Historias de domingos.

Y los hubo donde papá insistía en escuchar tangos a las seis de la mañana, ni la almohada sobre la cabeza lograba acallar la radio y su voz de barítono acompañando. A las diez comenzaba el fuego en su parrilla. El domingo giraba en torno a mi padre cuando él estaba en casa.

Hubo domingos de mamá… su mano casi itálica para amasar y sus salsas caseras hicieron las delicias de muchísimos domingos. Nunca tuvo pereza ni para nosotros ni para la casa llena de gente.

Hubo domingos en la chacra de la abuela, esos eran llenos de primas, primos, tías y tíos, llenos de arena y guerra de mandarinas. Llenos de gritos, corridas entre los naranjos y la vida por delante.

Hubo domingos de descubrir Buenos Aires y el primer amor que llegaba a mi vida. Hubo domingos silenciosos, ansiosos, domingos de planificar la economía y también, de pensar en una revolución.

Hubo domingos de terror! Encerrada y encapuchada. Domingos donde no supe qué día era y si tenía otro por venir.

Los primeros domingos en el exilio dieron un vuelco en mi vida: comía sólo en ciertos lugares, nunca en casa, no tenía, mi madre y mi hijo conmigo.

Montevideo fue la ciudad donde de nuevo mi madre logró hacer lucir su mano para la pasta italiana. Comenzaron a aparecer amigos y un amor diferente cambió el rumbo de mi vida. Éramos de nuevo una familia.

Tuve después de mis otros dos hijos, ya en Salto, domingos de restaurantes y salidas a diferentes lugares. Después del último viaje de mi madre, tuve tantos domingos de tristeza que me quedaba en casa y muchas veces, ni comía.

Pero aún me faltaban muchos domingos: cuando el padre de mis hijos se enfermó y no recuerdo casi ningún domingo feliz. Más de quince años fueron. Domingos negros o muy tristes, nostálgicos o inútiles.

Después que se fue de este mundo tuve domingos muy locos: tratar de entender los hijos, dos adolescentes y un adulto, tratar de encontrar una rendija para recuperar algo de mí… después de tantos años de ocuparme solo del marido enfermo.

Se me destruyó todo. Domingos de laberintos e incomprensión. Después de dos años me encontré otra vez con el amor y rejuvenecí diez años.

Domingos en casa, domingos con él y la hija y su familia, domingos con mi hermana. Domingos de asado, otra vez.

Tendría que poder recuperar esos domingos pero ya no puedo. Inexorablemente me llega la nostalgia dominguera. Salimos, visitamos diferentes restaurantes, o como hoy, volvemos al tradicional asado. Estamos solos.

Cuando estemos más viejos estaremos aún más solos. Ya no sé si podremos asar en casa o habrá que comprar…

De todos modos: siento nostalgia de mis domingos de infancia y pongo música muy fuerte. Y hoy se asa en casa, se vive a pesar de estar solos, se brinda y se solidifica nuestro amor verdadero, seguro, ese amor bueno.

No es cualquier día: es domingo.

Cristina Peri Rossi

DISCURSO DE CRISTINA PERI ROSSI
PREMIO CERVANTES 2021
(Leído por Cecilia Roth en Alcalá de Henares)
22 de abril de 2022

“Nací en Montevideo, Uruguay, en el año 1941, es decir, cuando desgraciadamente Europa estaba en plena Guerra Mundial. A la izquierda de mi casa vivía un viejo zapatero remendón, judío polaco, milagrosamente escapado de la masacre; y a la derecha, un adusto músico alemán con un parche negro en un ojo. Cuando le pregunté a mi madre, maestra de escuela obligatoria, laica, gratuita y mixta, por qué el judío y el alemán no se saludaban me respondió: “en Europa se habrían matado”. Mi padre, nacido en el campo, que había emigrado a la capital seducido por lo que el tango llama “las luces del centro” me dijo algo muy sencillo: “Europa no existe. ¿Has visto en el mapa algún lugar que se llame Europa?” No había. Cuando pregunté por qué la llamaban Segunda Guerra Mundial me explicaron que apenas veinte años antes había sucedido la primera. También en el barrio había muchos exiliados españoles porque además de una guerra cuyos motivos yo no conocía, en España había una terrible dictadura que había matado a miles y miles de personas y hecho huir a otras miles. El mundo parecía un lugar muy peligroso fuera de Montevideo. Pero la biblioteca de mi tío, funcionario público, culto, gran lector y ferozmente misógino me permitió conocer que siempre había sido así. Desde los orígenes, o desde los tiempos bíblicos o desde los griegos y troyanos. Los motivos de las guerras parecían siempre los mismos: el ansia de poder y la ambición económica. Algo típicamente masculino.

Tres libros leídos muy tempranamente me conmocionaron: El diario de Ana Frank, La madre de Máximo Gorki y Don Quijote de la Mancha. Este último, con un diccionario a mi lado. Fue el más difícil de leer y el que me provocó sentimientos más contradictorios. No había leído nunca un libro donde el autor declarar que su protagonista estaba loco, pero a la vez, me emocionaba que su propósito fuera deshacer entuertos y establecer la justicia, cosa que me parecía harto razonable dado el estado del mundo y de mi propio barrio, donde muchas vecinas venían a contarle a mi abuela, una viuda que había criado a siete hermanos huérfanos y a tres hijos -también huérfanos- que sus maridos borrachos las golpeaban o se jugaban el escaso dinero en los caballos o se iban de putas y maltrataban a sus hijos. Cómo deseaba yo que apareciera Don Quijote con su flaco Rocinante a salvarlas de los golpes y del maltrato. Por otro lado, mi abuela me hacía recordar al Ama, porque pensaba que leer mucho llevaba a perder el seso y a cometer locuras, aunque yo no creía que los esposos de esas mujeres maltratadas leyeran mucho y esa fuera la causa de su violencia.

La actriz argentina recibió el máximo galardón de la literatura de habla hispana en representación de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi (EFE)
La actriz argentina recibió el máximo galardón de la literatura de habla hispana en representación de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi (EFE)
Yo misma me irritaba cuando Don Quijote confundía molinos con gigantes, y llegué a pensar que Cervantes en realidad ridiculizaba a su personaje para probarnos que la empresa de cambiar el mundo y establecer la justicia era un delirio. Hasta que en los capítulos XII, XIII y XIV del libro me encontré con el relato y el discurso de Marcela. Marcela es codiciada y asediada por los hombres por su belleza y por su riqueza. La acusan de ser la culpable del suicidio de Grisóstomo, al que se negó, y en un sorprendente discurso rechaza a los hombres, al matrimonio y a las relaciones de poder entre los sexos: reclama su libertad, y para eso se aísla de la sociedad y se refugia en el campo, como una pastora más. «Yo nací libre y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», dice. Como Helena, en la Ilíada, maldice el día en que nació, o como en Eurípides, Helena se rebela contra la sociedad que considera la belleza como único atributo de la mujer.

De este modo Cervantes desacraliza la belleza como atributo femenino, y convierte a Marcela en una heroína trágica: para conservar su libertad frente a los hombres que quieren poseerla, dominarla, renuncia a la vida social, aislándose del mundo, huyendo de los hombres. Por supuesto, esta heroína, posteriormente, sería calificada de histérica, frígida y neurótica al no asumir el rol que le asignaba la sociedad patriarcal. La comprensión que manifiesta Don Quijote hacia un personaje femenino real me hizo pensar que la locura puede ser un pretexto de exclusión de aquellos que esgrimen verdades incómodas, lección que evidentemente aprendí, pagando un precio muy elevado, hasta el día de hoy, pero si volviera a nacer, haría lo mismo.

Mi tío que era buen lector cervantino no me habló nunca de este pasaje, del mismo modo que me advirtió de que las mujeres no escribían, y que cuando escribían, se suicidaban, como Safo, Virginia Woolf, Alfonsina Storni, y otras.

Los libros que conmocionaron a Peri Rossi: «El diario de Ana Frank», «La madre de Máximo Gorki» y «Don Quijote de la Mancha» (EFE)
Los libros que conmocionaron a Peri Rossi: «El diario de Ana Frank», «La madre de Máximo Gorki» y «Don Quijote de la Mancha» (EFE)
Yo también tuve claro, como Marcela, que en una sociedad patriarcal ser mujer e independiente era raro y sospechoso. Cuando el jurado (al que agradezco el honor de este premio) enumera los motivos por los cuales me lo ha concedido, habla de una firme y completa vocación literaria, pero también reconoce una lucha por los valores humanos tantas veces vulnerados por el poder político o cívico militar. Tuve que exiliarme de la dictadura uruguaya porque, como Casandra, había advertido y denunciado su llegada, y como castigo, mis libros, y hasta la mención de mi nombre fueron prohibidos; salvé la vida milagrosamente y vine a parar a España, donde otra feroz dictadura oprimía la libertad. Convertí la resistencia en literatura, como hicieron tantos exiliados españoles, y en lugar de renunciar a la sociedad, como Marcela, desde mis libros, desde mi vida he intentado como doña Quijota ‘desfazer’ entuertos y luchar por la libertad y la justicia, aunque no de manera panfletaria o realista, sino alegórica e imaginativa. No necesitamos duplicar la realidad, sino ironizar o interpretarla, como hiciera Jonathan Swift, por ejemplo. La literatura es compromiso ya lo dijo Jean Paul Sartre y compromiso es todo, desde un artículo contra Putin o un homenaje a las mujeres violadas y martizadas en Juárez, hasta los relatos de Cortázar. ¿No es compromiso satirizar, por ejemplo, los excesos de la técnica, el morbo de los platós de televisión o los ritos festivos de los fanáticos del fútbol? Tan compromiso como escribir un poema lírico que exalta el deseo entre dos mujeres o entre un hombre y una mujer. La imaginación también es compromiso cuando no anticipación. Yo no he sido cronista de la realidad, me he sentido muchas veces como Casandra, en la Eneida, vaticinando un futuro y unos peligros que pocos veían. Pero no concibo una literatura solemne. La vida puede ser una tragedia, un drama, pero se puede ironizar y satirizar sus hábitos y costumbres, como hizo Pessoa con su poema “Todas las cartas de amor sin ridículas”. Sí, y además, son dulces o crueles o amorosas o denigrantes.

El siglo XX empezó casi con una guerra mundial y terminó con otra local, la de los Balcanes, e hizo escribir a Paul Valéry una definición clarividente: “La guerra es una masacre de personas que no se conocen en beneficio de personas que se conocen pero no se masacran.”

A veces me ensombrece el ánimo el miedo a que la maldad y la violencia sean en realidad una constante de la existencia humana, y la lucha entre el Bien y El Mal se eternice, o sea ridiculizada, como ocurre en el mismo libro de Cervantes. Pero cuando escucho el aria de Sansón y Dalila, ‘Mon coeur s’ouvre à ta voix’, cantada por Jessye Norman, o ‘Je suis malade’ por Lara Fabián, o ‘Algo contigo’ por Susana Rinaldi, recupero una parte de la fe en el bien.

Mientras algunos se dedican fanáticamente a hacerse ricos y a dominar las fuentes del poder, otros, nos dedicamos a expresar las emociones y fantasías, los sueños y los deseos de los seres humanos.

Escribí en un poema: “Los antiguos faraones / ordenaron a los escribas: / consignar el presente / vaticinar el futuro”. Creo que ese sigue siendo el compromiso del escritor, sin ninguna solemnidad, y con sueldo escaso. Y con humor, como cuando escribí este breve poema: “Podría escribir los versos más tristes esta noche, / si los versos solucionaran la cosa”.

El sentido del humor es el sexto sentido de la literatura.

Podría escribir los versos más agradecidos esta noche, y cumpliría con mi obligación de escriba, aunque los versos no salvarían a los que mueren por las bombas y los misiles en la culta Europa.

Leyendo libros, ya sean de Luis Cernuda o de César Vallejo, confirmé lo que me decía mi madre: a medida que más sabemos menos sabemos, por eso la virtud cardinal es la humildad. Confirmé, también, que la literatura responde a la enseñanza evangélica: “Hablo en parábolas para que los que quieran entender entiendan”. Yo también escribo en parábolas.

Como escribí en un poema:

Las palabras son espectros piedras abracadabras

que saltan los sellos de la memoria antigua.

Y los poetas celebran la fiesta del lenguaje

bajo el peso de la invocación.. Los poetas inflaman las hogueras

que iluminan los rostros eternos de los viejos ídolos.

Cuando los sellos saltan el hombre descubre

la huella de sus antepasados.

El futuro es la sombra del pasado en los rojos rescoldos de un fuego venido de lejos,

no se sabe de dónde”.

Porque es mujer, es uruguaya, exilada y transgresora: quiero dejar su discurso en mi blog.

Escombros


Casas destrozadas, cuánta vida quedó en la ilusión de los muros que ya no están. Cuántos sueños se tejieron en esa pared donde la niña de la casa ponía su cabeza en la almohada. La casa en ruinas y con esas ruinas, se destrozan melodías que canturrearon, gritos que se dieron, amistades que llegaron, abuelos que se fueron y algún que otro amor encontrado o perdido.
Quedan, como en la muerte, los despojos de los escombros sombríos y retorcidos mostrando restos de lo que estuvo. Esqueleto de los sueños. Prisioneros de la desgracia.
Y las fotos son testigos de lo que se ve y miles de ellas, circulan por todos lados. Pero no se muestra el sudor que hubo en los afanes de tener esa casa que ya no existe. No se puede mostrar la última pelea por conquistar el refugio, la alcoba donde se planearon los hijos, la cocina donde se prepararon las energías de cada mañana.
Miles de fotos que no pueden captar la esencia de lo que fue…

La guerra de las tortas fritas

Hace algunos años la clásica torta frita, mezcla de harina, agua y grasa, fritas también en grasa, con un poco de polvo leudante, era característica de los días de lluvia.

Era esa masa casera y más bien de casa pobre o de campo que se comía cuando los aguaceros no te dejaban salir.

Con el tiempo la torta frita, muy orgullosa ella, fue haciéndose citadina y ya nadie quería perderse de consumirla los días de lluvia.

De aquellas pequeñas tortas que me enseñó a comer mi abuela a las de hoy… existen un montón de diferencias. No tanto en su sabor, ni en la tradición de hacerlas cuando llueve, eso sigue igual. Pero han crecido: son enormes.

Son turísticas: no puede haber una plaza, un parque, una playa que no tenga su puesto de tortas fritas.

Jamás habrán pensado las pobres tortas en transformarse en vedettes de cada ciudad o rincón turístico. Mucho menos habrán pensado en desatar una guerra.

Cuando la ciudad y los pueblos y el país entero cayeron en un bajón económico, se desató la guerra. Eran tantos los puestos que vendían tortas fritas que casi superaban a los paseantes.

Y entonces hubo uno que, para poder vender más, las hizo más grandes. Enormes. El otro para no quedarse atrás le agregó luces a su carro y las hacía hasta de noche. Hubo una mujer que se hizo famosa porque las hacía cuadradas. Entonces, su vecina, las hizo triangulares.

Empezaron otros a agregarle un poco de azúcar pero, ay, el que tenía más dinero le puso dulce por encima. El otro intento con sal para cambiar todo. Las hubo con miel. Incluso con chispas de chocolate.

Los puestos proliferaban, uno al lado del otro, el ingenio crecía y se había declarado la guerra. La gente se preguntó: qué más le agregaran a las tortas fritas?.

Y ocurrió: organizaron un festival de tortas fritas con premio a la mejor. La noche previa al festival los hacedores de tortas fritas no durmieron preparando sus productos. Agregando, quitando, estirando y recortando.

Al otro día, hasta el sol estuvo presente, no hubo lluvia para decir: hay que comer tortas fritas. Colorido y con olor a fritura se presentó el festival y fueron todos los vecinos: los ricos y los pobres. Fueron de pueblos vecinos. Aquello era realmente lo mejor que había ocurrido en mucho tiempo. Mucha gente dispuesta a probar, aunque la mayoría no podía probar muchas, el dinero como dije, escaseaba.

Y llegó el momento tan esperado: elegir la mejor. El jurado se puso de acuerdo en pocos minutos, la mejor era sin dudas, esa que se parecía a la vieja torta frita de campo que habíamos comido siempre. La ganadora fue una mujer que las amasaba ahí mismo, sobre una tabla y las iba fritando una por una.

La guerra sigue hasta hoy. Casi nadie estuvo de acuerdo con el jurado. Ya casi no quedan espacios para puestos de venta y los fines de semana el olor a tortas fritas se huele desde lejos.

Lo único bueno que trajo esta guerra fue recuperar el sabor original y que los precios van a la baja, demasiada oferta.

Ellas, las humildes tortas fritas de los días de lluvia, de la merienda campera, la que acompaña el mate, sigue siendo reina… la única reina que conozco que nació en un rancho de barro.

Distancia

La distancia comienza con el sonido de una

tijera, clap, y ahí se empieza.

La distancia es un mapa de por medio y dos corazones latiendo sin llegar a escucharse.

La distancia es un abismo que separa y derrota, al más débil de los distanciados.

La distancia tiene oscuros silencios pero más que nada: olvidos.

Anoche soñé que nunca más estaremos juntas y me desperté pensando: alguna vez lo estuvimos?

Ah, sí… claro, antes del clap de la tijera quirúrgica.

Me estoy perdiendo de mucho… te estás perdiendo mi última parte, las vivencias finales antes de envejecer y no entender.

La distancia es un camino lleno de rencores y ni vos, ni yo, que debería de ser ejemplo, tenemos ganas de no sentir rencor.

No pido más perdón: soy esto.

No fue cualquier almacenero

La gente joven quizás no conozca al almacenero del barrio, como lo conocì yo. Era ese señor que te vendía de todo, que tenía un poco de todo, que vendía por gramos, que usaba papel de astrasa y que te atendía incluso, fuera de su horario.

El almacenero sin libreta, para apuntar tu deuda y pagar a fin de mes, no existía. Y siempre hubo de los engañados: no le pagaban y luego hacían cuenta en otro almacén. También los engañadores: había que controlar cada día que anotaran lo que se había llevado, y sumar a fin de mes.

Cuando volvimos de mi lugar de nacimiento, Misiones provincia argentina, fulgor de las cataratas de Iguazú, vinimos a la ciudad materna de mi madre y ahí, el eterno almacenero era don Revello. Era una esquina inmensa, de una casona antigua, que habían acondicionado para el almacén. Tenía cosas maravillosas como pesas de bronce, frascos y medidas de todos los colores, en fin, a mis cinco años era un mundo por descubrir.

Mi familia era muy fiel almacenero, toda la familia vivía en el Barrio. Dor Revello era un almacenero común, así lo creía yo por ese tiempo, tenía bigote finito, no era muy alto, tenía una incipiente pelada en su pelo siempre rígidamente peinado hacia atrás, un poco de barriga que ocultaba bajo su delantal crema, siempre bien planchado.

Siempre estaba leyendo algo, desde un diario, una revista, un libro, una enciclopedia. Vivía como buen solterón con su madre muy anciana y sus dos hermanas, solteronas también. Católicas en extremo, hasta para ir a misa dos veces por semana y rezar el rosario cada atardecer. Cuando la letanía del rosario comenzaba Don Revello, cerraba la puerta de comunicación a su casa, se enfrascaba en su lectura o conversaba sin parar con los clientes.

Mientras pasaba el tiempo y yo crecía sin parar, lo seguía visitando, mi hermana era muy de ir por ir, es que ella era muy lectora y me llevaba diez años, se quedaban charlando horas de autores, yo no entendía nada, y como me aburría, jugaba con las pesas y los frascos. Con el tiempo, iría llamándome la atención la charla y comenzaría a parar mis orejas.

Que el almacenero no era uno cualquiera era obvio, se atrevía a hablar de ateísmo en la casa de una madre y hermanas casi beatas. Se animaba a leer sin parar todo tipo de libros. Era un almacenero por designio o por fatalidad, tal vez por haraganería, pero su lugar detrás del mostrador, no le hacía justicia.

Sin embargo qué bien le hizo a nuestras vidas, a mi hermana y luego a mí, era nuestra biblioteca, la más prohibida. Mi padre era muy lector y mamá también pero sus lecturas eran las clásicas de la época, no teníamos demasiados libros escandalosos. Jamás hubiéramos conocido a Annais Nin, ni los evangelios apócrifos, ni algunos libros sobre la anarquía.

Celosamente guardo en mi memoria la Enciclopedia del Conocimiento Sexual. Mi hermana ya tenía más de veinte años cuando don Revello se lo prestó y ella me dijo: Nunca había leído algo así, ni conocía mi cuerpo. Y gracias al almacenero algunos conocimientos sobre la sexualidad que luego los leería en libros importantes, me llegaron tempranamente a mi vida.

Una persona sin importancia, un triste y solterón almacenero que terminó sus días tras el largo mostrador de madera, me hizo entender a temprana edad la importancia de conocer mi cuerpo, la importancia de saber que la mujer no sólo tenía que estar debajo del hombre sino que se le permitía gozar y el mejor amante, era el que lo lograba. La mujer como simple útero, no era la precisión del libro, sino como objeto de goce sexual con el mismo derecho que el hombre. Creo que era muy joven pero cuando enfrenté los otros libros a los 16 años, no me sorprendieron como a mis amigas, no me escandarlizaron como a sus familias y en mi casa, por suerte, nadie me prohibió leerlos.

Miren ustedes, un señor almacenero fue el que me hizo ser mucho más exigente con mi vida sexual. Gracias Don Revello. Anarquista de Ley!

Ideología por tangos

En mi familia siempre dijeron que mis locuras por hacerme de izquierda y pelearme con las dictaduras de turno, eran producto de escuchar dos tíos abuelos comunistas. Después culparon a mi novio, militante de izquierda.

A veces también decían que eran todas esas cosas que leía, que eran todas porquerías de izquierda.

Nunca escuché demasiado sus opiniones y la verdad… no me importaba. Durante aquellos tiempos oscuros, las familias solían sentir pánico de cualquier actividad que se alejara de lo que se imponía. Era lo normal, estábamos todos aterrorizados.

He estado pensando qué cosas con esto de tener una ideología y estoy segura que mi familia tenía razón: mis tíos abuelos, mi novio y los libros que leía tejieron parte del camino. Pero hubo un antes: fueron letras de tango y estoy segura.

“Yo era un purretito cuando murió mi viejo;
Fue tanta la miseria, que mi viejita y yo
Comíamos llorando el pan mugriento y duro
Que en horas de miseria mi mano mendigó.
Mi pobre viejecita lavando ropa ajena
Quebraba su espinazo al pie del piletón,
Por míseras monedas con que calmaba apenas
Las crueles amarguras de nuestra situación.”

Esa letra de Agustín Magaldi cantaba mi madre cada mediodía cuando lavaba los platos. Creo que lloraba imaginando ese niño y esa madre.

Silencio, de Gardel, y esta parte:

Silencio en la noche
Ya todo está en calma
El musculo duerme
La ambición trabaja

Un clarín se oye
Peligra la patria
Y al grito de guerra
Los hombres se matan
Cubriendo de sangre
Los campos de Francia

Hoy todo ha pasado
Renacen las plantas
Un himno a la vida
Los arados cantan

Y la viejecita
De canas muy blancas
Se quedó muy sola
Con cinco medallas
Que por cinco héroes
La premio la patria

Silencio en la noche
Ya todo está en calma
El musculo duerme
La ambición descansa

Otra vez lloraba. El odio a la guerra me llevó a odiar los uniformes militares.

Nunca pude tener aporofobia: yo sufrí mucho con ese niño huérfano cada día.

Lejos en el tiempo recuerdo esos tangos que ya no se oyen hoy. Tal vez, porqué no?, la semilla de mi ideología nació de imaginar cuando mi madre cantaba inocente, letras que hacían nacer en mi mente infantil lo que luego abrazaría como idea política.

Muy loco mi pensamiento pero.. pudo ser el inicio. Gracias por esos tangos mamá y por dotarme de una gran imaginación.

Morir en un loquero


Me avisaron que había muerto mi hermano. Tantos años internado y escapando y de golpe así, la muerte. Una infección pulmonar severa dijeron, no pudo recuperarse.
Y había que ir…a su última jaula. La morada de los locos. Y fuimos con mi tía, allá solas las dos. Porque la familia tenía sus planes y porque mamá ya se había ido antes que él. Así que las dos solas, poniendo coraje, nos fuimos.
Y volví a ver a mi hermano, sereno en su sueño final. Hacía años que no lo veía. Lo vi y lo recordé, pájaro de fuga eterno.
Alrededor los locos lloraban y babeaban su angustia. Inconsolables, penitentes con el féretro y su faraón, mi hermano, durmiendo o muerto o lo que sea.
Tal vez me pregunté si realmente lo lloraban a él pero luego los escuché decir su nombre y vi que mi hermano, en esa locura suya, tenía muchos amigos en el loquero. Pobre pájaro en fuga, de todos modos, lograba sus vínculos en la jaula que le elegíamos.
¿Cómo se vela a un hermano en un loquero lleno de locos que lo lloran? No sé, no supimos, nos las arreglamos para no llorar, para no parecer más locas que ellos.
Y al final el cortejo de locos y nosotras, llevarlo a la tierra, rezar un padre nuestro que no sé si ellos recordaban pero intentaron, rezar para que su alma tan mortificada en esta tierra llena de jaulas, recuperara en la eternidad, su libertad.
Yo no recé, me metí adentro de mi misma y recordé sus eternos juegos conmigo, cuando yo tenía apenas seis años y jugaba con él tardes enteras. Quise recordarlo antes de sus crisis, fue imposible. Nos vinimos las dos tan abatidas y tristes que los locos, se secaron sus mocos y babas para abrazarnos antes de partir. La tristeza es casi tan loca como la alegría. Y ellos, lo sabían.