Canasto vida

Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Yo soy mi madre, sin su canasto, usando la computadora para tejer relatos…

La bailarina de mambo

Cada vez que mamá salía me dejaba una lista de tareas que eran casi imposibles de realizar. Al principio, cuando apenas tendría unos once o doce años, las apuntaba. Tenía miedo de olvidar algo y tener que escuchar los reproches de mi madre una semana completa.

Después me fui acostumbrando y las memorizaba a la perfección. Eran, si se tiene en cuenta mi edad, muchísimas tareas. Por suerte mi madre salía poco. Pero en realidad, voy a confesarlo, yo deseaba que saliera más.

Lista de tareas: despertar a mi hermano y darle el desayuno, darle su ropa y fijarme si llevaba todo para su clase particular o su clase de deporte, según el día, pasar el

plumero en todos los muebles, sacudir y tender las camas, limpiar los restos del desayuno y dejar la cocina pronta para cuando ella regresara, darle de comer al Cardenal y limpiar su jaula. Mi madre por lo general llegaba cerca de las once.

Cuando ella se iba yo me transformaba: con una enorme colcha de cama bordada me hacía una solera larga dejando ver mis hombros desnudos. Sobre mi cabeza colocaba un enorme pañuelo de la abuela en forma de turbante y encima, las frutas de plástico que usábamos en el centro de mesa. Me pintaba un poco, no mucho porque tenía temor a no poder quitarme bien la pintura, me ponía los tacones de la abuela y listo.

Así, con ese disfraz de habanera, hacía las tareas cantando y bailando sin parar. El único testigo, por escasos minutos, era mi hermano que nunca le adjudicó importancia a mi disfraz y mi forma de canto baile limpieza.

Hasta ese día que nueve y poco, recién se había ido mi hermano, tocaron el timbre. En aquella época ni éramos tan temerosos de abrir la puerta, ni yo estaba en mis cabales, porque así disfrazada y cantando, abrí la puerta.

Frente a mí un joven, tendría más de veinte años tal vez, me miró con dos ojos enormes, mudo de asombro. Sería un vendedor, usaba un portafolio y corbata. Cuando vi su cara, asombrada a no dar más, detuve mi canto y cerré la puerta de un golpe, sin hablar una palabra.

Y a seguir con mis tareas, previo acomodar el racimo de uvas que con el sacudón de la puerta me caían sobre un ojo. Entonces el timbre otra vez. Esa vez demoré en atender. Pero finalmente me asomé con todo y disfraz, atónita quedé, era el mismo joven. Nos miramos. El juntó valor y con voz firme, me dijo:

⁃ Ay señorita, yo quiero casarme con usted!

Plaf! Sonó la puerta otra vez pero con mucho más fuerza. Y está de más decir que nunca más me disfracé, las tareas me resultaron insoportable y discutí mucho con mi madre por su exagerada forma de ponerme a trabajar cuando ella salía.

Al muchacho aquel… nunca más lo vi, para suerte mía… o no…

Fantasma vivo

( Para Ernesto)
Nunca pude hablar con ninguno de ellos pero los veo. Funciona así, no lo busco, simplemente se da. Detrás de un crochet maravilloso tejiendo imparable veo a mamá, en la vieja estación de trenes llegando, siempre llegando, veo a papá, atrás de las cartas de truco sonriendo veo a Carlos el papá de mis hijos, robando objetos inverosímiles o coleccionado piedras casi mágicas veo a mi hermana, en la chacra como matrona que fue veo a la abuela. Y así sería la lista interminable de ver a mis muertos. No los persigo, no los convoco, en algún momento desfilan por mi mente, así, sin más.

Por eso, ese día, cuando vi tu fantasma en la calle me sorprendí, iba majestuoso, soberbio, orgulloso. Pero no sé por qué en la calle, si yo más que nadie sé qué cosas te gustaron más. Y no vi tu piano, ni vi tus libros, sólo tu paso magistral por la acera llena de sombras. Pero tu fantasma me sorprende aún más:

– Todavía estás viva…- me dice por lo claro y casi sobre mi cara.

Mis fantasmas nunca me hablan. Me alejo sin pronunciar nombres. No me atrevo a volver la cara. Me voy ajustando a la tarde sin aflojar el llanto. Después cuando llego a mi guarida me agarra el loco deseo de aullar sin parar. Ni siquiera me acordaba que fui loba y tu mi lobezno favorito en un rito de amor que me parí sin dolor, con mucha sangre y mucha pasión. Como una loba. Tu fantasma, que es vilmente humano, ha abandonado la vieja camada de esta también vieja loba que te supo lamer las heridas. Entonces recuerdo la frase y me río en medio del llanto. – El lobo es el hombre del lobo, musito sin fuerza.

Me voy metiendo camino adentro, lamiendo la ausencia de tu fantasma humano. Cae la tarde y me pierdo. Aúllo pero bajito, no quiero convocar a nada ni nadie. Al final, en la estepa, otro lobo me invita a despedazar un trozo de carne. Tengo hambre. Tu fantasma no volverá, es demasiado humano.

El otro zapato

Llegamos en la madrugada y sin ánimos . Nos metimos en la primera habitación disponible. -Mi reino por una cama, gritaste riendo de tu frase. Los chicos se bañaban y se peleaban en el baño.

-Volvimos a ser civilizados, recé bajito sobre tu oído. (Cuándo ibas a entender que con cuatro niños y nuestra edad, ya no estábamos para turismo aventura). Te burlaste de mí y criticaste, como siempre, mi antigua casta de busguesa completa. Yo me refugié en el baño, puse orden, logré acostarlos y a media noche, todos dormían.
No pude conciliar el sueño, estaba agotada después de ochos días de camping y ni uno de sol. Solo nosotros salimos y desencadenamos el diluvio decías riendo. A mí me agotaron las peleas, los gritos y los aburrimientos en la carpa.

– Nos vamos ya!, grité ese domingo que la lluvia recomenzó como si jamás hubiera llovido. Y llegamos a ese lugar tal vez perdido de las rutas turísticas.
A las cinco de la mañana se perfiló un espléndido día de verano. Salí sin calzarme, necesitaba soledad. El mar rugía tranquilo después de tantas tormentas. Caminé su orilla como en peregrinación. Me parecía otro mar, me semejaba otro paisaje y otra vista. No lo sabía entonces, había encontrado mi paraíso.
Primero apareció el zapato viejo lleno de algas y caracolitos, solo y navegando en medio de la resaca. Después bien muerto, el dueño del zapato y más algas y caracoles. Y a partir de ese hallazgo la vida nos dio un vuelco inesperado y pasamos de turistas a investigadores de un crimen y sus consecuencias. El zapato contenía, a pesar del naufragio, la clave del asesinato.

Recuerdo veraniego

– Haceme el favor de dejar de joder con esa porquería asquerosa.

Así comenzaban mis vacaciones. Mi madre indignada por un zapato lleno de mejillones, algas, piedritas y cascaritas que, adheridas a él lo transformaban en algo mágico. Y no sé las vueltas que dí para poder quedármelo. Lo escondí en un hueco que tenía la casa que alquilamos ese año.
Mamá solía ponerse de muy mal humor si las vacaciones no resultaban a su medida y ese año, íbamos mal. Un frío terrible en la playa, unos precios de locos en los lugares donde le gustaba almorzar y para colmos, mi padre se fue con su nueva novia y ni pasó a saludarnos. Y mis primos que no llegaban y yo que no tenía con quién compartir mi zapato mágico.
Al final de la quincena ya casi no lo recordaba cuando una tormenta insoportable nos detuvo encerradas. No había otra cosa que hacer, solo jugar a las cartas. Yo ganaba y mamá se enfurruñaba, le hacía prometer cumplir mis prendas y ella aceptaba.
Al final de la partida mi madre se había terminado el vino, le dije que ya traía mi sorpresa y aparecí con el zapato.

– Mamá, dije solemne, tu prenda es meter la mano en el zapato.

Con cara de asco mamá metió la mano y cuando la retiró traía entre los dedos una medallita con nombre y fecha. Saltamos como si hubiéramos sacado la lotería. Es que yo supuse o adiviné lo que al final sucedió? Mi madre se puso a escribir un cuento o una novela, no sé. Se trajo un montón de libros y se olvidó de todo. Solo escribía y escribía. El zapato ahí, como un florero.

Se extendieron las vacaciones y pude esperar a mis primos. El clima mejoró y papá no sé…él nunca se enteró.

Buscándote

Separada de ti ya fui otra cosa.
Arrancada de tu ser, empezaba a ser
y despacio caminé a tientas, buscándome.
En ese recorrido creo que he sido
soy y seré muchas, porque me aburre ser
una sola.
El tedio a la rutina es propio o lo heredé.
El intento diario de vencer la abulia
La interpretación permanente
El goce por imaginar
Y otros estrabismos más o menos locos,
los habré agarrado por no parecerme a vos.
Vos te aferrabas a lo que había que decir,
hacer, pensar e
intentaste hasta el cansancio la sensatez.
Por eso a veces estabas tan triste
que dolía en mi alma tu mirada.
Eran fugaces tus caídas en el desánimo
pero nada igualaba tu instante de tristeza.
Cuánto hay en mí de vos
desde el corte
fiero de nuestro cordón.
De tu tristeza a la mía, de tu sonrisa
y de tu enamorada forma de leer
la vida.
De tus jardines perfectos a mi poca habilidad
con las pobres plantas.
De tus bordados en hilo que logro sólo imitar
con toscas palabras.
De tu arte culinario que no supe heredar,
seguramente no quise.
Y todo esto madre, todo esto, que no
terminaré jamás de escribir
para remplazar un te extraño eterno
que no termina jamás.

Teatrería

Tendría unos diez años cuando mi hermana de veinte, quiso hacer su debut en el teatro local, pequeño pueblo de provincia argentina. Mi padre, horrorizado, lo prohibió porque sin ser el Colón, otro teatro era de putas. Pero mi madre logró a duras penas, convencerlo.
Convencer a mi padre fue lo mejor porque mi hermana emprendió una carrera artística y yo, condición especial, tenía que acompañarla.
Era teatro pueblerino, los fines de semana a veces nos íbamos de gira por pueblitos rurales. Los paisanos poco entendían a Lorca pero silbaban como locos ante las actrices, aunque usaran el riguroso luto de Bernarda Alba.
Eso me permitió aprender libretos de memoria, de puro aburrimiento y recorrer zonas rurales alejadas , de la mano de mi hermana y del arte teatrero.
Mi hermana en escena se transformaba y crecía, así la veía yo. Dramática por excelencia no sé si hubiera podido ser cómica. El teatro la llevó a hacer radio teatro y ahí comprendí más aún la esencia de la oralidad.
Me debía este recuerdo después de tantos años de amar el teatro y la oralidad. La vida de nosotras con el arte tendría mal final: mi hermana no pudo seguir porque los rumores le ganaron a la buena voluntad de mamá y en mi caso, me ganó la dictadura y debí callar por años mi secreto arte de narrar.

PRIMA VERA

Con una pollera verde

y su cabellera alocada

llega y se sienta sonriente,

mientras estornudo en mi sala.

Mi prima llega siempre

sonando como una campana.

Aveces se pone muy loca

y enfría todo lo que toca.

Tiene días más mansos

con soles tibios y calmos.

También se pone furiosa

sopla el aire como pocas…

En mi habitación se esconde

si no me ve, se pierde,

y no hay forma de saber

que ropa te vas a poner …

Si abrigo, blusa o campera

porque es inestable la Vera,

no es una prima cualquiera

Es una de mis favoritas

no me importa si me grita,

o si de sorpresas me agita.

Me gusta que llegue con calma…

Pero sé que es imposible

pedirle que sea sensata.

Mejor esperarla con ganas

con un montón de alegría

con té de menta y cedrón,

ajustando el corazón

a su presencia tramposa

que te quita la razón

y te transforma todo

con un profundo sacudón.

Escribir

Qué verbo tan perseguidor el de escribir, escribo, escribía y escribiré. En lo personal cuando tengo estos baches de ausencia del verbo en mi vida, me da una culpa triste y persistente. No es como otra culpa, es mucho más miedosa, el pánico de quedarme sin tema es peor al otro, el de repetirme.

Escribir es también un poco una manía, en mi caso una manía en evolución, del papelito, a la máquina portátil, la computadora y ahora el blog directo del celular. Pero no estoy segura de haber evolucionado: creo que el papel, cualquier papel en cualquier lugar, es un recuerdo romántico de mi misma.

Ahora, en este momento, estoy en medio de un acto y la gente debe de pensar que estoy en las Redes o en WhatsApp, nadie sospechará que reflexiono en mi blog. En cambio en aquellos lejanos días donde cualquier hoja de papel me servía y sacaba una lapicera, tinta verde, y escribía con actitud concentrada… era mirada como la joven intelectual, la joven poeta, la joven que quiere ser escritora… Era más lindo sentirme así.

Es una gran suerte tener esta edad: me importa un carajo si piensan que soy una vieja obsesionada por cadenas de WhatsApp. Me gustaría que pensaran que soy una vieja que tiene amantes lejanos y aprovecha este montón de gente para escribirles y pasar casi desapercibida.

En estos días mis historias no fluyen, ando floja de ritmo poético y reflexionando menos. Terrible culpa. Y sin embargo estoy sentada en medio de un acto político, porque me sigue interesando, y escucho detrás mío una cuerda de tambores que hacen repicar un candombe tan afro uruguay que me eriza la piel.

Si tendría yo material para escribir sobre el tema: cuando llegué huyendo de la dictadura argentina, con solo 24 jóvenes años, me asomé a un balcón del hotel y escuché este ritmo por primera vez. Después conocería los conventillos donde los esclavos pedían permiso para tocar “tangó”, y ese ritmo hereje y africano un día ganó las calles y se instaló en el pueblo. Cada vez que lo escucho un ancestro africano de millones de año me grita desde las tripas.

Tendría tanto para contar: incluso del negocio que se ha hecho hoy para el turista. Pero yo lo conocí un poco antes: antes que la dictadura uruguaya lo prohibiera, o lo corriera de las calles. Por eso hoy, aquí, en pleno acto político escribo y divago: tengo sed y hambre de escribir pero mis personajes han huido y mis historias no son y mis reflexiones no me habitan.

Culpa: a mea culpa.