Tendría unos quince años cuando la trajeron de Corrientes y la pusieron en el Colegio de monjas, uno de los más caros de la época. Yo estaba allí desde mi regreso de la Patagonia y me tuve que acostumbrar. Enfrenté a mi padre varias veces, era ateo confeso, pero me aclaró que no discutiría con mamá por eso.
La verdad es que las monjas eran casi todas muy buenas y tenían un nivel educativo elevado, les interesaba mucho el deporte y los idiomas. Terminé siendo una buena alumna y me aguanté de discutir el Génesis la mayoría de las veces.
Cuando llegó Yolanda, faltaban apenas dos años para terminar. Soñaba con irme a la Universidad y mis energías estaban puestas en el estudio. Ella iba un año atrasada pero nos juntaban en prácticas deportivas, catequesis, canto y arte. Así fue como la conocí, así fue como comenzamos a salir e irnos juntas caminando a la salida. Mi casa estaba a menos de diez cuadras del Colegio, la suya unas quince.
Yoli, así le decíamos, era alegre, simpática y bastante traviesa. A las dos nos aburría la catequesis y molestábamos. A las dos nos gustaba el voley y hacíamos lo que podíamos. A las dos nos gustaba hablar mucho y nuestros regresos a casa iban lentos de pasos, cargado de palabras.
- A mí me trajo mi tía- me contó un día- porque a mi padre se lo llevaron, era el presidente del gremio del frigorífico. Los milicos lo vinieron a buscar y no lo volvimos a ver. Mi madre llamó a la tía Blanca, la que vive acá, para que la ayuden. Ella es casada con un militar. La tía fue y se quedó como un mes. Al final fue el tío, el milico – dijo con desprecio- y se les antojó que me traerían acá para recibir mejor educación. Nunca pudieron dar con mi padre. Mi madre aceptó porque se tuvo que poner a trabajar, le dijeron que la casa se la iban a quitar…
- Por qué le van a quitar la casa?, pregunté curiosa.
- Porque dicen que a los presos políticos les quitan las casas.
- Tu padre no era gremialista?
- Es lo mismo…
Primera información que recibía de esa índole. Después me enteré que Yoli no podía salir a ningún lado porque hacía todas las tareas en la casa. Todo lo que haría una empleada doméstica. Con eso pagaba el Colegio y su manutención. Me parecieron unos tíos de mierda.
Yoli no hablaba de nada, ni de nadie. Pero recordaba mucho a su abuela que vivía en Corrientes. Más de una vez me confesó: si un día me escapo, me voy con la abuela.
Era tan divertida y alegre que me parecía increíble que estuviera viviendo toda esa historia de padre detenido y desaparecido, una madre que buscaba trabajo, una tía que la tenía como doméstica y un tío militar que, por lo visto, no hizo nada por su cuñado. Pero las cosas se pusieron peor cuando llegó su primo que estaba en la Academia de la Marina.
La mirada y la risa franca de aquella chica correntina, cesaron bruscamente.
- No lo soporto, me contaba ese día, me habla como si fuera su esclava y encima, me manosea el hijo de su puta madre.
- No!, no se lo permitas, le dije, contale a tu tía.
- Y para qué? Ella va a defenderlo. Es la luz de sus ojos y el orgullo del padre.
Discutimos un poco sobre lo que podía hacer. La abracé antes de separarnos y en un acto genuino pero inocente, le dije: si te joden mucho, vení para casa.
Ese medio día le conté a mi madre. Estás loca, me dijo, con esa gente no se juega, si viene a casa nos van a hacer la vida imposible. Qué exagerada siempre mi madre. Era un viernes frío de fines de julio y la muerte de mi propio padre tenía solo un año.
El sábado de noche, mamá se había acostado y yo practicaba mi lección de guitarra, sonó el timbre. Fui hasta la puerta pero mamá envuelta en su desabillé de invierno, me hizo señas que me apartara y abrió ella. Era la Yoli.
Ni mi madre y sus temores le impidieron la entrada. Tenía la cara amoratada, sangre en la ropa y la cara era de un estado de desesperación total.
Después de un té de hierbas, mamá siempre tenía el indicado, nos contó que el primo la había violado. Que el tío se asomó a la puerta y se fue como si no hubiera visto nada. Que no podía volver, que quería irse a Corrientes con su abuela.
Sacamos varias conclusiones. Lo mejor era esconderla. Denunciar era imposible, era hijo de un militar y su hijo, cadete de la Marina. Por suerte Yoli jamás me nombró como amiga, no sabían de mi existencia.
Una enorme ayuda fue que el domingo vino mi hermana mayor, se indignó de tal manera que dijo, yo me encargo. El lunes cuando volví del Colegio, las monjas preguntaron por Yoli, nadie sabía nada, mi hermana había conseguido ropa, una peluca, unos lentes de utilería y algo de dinero para el pasaje en tren. Nunca amé tanto que mi hermana siguiera haciendo teatro.
A la Yoli se le volvió a iluminar la cara redonda de ojos oscuros y esa tarde la vi sonreír. Mi hermana buscó un tren que pasara por nuestra ciudad durante la noche.
Fue un jueves que la llevamos a la estación, disfrazada y en taxi. Había hablado por teléfono con la vecina de su abuela para avisarle que iba.
Cuando la llevamos a la estación, la ubicamos en el tren, muy cómoda no iría porque apenas conseguimos dinero para segunda clase, nos sentíamos felices. Heroicas mi hermana y yo. Nos abrazamos llorando en la despedida y juró escribirnos en cuanto llegara.
Pero a la semana nos sorprendió un llamado telefónico, la vecina de la abuela preguntando por la Yoli, había viajado o no para Corrientes?, la abuela estaba nerviosa.
Mamá cortó el teléfono y sentenció: esa gente ya sabe que la ocultamos. Traten de disimular y ni una palabra a nadie.
No, ni una palabra a nadie. Pasé meses esperando su carta que nunca llegó. Tampoco nadie volvió a preguntar por ella, ni las monjas. En ese tren y con ese disfraz desapareció la Yoli, no era una desaparecida política, solo tuvo la mala suerte de ser sobrina política de un militar influyente y prima de un cadete de la Marina que fue, además, su violador.
