Canasto vida

Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Yo soy mi madre, sin su canasto, usando la computadora para tejer relatos…

Espejos gemelos

Como vos y yo. Eran nosotros pero cada quién tenía el suyo. Lástima haberlos comprado idénticos. Eso no fue inteligente.

Somos gemelas , alma y corazón en un puño, en un útero crecimos y nos contemplamos. Después pasó la vida. Y justo antes de separarnos el triste juego de cambiar nuestros espejos idénticos.

Del otro lado del mundo mi espejo te mira y a mí el tuyo. Te avisa y me avisa y sabemos una de la otra sin necesidad de celular, no lo decimos a nadie, pues no nos creerían.

Hoy lloré con frente a tu espejo desde el amanecer. Al mirarlo y te veía sin vida. Cuando a media mañana sono el teléfono…ya sabía la noticia y ya había agotado las lágrimas.

La autopsia

Estoy congelada de muerte y de refrigerador. Pero hoy me toca la autopsia. Hoy salgo y el médico forense hará de las suyas con lo que fue mi cuerpo para finalmente dictaminar que fue un accidente.

No fue un accidente en realidad fue un suicidio pero lo hice bien. Se cayó el cepillo de dientes eléctrico en la bañera! Y yo dormitando en el agua! Morí de un paro cardíaco que es mucho mejor que morir de cáncer.

Ahí está, ese es, tendrá unos cincuenta años, se le nota la experiencia… deducirá mi truco? Bueno no me importa, ya estoy muerta. Mira mi cuerpo desnudo cómo puede mirar una tabla. Obviamente tiene experiencia y sabe lo que tiene que hacer. En una hora más mi cuerpo será un montón de cortes y órganos removidos qué tal vez, digan la verdad.

Me aseguré, eso sí, de que no culpen a nadie. La noticia del cáncer la esperaba hacía un año y el plan lo había pensado también casi el mismo tiempo.

Lo que el médico no sabe, creo yo, es qué hay una pequeña energía restante hasta unos tres días después de la muerte. Yo la he reservado para abrir los ojos en cuanto meta el bisturí en mi pecho. Sólo eso podré hacer y ya después sí, nada, la nada. Esa pequeña travesura para despedirme de la vida con un toque mítico, diferente…

Ahí viene el bisturí en sus manos enguantadas, ya estoy pronta a usar mi último soplo de energía en una pequeña broma que deseo sea contada en todos los pasillos.

– Javier, ordena el médico forense, ponele la mano sobre los ojos mientras corto con el bisturí por favor… muchos muertos los abren y la verdad, no me gusta.

Los ojos de los caballos

Qué tristeza infinita tienen en su mirada los caballos. Mírelos un día, deténgase en el fondo de esos lagos oscuros que usan para mirar y observará lo que es la tristeza.

No sé si es histórica, si es antropológica, genética y al fin de cuentas ni me interesa, sé qué es genuina. Los caballos nos miran con tristeza y debe de ser que les debemos tanto o que nos compadecen tanto más que no tienen otra forma de vernos.

Tanta historia recorrida… tanta domesticación… tanta necesidad humana detrás de esos ojos tristes y ni hoy aprendimos a verlos.

Tanta batalla, historias de conquistas, muertes, fuerza brutal dedicada a los humanos y seguimos explotándolos… no sólo a los caballos, entiendo eso pero… es que me lastiman sus ojos tristes. No lo puedo superar.

Camino junto al río que canta sereno en las mañanas, más de tres mil metros sólo por verlos, me detengo y los miro lo más cerca que puedo… son caballos cuidados, a veces me dejan acariciar su hocico y otras, no.

Tienen la misma tristeza de los que tiran, resbalando en el asfalto, un carro; la misma que el que aún conoce el yugo del arado, la misma que el que sabe que indefectiblemente, será domado.

Algún día, en algún lugar… los caballos tendrán ojos alegres?

Amanecer insomne

Mi vieja gata ya ha pedido su ración,

un mate demasiado tempranero salió de mi cocina

A lo lejos se escuchan las palomas…y algún otro trino que se despereza.

Aparece la luz cada vez más temprano y yo cavilo sobre una noche que, obstinada, trajo todos mis muertos a mi sueño…

Me desperté angustiada y feliz, por verlos de nuevo y por no poder retenerlos.

Es demasiado temprano la gente normal estará aún en su cama o luchando por no levantarse.

Me voy desgajando y con cada mate me brota la necesidad de escribir.

Hace días persigo mi “ hoja en blanco “ como decía Levrero…eso no me angustia, sé que es pasajero.

No sé si descansan las palabras en algún sitio desconocido, si juegan a las escondidas o yo ando sin buscarlas.

Hoy amanece y empiezo lentamente a aferrar una a una…mate y palabras se van sucediendo.

No hay demasiado, mi calle está aún silenciosa y salvo los pájaros lejanos y mis gatos que me acompañan, hay silencio…

Me gustaría que este momento se prolongara… cuando todavía no sé si estoy totalmente despierta o aún guardo mis muertos queridos en un rincón de mi mente…

Fantasma vivo


Nunca pude hablar con ninguno de ellos pero los veo. Funciona así, no lo busco, simplemente se da. Detrás de un crochet maravilloso tejiendo imparable veo a mamá, en la vieja estación de trenes llegando, siempre llegando, veo a papá, atrás de las cartas de truco sonriendo veo a Carlos el papá de mis hijos, robando objetos inverosímiles o coleccionado piedras casi mágicas veo a mi hermana, en la chacra como matrona que fue veo a la abuela, siempre escapándose de los loqueros veo a mi hermano…

Y así sería la lista interminable de ver a mis muertos. No los persigo, no los convoco, en algún momento desfilan por mi mente, así, sin más. Por eso ese día cuando vi tu fantasma en la calle me sorprendí, iba majestuoso, soberbio, orgulloso. Pero no sé por qué en la calle, si yo más que nadie sé qué cosas te gustaron más. Y no vi tu piano, ni vi tus libros, sólo tu paso magistral por la acera llena de sombras. Pero tu fantasma me sorprende aún más:

-Todavía estás viva…- me dice por lo claro y casi sobre mi cara. Mis fantasmas nunca me hablan. Me alejo sin pronunciar nombres. No me atrevo a volver la cara. Me voy ajustando a la tarde sin aflojar el llanto. Después cuando llego a mi guarida me agarra el loco deseo de aullar sin parar. Ni siquiera me acordaba que fui loba y tu mi lobezno favorito en un rito de amor que me parí sin dolor, con mucha sangre y mucha pasión. Como una loba. Tu fantasma, que es vilmente humano, ha abandonado la vieja camada de esta también vieja loba que te supo lamer las heridas. Entonces recuerdo la frase y me río en medio del llanto. – El lobo es el hombre del lobo, musito sin fuerza. Me voy metiendo camino adentro, lamiendo la ausencia de tu fantasma humano. Cae la tarde y me pierdo. Aúllo pero bajito, no quiero convocar a nada ni nadie. Al final, en la estepa, otro lobo me invita a despedazar un trozo de carne. Tengo hambre. Tu fantasma no volverá, es demasiado humano.

Recuerdo veraniego

Llegamos en la madrugada y sin ánimos . Nos metimos en la primera habitación disponible. Mi reino por una cama, gritaste riendo de tu frase. Los chicos se bañaban y se peleaban en el baño. Volvimos a ser civilizados, recé bajito sobre tu oído, cuándo ibas a entender que con cuatro niños y nuestra edad, ya no estábamos para turismo aventura. Te burlaste de mí y criticaste, como siempre, mi antigua casta de burguesa completa. Yo me refugié en el baño, puse orden, logré acostarlos y a media noche, todos dormían.
No pude conciliar el sueño, estaba agotada después de ochos días de camping y ni uno de sol. Solo nosotros salimos y desencadenamos el diluvio decías riendo. A mí me agotaron las peleas, los gritos y los aburrimientos en la carpa. Nos vamos ya!, grité ese domingo que la lluvia recomenzó como si jamás hubiera llovido. Y llegamos a ese lugar tal vez perdido de las rutas turísticas.
A las cinco de la mañana se perfiló un espléndido día de verano. Salí sin calzarme, necesitaba soledad. El mar rugía tranquilo después de tantas tormentas. Caminé su orilla como en peregrinación. Me parecía otro mar, me semejaba otro paisaje y otra vista. No lo sabía entonces, había encontrado mi paraíso.
Primero apareció el zapato viejo lleno de algas y caracolitos, solo y navegando en medio de la resaca. Después bien muerto, el dueño del zapato y más algas y caracoles. Y a partir de ese hallazgo la vida nos dio un vuelco inesperado y pasamos de turistas a investigadores de un crimen y sus consecuencias. El zapato contenía, a pesar del naufragio, la clave del asesinato.

Mujer mariposa

Cuando Margarita nació en aquel pueblo pequeño, sus padres eran primerizos y además, gente de campo. Cuando la partera les mostró la niña casi mueren de la sorpresa.

Trajeron un pediatra de una ciudad más grande para constatar que Margarita tenía una cara bellísima, un cuerpo acorde pero no tenía ni brazos ni piernas: en su lugar solo pies y manos. Los padres regresaron a la chacra desolados pensando que la primogénita pronto moriría. Pero Margarita no sólo no murió, se alimentó bien, sonreía con frecuencia y dormía sin molestar a sus padres. Al año tuvieron el primer hijo varón y Margarita, que ya usaba pies y manos para arrastrarse por toda la casa, aprendió a tararear una canción de cuna con facilidad extrema.

Así fue pasando el tiempo. Margarita tuvo cinco hermanos varones que la aceptaron como era y que la cuidaban como un tesoro. Ella vivía más afuera que adentro de la casa. La gente del pueblo había venido con curiosidad a conocerla pero la vieron tan hermosa de cara, tan simpática y la escucharon cantar tan bien que decidieron cuidarla entre todos y que los demás pueblos no se enterasen. Querían evitar prensa y malos tratos o que consideraran aquella niña un fenómeno de feria.

Y fue así como creció Margarita con su carita hermosa, su voz cantarina, su cuerpo casi perfecto salvo porque no tenía ni piernas ni brazos. Utilizaba sus pies y manos con mucha destreza para desplazarse.

Y llegó su cumpleaños número quince, y la familia, las vecinas y sobre todo su mamá se juntaron en la chacra paterna para decidir qué hacer. Una fiesta como cualquier otra decían sus tías, no sé, no sé, decía su madre, y las vecinas opinaban que algún festejo y algún vestido habría que hacer.

Sin embargo, no fue necesario… la noche anterior a su cumpleaños Margarita desapareció y ante la desesperación de sus padres, el pueblo entero la buscó hasta el amanecer.

Y fue al alba donde vieron emerger de los campos una inmensa mariposa con carita de mujer.

– Margarita!, gritaron todos a la vez.

Volando y revoloteando la mariposa se alejó pero antes entonó una bella canción de despedida.

Experiencia con mi sombra

Quinta experiencia…
Ser sombra de una sombra, destino o castigo, lo que sea. Dejé la casa sin luz, prendí unas velas viejas en los aún más viejos candelabros. Escarbé los cajones y descolgué las telas de arañas, di el aspecto de descuido y suciedad propicios. A la hora del crepúsculo, mi sombra, seducida por la tenuidad de la luz saldría a bailar en el espejo de la sala. Ahí la esperé. Ahí la encontré, finísima y perfecta.
Intenté seguir su juego de bailes exóticos, de llamados ingratos en su vaivén lujurioso, fue terrible en aquella penumbra jugar a ser sombra de la sombra. De una sombra que sabe bailar, que sabe llamar, que sabe jugar, justo yo que soy tan triste…
He llegado a la conclusión de que para ser sombra de mi sombra deberé aprender a ser feliz, a jugar sin pensar, a dejarme llevar por sensaciones. Mientras tanto, vuelvo al sillón raído de la vieja sala a mirarla, asombrada, enmudecida. ¿Cómo pudo salir de mí una sombra tan casquivana y transgresora?