Distancia

La distancia comienza con el sonido de una

tijera, clap, y ahí se empieza.

La distancia es un mapa de por medio y dos corazones latiendo sin llegar a escucharse.

La distancia es un abismo que separa y derrota, al más débil de los distanciados.

La distancia tiene oscuros silencios pero más que nada: olvidos.

Anoche soñé que nunca más estaremos juntas y me desperté pensando: alguna vez lo estuvimos?

Ah, sí… claro, antes del clap de la tijera quirúrgica.

Me estoy perdiendo de mucho… te estás perdiendo mi última parte, las vivencias finales antes de envejecer y no entender.

La distancia es un camino lleno de rencores y ni vos, ni yo, que debería de ser ejemplo, tenemos ganas de no sentir rencor.

No pido más perdón: soy esto.

Ancestrales y actuales

(para ti hija mìa)

Desde la tibia quietud de mis recuerdos, traídos a la luz por las voces de mis abuelas, hay un lazo que nos liga más allá del de madre e hija. Ese, tan conocido, donde fuiste huevo y nana en mi útero, quizás no sea el más fuerte aunque esto pueda resultar irónico.

Ancestralmente nos persiguen pasos de mujeres que en nuestras familias se revelaron, fueron severamente castigadas, se sometieron, fuero bestialmente humilladas, se suicidaron fueron borradas, se emanciparon y fueron envidiadas, se volvieron soñadoras y las encerraron, se liberaron del yugo dogmático y las juzgaron.

A través de mis sueños y los tuyos, en este devenir caótico de esta Era que es la tuya más que la mía, nosotras las vengamos. Nosotras las resucitamos para que sean un poco más felices, para entenderlas, para vivirlas.

Por eso hija mía, quiero legarte una a una mis memorias de mujeres, algún día, tal vez, las leas y te verás, te leerás y sabrás algunos por qué que hoy, no sabés responderte.

Hubo en mi familia, itálica por excelencia, historias varias de mujeres que dijeron no, no quiero, no, no lo voy a hacer, a pesar de que decir no, en esos años era terriblemente castigado con un peso físico, social y moral, severísimo.

Por eso, por esas mujeres, brindaré contigo hasta el fin de mis días. Por la que fui y sentenciaron, por la que fui y  persiguieron, sí, por ella también. Pero más que nada por otras, mucho más lejanas en sangre y cercanas en la decisión de vivirse la vida a su manera.

Salud, hija, por más historias que contar.

Canasto vida

Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Yo soy mi madre, sin su canasto, usando la computadora para tejer relatos…

Otras casas

En La Esmeralda había otras casas que, como dije pertenecían al personal permanente. Eran casas chicas y pobres, pero a mí me gustaban, había muchos niños y niñas en ellas.

Un día mamá nos invitó a ir a “ la otra casa”, había que hacerla limpiar, venía gente de la Capital porque ya estaba cerca la cosecha.

Atravesamos por un camino de tierra las plantaciones, sonreían las pequeñas manzanas tempraneras, andábamos más ligeras de ropa, el verde estaba pintando los álamos, y me gustaba caminar atrás de mi madre y hermana que charlaban sin parar. Pasamos por una casa muy pequeña, una mujer enorme barría afuera y dos perros muy flacos custodiaban el rancho. Mamá saludó respetuosa, la mujer contestó enseguida. A mí me dió miedo.

Pero como no nos detuvimos, un poco más adelante visualicé otra casa. Mami, vamos a esa casa, pregunté. Sí, a esa, respondió mamá y entonces troté libre, adelante, mirando las flores amarillas al costado del camino y acercándome casi corriendo a la otra casa.

Después que mamá abrió la puerta, ella y mi hermana abrieron otras puertas y todas las ventanas. Mi madre iba revisando cocina, baño, sala, dormitorio y le decía a mi hermana dónde había que limpiar y mi hermana agregaba cosas en la lista como poner unas flores, un mantelito bordado, algún adorno.

– Pero sólo vienen dos hombres. Aclaró mamá y con eso ya quiso decir que no necesitaban muchos adornos. Mis inquietudes eran: quiénes eran? A qué venían? Cuántos días estarían? Comerían solos en la cocina? Quién iba a cocinar? Y las dos camas quién las tendería? Y por qué venían dos hombres y ninguna mujer?

– Ay basta! – rezongó mi madre. Vienen a supervisar el trabajo de tu padre y a seleccionar personal para la cosecha… comerán en casa y mañana viene tu hermana con Luján para hacer una limpieza… satisfecha?

Pero yo también quería ir, me encantó esa casa tan bonita y más pequeña. Esta si sería mi casa de juguete!, le dije a mi hermana. Ella se rió mucho de mí y me dijo: te da miedo subir una escalera y vas a traer tus juguetes acá? Son como cinco cuadras!

Me daba mucha rabia pero mi hermana tenía razón, yo jamás podría ir a esa casa sola. Me perdería y lloraría, seguro. Sin embargo , después de un año ese camino se me acortó y logré ir sola.

En definitiva era la casa donde se alojaba gente que eran dueños o encargados que, desde la capital del país, venían un par de veces al año a fiscalizar el trabajo de mi padre.

Esa casa fue la que hace apenas un mes me ayudó a encontrar La Esmeralda. Esa casa tenía también una mujer sensible como propietaria, que creyó mi historia y me ayudó a recorrer la antigua chacra. Otro Angel de Cinco Saltos.

Una anda por la vida buscando ángeles con alas y no se da cuenta que muchos, todos, viven como nosotros y si tenemos suerte, un día pasan a nuestro lado y hacen pequeños milagros.

En mi retorno a Cinco Saltos, en esa búsqueda alocada de los años más felices de mi infancia, me topé con varios ángeles.

Me pregunto ahora: yo volví por esa etapa de felicidad o porque dejé esa forma afable y cariñosa de la gente?… debieron ser ambas cosas y sólo recordaba la esencia material.

Cuándo comienza mi obsesión?

Cuándo habrá sido que comencé a recordar Cinco Saltos y La Esmeralda como un lugar hermoso que, nunca más podría ver, y qué seguramente lo podía solo atesorar en mi memoria?

A los cinco, seis y siete años yo no podía saber qué tenía sólo diez años más para tener padre. Y sólo cuatro para tener un hermano mayor. Papá murió del corazón casi sin aviso previo, mi hermano se perdió en una esquizofrenia que lo fue alejando de nosotros hasta hacerlo irreconocible.

Tampoco comencé con esta ilusión de volver cuando murió mi madre a la edad que yo tengo ahora. Cuándo murió mi hermana? Más joven que yo hoy? Tal vez fue ahí…

Un día me encontré escribiendo prosas poéticas sobre casas deshabitadas o abandonadas. Escribí varias. Un día le escribí a mi familia ( ya habían muerto) y les decía que había encontrado La Esmeralda. Ahí comenzó mi deseo de volver a Cinco Saltos y buscarla.

Ese día que partimos, antes de hacer los dos mil kilómetros, le dije a mi marido: llevo mis muertos conmigo. Nos reímos juntos y dijo: que vayan atrás, acá no hay lugar.

El día que encontramos la Esmeralda mucha gente intentó ayudarme: desde la Municipalidad y la Prensa. Sin embargo mi marido no quiso esperar ayuda y salió a buscarla.

Él nunca había estado en ese lugar. Lo único que conocía eran mis relatos. Dimos dos o tres vueltas y de pronto me dijo: ahí hay dos caminos, me tiro? Sí, a la derecha- dije sin pensar- y riendo le dije: traigo todos mis muertos y ni uno me ayuda a encontrar La Esmeralda, tengo que hacer todo sola!

En ese momento mi marido detuvo la camioneta y me dijo: no será esa?. Yo tuve un estremecimiento al ver la casa desde lejos. Me bajé y entonces sentí esa extraña energía de haber estado, de conocer aquello, me arrimé al portón( que está reformado) y la sensación era cada vez más poderosa.

No quería mirar mucho la casa, el techo verde era muy parecido pero lo recordaba rojo. Entonces comencé a caminar hacia el sendero. Tenía que encontrar “ la otra casa”, si estaba como a cien metros, había encontrado mi paraíso perdido.

En “ la otra casa” había un ángel guardián que me dió la oportunidad de recorrer todo. Pero ese ángel merece otro capítulo.

Sin dudas empecé a soñar con volver después de perder toda mi familia y recordar, escribiendo, cuanta vida queda en las casas que se abandonan u olvidan. No podía hacer eso: tenía que intentar encontrarla.

Al encontrarla, mi niñez feliz regresó y mis queridos muertos volvieron a la vida.

Penitencia por acequias

Mientras iba descubriendo y amigándome con los alrededores, cada día un poco más lejos, intentaba no saltar las acequias. Esos canales de agua eran muy tentadores. Corría, en aquel tiempo, un agua clara y cantarina. Cuando se llenaban eran pequeños hijitos de un río que, estaba al final de la chacra pero nunca había visto.

A mí me hubiera gustado ser como los otros niños y niñas. Les conté que en ese tiempo había otras viviendas para familias, por ejemplo, de los capataces? Así era. La chacra albergaba otras familias. No estaban muy cerca de la casona. Yo los había visto saltar las acequias e incluso, bañarse en ellas en días no tan fríos. Por qué yo no podía?

Así que decidí, en una siesta dominguera, animarme. Quería saltar solamente pero caí en el agua. Caí creo que de rodillas y muerta de vergüenza por mi fracasado salto intenté salir rápido. Fue peor: me empapé toda y resbalé en el barro al salir.

Se terminó la siesta del domingo! Entré llorando y desperté a todos. Después de un baño tibio mi madre me llevó a “ mi cuarto de juguetes” y me dijo que tenía que estar ahí un rato sola. Qué pensara bien: ya me había dicho ella que no debía jugar a saltar acequias, que había desobedecido y me podía enfermar. Piense bien, me dijo, y ese usted que usó me dio más miedo que el agua fría.

Creo que lloré bastante o muy poco, porque cuando sos pequeña los dolores son relativos según el tiempo con que los mires. Y me veo en silencio, animándome de a poco a espiar por la ventana, ver la chacra que se iba vistiendo de verde, me recuerdo esa primera penitencia de domingo, contando en voz alta para mis muñecas, mi gran aventura en la acequia. Por supuesto que les mentí: nunca les conté que me caí.

Y comencé a tener mi cuarto de juguetes. Creo que comenzamos a armar mi primer biblioteca en una semana. Mi hermana con su paciencia fue subiendo sus libros infantiles. Me animó a que intentara leer un poquito sola, en voz alta, para tus muñecas, me dijo riendo.

De verdad los fines de semana los tomé como juego: intenté leerle a mis muñecos mi libro favorito: LA HORMIGUITA VIAJERA de Vigil.

Cuántos años pasarían para que ese título fuera uno de los premios que más me enorgullecen en mi carrera de animadora de lectura? Muchísimos años.

En esa Chacra comencé mi misión de leer en voz alta, aunque mi público, quieto y sin aplaudir, no era muy agradable.

Otros descubrimientos

Cuando eres pequeña ves todo muy grande, cuando eres mayor ves todo pequeño.

La primera vez en tu vida que probaste algo no tendrá nunca el mismo sabor, aroma, color. Esa cosa maravillosa de estrenar el mundo me sucedió en Cinco Saltos y en La Esmeralda en particular.

La chacra se regaba con un sistema de riego de profundos canalones que rodeaban las hectáreas de frutales. Les llamaban acequias y el día de subir y bajar compuertas para producir el riego, mi padre andaba todo el día recorriendo cada hectárea. Lo bueno es que me llevaba con él.

Me recomendaba unas cien veces que no saltara las acequias, que buscara los puentes que cada tanto se colocaban. Era muy entretenido cruzarlos de un lado hacia el otro, mancharme con barro, pero el deseo de tener piernas más largas y poder saltarlas… era inmenso. Mi gata, que casi siempre me acompañaba, se agazapaba y volaba por encima de la acequia. Mi gata hacía eso sí veía un pájaro para cazar. Lo hacía bastante seguido. Y me daba pena el pájaro pero mamá decía que así son los gatos, déjala cazar, así no tendremos ratones en la despensa.

La despensa y el sótano, donde se encontraba el equipo para calefaccionar la casa era peligroso, la despensa tenía muchos frascos y podía romper algo. Pero Minka, mi gata, era la única que a esos rincones de la casa, tenía acceso libre.

Y además estaba el inmenso, gigante, galpón de secado de lúpulo que estaba sobre la carpintería. Una escalera de madera llevaba a ese otro rincón prohibido. Y qué es el lúpulo? Y porqué hay que secarlo? Y porqué huele mal? Y porqué es peligroso? Y porqué mi gata podía ir y yo no? – Así, más o menos, acorralaba a mi madre cuando mis hermanos subían y a mí me negaban el acceso.

Y los álamos, tan altos y delgados, porqué había tantos?, y los pinos enormes qué rodean la casa?. Mi padre me explicó que los álamos cuidaban las plantas de los vientos pampeanos, y los pinos? … bueno los pinos cuidan la casa, dijo.

Y como la época de vientos estaba comenzando, de noche su ulular, ya no me daba miedo. Teníamos a los gigantes álamos y pinos que nos cuidaban.

Más allá de las insaltables acequias y el secador de lúpulo y la carpintería: la chacra era infinita para mí. No conocía el galpón de empaque, menos aún, el río donde se terminaban los cultivos. Tenía que esperar.

Esperar en la infancia simboliza un castigo aunque no lo sea. Por lo menos, protesté un día, podría ir al gallinero. Hoy te llevo a juntar los huevos, dijo mi hermana comprensiva. Y desde ese memorable día se agrandó la chacra: llegué hasta el gallinero. Había de todo! Gallinas, un par de gansos bochincheros, dos gallos iracundos, unas pollitas chicas y otras muy gordas. Era complicado subir y buscar en los cajones de madera los preciados huevos. Algún que otro picotazo tuve que soportar, y sin llorar, porque la excursión me parecía tan larga como novedosa.

… después de 63 años vi el lugar donde estuvo el gallinero, en realidad es bastante cerca de la casa.

Un poco más allá de la casa

En la Escuela estaba feliz y tuve buenas notas. Volvía con papá a las cinco y no me quedaba mucho más que jugar adentro. Hacía frío, aún era invierno. Mi madre le tenia más miedo al frío que a cualquier otra cosa.

Y también tenía fines de semana y algún día feriado. El piso de arriba se iba organizando con mis juguetes pero… yo todavía no tenía ganas de quedarme sola ahí.

Enfrente a la escalera que iba a la planta alta, papá tenía una oficina con una gran caja fuerte y al lado, en otro cuarto pequeño mamá organizó habitación de planchado y costura. Totalmente aburridos para mí. Así que decidí atravesar el enorme patio y arriesgarme a ver un poco la carpintería.

El señor canoso tenía dos ojos azules que parecían piedras, era muy alto y delgado. Me arrimé con timidez y le sonreí un poco. Me sonrió con ternura y dejó de lado un cajón que armaba, tomó un trozo de madera, me hizo señas para que esperara y mientras yo incursionaba mirando todo, me hizo un pequeño caballo ( perro?) y me lo tendió con otra sonrisa. Me dijo algo que no entendí, yo le di las gracias y corrí a la cocina a mostrarle a mi madre.

– Eso te hizo Don Tomas? – preguntó y ante mi asentamiento, se puso a hablar con mi hermana del carpintero.

– No entendí lo que me dijo- dije queriendo seguir con la atención.

– Es yugoeslavo, me explicó mi hermana, vino con la guerra… está solo pobre hombre.

No tenía ni idea de qué era ser yugoslavo y por suerte, desconocía totalmente lo que era esa Guerra de la que hablaban. Pero ese día en la cocina me enteré que en su país había perdido a su familia y que tenía una sobrina en Argentina pero no la había encontrado.

– Pobre hombre, suspiró mamá, se ve que es una buena persona.

– Y porqué sigue comiendo acá? En la cocina?, mi hermana preguntaba.

– Porque le gusta comer temprano y acostarse una hora, tu padre siempre llega tarde.

– Me gustaría que comiera con nosotros- mi hermana que era siempre tan insistente, seguía.

– Tal vez lo invitemos un día libre pero… me parece que tiene que hacerlo tu padre, es otro empleado a cargo que tiene.

– Creo que habría que ayudarlo a buscar a su sobrina… te parece mami?, mi hermana persistía.

Se quedaron hablando y yo volví a la carpintería abrazando a mi caballito y con mi gata detrás mío. No hablamos mucho. Me senté y comencé a jugar con trozos de madera y con el caballo y la gata. Él sólo nos miraba y sonreía. Parecía mi abuelo.

Estaba tan entretenida que escuché la señal tipo campana que decía que era hora de almorzar. Don Tomás se quitó su largo delantal y me llamó con la mano. Fuimos juntos a la cocina donde mamá le sirvió abundante comida y él se lavó las manos en la pileta. Se sentó a comer y yo, al lado.

Mamá me llamó varias veces y yo, nada. Lo miraba embobada, él comía despacio y me sonreía. Yo quería saber cómo hablaba, qué quería decir ser yugoeslavo y que Guerra era esa tan Grande, quería saber quién se le había muerto, si tuvo hijos… yo quería saber la historia.

Está de más decir que ese día no me dejaron. Pero con el tiempo lo llamé abuelo Tomás, comió muchas veces con nosotros y aprendí a escucharlo para entender un español con acento extranjero.

Esa noche mi hermana estaba leyendo algo en voz alta pero yo no podía dormirme… es cierto que se le murió toda la familia?, Sí, eso me dijo. Y es cierto que estuvo en esa Guerra tan Grande???? Sí, es cierto y se salvó porque lo hirieron y le dieron de baja. Lo hirieron? dónde? Cómo? Contame… Ay nenita! Qué pesada! Ya te voy a ir contando, vas a ver qué encontramos a la sobrina y le damos una alegría tremenda! Sí, vos la buscas, y la traemos y… viste que parece un abuelo? Siiii, parece un abuelo… te podés dormir? Le puedo decir abuelo Tomás?…( mi hermana me miró con sus enormes ojos claros, me arropó, me besó y sonreía) Ahora dormite, eso pregúntale a mamá…

– Yo le voy a decir abuelo Tomás- declaré antes de dormirme y di nacimiento al primer abuelo no itálico, tuve mi primer abuelo yugoslavo.

De verdad era una larga y triste historia la del abuelo Tomás y pasó de ser el carpintero a uno más de la familia. Y si había una persona que pudiera encontrar a su sobrina, esa era mi hermana. Capaz de escribir cientos de cartas, miles de avisos en todo tipo de prensa para dar con su paradero. La sobrina se llamaba Clara, la encontró y la trajo. Pero eso fue mucho tiempo después que yo lo declarara mi abuelo.

Descubriendo la casona

Me comenzó a ir bien en la Escuela, iba contenta cada día. Pero regresaba a esa casa enorme para mí, aún no incursionaba más allá de los pinos que la rodeaban.

Por suerte tenía mi hermana mayor y mi hermano, era bastante solitaria mi vida en la casona del Sur.

Hasta que mi hermana decidió que teníamos que explorar la planta alta que, en aquellos tiempos, tenía una escalera por afuera.

– Vayan, autorizó mi madre, pero no entren en el dormitorio del carpintero.

Aún no me había arrimado a aquel hombre alto, delgado y canoso que, según mi hermana había llegado de la guerra y estaba solo en el mundo. Pero yo aún conservaba cierta distancia.

Así que fuimos a la planta alta: a descubrirla. En realidad eran unas cuantas habitaciones con ventanas más pequeñas que las de abajo.

– Acá podríamos armar tu habitación de jugar… y tu biblioteca- dijo mi hermana en la habitación de la esquina que tenía tres pequeñas camas, una ventana con mosquitero y una más grande desde donde se podía ver casi toda la chacra.

Tener ese rincón ahí arriba con juguetes y libros me dio un poco de miedo. Hasta que la casa se amigó conmigo y esa habitación fue mi palacio particular. Ahí jugué, leí, hablé sola por horas en las vacaciones de verano.

Lo más extraño de la planta alta era que apenas se entraba por la puerta principal, había a cada lado dos puertas como para enanos. Mi hermana tuvo que entrar agachada y luego se sentó a mirar: mi hermana había encontrado un tesoro.

Qué infinitos objetos desconocidos y bellos había. Eran bellos? No sé pero el entusiasmo por lo viejo, antiguo, pero nuevo a nuestros ojos… fue increíble.

Copas, botellas de todas formas y colores, cajones bellísimos que guardaban monedas muy viejas. Platos y fuentes de loza muy antigua. Bordados, tapices, algunas mesas pequeñas y casas de muñecas. En esas dos pequeñas habitaciones había generaciones de objetos, heredados o desterrados, que eran una maravilla. Empezamos a clasificar y a mirar, limpiar y ordenar cuando llegó mamá:

– De aquí no se toca nada, eh? No puede salir nada de acá.

Qué desilusión! Tener un tesoro y ni siquiera poder mostrarlo. Creo que de todos modos mi hermana logró esconderse una botella primorosa y extraña, que se llevó a nuestra habitación. Recuerdo que por años la historia de el genio de Aladino, me la imaginaba saliendo de esa botella y no de la famosa lámpara.

Además de ese tesoro estaba la habitación del carpintero y varias vacías. Mi habitación de juegos tenía camas.

– Vamos a ir trayendo tus juguetes- dijo mi hermana y me sentí que era más grande, pero me dió tanta pena dejarlos tan lejos.

La planta alta de la casona me conquistó en aquel primer verano que fue eterno y solitario.

Contar para vivir

Me he preguntado desde hace unos días, desde que fuimos al Sur y buscamos Cinco Saltos, para qué contar la historia? De verdad vas a hacerlo?

Porque con conciencia plena fui feliz por primera vez y lo recuerdo?

A quién le puede interesar la primera vez que una niña se quiebra un hueso?

La primera vez que sube a un escenario escolar?

La primera vez que estuvo a punto de abrir sola una caja fuerte?

La primera vez que tuvo un abuelo que no era italiano?

La primera vez que pudo tener un hermano menor?

La primera vez que vio a su hermana mayor besar a un joven?

La primera vez que se sintió “ mujer trabajadora”?

La primera vez que acompañó a su papá a ver fútbol?

La primera vez que vio a sus padres bailar noche tras noche y ganar un concurso de tango?

La primera vez que su padre no tuvo que viajar por mucho tiempo y durmió siempre en casa?

Hubo muchas primeras veces en Cinco Saltos y es lógico: mi vida estaba comenzando.

Pero habrá a quién le interese como fue feliz esta niña y su familia en el lejano Sur y en el pequeño pueblo?

No sé, sólo sé que tengo que intentar contarme y contar, cómo fue la historia para que después de sesenta y tres años, haya vuelto al lugar.

Para contarme y narrar qué hubo en mi viaje dé tiempo y espacio. Necesito esta historia.

La Escuela N• 39

La Escuela por suerte tenía lugar para mí sólo en la tarde. Me llevó papá en la camioneta y tuve que ir en la falda de mi madre porque mi hermana también quiso ir.

Cuando entré en la Escuela el pánico se me fue un poco, no sé porqué, sé que la Directora me pareció simpática y dejó que mamá y hermana me llevaran hasta el aula. Una especie de esperanza anidó en mis cinco años, el horror de la primera Escuela, comenzó a desdibujarse un poco.

En el último salón un grupo de alumnos hacían fila. Allí conocí a la maestra unos minutos después. Habló un momento con mi madre, me miró, sonrió y me tomó de la mano. Me llevó con ella al frente, hizo pasar al grupo y pidió silencio para presentarme. Así comenzó mi primer amor por una maestra y por una Escuela. En una semana ya ni recordaba la anterior: fue lo mejor que me sucedió.

No sé porqué mal rendimiento de una memoria contradictoria no recuerdo su nombre. Ella fue un ángel en mi vida escolar, realmente era adorable y aprendí muchísimo… porqué recuerdo perfectamente el nombre de la otra maestra y no de esta? Increíble lo que hace la memoria. Se defiende? No sé, pero no recuerdo su nombre.

Lo que fui descubriendo en el patio y en él aula es que muchos compañeros y compañeras eran muy morochos, rasgos aborígenes que realmente eran novedosos para mí. Eran todos bastante callados, hasta las niñas… y yo qué era tan charlatana.

Me podría haber acostumbrado fácilmente a esas facciones y ese silencio si mi madre no me hubiera recomendado tantas veces: no te juntes con ellos. Y aunque mi hermana en voz baja me aconsejaba: no le hagas caso! Júntate con todos!, creo que seguí el consejo de mamá. No quiero ni contarles lo arrepentida que estoy. Hubiera recordado nombres de niñas o niños y los hubiera buscado. La obediencia en este caso limitó también mi posibilidad de tener amigas y amigos que pertenecían a otra cultura, hubiera aprendido mucho…

En el patio me era muy difícil jugar e integrarme, en el aula siempre me destacaba. Era muy rubia, me traían en camioneta, vivía en una casona y una chacra que parecían nuestra… sin dudas me odiaron un poco y me envidiaron otro poco. Esa es la única pena que me traje, pero la Escuela y sus docentes fueron un amor extra que también sentí por primera vez en mi vida.

La Escuela 39 de Cinco Saltos, mis primeras palabras, primera poesía, primeras cuentas y primer acto de fin de año… pero eso último fue muy especial y merece un capítulo aparte.

Lo que sentí hace pocos días cuando la encontré también merece capítulo aparte.