Jardines en el recuerdo

En días de lluvia como hoy, después del infierno del calor, mi madre salía a hablar con sus plantas. Se mojaba con la lluvia mansa sin importarle y a cada una le hablaba con tonos de voz distinto, les contaba o les preguntaba.
Con papá la mirábamos y nos reíamos un poco, tomábamos un mate y le reprochábamos sin escándalos la dulce locura de creer que la escuchaban.
Mi madre tenía un jardín espectacular, nunca compró plantas, siempre robó gajos, siempre le regalaron o las consiguió.

Como el trabajo de mi padre era recorriendo el país, ancha y larga es la Argentina, solíamos acompañarlo y muchas veces hasta nos mudamos un año o dos para estar cerca de él. Mi madre en tres meses o seis, dejaba un jardín. La casa quedaba con la marca indeleble de lo que su voluntad lograba con la tierra y los jardines.
Hoy, en estos días donde tener jardines cambió el estatus de una casa, donde las plantas como las mascotas se han vuelto parte de ser o no ser determinada élite, recuerdo a mi madre. Simple y sencilla, con jardín rebosante, hablando bajo la lluvia mansa, con todas ellas, contándoles, preguntándoles…dejando flores y pimpollos donde vivía, como vestigio de su paso por esta vida, regando plantas, susurrándoles secretos…

Qué tan sabia era y yo recién me doy cuenta.

Reflexión sobre la muerte.

“Morir bien es morir a tiempo. No hay peor infierno que asistir a las exequias del propio deseo. Al funeral de nuestras pasiones. La muerte es por eso… lo que a diario nos acecha. Lo que nos esteriliza, lo que encallece la piel. La ausencia de propósito, la apatía, el desapego a los seres… Esa es la muerte que mata y no la que viene después. Por eso, imploremos que la muerte nos sorprenda sedientos todavía, ejerciendo la alegría de crear. Que nos apague cuando aún estamos encendidos.”

*Santiago Kovadloff

Hablándome ( des prolijamente)

Cuando tu voz se calle se apagaran los cuentos. Cuando se apaguen ya no habrá en esta aldea el grito por las palabras que iluminan ojos, caras atentas, silencios lúcidos…

Y habrá que inventarse otra voz pero no será la tuya y tus gestos y ademanes, donde aletearon las palabras musicales, se irán perdiendo en olvidos.

Porque nada es para siempre y lo sabías, nada dura eternamente , en esta coetaneidad llena de cosas nuevas, deberías de conformarte, tu voz ha sido una constante por casi treinta años.

Pero como duele quedarse muda cuando aún hay tanto por contar a otras y otros. Pero la aldea es chica, tu voz no alcanza, tendrás que aprender a callar.

También cuesta el olvido y en la aldea sobra: ni desprecio, ni llamados, ni sombra de las sombras, la luz se apaga, se cierra el telón, que pase otra, está acabó.

Es el ego que te habla, no te puedes quejar. Tu voz ya está algo gastada, te tienes que acostumbrar, enemiga de cualquier costumbre. Te copiarán mil veces, sin talento es verdad, la cuestión será ocupar la escena, el espacio… a quién le importa hoy la esencia y el estudio, el arte, la entrega, la lucha?

Será cuestión de escribir en absoluta soledad esta tristeza infinita de apagar tu última función. Despedirse por escrito es cien veces mejor. Te gustaría gritarlo pero sabes qué? Ya no son tiempos de gritos, apágalos también, comienza en silencio a redactar redactarte y contar contarte a vos misma las mil y una aventuras de narrar para ellas y ellos..

Cómo se cuenta la historia de quién leyó y narró por más de treinta años para públicos diminutos, para infantes, adolescentes, personas adultas, privadas de libertad, maestros, bibliotecarios, profesores, obreros y obreras, abuelos y abuelas…a quiénes no les leí o a quiénes no les narré ?

Apaga el ego. Tranquilízate. Lo has hecho con arte, con orgullo, con amor. Ya está: muchísimos se han ido de la vida sin conocer eso de dar y dar, que es mucho mejor que recibir!

En fin querida amiga, amante de las letras, amante de la lectura y la narración, sigue tu duelo hasta que no duela y disfruta: lo has hecho bien.

La herencia y el espejo

El testamento fue claro y preciso, a su muerte, para heredarla, deberían de romper todos los espejos, absolutamente todos. Y si a la revisión de los escribanos siquiera uno se había salvado, las casas, las chacras, los frutales, los viñedos, las bodegas y hasta las uvas, pasaban a mano de los patronatos de la caridad.

Había coleccionado espejos y dinero a lo largo de casi noventa años, sin hijos, sin maridos , pero con una familia llena de hermanas y hermanos, once en total.

Los sobrinos fueron habitación por habitación, madres atrás escoltando, cuidando cada rincón porque sabían que Eulogia, siempre había hecho trampas. Encontraron espejitos diminutos en relojes y anillos, encontraron en la cocina y en la alacena, había espejos por infinitos rincones y hasta en las casitas de los perros.

Después de quince afanosos días de búsquedas, hallazgos y roturas de espejos, llegaron los escribanos a revisar.

Y no, no pudieron pellizcar ni un solo centavo de su fortuna. Todo pasó a la beneficencia.

Porque jamás ni los sobrinos ni sus madres ni sus padres revisaron el ataúd de Eulogia que era todo un espejo interior, biselado y esculpido, donde la muerta desde otro lugar, sonreía para siempre.

Espejos de luto

Una de mis tías enlutaba sus espejos cuando alguien de la familia moría. Todos se ponían de negro, hasta el del baño, mi tía era prolija y los forros eran perfectos, en fino tafetán .

Era insólito entrar a la casa y ver cada superficie donde nos mirábamos luciendo riguroso negro, sin mostrarnos nada. Estaban de luto.

La tía decía que los espejos son pura vanidad humana, y por tanto, si una andaba en la calle de negro, era lo justo, en la casa todos los reflejos también debían mostrar su pena. Agregaba pues que el luto ayudaba a ocultar la vanidad.

La suerte fue nacer cuando aquella Era del luto ya se moría de horror, nosotras no usamos luto y nuestros espejos tampoco.

El negro sólo para la noche, para ropa sexy de amante, para vestido elegante, el luto desapareció. Y los espejos brillaron entre vivos y muertos sin ningún tafetán….

Hasta que murió ella, nuestra vidente, nuestra prima huérfana que aprendió a ganarse la vida tirando cartas y curando indigestiones.

Ese día, cuando regresamos a deshacernos de sus cosas, tristes por su partida en plena juventud, encontramos sus espejos cubiertos con paños negros. Y su casa había estado cerrada los siete malditos días qué duró su internación en el Hospital.

Vendedor de espejos

Un vendedor de espejos en este siglo es una auténtica estupidez. Eso pensó el pueblo entero y esa noche, en la plaza, cuando el hombre armó su estand y comenzó a lucir sus espejos, no se arrimó nadie.

Pero el vendedor fue perseverante, toda la semana a la misma hora montaba su puesto ambulante de espejos. Al final nos ganó la curiosidad y fuimos visitándolo.

Nadie se quedó sin comprar un espejo. Era fascinante: llegabas y sólo con tu nombre, tu fecha de nacimiento y tu color favorito, te asignaba tu espejo. Y te lo comprabas.

Quién podía resistirse a un espejo que te mostraba tu infancia, tu presente y tu futuro?

Mujer espejo

Un espejo y sólo uno. No había otro que pudiera mirar. Sería su loca fijación porque lo heredó de su abuela, sería porque fue lo único que conservó de su infancia. Quién sabe y qué importa.

En la afilada y resbalosa superficie, cada noche se untaba la cara con crema…escudriñando. Algunas veces el cristal le hablaba o más bien, le mostraba: sus absurdas mentiras, sus comentarios hipócritas, su mansedumbre comprada, su indiferencia pagada, su lejanía forzada.
El espejo era el que nunca le mentía. También el único que en realidad la conocía. Era su único amigo y confidente.
En la vida real: ella era la bien amada esposa, madre, empleada.
Pero cuando la casa quedaba oscura y en silencio, su último ritual era ponerse crema en la cara frente a ese espejo que enorme y biscelado, era la puerta del antiguo ropero de la difunta abuela.
Allí y sólo allí lloró cada una de las amantes de su marido, la indiferencia absurda de los hijos, el trato insensible de compañeras de trabajo, su frustración en el lecho del amor, la lujuria solitaria que ocultó siempre.
Frente a ese espejo tramó venganzas y se atrevió a verse a si misma, no sólo como fracasada sino también como posible asesina.
Ya casi tocaba el ocaso de su vida, sus ansias querían saltar del espejo a la realidad, no soportaba más su doble vida. Planificó cada detalle de su venganza que comenzaría con las amantes de su marido y seguiría con él.
Esa noche frente al cristal de la abuela se confesó por primera vez en voz alta, habló como con su hermana gemela… por primera vez se atrevió a escuchar en voz alta su plan de venganza. Tenía cincuenta años de observación y silencio.

Y la vieja puerta chillando polvo y olvido de pronto se abrió. Y ella no resistió la curiosidad de mirar adentro. Y miró y no regresó. Nadie más la encontró o la vió.
Algunas veces, después de años de darla por muerta, el marido y los hijos creían ver su imagen en el viejo espejo… pero sacudían la idea y nadie lo contó jamás.
Del lado del cristal, sin otra posibilidad que observar y descubrir pasiones, odios, hipocresías y otras ridículas formas de vida, ella sólo observa.