Distancia

La distancia comienza con el sonido de una

tijera, clap, y ahí se empieza.

La distancia es un mapa de por medio y dos corazones latiendo sin llegar a escucharse.

La distancia es un abismo que separa y derrota, al más débil de los distanciados.

La distancia tiene oscuros silencios pero más que nada: olvidos.

Anoche soñé que nunca más estaremos juntas y me desperté pensando: alguna vez lo estuvimos?

Ah, sí… claro, antes del clap de la tijera quirúrgica.

Me estoy perdiendo de mucho… te estás perdiendo mi última parte, las vivencias finales antes de envejecer y no entender.

La distancia es un camino lleno de rencores y ni vos, ni yo, que debería de ser ejemplo, tenemos ganas de no sentir rencor.

No pido más perdón: soy esto.

Ancestrales y actuales

(para ti hija mìa)

Desde la tibia quietud de mis recuerdos, traídos a la luz por las voces de mis abuelas, hay un lazo que nos liga más allá del de madre e hija. Ese, tan conocido, donde fuiste huevo y nana en mi útero, quizás no sea el más fuerte aunque esto pueda resultar irónico.

Ancestralmente nos persiguen pasos de mujeres que en nuestras familias se revelaron, fueron severamente castigadas, se sometieron, fuero bestialmente humilladas, se suicidaron fueron borradas, se emanciparon y fueron envidiadas, se volvieron soñadoras y las encerraron, se liberaron del yugo dogmático y las juzgaron.

A través de mis sueños y los tuyos, en este devenir caótico de esta Era que es la tuya más que la mía, nosotras las vengamos. Nosotras las resucitamos para que sean un poco más felices, para entenderlas, para vivirlas.

Por eso hija mía, quiero legarte una a una mis memorias de mujeres, algún día, tal vez, las leas y te verás, te leerás y sabrás algunos por qué que hoy, no sabés responderte.

Hubo en mi familia, itálica por excelencia, historias varias de mujeres que dijeron no, no quiero, no, no lo voy a hacer, a pesar de que decir no, en esos años era terriblemente castigado con un peso físico, social y moral, severísimo.

Por eso, por esas mujeres, brindaré contigo hasta el fin de mis días. Por la que fui y sentenciaron, por la que fui y  persiguieron, sí, por ella también. Pero más que nada por otras, mucho más lejanas en sangre y cercanas en la decisión de vivirse la vida a su manera.

Salud, hija, por más historias que contar.

Canasto vida

Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Yo soy mi madre, sin su canasto, usando la computadora para tejer relatos…

Disimulemos

Carolina, tan perfecta. Tan bella, rubia, estilizada, sin granitos, sin frenillos dentales. Tan reina de los estudiantes. Y no era mala alumna. Es cierto que vos y yo éramos siempre las mejores. Pero Carolina era buena. Le alcanzaba y le sobraba para estar siempre entre las primeras.

Que nos sucedió a nosotras con Carolina? Fue su mayor experiencia con chicos, fue descubrir que muchas veces mentía o fue lisa y llanamente envidia?

Teníamos apenas dieciséis y ella casi alcanzaba la mayoría cuando nos conocimos. Terminaba ese año secundaria. Se iba a la Universidad. Salió reina de los estudiantes. Reina de la primavera y aún así aprobó el año y sus exámenes. Ese verano, le regalaron un mes en Punta del Este, para festejar todos sus éxitos.

Nosotras que siempre íbamos a la casita de tu tía en Valizas, nos picó la rabia. Punta del Este y con qué plata, nos preguntamos. Su casa era similar a la nuestra, clase media arañando siempre no caer más abajo, padre y madre trabajando mucho para pagarnos el Colegio privado.

Valizas en ese tiempo era apenas un esbozo de balneario con ranchos de paja en los techos, artesanos y pescadores. Ciertos grupos de adultos que preferían ese lugar tranquilo y mataban las tardes de playa con pelota y discusiones políticas. Todos zurdos, decía tu tía mientras se reía y vendía comida casera.

A tu tía le gustaban los zurdos, te preguntaba yo, siempre le gustaron, me confesaste. Si el marido estuvo preso un montón. Y dónde está tu tío, pregunté curiosa, se fue, me dijiste, se exilió y no volvió. Y justo, en ese momento que caía el sol rojo sobre una arena rubia y alocada, la vimos. Nos escondimos enseguida.

Era Carolina. Y nosotras estábamos en Valizas en el rancho de tu tía, no estábamos en Punta del Este. Era Carolina bronceada y esbelta, perfecta como siempre, tomando el último rayo de sol.

Esa noche nos quedamos hasta tarde preguntándonos qué hacer. Al final decidimos escondernos y esperar sus cuentos del verano en Punta. Después nos reiríamos en su cara.

Cuando faltaban unos pocos días para comenzar nuestro último año de secundaria, fue a despedirse, se iba a Montevideo a estudiar.

  • Y qué tal tus vacaciones en Punta- le preguntaste.
  • Ay, no saben lo que me pasó- bajó la voz- me enganché con un tipo mayor tan divino. Lleno de guita! Me llevó por toda la costa. Recorrimos todo y me regaló de todo. Hasta un anillo de oro. Pero se lo devolví… creo que se había metido mal conmigo.
  • Y nos quedamos mudas. Después que se fue divagamos entre si era verdad o mentira. La vimos en Valizas y justo el tipo estaba en otro lado. O era otra de sus mentiras. Congeniamos en que podía ser verdad pero lo del anillo, eso, no lo íbamos a creer.
  • Al año siguiente en Montevideo nos encontramos con Carolina. Ella estudiaba arquitectura y nosotras Literatura. Nos vimos varias veces. Siempre tenía historias con tipos. Un día se me escapó y le solté: sos media puta, no?
  • Me arrepentí enseguida. Me miró con desprecio y me dijo: vos sos una mojigata. Yo no cobro, che. Me acuesto con el que me gusta.
  • Y al que te regaló el anillo?- le preguntaste- ese te gustaba o le diste bola porque te llevó por todos lados?
  • Quedó con sus ojos almendrados fijos no sé dónde, no se acordaba. Me di cuenta. Después de unos segundos eternos reaccionó:
  • Ah, el de Punta del Este? Sí, me re gustaba. Este año voy de nuevo.

Así. Esa era Carolina. De malo no tenía nada. Salvo su pelo castaño claro,lacio y prolijo. Salvo su cuerpo perfecto y su cara hermosa. Y sus amantes y sus veranos en Punta del Este. No, no tenía nada de malo. Además de irle muy bien en la facultad.

Ese año volvimos a Valizas y por suerte tu tía, una santa mujer, había logrado hacernos un dormitorio. Teníamos privacidad y de noche, entrábamos y salíamos por la ventana. Nos íbamos a los toques de la playa, tomábamos sangría y fumábamos algún porro.

Una noche la vimos a Carolina. Tan espléndida como siempre, con una biquini diminuta, un largo vestido calado, tomando cerveza con un tipo que tenía una tabla de surf. Nos fuimos. Esa noche ni porro, ni sangría, ni buscar un chico para pasar a la acción. Nada. Reventábamos de rabia.

La buscamos en la playa al día siguiente. Y a la noche siguiente. Ni rastros. Hasta pensamos que era nuestra imaginación. Al final de enero la olvidamos porque hubo mucha sangría, porro y sexo. Nos sentimos todopoderosas y Carolina dejó de existir.

Fue tal vez en marzo, hacía un poco de frío en Montevideo y fuimos a una manifestación. Ahí estaba la bella Carolina. No queríamos que nos viera pero se acercó jovial, dando besos y abrazos ( como si alguna vez hubiéramos sido grandes amigas). La manifestación era en silencio, por las mujeres víctimas de feminicidios, pero ella se las arregló para contarnos que ese verano había aprendido a surfear y que estaba de novia.

Un mes después la vimos rubia y espléndida del brazo del profesor de surf, no nos arrimamos y ni siquiera queríamos saludar. Pero ella nos persiguió con sus gritos de mujer feliz, quería presentarnos al novio. Y tuvimos que conocerlo, sonreír, besar las mejilla, hacernos la simpáticas e incluso compartir un café.

Tuvimos que aceptar más tarde que el hombre era lindo, musculoso, con sonrisa amplia y cara de buena gente. Carolina estaba más linda, el amor la desbordaba.

Ese año el estudio estuvo duro, no salíamos casi y nos pasamos estudiando. En plenos exámenes de fin de año apareció Carolina en nuestra pensión. Tenía una sombra pálida en la cara y nos dijo que estaba estudiando mucho.

  • Ustedes van a Valizas en enero como siempre, no? Este año voy a ir a quedarme unos días. Nos podemos ver? Este año estreno tabla de surf.

Sonreímos las dos como bobadas encantadas, su majestad de la belleza visitaría en el balneario pobre, a las dos estudiantes pobres también. Toda una revelación y un festejo.

  • Y si no vamos este año?, sugerencia de tu parte.
  • Ah, no, tu tía nos espera siempre y es nuestro único mes de playa. No tengo novio que nos pague hotel en Punta- te respondí muy seria

Nos reímos bastante de nosotras mismas y nuestras niñerías con ese afán por odiar a Carolina, cuando en realidad, casi ni la conocíamos. No era nuestra amiga íntima y si lo pensábamos bien, nunca nos había hecho nada malo.

Verano de sol radiante en Valizas. Muchos chicos lindos. Ayudábamos a la tía con sus tartas y empanadas en la mañana, después en la siesta tomábamos sol sin clemencia. De tarde volvíamos a ayudar a la tía, le hacíamos todos los pedidos para el día siguiente. De noche, casi siempre nos escapábamos. Menos los fines de semana porque teníamos permiso para salir.

Un sábado apareció Carolina con un traje carísimo y una tabla de surf. Se instaló en la casa de mi tía y se puso a contar historias de olas y caídas que me colmaron la paciencia casi enseguida. Y vos te morías de risa, porque vos, mi amiga del alma, me conocías tanto que sabías que yo estaba que explotaba.

No solo se quedó más de lo necesario sino que anunció que esa noche íbamos juntas al toque y al baile en la playa.

  • No voy- te dije apenas salió.
  • Estás loca? Tengo una cita con Juancho el de la facultad. No seas mala, si no la aguantas ponele una pastilla de esas que toma tu tía para dormir y seguro el profesor de surf se la lleva drogui.

Eso, el profesor de surf, el novio. No lo había nombrado ni una vez. Extraño. A vos no podía fallarte, así que nos vestimos y nos fuimos. No sé porqué extraña razón metí en el bolsillo de mi short tres pastillas de la tía. Te tomé la palabra.

Era una noche hermosa, con una luna roja que salía sobre el mar. Cuando llegamos Carolina ya estaba algo tomada. Fue vernos y comenzar a llorar. Tema: el profesor de surf la había engañado, era casado, no tenía un peso y la había dejado sin despedirse. A mí no me hacía gracia oírla, la noche era diáfana, quería bailar, quería tomar algo, divertirme y que vos te fueras a tu cita con Juancho.

Se que habíamos entendido que odiar o despreciar a Carolina era un infantilismo de nuestra parte. Sé que debí tener al menos un poco de compasión femenina. Pero no me salió soportarla. Escucharla llorar borracha abrazada a la tabla de surf. Me pareció ridícula, me sentí usada y le metí las pastillas en el vaso.

Me fui a bailar con un argentino que tenía facha de gitano. Nos reímos mucho y nos besamos un poco a la orilla del agua. Cuando regresé me acordé de Carolina. La busqué y me inquieté. Dormida estaría, obvio, pero dónde.

  • Es que no sabemos ni siquiera con quién está ni dónde está parando- casi gritando me lo dijiste cuando interrumpí tus arrumacos con Juancho.
  • La gran feminista!- me dijiste vistiéndote y saliste corriendo y yo, atrás, llena de culpa y vergüenza.

Fuimos recorriendo los grupos preguntando por Carolina. Un flaco con cara de desquiciado nos dijo: se fue a surfear.

Por supuesto que no le creímos. Carolina alcoholizada y con diazepan encima, se habría dormido por ahí.

  • Odio decir esto pero hay que avisar a la policía- te dije después de una hora de búsqueda cuando una chica bastante sobria nos dijo que vio una chica alta que se metió al mar con la tabla de surf.

Y la buscamos. Y avisamos a las autoridades y al otro día salieron con lanchas de Superfectura.

Y nos enteramos que paraba en un camping muy barato y que se había registrado sola.

A los dos días te fuiste. Yo me quedé y esperé hasta que la encontraran muerta, ahogada y medio comida por los pescados.

Me arrepentí mil veces. Pero no valió de nada: ella está muerta. Si nos hubiéramos quedado: la hubiéramos detenido? Cómo pudo llegar al agua con todo lo que se tomó? Cómo podíamos imaginar que la espléndida Carolina podía intentar un suicidio? O no intentó un suicidio? Quién carajos sale a surfear de noche?

Pero quería contarte que el último trago, el de las pastillas, no se lo tomó. Por lo menos no se lo bebió todo. Porque al otro día el dueño del boliche de la playa me contó que el chico que hace los tragos, se durmió apenas empezó la búsqueda de Carolina.

  • Un insensible- me dijo- todos acá preocupados y este se acostó y durmió hasta hoy a mediodía. No sé qué se habrá tomado…

Entendes que se tomó el último trago de Caro? Me vas a culpar siempre? Te acordas que dijiste si no la aguantas ponele una pastilla de las de tu tía? Se me fue la mano con tres, es cierto… pero se las tomó el chico de los tragos! Estoy segura!

Vas a seguir sin hablarme? No vas a seguir estudiando como siempre conmigo?

Carolina fue solo seis meses a la Universidad. Sí, pregunté, me informé. Sus padres estaban separados.

Todo estuvo mal pero en realidad jamás sabremos bien quién era Carolina. Podes por favor volver? No puedo resucitarla, ni vos borrar nada de lo que pasó.

Te espero.

El mar escribe historias

A orillas de este encrespado trozo de Atlántico lo veo ir y venir. Trae, deja, lleva. Su inmensidad se hace espuma y su clamor aullido.

En este rincón olvidado del turismo consumidor y etiquetado, hemos pasado momentos inolvidables. Hemos intentado traer aquí a todos los que amamos y muchas veces, lo hemos conseguido.

Tenemos recuerdos guardados de más de veintitantos años, otros veranos, el mismo océano, la playa brava y cada casa nueva, un acontecimiento.

No sabemos porqué volvemos. Insistimos y cuando no lo hacemos, sentimos que no hemos tenido verano.

Este mar salvaje, nos convoca cada año. Hemos dejado parte de nuestra juventud aquí, hemos visto a los nietos bebés transformarse en hombres. 

Repetimos el ritual que es el mismo pero diferente cada verano. Y el pequeño pueblo sigue sufriendo el embate de las olas y arrinconan piedras para sostener casas. Y cada año vemos que se llevó otra pero un poco más lejos, nació otra. 

Este trozo de mar podrá escribir que cada año, hemos dejado un pedazo de nuestras vidas aquí, en su orilla. En los pliegue furiosos de sus olas, en la infinitud de su esplendor.

Amo este mar bravío, este pueblo pequeño, esta costa rústica e infinita. El silencio de sus noches y las miles de fotos que tenemos guardadas.

Es verdad que el mar escribe historias y a nosotros, a buena parte de nuestra familia, nos escribió el regreso en cada centímetro de piel.

No podemos abandonar esa caligrafía marina que nos invita cada verano a volver. 

Silencio de pájaros

El hombre rico y poderoso ordenó su mansión en el centro del bosque. Debieron derribar, cortar, tirar y más.  

Caían árboles, huían animales por doquier. El hombre exigía más y más habitaciones, más terrazas, más agua. Hizo desviar el curso de un arroyo cantarín. No tenían fin sus deseos.

Finalmente, después de un par de años, pudo instalarse en la casa. 

A los pocos días, le informó a sus sirvientes que le molestaban los pájaros. Que lo despertaban demasiado temprano por las mañanas.

Pusieron todo tipo de trampas y mataron muchísimos pájaros. A los que cazaban, los encerraban en jaulas y los enviaban lejos. A lo largo de meses, los animales alados evitaron pasar cerca de la gran casa del bosque.

El monte que rodeaba la mansión quedó silencioso. Ya nada cantó en las ramas. Ya nada aleteó en el sol.

Unos años después, el hombre rico y poderoso luchó a brazo partido contra una enfermedad que lo dejó sordo como una tapia.

En tibia venganza, los pájaros que cazaron y enjaularon lejos se soltaron y regresaron a cantarle al bosque. Los que evitaban la casa vencieron el miedo y regresaron. 

La casa enorme fue el escenario musical de miles de aves que cantaban, cada día aparecían más.

Pero en los oídos del hombre rico y poderoso había un silencio de muerte.

Los sirvientes sonreían y hacían sus tareas, alentando el canto con silbidos propios. 

Cuando el hombre rico y poderoso murió, hicieron un gran santuario de aves que todavía resiste en medio del bosque. Habitado por pájaros cantores, se ha convertido en un lugar turístico ejemplar. 

Nadie recuerda la historia del hombre que despreció el canto de los pájaros.

Silencio de pájaros

El hombre rico y poderoso ordenó su mansión en el centro del bosque. Debieron derribar, cortar, tirar y más.
Caían árboles, huían animales por doquier. El hombre exigía más y más habitaciones, más terrazas, más agua. Hizo desviar el curso de un arroyo cantarín. No tenían fin sus deseos.
Finalmente después de un par de años, pudo instalarse en la casa.
A los pocos días le informó a sus sirvientes que le molestaban los pájaros. Que lo despertaban demasiado temprano por las mañanas.
Pusieron todo tipo de trampas y mataron muchísimos pájaros. A los que cazaban los encerraban en jaulas y los enviaban lejos. A lo largo de meses los animales alados evitaron pasar cerca de la gran casa del bosque.
El monte que rodeaba la mansión quedó silencioso. Ya nada cantó en las ramas. Ya nada aleteó en el sol.
Unos años después el hombre rico y poderoso luchó a brazo partido contra una enfermedad que lo dejó sordo como una tapia.
En tibia venganza los pájaros que cazaron y enjaularon lejos, se soltaron y regresaron a cantarle al bosque. Los que evitaban la casa, vencieron el miedo y regresaron.
La casa enorme fue el escenario musical de miles de aves que cantaban, cada día aparecían más.
Pero en los oídos del hombre rico y poderoso había un silencio de muerte.
Los sirvientes sonreían y hacían sus tareas alentando el canto con silbidos propios.
Cuando el hombre rico y poderoso murió, hicieron un gran santuario de aves que todavía resiste en medio del bosque. Habitado por pájaros cantores, se ha convertido en un lugar turístico ejemplar.
Nadie recuerda la historia del hombre que despreció el canto de los pájaros.

Incógnita venganza

Fueron las dos a la cita con unos deseos terribles de avergonzar al hombre. Eso, es verdad.

Todo había empezado como un juego casual por Internet. El hombre era bien parecido, no bello pero sí, se veía bien. Tenía una cultura media, se podía hablar con él sin aburrirse. Una posición económica cómoda como para pagar buenas cenas y buen hotel.

Nunca lo pensó Luisiana como candidato fijo, sabía que eran encuentros casuales. Pero la sorprendió un poco el llevarse tan bien y que el sexo fuera tan bueno. Por su experiencia, la primera vez, no era la mejor. Fue un muy buen fin de semana.

A los dos días se lo contó a Marta, su mejor amiga, por teléfono. Supuso que en breve recibiría la segunda invitación.

Y no se equivocó, tuvo varias charla con José vía chat, se rieron , hablaron temas diversos y llegó la invitación. Nunca había recibido ese tipo de invitación , era una mujer de cuarenta años con un hijo adulto y divorciada por más de diez años, no era una moralista, tenía un buen trabajo y disfrutaba la vida con alegría.

La invitación de José sin embargo, acabó con esa mujer independiente, no moralista y alegre. Le preguntó directamente si tenía una amiga para llevar. Para hacer un trío. Por supuesto, quería conocer por fotos y chat a su amiga. Un fin de semana pero en trío, le dijo.

Sintió que le bajaba su nivel de autoestima a un nivel desconocido, sintió que ese fin de semana donde ella se sintió cómoda y alegre, era muy menospreciado por el hombre. Le subió una rabia desconocida y un deseo de venganza que ni siquiera con su ex, había experimentado.

Horas de teléfono con Marta que al principio, se rió y le dijo: ay, no jodas, pásalo a bloqueo y olvídate.

Pero Marta, que la conocía bastante, jamás había sentido tanto resentimiento y menos aún planes de venganza. Así que, o le tentó la idea o como buena amiga, decidió ayudarla.

Conoció por Internet a José, le envió fotos y siguió el juego de acuerdo a lo planeado por Luisina.

Casi al mes llegó la cita en una bella ciudad, cercana a la Rivera de un hermoso río. Las dos fueron preparadas con los aceites necesarios.

Se encontraron los tres para cenar. Tomaron buen vino, comieron buena carne. El ambiente se fue preparando. José insistió un par de veces en preguntar si era la primera vez que lo hacían y ellas riendo, le aseguraron que no. Al final de la segunda botella, se lo creyó. Mordió el anzuelo.

Fueron al hotel. Lo dejaron en la cama y se encerraron en el baño diciendo: tenemos una sorpresa, desnúdate amoroso.

Y el hombre esperó desnudo. Y las dos aparecieron con ropas sensuales , negras, de finos tacos, con las bocas pintadas de rojo rabioso. Subieron a la cama, una de un lado, otra del otro. Comenzaron un jugueteo de manos y Luisina sacó una esposa rosa de su traje. Lo esposó mientras lo besaba en la boca. Lo mismo hizo Marta.

  • Y ahora amoroso, eres todo nuestro – dijo Luisina y el hombre se exitó y se relamió los labios.

Pero se bajaron de la cama, encendieron el TV, y se vistieron tan rápido que el hombre no alcanzó a reaccionar. Le sacaron todo el dinero frente a él, las tarjetas de crédito y el celular.

  • No grites, tengo el teléfono de tu esposa. Si te quedas quieto no le envío esta foto- dijo Luisina mientras lo fotografiaba. Marta ya tenía todo pronto, se cambiaron en tres minutitos, dejaron todos los juguetes sexuales y vestimentas regadas por la alfombra.
  • La próxima vez que busques un trío, piénsalo, me viste cara de puta? – dijo Luisina antes de cerrar la puerta y colocar el cartel de NO MOLESTAR, del lado de afuera de la puerta.

Se fueron vestidas como dos señoras, en el bolso llevaban toda la ropa de José, su teléfono y todo el dinero y las tarjetas.

Antes de tomar el bus que las llevaba a su ciudad tiraron todo en un contenedor.

Se fueron riendo nerviosas y sin dormir el resto de la noche. Al otro día se separaron y volvieron el lunes cada una a su vida normal.

El peor final que imaginaron fue no saber. La venganza fue ejecutada. Pero nunca lograron saber qué sucedió después. No podían preguntar y en ninguna noticia que escucharon se mencionó el hecho.

Lo peor aún fue que con el tiempo comenzaron a preguntarse: y si no hubiera salido según lo planeado? Y si el hombre hubiera muerto por esa estupidez?

Cómo puede ser venganza algo con final desconocido?

Te acordas del cine?

Era para vestirse bien. Era un acontecimiento y era algo que, como siempre, algunos podían pagar y otros no.
Cuando dejabas “ la matiné”, con dos películas casi estúpidas, subías el escalón y podías ir de noche.
Noche de cine, con tus hermanos mayores o con papá y mamá, al principio. Igual, era fiesta. Era lo más parecido a ir al teatro.
Se escogía la película. La ropa. Con quién y cómo se iría. Igual a la preparación de un viaje: era más linda la previa, muchas veces, que la película misma.
Nunca conté las horas de cine que tienen mi vida. Sé que fueron muchas. Pero lo ceremonial de ir al cine, se murió hace años. Porque también tuvimos idas al cine que terminaban con un café y la discusión obligaba del argumento, de las actuaciones. Y esas películas, las que dejaban margen para la discusión, seguro que fueron las mejores.
Algunos años antes había pasado lo mismo con el teatro. El cine no lo remplazó, tampoco lo hizo la TV con el cine.
Pero sí le quitó la salida, la ceremonia de ir al cine y disfrutar junto a mucha gente la película de turno. El gusto a comer chocolatines o masticar caramelos frente a escenas románticas o de terror.
También nos quitaron la posibilidad de ver qué vestidos se ponían las demás mujeres para ir al cine. Eso nos daba motivo de conversación al día siguiente.
Y los hombres se perdieron también la posibilidad de mirar ciertos escotes audaces y piernas cruzadas. No sé si lo comentaban al día siguiente.
Pura nostalgia lo mío pero tenía su encanto.
Ahora si tenés dinero podes pagar para ver casi todo desde tu pantalla gigante y te ponés un camisón para ver más cómoda.
Esa salida, empaquetada los días de fiesta patria con películas supuestamente muy buenas, están en la historia de cosas que no volverán.
Me sigue gustando el cine, extraño a veces, la sala llena de gente conocida y desconocida, riéndonos todos juntos o aplaudiendo al final.

1 de enero

1 de Enero:

El 1ero de todos los eneros, los de antes y los de ahora, son lentos, las horas se detienen, los sueños y las esperanzas están tan nuevecitos que ni el papel de regalo se ha roto. Se demora el día para asimilar que otra vez, sí, otra más, estamos con calendario a estrenar. Hay que remar otro año y nadie puede decir si terminará, si habrá o no, si tendremos o perderemos.
Por eso es bueno una casa llena de tías, como la mía cuando pequeña, las tías son muy buena receta para los 1ero de enero. Llega una y te da un consejo, llega otra y te cuenta un chisme, otra se aventura a predecirte algo que ocurrirá, otra te depila por vez primera aunque vos des alaridos de terror, otra pica las sobras de la comilona de anoche, otra hace té para las que bebieron de más.
Nada más feliz que una cocina llena de tías. Todas saben todo de todas y de más allá y de más acá. Todas pueden gritar y entenderse a la vez. Todas pueden dejar que sus hijos vayan y vengan pero no les permitirán interrumpir esa reunión compleja, espiritual, chismosa, cruel, tierna y tan femenina que se puede lograr en un grupo de tías.
Así, recordándolas, comienza otro año. Gracias por tanto.

Sentirse nada

Para cuando acepte que tengo un desgarro en el alma, estaré lejos.

Para cuando libere este llanto eterno que no debería cesar, ya no tendré lágrimas.

No existe peor castigo que verte enferma con la luz y la energía que no tienes, aún así, luchando sin tregua.

No hay en este mundo nada, ni una gota de medicamento que calmen este desasosiego. Mezcla de rabia, angustia e impotencia.

No sirve que diga que quiero estar yo enferma, que quiero entregar los años de vida que me quedan para sanar tu dolor. No. Todo suena tan vacío. Tan despersonalizado.

Cómo se hace cuando una llegó a mi edad y ya tiene estos años, las fuerzas menguadas, y tiene que ver sufrir una enfermedad conocida por, nada menos, su hija menor.

Esa puta insuficiencia renal, la que te hará vivir pendiente de la diálisis hasta que llegue un riñón. Y aún después.

Han cambiado mucho las cosas desde que cuidé a tu padre en diálisis pero sé que esto es de por vida. Sujeta a un horario, una dieta, una medicación y mil detalles más que no te los dicen porque tu batalla será permanente.

Vos sos la que sufre, acá soy solo tu madre. Se me remueven las vísceras, los recuerdos agónicos, la rabia de la impotencia y el no saber, desde dónde ayudar mejor.

Vos darás la batalla y yo, otra vez, sufriré desde afuera, desde mi alma, no pondré mi cuerpo.

Tuvimos las dos ese Aniversario Cósmico: huérfanas de padre a los 15 años. Cuidé tanto a tu padre que los dejé solos a vos y tus hermanos. Lo cuidé tanto que le di un riñón que hoy, tendría que ser para vos.

Mi vida tiene una relación directa con la insuficiencia renal. Por eso me quería morir más joven, no quería verte librar esta batalla.

Pero estoy y no sé bien qué hacer. Ya no soy joven, tengo limitaciones, ya no logro ocultar mi pena, ni sé bien cuál es mi rol.

Perdida. Absolutamente perdida.

Somos fuertes y rescilientes, me dicen. Y hasta cuando hay que resistir sin quejarse? Y hasta qué momento debo seguir siendo la mujer de hierro? Cuándo podré llorar y gritar y mandar a todas y todos a la reverenda mierda?

… hoy estoy callada por vos, para no angustiarte yo más que tu propia enfermedad.

No te enojes si un día de esto estallo y meto la pata. Es mentira que soy de hierro. Hoy me siento de harina, de pluma, de espuma, hoy más que nunca en mi vida, me siento nada.