Canasto vida

Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Yo soy mi madre, sin su canasto, usando la computadora para tejer relatos…

Palabras encerradas

Y cómo un monstruoso invisible llegó, se expandió, nos enfermó y hasta nos mató?

Las puertas comenzaron a cerrarse, las ventanas casi selladas, las calles silenciosas, el bullicio evaporado y los pasos de unos pocos, apresurados.

Si parece que el monstruo está en cada esquina esperando. En cada huella pegándose. Y en cada abrazo y en cada beso, filtrándose. Tenemos miedo.

Entonces nos quedan las palabras y redescubrimos su poder de abrazar, besar, sonreír y los mensajes no paran. Estamos aislados, encerrados pero a pura palabra. Orales, escritas, las palabras siguen siendo la única manera de mantener el miedo al monstruo, algo controlado.

Y con escudos de palabras pasaremos estos días. Acá, allá y en el resto del mundo. Porque nunca sentimos más necesidad de comunicarnos que ahora, presos en nuestras casas. Prisioneros en nuestras paredes pero llenos de palabras… incluso las que vamos a descubrir en este meterse adentro para evitar al monstruo.

El monstruo se va a comer todo pero no se va a llevar nuestras palabras. Escriban muchas… las palabras además, sanan.

Humor, virus, amor, canabis

Que los de 60 o más “ estamos en el horno” como se dice acá. El dicho puede interpretarse de dos formas: ya estamos cocidos o en el infierno. Y es más o menos lo mismo, lo bueno que este dichoso corona ahí seguro no está porque no soporta el calor.

Y acá estamos haciendo una cuarentena que podría ser sesentena o noventena pues ya no sabemos cuánto estaremos encerrados. Hay que comprar arroz. Que los orientales tienen experiencia y se han aguantado toda guerra a puro arroz ( no sé si se puede comer sin palitos o si cambia el resultado alimenticio…)

Y no sabemos si tendremos fuerzas para este encierro y si en unos meses cuando salgamos a la calle, canas y arrugas expuestas, y deciden qué mejor nos matan para dejar lugar a los más jóvenes.

Así que decidimos pasarla bien. Arroz compramos. Vino también. Dulces varios porque todavía tenemos canabis legal y te da ansias de dulce. Y además el canabis a los sesentones nos estimula la libido…y te da por reírte de todo, hasta del virus de mierda con corona y todo.

Pues ahí estamos nosotros con un ritmo de risa y sexo que no teníamos desde hace veinte años. Tomando vino y comiendo arroz con lo que haya. No pretendo recomendar esta dieta pero que la vamos llevando bien , por supuesto.

Y si el virus no nos respeta habremos de morir con excesos de los buenos. Salud sesentones!

El encierro

Algo lejano a nuestra condición social laboral era el estar presos. Los presos eran para nosotros los delincuentes, de guante blanco o los más, los pobres que caen en tentaciones inevitables. Pero eran otro mundo, apartado del nuestro, en los lindes de la ciudad, con su vida y nosotros, ilusos, vivíamos la libertad prometida.

Resulta que el día que como un meteorito cayó la noticia del virus, nos encerramos aterrorizados. Después vino la orden de no salir. Después los que sí salieron saquearon los víveres dejándonos con escasas provisiones. Después nos dimos cuenta que no duraría ni una, ni dos, ni tres semanas, supimos que podía durar un tiempo sin tiempo. Y vino la desesperación. Y en ese momento no nos dimos cuenta que aún en esas condiciones, estábamos comunicados por Internet. No pensamos que nos podían aislar más aún.

Nos sentimos todas y todos infectados y empezaron a ocurrir cosas, gente que cantaba en las ventanas, gente que llamaba a todas y todos los vecinos para decirles buenos días, cómo están. Gente que empezó a hallar cosas en sus casa que ni sabían que tenían. Un megáfono encontramos nosotras en la nuestra. Antiguo, algo roto pero por suerte, lo pudimos arreglar, a medias pero funcionó.

Desde el balcón y con nuestro megáfono antiguo leíamos cada tarde un poema. Breve, porque el megáfono era bastante primitivo. Y nos pareció al tercer día que la gente estaba esperando esa hora…los vimos asomarse a sus ventanas.

Hace tres meses leemos poemas desde nuestro balcón, ya nadie falta a la cita, salvo claro, los que van muriendo, pero a esos también los despedimos con poemas. Mi hermana dice que en cualquier momento terminamos comiendo los libros de poesía que dejó madre, que ya la despensa está en las últimas…puede ser.

Si la poesía alimenta estos espacios de silencios y encierro, debería poder mantener nuestros cuerpos con vida hasta que alguien nos necesite.

Mi hermano fue un pájaro

Mi hermano nació con una maldición que lo hizo vivir prisionero casi toda la vida. Para cuando le diagnosticaron la esquizofrenia ni yo, ni mi familia, ni los médicos tenían demasiada información sobre el tema. Nos dijeron tantas cosas y nos aconsejaron tantas otras que la mayor parte de su vida probó tratamientos y siempre, lo encerramos.
Pero él era un pájaro. Se escapaba de sus jaulas siempre. Cómo lo hacía no se sabía, porque tenía carceleros fieros pero él, siempre los burlaba. No había forma de tenerlo prisionero, en esas épocas terribles de la dictadura, él sin documentos, sin otra cosa que el uniforme de su cárcel, y burlaba a todos: volaba, se escapaba.
Mi hermano era muy inteligente, leía muchísimo y le apasionaba la geografía. Sin embargo a los médicos no les importaba ese detalle. Mi hermano era peligroso porque en su cabeza las voces lo enloquecían de una manera que la furia lo dominaba y golpeaba a todo el que lo tocaba. Ni el chaleco de fuerza lo sujetaba. Su locura era de una dimensión extraordinaria.
Mi hermano aprendió a volar y cuando lo encerraban, se escapaba con tal precisión que nunca lo podían rastrear. Volvía a casa hecho un desastre: tiritando de frío, con el cuerpo en un temblor intenso, por el castigo del electro shock, asustado y furioso por su jaula medicamentosa. Y al poco tiempo, otra vez, conseguíamos otra jaula.
En uno de esos escapes una lluvia intensa le mojó las plumas y lo encontraron tirado, ardiendo en fiebre. Fue la única vez que lo rastrearon, que lograron encontrarlo; él, se murió de una infección pulmonar…dijeron. Yo sé que se murió porque le rastrearon su vuelo y porque su sufrimiento, ya era mayor que su locura.

Yo sé que se murió porque ya no soportábamos más sus locuras de oír voces y atacarnos, porque no entendíamos lo que le pasaba en su cabeza y porque no soportaba más electro shock y pastillas a granel. Sé que la neumonía fue una forma de encontrar al fin la libertad de la muerte.

Cuando fui a verlo…en su cajón de hospital mental, todos los locos lo lloraban, mucho más que yo por supuesto. Y me acompañaron con babas, lágrimas y mocos a dejar el cajón en la tierra. Finalmente mi hermano dormía para siempre y su vuelo de pájaro escapista, encontraba un lugar de donde no regresar.

Los locos, todos, todas, amaban a mi hermano y yo me he perdido la historia del porqué… y ya no podré contarla y ya no podré pedirle perdón por mi ignorancia e insensibilidad…pero lo dejé ahí, enterrado en su última jaula donde tuvo amigos de verdad.

Morir de virus o falta de amor

… ustedes díganme… estoy cuidando mi nieto de diez años y trajo otros niños para hacer una cartelera donde destacan que no se toquen, que no se abracen, prohibido besar…

La paranoia total y en la Era de la Robótica? Cómo? Así de golpe hay que decidir si beso, abrazo o muero de virus o de falta de amor?

Y para eso mis tatarabuelos se salvaron de no sé cuántas pestes? No dejaron en mis genes una defensa que me permita hoy abrazar una amiga o a mi amante compañero?

Volverán los besos y abrazos a ser clandestinos?

Ya no podré besar a los niños y niñas que agradecen mis libros? Los miraré desde mi tapabocas?

Se suspendió la Feria del Libro de Bogotá… se suspenderán otras? Leer para otros también será clandestino? Me ilusiona… Lo prohibido suele fermentar, nos acerca… nos provoca…

Ni Internet, ni la inteligencia artificial, ni toda la tecnología nos salva de este virus que tiene corona, debe ser de la realeza, o sea… es como antes : joderse y tomar quina es la mejor medicina.

Fiestas

Arrancaban casi siempre con la muerte del animalito: cerdo, vaquillona o varios pollos. Debí ser vegetariana y juro que lo intenté. En realidad en la matanza comenzaba la fiesta. Eran manos y manos que cortaban, picaban, envolvían, cocinaban.

La fiesta jamás era en un salón alquilado, me pregunto ahora si existían, porque las casas eran grandes y tenían patios, fondos arbolados o ambas cosas. La casa de la Gran Matriarca, la abuela, era casi siempre la escogida. Y ahí iba todo el mundo a trabajar antes y después.

Los niños de entonces éramos fáciles de entretener: había que ayudar un poco pues de eso, no te salvabas. Luego comenzaban las corridas y los juegos, a veces ocurrían accidentes, tirabas un postre o una salsera, o una ensaladera. Había gritos, retos, penitencia.

La fiesta era una gran comilona, siempre, grande era grande y no como ahora. Todo era en demasía. Todo era casero y había una especie de competencia. Fuimos una familia enorme con muchas fiestas.

Al final surgían los artistas, algunos se disfrazaban, hombres que aparecían con trajes femeninos, o al revés. Improvisaban pequeños espectáculos. Lloraban de risa los adultos y los niños, no sé si entendíamos todo, también nos reíamos.

Las tortas de casamientos o cumpleaños jamás fueron esas obras de arte que se usan hoy. Tenían eso sí, descomunales proporciones. Todo era abundante. Todo era exagerado.

Al final, siempre al final, llegaba el canto. La guitarra del tío abuelo y entonces se desgranaba folclore y tango. La voz de barítono de mi viejo, o las aflautadas voces de mis tías. La fiesta se iba cerrando.

Viste? por eso cuando me invitas, no sé si ir o no….todo ese cotillón, esa música estridente, ese no hablar con el otro, ese festejo artificioso…

Y termino yendo y no entiendo… hago un esfuerzo por integrarme y me sale bastante bien. Logro a veces hablar un poco y me siento menos vieja, menos empobrecida pero no logro sentir que estoy en una fiesta. Más bien me siento presa en un cotillón entre bandejas de cartón y vino etiquetado, presa de una música más fuerte que cualquier voz amiga, presa de un lujo que no tuve ni quiero, de exquisiteces que no son de mi paladar, formalismos escudando los mismos chismes de antes y me falta, la cantarola alegre y despiadada que tanto me hacía reír…

La vulgar fiesta casera con muerte sangre y hechura… muy rudimentaria y cruel, muy informal y amateur, me falta… eso… la brutal sencillez de antaño con olor a pan casero.

Después de todo

Nada. Ni este río casi majestuoso,

Ni el verdor del césped húmedo ni la copa frondosa de los árboles

Ni esta brisa de finales de verano ni este sol que no calcina pero energiza

Ni tu cercanía ni mi silencio

Nada después de tanto después de todo

Ni la cercana orilla que marcó la frontera y mi destino

Ni el mapa que nos cruzamos por estarnos por vivirnos por bebernos por amarnos

Ni tu silencio oscuro y el mío, que no presagia nada bueno

Ni tu cuerpo cercano ni mi mano vacía

Ni todo este entorno pacífico que una vez nos alimentó el alma…

Ni nada ni nadie ni todo podrían hoy devolvernos la ilusión la esperanza la necesidad de amarnos

Después de todo no éramos especiales

Éramos y somos otros vulgares amantes que se creyeron la historia del amor eterno…