa ni comida.

Mi gata se lame horas enteras y me dirás qué es su naturaleza.

Tal vez sea así…

Mi yo mujer tendré en mi naturaleza poder lamerme dolerme llorarme?

…

Sin medicación por favor !

Denme la posibilidad de bajar la guardia y recorrer mis dolores, lamer mis heridas invisibles sin vuestra atención…

Tal vez también sea un recurso natural como lo es para mi gata…

Viejas putas y rojas

 

De esas rojas putas

heredé el gusto por el tabaco y

la pasión por los que están bajo presión.

El gusto por la letra impresa y estrictamente leída.

El inmune sabor de lo que podría ser una revolución

la clarividencia para detectar a los fascistas

el terror a las capuchas desaparecidas

el pánico a los autos de patrulla

el asco impoluto a todo uniforme

el asedio de noches en blanco, pensando.

El amor al orgasmo libre sin trámite alguno.

De esas viejas rojas, putas,

me he heredado casi todo

Ahora soy yo la vieja, la puta, la roja,

delirante en este mundo de computadoras,

la que sigue soñando y sigue enarbolando consignas

la que escribe y sigue pensando en los de más abajo

la que se duele sin tregua de lo que no fue

la que parió hijos y perdió hijos

la que alborota a los nietos soplándole frases

la que sigue escribiendo en esta madrugada,

atroz de calor y humedad,

las mismas  ideas de las viejas putas y rojas

que una vez fueron mi sangre,

anarcas, comunistas, putas, bien putas,

locas, muy locas,

así, las he heredado y me dispongo a seguirlas legando

a otras, a otros, a muchas y muchos, si puedo…

La puerta

Qué época terrible para amarse de esa manera. Qué pasión desmedida que no debió ser. Qué escándalo hubiese sido, la vergüenza de ambas familias y el destierro social para ambas.

Por eso siempre se mantuvieron cercanas, mejores amigas, compañeras. Tragaban las ansias de tocarse, besarse, abrazarse. Lo disimularon por años.

Cuando llegó el tiempo de casarse, lo hicieron apropiadamente. Estaría todo más o menos arreglado? No lo sé pero,en esos años 40 era muy complicado para una mujer liberarse del yugo social y familiar. Tal vez fue pura estrategia femenina…

Tuvieron sus hijos, los cuidaron hasta con excesos, ayudaron a que sus maridos progresaran económicamente y se fueron a vivir a casas contiguas. Lograron incluso que sus amigos, hombres simples de trabajo, fútbol y alguna copa, fueran amigos.

Cuando los hijos comenzaron a estar cada vez más llenos de estudios y los maridos engordaban tranquilos, hicieron la puerta por donde ambas casas se comunicaban.

Por esa puerta pasaban su amor cada vez que podían. Esa puerta las liberaba, pasándola se permitían ser, amarse y olvidar.

Y cuando ya viejas y viudas se quedaron solas, a nadie le extrañó que la puerta quedara definitivamente abierta. Se cuidaron y amaron en la vejez como nunca habían podido. Las viejas, a ojos de los demás, son seres asexuados, por eso, las dejaron libres…

Juego de té

Cuando la señora Robinson le regaló el juego de porcelana para el té, Rosalía tembló, lloró y agradeció como un mendigo famélico frente a un pan.

Ella venía del campo, tierra arada con su sudor y regada por sus lágrimas. Mientras cultivaba la tierra del señor Robinson, soportaba la horfandad como podía. Sus hermanos la dejaron al cuidado de los dueños de las tierras una vez que los padres murieron.

Y Rosalía aró, sembró y lavó pisos y ropas, llorando por los rincones las embestidas de los niños de la casa como podía. Cada noche trancaba la puerta de su cubículo pero cuando los mayores tuvieron fuerza, la derribaron y ya nada más pudo hacer.

Mientras lloraba y trabajaba descubrió que también podía coser y se ilusionó con hacerse un vestido, no tenía ninguno. La señora Robinson le fue proporcionando telas e ideas, que al fin y al cabo, tampoco estaba de acuerdo con sus hijos mayores, pero no se enfrentaba ni al padre ni a ellos.

En un año de sacrificios fuera de hora, Rosalía tuvo una profesión como para huir a la ciudad y la señora le dio el juego de té de su abuela. Era lo único que nadie extrañaría. Rosalía partió en la madrugada con sus trapos e ilusiones, cuidando el juego de té más que la vida que latía en su panza que ya era casi obvia.

La señora Robinson la bendijo y rezó horas y días para no volverla a ver.

Martha duerme sola

Desde niña y a pesar de sus pesares, decidió dormir sola. Y ni una sola vez durmió en un campamento escolar. Siendo como era simpática, buena alumna y mejor compañera.

– No compartiré mi sueño ni mi cama con nadie…ni siquiera la misma habitación.

Me llamaba la atención que soportara estoicamente todo tipo de burlas e insinuaciones. La admiraba por tomar esa decisión y mantenerla.

Pero llegó la Universidad, su vida lejos de complicarse, se liberó. Tenía dinero suficiente como para dormir sola, sin dudas. Pero llegó el amor y fueron muchos, montones de amores.

– Nunca me quedé a dormir con ninguno- dijo solemne y le creímos, porqué no?

Después le llegó el otro amor, con mayúscula, anillo y promesa de casamiento. Y la vimos casarse y la vimos feliz. Y ya nadie le preguntó nada, era obvio que había encontrado con quién dormir.

Dejamos de vernos casi por veinte años. Cuando nos reencontramos la alegría fue mutua. Seguía luciendo su sonrisa transparente y un cabello hermoso. Tenía cuatro hijos y su cintura no lo denotaba. Cuando se lo dije me hizo un guiño:

– Es el secreto de dormir sola…

– Pero – asombradísima pregunté- cómo es eso? Y tu marido?

– Acuerdo prenupcial- me aclaró tomando un largo sorbo de vino.

– Y tus hijos? No…?

Nada, me explicó, los hijos se habían acostumbrado a las habitaciones contiguas. Y en su mundo, era normal.

Después cuando su vida casi tocaba el ocaso, me confesó que se había enamorado como una adolescente de un pintor de vanguardia. Que hizo lo inconfesable por no traicionar a su marido pero la pasión la pudo. Arrebolada de rosa su cara, en nuestra última charla, en un susurro me confesó:

– Me dormí… si, si, yo me dormí esa noche! En su cama, en sus brazos… es de locos lo que me ha pasado… y a esta edad.

Nos escribimos por años, mi viaje al Sur nos separó por segunda y última vez. Nunca más me habló de esa aventura que no sé cuánto duró. Un infarto la sorprendió en su cama y la encontraron casi veinticuatro horas después. Sola, claro.

Me dejó algunas pinturas que debo de ir a recoger y aún no junto el coraje…