Las vísperas

Allá atrás del vidrio la lluvia anuncia,

los árboles sin hojas esperan y saben,

los abnegados de siempre caminan,

saltan charcos, se mojan,

se aproxima el aguacero.

Sabemos que será ruin y arrasador

como tantas veces,

el río llenará las calles y expropiará,

cual terrateniente inmoral,

las casas de las calles bajas.

Omnipotente seguiré desde mi ventana.

Veré caer un aguacero tras otro,

intentaré escribir sin olvidarme que

son otras y otros los que sufren más.

Me refugiaré en palabras que no son

ni de pan, ni de paz, ni de consuelo.

Intentaré decir que me da mucha pena,

que no puede ser que en esta Era

las personas sufran por malos planes,

por necedades llenas de propagandas,

por los eternos demagogos que prometen… prometen… y por la necesidad humana de creer y creer.

Estamos viviendo las vísperas de esas inundaciones crueles que tiene nuestro hermoso río.

Pasará de ser el “ de los pájaros pintados” a furioso caudal que se lleva vidas y ranchos, ropas viejas y mascotas ahogadas. Pobre río culpable. Apretujado de Represas hidráulicas que deformaron su curso y quitaron su paisaje.

Crecerá y la pobreza será como

la inundación,imparable. El paisaje será fotografiado y se verá en las pantallas.

Mi ventana me mostrará implacable como llueve sin parar. Mi mente recordará otras inundaciones y agradeceré estar aquí arriba. Y me dolerá la asistencia tardía, la tristeza de los más viejos y la prepotencia de los que miran con indiferencia . 

No sé cuánto tiempo durará estas vísperas de la catástrofe. Un mes, una quincena. 

El agua se detendrá cuando quiera. 

La pobreza será más cruel.

La visión del Río será aterradora.

Fantasmas de otras inundaciones volverán a verme. No dormiré ahuyentando las visiones oscuras de otras crecidas. Me despertará el aguacero en las madrugadas y pensaré en los que piden auxilio y ven sus trastes irse en la correntada.

Nada haré, poco se podrá hacer. Los damnificados serán los agredidos de siempre. Los auxilios serán pocos como otrora y de este lado de la ventana pensaré, qué más podría hacer. Y solo buscaré refugiarme en palabras que imiten el dolor que me produce desde estas vísperas, la inundación con luna de agua que no cesará hasta que no quiera.

Aeropuerto desconocido

Usted creyó que ya llegando a su destino había acabado el aprendizaje forzoso. Porque usted eligió un destino donde hace muchos años vive un amigo que no ha vuelto a ver.

Y pensó que apenas llegara al aeropuerto su amigo estaría ahí. Dónde? Si a usted le toca hacer migraciones, cuando encuentre el camino correcto, le toca sacarse nuevamente el cinturón, los zapatos y llenar papeles. Le preguntarán donde se quedará y usted tendrá que recordar la dirección de su amigo. Recuerda dónde la anotó ?

Hace unos meses intentó aprender lo esencial del portugués para no tener problemas. Se olvidaron de decirle que el portugués de Portugal no suena ni parecido al brasileño. Después de una hora recorriendo ese otro circo llamado aeropuerto, usted ve con inmensa alegría la salida. Y hasta se pensó que encontraría a su querido amigo ahí nomás, en la puerta. Pero ve un alud de personas con carteles esperando, oteando el mar de pasajeros que como usted, intentan dar con su contacto.

Cuando logra ubicar a su amigo se da cuenta que hace veinte años eran muy jóvenes y que ahora se abrazaban sorprendidos y extrañados. Usted está adquiriendo la cultura de “ veinte años no es nada” que cantó Gardel y ni usted ni su amigo escucharon.

El trecho a la casa del amigo de hace breve, tanto por contar, tanto por decir. Llegar a conocer a la familia. Llegar y darse cuenta que el nivel de vida es otro pero, aún así la casa es pequeña, tienen dos hijos y deberá compartir con ellos la habitación.

Usted ha comenzado a entender que ser rico, clase media o clase obrera en Europa no es lo mismo que en Sudamérica. Pero aún no termina la lección.

Por dos días pasa casi encerrado en la casa de su amigo. Todos salen muy temprano y los que regresan primero, son los dos niños de 11 y 13 años que no se molestan en comprenderlo. La madre y su amigo llegan casi para la cena. Usted estaría merendando en su país. Está entendiendo, aprendiendo, la cultura que llaman jetlag, y la cama se le hace eterna en las noches.

Pero el fin de semana la familia se lo dedicará. Saldrán de paseo, le mostrarán mil y una cosas que usted intentará fotografiar con su celular. Comerá platos llenos de peces y moluscos fingiendo que le agradan. Y su cabeza, tomará clases y más clases, pero son tantas que finalmente el domingo en la noche, caerá rendido en un sueño profundo.

El lunes termina su viaje. Van todos al aeropuerto con usted. Lo ayudan con el famoso chek kin y usted entenderá que al abrazarlos, las lágrimas corren por sus mejillas. Son lágrimas de agradecimiento, de saber que será casi imposible volver y también, de verse otra vez como desnudo frente a un millón de personas que corren por el aeropuerto.

Cuando vuelva a su hogar habrá tomado la primera lección de “ cultura de viaje”. Y se sentirá orgulloso, feliz, jamás contará ninguna de las humillaciones y miedos por los que pasó.

El derecho al viaje

Cuándo lo van a crear? Porque viajar es la foto favorita de las Redes, me obligo a no hacer sufrir a nadie con las mías, pero es cultura.

Nadie debería pasar por esta vida sin el crecimiento personal que da un viaje. Por favor: no hablo de esos viajes de jubilados, de niñas quinceañeras. No, hablo de un viaje real donde se pueda elegir un destino y aprender que todo lo que aparece en las películas, es mentira.

Aprender a moverse en un aeropuerto es una cultura casi brutal que toda persona debe adquirir. Para entenderlo usted debe viajar en clase turística, llegar tres horas antes y perderse dos o tres veces por pasillos y corredores. Gente extraña, gente de todos colores, baños impecables, a veces, perros también ahora, altoparlantes que casi nunca se entienden y en tres idiomas. Es cultura ver que uno jamás llevará bolsas repletas de lo que venden en los free shops y que debería de haber comido algo antes de las tres horas de espera. Si Ud no lo hizo, pagará el triple.

Y ver tanta gente le hará preguntarse: de dónde sale tanta gente con tanto dinero para llenar tantos aviones. No sabe, no contesta. Eso le recordará que a Usted le están pagando un pasaje porque de ninguna manera lograría hacer un viaje sin ese recurso.

Cómo está alegre a pesar de ese estado circense de un aeropuerto, conversa con alguien que a su lado dijo una palabra en español. Y entabla una conversación trivial con un desconocido que nunca más verá. Usted acaba de adquirir la cultura de los mil y un tonos y formas del español. Con mucha suerte mantendrá uno o dos diálogos interesantes. Si le toca una de esas personas que adivinan en Ud un turista, alégrese, no se va a aburrir porque le preguntará o le dará consejos sin parar. Y usted acaba de adquirir la cultura del escucha. No entiende ese español pero prefiere oír a ver correr con extrema lentitud, el reloj de su vuelo.

Cuando finalmente anuncien el tan esperado avión que lo llevará a su destino entiende que hará una hora de cola, como esa que odia en los supermercados, hasta que lo llamen por su fila. Es que usted no viaja en primera clase ni tampoco en las primeras filas. Será de los últimos en ascender y le pedirán dos veces más el pasaporte y la tarjeta. Usted ya los había guardado con miedo a perderlos. Su cara enrojece, el personal de aerolínea lo mira con una cordialidad hipócrita. Usted siente que no, no es como en las películas, usted sufrió ya en la entrada donde le chequearon el equipaje, le obligaron a dejar una botella y lo obligaron a quitarse los zapatos y su cinturón favorito.

Cuando consigue llegar a su asiento, casi una hora después que anunciaran el vuelo, la azafata con fuerza y decisión lo ayuda con su bolso de mano. Y comienza la lección del cinturón y cómo salvarse en caso de caer al mar.

Usted entiende que es muy posible que el avión se caiga, porque de otra manera para qué tantas indicaciones antes de volar y menos aún comprende, que siendo este su primer viaje, le den lecciones de salvataje. Usted acaba de obtener cultura de vuelo.

Viajar es cultura. Y eso que recién comienza su viaje.

Le cuento como es llegar a un aeropuerto desconocido?

El viejo lobo

Había una vez un lobo muy, pero muy viejo. Vivía en un bosque sombrío, en una pequeña casa. Casi nunca salía y se dedicaba a recoger vegetales y hongos de su pequeña huerta para cocinar.

Era un día de verano. A los lobos les gusta más el invierno, pero a este no, porque estaba tan viejo que el frío le hacía doler los huesos. Ese día estaba contento, recogiendo frutas de uno de sus manzanos favoritos. Intentaba silbar algo, pero ya no tenía dientes; se le escapaba el aire y no conseguía producir ninguna melodía.

De pronto, golpearon la puerta con energía.

El viejo lobo se asustó. Nadie lo visitaba desde hacía muchos años.

Qué gran sorpresa se llevó cuando abrió: dos hombres vestidos de policías estaban allí.

—Buen día, don Lobo. Necesitamos hablar con usted.

—Pasen, señores agentes, pasen —dijo el lobo—. Nos sentamos y conversamos.

—Así es, señor Lobo. Hace muchos años que existen denuncias archivadas en su contra y usted nunca se presentó a dar explicaciones.

—¿Denuncias? A mí nadie me avisó.

—Bueno, ahora lo estamos informando. En primer lugar, hay un pleito por esta casa.

—¿Cómo puede ser? ¡Si siempre he vivido aquí!

—La señora cabra dice que es de ella. Y los tres cerditos sostienen exactamente lo mismo.

—No puede ser. En esas historias a mí me tiraban al río o me mataba un leñador. Nunca fui dueño de esta casa.

—También la abuela y Caperucita lo han denunciado por violencia de género.

—¡Pero si a mí me mató el leñador!

—Y las denuncias no terminan ahí. Un día usted se comió un montón de ovejas de Pedro y lo transformó en el pastor mentiroso.

—En esas historias yo era otro lobo. Eran cuentos para entretener a niñas y niños. Además, mírenme: ya ni dientes tengo. Y ovejas no como. ¡Soy vegetariano!

—¿Y cómo piensa solucionar todas estas denuncias? Nosotros somos la autoridad. Alguna respuesta debemos dar.

—Ustedes no respetan a los ancianos, y eso también es un delito. Ni hablar de que me amenazan cuando pertenezco a una raza casi extinguida. Tampoco protegen a las especies animales.

Los agentes se miraron y sacudieron la cabeza.

—Vamos, don Lobo. Si nosotros no encontramos una respuesta para estas denuncias, enviaremos a los denunciantes directamente a hablar con usted.

—Que vengan. Ningún peligro correrán conmigo.

—Arreglen entre ustedes lo de la casa. No queremos más denuncias por cuentos viejos.

—Arreglaremos. Con un poco de paciencia, se las dejaré de herencia —dijo el animal con los ojos llorosos—. Ya no me queda mucho tiempo de vida.

—Pero, don Lobo, usted es eterno. No se preocupe —dijo uno de los agentes.

—A mis hijos todavía les cuentan esos cuentos en la escuela —agregó el más joven.

—¿En serio? ¿De verdad? —preguntó el lobo, sorprendido.

Y así terminó esta historia.

Los agentes regresaron al pueblo muy contentos. Llevaban un autógrafo del lobo para sus hijos y se fueron a discutir con los denunciantes.

Yo no pude enterarme de si la abuela y Caperucita, los tres chanchitos, la señora cabra y sus cabritos, y Pedro el pastor fueron o no a visitar al señor Lobo.

Creo que nadie les creyó demasiado.

Por eso el cuento…

ha finalizado.

Las niñas leyenda

Les pedí a través de varios cuentos que se fueran. Que lamentaba el pasado pero que además de recordar que existieron, no podía hacer otra cosa por ellas.

Les dije que también que esa historia cuasi trágica, contada y repetida solo por mi madre, la había narrado lo mejor posible en un relato y otro más. No sé en cuántos más.

Y hasta encendí alguna vela para perdonar a los que ya no las nombraban y perdonarme a mí por seguir mi vida así, sin tenerlas en cuenta.

Pero las niñas no querían irse. Eran de cutis casi aceitunado, hermosos ojos grandes y las sonrisas hermosas que tienen las niñas con casi un año. Estaban, se quedaban, permanecían mirándome. Y recordé sus nombres: Genoveva. Herminia y Lucila.

Logré que nunca me dieran miedo allí, sentadas como pequeñas que eran, mirando con alegría la vida que les sería negada. Sonriendo con ingenuidad ante la proximidad de la muerte. Ignorando las tres el designio de la bisabuela.

Y entonces quise nombrarlas. Todos los días, como para devolverles la razón de haber sido por un tiempo corto, nuestra familia. Y tengo la seguridad de que eso me hizo bien. Sigo viéndolas pero ya no en forma permanente. Las veo como a cualquier otro familiar, de vez en cuando. Y sonreímos, porque le ganamos al olvido.

Naranjo sin flor

Este cansancio de saber que sí, es cierto:

Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento.

Lo que no te dicen es cómo lograr el no pensar,

no desear la flor, adormecer y enduelar la soledad.

Después…¿Qué importa el después?

Si tal vez ni exista después, si quizás toda nuestra vida

ya no tiene después, ya es pasado.

Canto el tango, imagino esa desolación pero

la mía ni siquiera florece, no tiene perfume,

porque tampoco tiene un pájaro sin luz.

Y sé perfectamente que mis manos le dieron mil caricias,

sé que desde hace años me agota el pecho de dolor.

No, no es dolor de vieja arboleda, ni canción maleva,

es dolor de madre agotadada y sufrida,

que no puede marcharse, ni decir adiós.

Entre dos orillas ( invitación)

Buenas tardes, hoy comparto una invitación muy especial. Tuve el privilegio de acompañar a María Luisa en la escritura de este libro que recupera sus experiencias durante la dictadura uruguaya.
Es una novela tan conmovedora como preciosa en su escritura, porque María Luisa no es solo una sobreviviente es también una gran escritora. El viernes celebramos la salida al mundo de esta historia que se convierte en una pieza importante en el rompecabezas de la memoria, sobre todo de aquella que recupera el particular lugar que las mujeres han tenido en los últimos genocidios latinoamericanos. Ojalá puedan acompañarnos.

Enlace a YouTube, hora 19 del viernes 12 de junio:

http://www.youtube.com/@tequiste