Canasto vida

Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Yo soy mi madre, sin su canasto, usando la computadora para tejer relatos…

Devorar

Oníricas pretensiones…
Había muchísima gente y todos usaban algún tipo de toga y capuchas. Frailes tal vez. No podía ver sus rostros. Me sentía desnuda porque era la única a cara descubierta.
Caminábamos de prisa, alguien nos perseguía. Cuando apareció el Cíclope supe lo que era obvio, iban a lanzarme a mí. Iba sujetada por los pelos frente a su único ojo inquieto.
En lo alto vivían sus hermanos que no eran tan grandes. Cuando pensé que me almorzarían me dejaron en un sillón inmenso. Me preguntaron con sonidos guturales a quién me quería comer. No quería decir tu nombre. Pero era el único que me sabía. Al pronunciarlo sentí que te iba devorando y desperté con esas ganas locas de ir a buscarte, abrazarte, reconciliarnos con la vida.

Las mujeres que leen son peligrosas

Este libro de Stefan Bollman lo leí hace un tiempo, es más bien un tono de ensayo. Difiero con el autor en algunos puntos: considera que todas las mujeres lectoras son de la misma clase social. Y en pleno siglo XXI aún hay más mujeres analfabetas que hombres.

Sin embargo, me gustó el libro y decidí dar una charla on line en este mes de la Mujer.

Les dejo la invitación:

La puerta del dolor

Entro y me abrazan y besan

estoy cubierta de afecto y un aire

de ternura se exhala en el aire.

La casa está fresca, las sonrisas disipan mis dudas, el perro me festeja, la música me espera.

Me agasajan con manjares, tus manos han cocinado para mí… saboreo… brindamos y bebemos juntas.

Después serán las doce y cómo en el cuento, seré pobre y hasta mala, todo cambiará y volveré por otra ración de amor la semana próxima…

Abrazar y besar, establecer un diálogo, sentirte a mi lado, saber que estás… otra vez el ritual de brindar y comer, a veces nos reímos pero… llegarán implacable las doce de la noche y volveré a sentir que estoy vencida…

Vengo de un lugar al que no puedo volver.

Vengo de un amor tan puro que no tengo retorno.

Vengo y vienes de mi tan visceralmente que nada se puede comparar.

No hay nada y hay todo. Te he perdido y me has perdido.

No quiero más calabazas…no más media noche dolor y tristeza. Mejor tu recuerdo…

Te extraño y te extrañaré hasta que un día…ya no pueda hacerlo más.

De religiones


Es difícil definir el estado espiritual de mi familia. Era fácil ser creyente y no serlo, también. Teníamos serios conflictos espirituales.
Católicos no practicantes podría definirnos. Pero había algunas viejas raíces anarquistas y comunistas que se negaban a creer y por respeto a la Gran Matriarca, mi abuela, no lo decían, pero si podían te sembraban la duda razonable. Y mi padre se llamaba ateo y se reía de las cruces que se hacían cuando lo proclamaba. Pero aún así, dejó mi educación en manos de las monjas.
Los tíos abuelos contaban historias de un Jesús casi comunista y un Pedro avaro que representaba al Vaticano. Teníamos una crisis espiritual permanente.
Como mi hermana que de puro transgresora abrazó otras creencias, que la llevaron desde la reencarnación budista a tirar el Tarot y hacer cartas astrales. No me quedó mucha alternativa y me fui arrimando a un materialismo que me arrojaría de cabeza en un marxismo prohibido.
La transgresión comenzó y no hubo maneras, ni familia, capaz de contenerla. El castigo llegaría en forma inexorable.

Novelas


La radio del taller de costura, en la casa de mi abuela, estaba siempre encendida y las novelas, radio teatros, se sucedían regularmente. Desde las primeras horas de la tarde hasta llegada la noche.
Mi tía podía seguir más de ocho novelas diarias sin interrumpir su labor de artesana y modista. Cuando el trabajo la desbordaba acudían las hermanas a ayudarla.
Casamientos o fiestas de alto porte demandaban manos extras para finalizar infinitas puntadas.
La tía explicaba antes de cada radio teatro el resumen del mismo. Y cuando la cortina musical lo anunciaba, las agujas laboriosas trabajaban en silencio. Curiosa por aquellos dramas radiales me acercaba y cebaba mate.
Un mundo de amores y desdenes con fondos musicales caían en mi imaginación casi infantil. Amaba, odiaba, me ponía triste con la ayuda de esas voces. Y lo mejor era el después: comentarios obligados de lo que sucedería en el próximo capítulo.
Los radio teatros como las fotonovelas descansan en el rincón de los olvidos. Hoy quería contar como pasábamos las tardes largas, sin prisas, ni aburrimiento. La voz era nuestra compañía. La imaginación, la aliada.

Los jardines

En días de lluvia como hoy, después del infierno del calor, mi madre salía a hablar con sus plantas. Se mojaba sin importarle y a cada una le hablaba con tonos de voz distinto, les contaba o les preguntaba.
Con papá la mirábamos y nos reíamos un poco, tomábamos un mate y le reprochábamos sin escándalos la dulce locura de creer que la escuchaban.
Mi madre tenía un jardín espectacular, nunca compró plantas, siempre robó gajos, siempre le regalaron o las consiguió.
Hoy, en estos días donde tener jardines cambió el estatus de una casa, donde las plantas como las mascotas se han vuelto parte de ser o no ser determinada élite, recuerdo a mi madre. Simple y sencilla, con jardín rebosante, hablando bajo la lluvia mansa, con todas ellas, contándoles, preguntándoles…Qué tan sabia era y yo recién me doy cuenta.

Los martes

Los martes mi pequeña casa se transforma. Le preceden días de preparación en secuencias desde el viernes, así cuando llega el martes puedo terminar el ritual completo.

El martes bebo ese batido especial cuya receta dejó mi abuela y que rezó en voz alta por primera vez, en su lecho de muerte. Sólo mi madre la recordó y luego la escribieron: mi abuela era analfabeta.

Así comienzan mis martes: brebaje de la abuela. Baño con flores y hierbas. Ropa de algodón. Y voy juntando fotos y encendiendo velas. Luego inciensos hasta que la casa cambia su aspecto.

Mi querido amigo, amante, compañero de vida sabe que los martes debe dejarme sola hasta el anochecer.

Camino por la casa, voy nombrando mis muertos queridos, mantengo una discusión con mi hermana y le pregunto a mi madre si me dará la razón. Coloco un disco de Piazzolla y charlo con papá si es o no tango. Le pido a la abuela un cuento de su cultura italiana que sólo ella narraba. Vuelvo a leer con mi hermano un libro del lejano oeste. Mi difunto marido fuma como siempre y sonríe como la última vez. Mis tías discuten todas entre ellas y yo, cebo mate con hierbas y un poco de azúcar.

El día se desplaza lento. Vuelvo a encender más velas y enciendo más inciensos. Lleno los floreros con flores, dejó un fondo de música suave. Llegó la hora de beber con ellos y brindar y agradecer que cada martes, estén conmigo…

A veces también vienen algunos amigos y amigas muy entrañables, mis suegros y mi hermanita, que nunca conocí y la puedo tener en brazos.

Después se van retirando sin hacer ruido, me voy durmiendo en el sofá, les tiro besos, les digo: “ hasta el próximo martes” y me duermo en paz.

Dicen que estoy loca, que bebo mucho, que alucino, que uso drogas… tal vez todo eso sea cierto pero el resto de la semana, lo juro!, soy una persona normal.

Muerte y después

El sol rojo y eterno se va a morir por un rato

Cae sobre la magnificencia del agua en el eterno e infinito horizonte

Mil puestas de sol no te alcanzan para seguir mirando, ni a mi, ni a nadie…

No somos especiales: toda la humanidad se ha detenido a mirar alguna vez, la puesta del sol.

Es un poco esa sed de inmortalidad: sabemos que regresa, es una muerte falsa su caída roja sobre la lejanía… y tenemos la esperanza de volverlo a ver.

Así reanudamos el ciclo y nos sentimos eternos como el astro rey.

La muerte mentida del sol lleva millones de años, es un breve refugio para abrazar la noche, abrazar la oscuridad , rodearnos de ella o dormirnos en ella y renacer con el nuevo nacimiento del sol.

El crepúsculo suele ser lo más romántico del día y tal vez por eso mismo, lo visitamos con frecuencia pero… qué tiene de romántico la cercanía de la muerte? Nada en la vida humana…pero todo en el deseo antropológico de eternidad.

El sol se muere de mil colores y el rojo es el favorito de fotógrafos y poetas. Porque el rojo es pasión y morirse o irse, es lo mismo, mejor llenos de pasión que blanco hielo.

Dejemos, una o mil veces más, que el sol se vaya fingiendo muerte, mirémosle arrebolados de belleza… tal vez podamos parecernos mísera mente en morir en rojo pasión…