Ancestrales y actuales

(para ti hija mìa)

Desde la tibia quietud de mis recuerdos, traídos a la luz por las voces de mis abuelas, hay un lazo que nos liga más allá del de madre e hija. Ese, tan conocido, donde fuiste huevo y nana en mi útero, quizás no sea el más fuerte aunque esto pueda resultar irónico.

Ancestralmente nos persiguen pasos de mujeres que en nuestras familias se revelaron, fueron severamente castigadas, se sometieron, fuero bestialmente humilladas, se suicidaron fueron borradas, se emanciparon y fueron envidiadas, se volvieron soñadoras y las encerraron, se liberaron del yugo dogmático y las juzgaron.

A través de mis sueños y los tuyos, en este devenir caótico de esta Era que es la tuya más que la mía, nosotras las vengamos. Nosotras las resucitamos para que sean un poco más felices, para entenderlas, para vivirlas.

Por eso hija mía, quiero legarte una a una mis memorias de mujeres, algún día, tal vez, las leas y te verás, te leerás y sabrás algunos por qué que hoy, no sabés responderte.

Hubo en mi familia, itálica por excelencia, historias varias de mujeres que dijeron no, no quiero, no, no lo voy a hacer, a pesar de que decir no, en esos años era terriblemente castigado con un peso físico, social y moral, severísimo.

Por eso, por esas mujeres, brindaré contigo hasta el fin de mis días. Por la que fui y sentenciaron, por la que fui y  persiguieron, sí, por ella también. Pero más que nada por otras, mucho más lejanas en sangre y cercanas en la decisión de vivirse la vida a su manera.

Salud, hija, por más historias que contar.

Canasto vida

Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Yo soy mi madre, sin su canasto, usando la computadora para tejer relatos…

Los cuentos de la tía

La tía tuvo una lucidez e inteligencia excepcional, eso enfureció a su prole y me benefició a mí. Siempre amé los que no se doblegan y si son mujeres, más aún, si es mi tía, es perfecto. Lo mejor que me podía ocurrir.

La tía trabajó bien toda la vida y cobró pensión por dos maridos muertos y profesionales. A los setenta y cinco decidió recorrer Argentina y los países limítrofes. Me invitó porque era su única sobrina viuda y con buena jubilación, sin hijos a cargo, y su extensa prole de nueve hijos suspiró aliviada. Como si mi compañía fuera garantía de cordura. Ingenuos.

Contrató un chófer, no cualquiera no, era el hijo de un amigo, un gran amigo ya muerto, un profesional del volante que estaba en ese momento sin trabajo y venía de una profunda depresión por un divorcio siniestro. La tía le tenia confianza, yo también lo conocía, aunque un poco menos que ella y el viaje se fue consolidando.

Primer destino La Patagonia. Más de tres mil kilómetros con paradas y hoteles. Todo coordinado, partimos en el auto nuevo como adolescente felices. Las mil recomendaciones quedaron escritas en un bibliorato que entregaron los hijos en mis manos. El viaje fue transcurriendo sin prisa y con la tía, las dos atrás, íbamos repasando la vida de los abuelos, los tíos llegando de Italia y las mil y una de toda la familia.

Cuando pisamos finalmente el Valle del Río Negro nos quedamos en una casa. Desde ahí iríamos a Neuquén y Chubut. Lo más increíble era la energía de mi tía: con veinte años más que el chófer y que yo, nos superaba ampliamente, su energía era prodigiosa.

El chófer fue cobrando valor en nuestro viaje, no sólo era locuaz y participativo sino que se ofreció a cocinar en los días grises que no salimos. Nos hicimos amigos antes de emprender el regreso y comencé a sentarme adelante. Cuando la tía recordaba y narraba anécdotas lejanas de una familia que ni yo recordaba, la escuchábamos con atención y cuando se adormilaba, cantábamos a dúo canciones de los Beatles.

Cuando salimos de regreso la tía me preguntó si quería ir a Mendoza. Febrero en Mendoza es una tentación divina: plena vendimia. Y el viaje cambió y tuve que avisar a mis primos que rezongaron un poco pero al final, cómo estaban todos de vacaciones, les pareció algo loco pero un mes más tampoco era tanto, dijeron.

– Toma sus medicamentos?- preguntaron.

– Por supuesto, respondí casi ofendida.

– Y anda bien?, pregunta estúpida, si quiere seguir viajando será porque está más que bien.

Finalmente respondí el interrogatorio con sutilezas, la tía habló con cada uno, todo el mundo fue feliz y partimos hacia Mendoza, capital del Vino!

Es necesario explicar que el chófer y yo nos habíamos sentido un poco más que cómodos y cercanos. Su humor comenzó a hacerme reír mucho y las miradas se nos fueron encontrando. La tía, nunca lerda, nos dijo que si empezaba el romance se acababa el viaje.

– Nunca en mi vida me interpuse en amores de nadie – declaró- imagínense, se les desata la loca pasión ahora tienen que quedarse solos y a mí se me acaba el viaje… dejá a mi chófer terminar este viaje. Me hizo un guiño cómplice.

Eso de “mi chófer “ sonaba tan posesivo que me dio mucha risa. Y los dos seguimos el viaje cantando, mirándonos y adivinándonos. Nada más dulce que un amor platónico pasado los sesenta. Cuando la urgencia sexual se puede mitigar.

Mientras en la parte de adelante íbamos tejiendo un romance, la tía, apoyada en los dos asientos delanteros narraba y narraba con detalles los lejanos días de los migrantes que llegaron de Italia, de cómo se fue construyendo la familia, las charcas, los cultivos, los viñedos, los romances, los nacimientos y las inevitables muertes.

Íbamos en la carretera como viendo una película y ese día descansamos poco y solo paramos para cargar combustible, usar el baño, cargar víveres y seguir andando.

– Qué pronto se está haciendo de noche- exclamé en un paréntesis narrativo de la tía.

– Tendríamos que descansar- acotó ella y la miré sorprendida, primera vez que se declaraba cansada.

– Estuve consultando el GPS- dijo su chófer- voy a intentar una ruta alternativa que muestra un lindo hotel de campo. Les parece bien?

Y nos pareció una excelente idea. Lo encontró casi enseguida, un hotel tipo colonial en medio de un camino semi rural, parecía de cuento. Descansamos y cenamos como reyes. El chófer se acostó temprano, a mí me dio por probar Internet, segura de no tener señal, fue enorme la sorpresa de la respuesta casi inmediata de mi computadora.

– Tía, el otro día me mandaron un programa para armar nuestro árbol genealógico. Qué te parece si lo probamos?.

No fue necesario insistir, el programa era bastante simple y la tía se acordaba todo: nombres, apellidos, fechas; dudé varias veces de que fueran todas veraces. Pero armamos nuestro árbol y ya casi amanecía, cuatro generaciones estaban ahí guardadas en mi computadora.

Demasiado temprano nos llamó el chófer de mi tía para desayunar. Tuvimos que ducharnos por un buen rato y aún así las ojeras nos delataban. Cuando logramos desayunar y salir, el chófer se quejó porque iba a hacer calor y nos habíamos retrasado.

La tía se recostó atrás y le ordenó que usara el aire a discreción; no canten mucho!, fue lo último que nos dijo antes de acomodarse para dormir.

Nos reímos un poco, era rarísimo en más de un mes de viaje, ver dormir a la tía. Los ojos azules del hombre al volante me sonreían con picardía. Era la ocasión ideal para hablar de nosotros y conocernos un poco. Las historias de la tía iban a tener un buen descanso en el asiento trasero.

No pude soportar la charla, nunca en mi vida me había dormido así en un viaje. Empecé dando cabezazos y terminé creo que roncando.

Cuando me desperté vi al chófer con cara muy seria, el sol cerca del punto del atardecer, la ruta parecía otra y el paisaje había cambiado.

– Qué hora es? Dónde andamos? – pregunté

– Son más de las cinco, contestó abrumado, intenté despertarlas, fue imposible. Y hace rato que me siento perdido, el GPS no funciona, no hay señal…

Miré para atrás y vi a la tía sentada observando obstinada el camino, como estrujando el paisaje.

– Estás bien?- pregunté- nos dormimos por horas…

– Estoy bien – respondió lacónicamente- tengo que tomar agua e ir al baño pero… este camino yo lo conozco…

– Qué bueno, casi gritó el chófer, en años que manejo jamás me desorienté tanto.

– Y por supuesto, respondió ella, es la ruta vieja que va a la chacra…

Nos reímos, nos enojamos y nos sorprendimos pero la tía guió al chófer y terminamos en la vieja chacra del bisabuelo.

La carretera ya no existe, la chacra tampoco, nada era posible… pero estaban ahí. Yo había dejado de ver la chacra como a los quince años y el chófer de mi tía, un poco antes. No lo podíamos creer: ahí estaba en todo su esplendor, con su tanque australiano que fue nuestra piscina, su molino chillón, su magnífico jardín y en la galería esplendorosa, los bisabuelos tomaban mate.

Hubo un grito de alegría en el asiento de atrás y la puerta amenazó con abrirse y después, nada, un silencio profundo seguido de un sollozo ahogado.

– Me hacia tanta ilusión volver- sollozó la tía- pero cómo van a reconocerme? Soy una anciana…vamos, no quiero verlos..

– Están todos, casi grité, es imposible porque están todos muertos! Te pido por favor que bajemos, acá pasa algo muy raro o estamos los tres dormidos soñando lo mismo…

– O estamos todos muertos, nosotros también…- dijo rezando el hombre al volante.

– Vámonos- ordenó la tía y el auto dio marcha atrás.

Hace horas buscamos salir del viejo camino. Volver al hotel de campo, encontrar la carretera principal, nada. Estamos girando como en círculos y cada tanto vemos algún pariente o amigo que nos saluda.

– Estamos muerto- insiste el chófer después de saludar con la mano a su padre.

– Estamos perdidos en otra dimensión- argumento convencida.

– Estamos donde estamos- dice la tía y se vuelve a dormir.

La noche ha caído, el hombre al volante está exhausto y detiene el auto a la vera de la vieja ruta. Me ofrece el hombro. Nos acomodamos abrazados por primera vez. O despertamos en la panamericana o volvemos a la chacra a abrazar a nuestros muertos.

La niña, tormenta

Estuvimos todo el día viendo avanzar un calor pegajoso y mirando las nubes de tormenta que se arrimaban. Formaron un círculo gris que después, fue negruzco. En el centro quedó un espacio abierto. Era un hueco pequeño.

A media tarde el calor arremetió aún más. La playa estaba cubierta de arena que volaba con el viento tórrido del Norte. La orilla era imposible, había que meter el cuerpo, dejarse mojar, escaldarse con agua salobre porque el Atlántico ese día, estaba revuelto, casi oscuro, más salobre que nunca y con un bailoteo de olas que obligaba a saltar de continuo.

Los marineros iban colocando las banderas de peligro, el mar subía y bajaba de manera abrupta. No había lugar donde refugiarse. Las nubes permanecían sentenciando una tormenta que no llegaba. Y aquel hueco extraño…

Fue en la tarde, ya desesperados de calor y humedad, cuando vimos salir por el hueco y entre las nubes un pájaro lila y amarillo que voló directo al primer rayo que desató la lluvia.

Lejana a todo eso, la niña había estado todo el tiempo mirando el horizonte infinito. Ni el calor, ni el mar, ni el peligro la movieron.

Cuando el pájaro desató el primer trueno y luego los rayos anunciaron la gran lluvia que caería, ella no estaba. Su forma humana volaba con el pájaro, iluminó el fragor de la tormenta y luego, se deshizo en millones de gotas de agua que recibimos agradecidos.

Estoy segura… era la misma niña que observamos todo el día sin entender…

La niña, la arena y el mar

La niña cava en la arena, la arena se desintegra, se queja como rubia fina, la niña la escucha, el mar viene y la besa.

La arena llora despacio de tantos pies que la pisan sin notarla, la niña detiene la pala y con su manito, la comienza a acariciar.

El mar, macho bravío, surge con espuma y sal, tira a la niña y su pala, una se pone a llorar y la otra, se la lleva el agua. La arena rubia finísima se va al fondo a bucear.

El mar me ama, le confiesa a la niña que de nuevo se ha puesto a cavar, la niña ya lo sabe, por eso la arena rubia en un balde quiere llevar.

Sopla que sopla el viento, espuma, olas, sal… a la niña la llevaron su mamá y su papá, se olvidaron de su balde que quedó orillando en el mar. Adentro, la arena rubia, tomó un poco de sol, se secó y se puso brillante, vino el viento, la peinó, le puso color y se la llevó volando en carcajada de verano.

El mar embravecido esa noche la buscó y como no halló la arena, en el sueño de la niña se metió y la asustó.

Ya nunca más esa niña cavará pozos sobre el mar.

Del arrepentimiento

No pude. Apenas tomé unas pastillas y el corazón me gritó que no habías muerto, que estabas luchando por estar vivo y me dio rabia, culpa, dudas…

Hice el camino de regreso sin medir las consecuencias: ya amanecía. Fui directo al lugar donde empujé tu silla y me tiré al agua. Vos, que nunca flotaste, estabas boca arriba entre olas y espumas, entre tus babas y tu inconsciencia, entre tu poca vida y tu mucha muerte.

Tomé tu mano dura de agua helada y floté a tu lado. Siempre cursi y romántica, esas novelitas de adolescente me arruinaron. Pensé en olas gigantes y en morir juntos. No lo habíamos planeado cuando se supo que lo tuyo era irreversible?. Pero por supuesto, no pudimos alejarnos tanto de los humanos . Qué agonía escuchar sirenas de ambulancias, enfermeros, médicos y otra vez querido, otra vez, hospital.

Lo peor del caso ha sido que conté la verdad, te medicaron, me medicaron, me dieron pase al locólogo, me internaran por un tiempo y vos estarás en manos de los que te obligarán a seguir hasta el agotamiento un tratamiento que, ya saben: no arrojará mejorías. Tu cuerpo seguirá padeciendo, buscaras mis ojos llorosos y mi mano, pero estaré lejos. Tragando ansiolítico y otras porquerías que me obliguen a olvidar lo que nos juramos hace casi cuarenta años.

Si pudiera seguiría con mi veta romántica escapándome, entrando de noche a tu hospital, tapando tu cara con la almohada, tragando todas las pastillas que me estoy robando del loquero. Otra frustración más, quién puede hacer eso en un hospital.

Será mejor que tu esencia, tu energía de vida me avise y yo, desde este lado de los muros, de esta cárcel donde encierran mi locura por cumplir una promesa nacida de amarte, intentaré seguirte.

Perdón por la culpa: muchos años, muchos tabúes, tu muerte debió ser en el mar y la mía ahí cerca, ahogada también pero de alcohol y pastillas… era lo planeado.

No pude…

Océano espumoso

De todas las mañanas que tiene el verano debía elegir una, sólo una, para matarlo.

El océano Atlántico en esta zona suele amanecer más calmo y en el correr del día tiene como una furia contenida que va soltando a medida que sube el sol.

Tenía que matarlo. Era un acto de justicia, sin dudas. Y era tiempo de hacerlo porque hasta cuándo podría, hasta cuando tendría las fuerzas y la lucidez de hacerlo? Es difícil.

Crecemos y vivimos con un complejo de eternidad que se te comienza a quitar después de los cincuenta. Y aún pasando por guerras, dictaduras, habiendo visto el hambre y la desolación: no hay caso, lo eterno perdura en tu interior. Lo peor, es que sabes que vas a morir, pero no comprendes ni asimilas que cada diez años, aún viva, serán menos posibles las cosas qué puedas hacer.

Me desperté cada mañana mirándolo dormir, tranquilo, pausado, casi como siempre. Es qué tal vez sólo yo sabia que sus días estaban contados. Sé que todos tenemos los días contados, pero a él le quedaban escasos. Y tal vez, eso me dolía, los últimos tramos serían de puro sufrimiento.

No me justifico: ver sufrir a alguien que amas es parte de la vida. Pero, quién dijo que aceptes la vida tal y cómo es? Me he caracterizado por llevar la contraria en muchos tabúes. Nunca, claro está porque lo estoy escribiendo, como para desafiar la autoridad patriarcal que nos gobierna.

Esto es diferente, pensé hoy de madrugada, puede salirme bien o muy mal. Puedo terminar presa. O cumplir la promesa que le hice hace años y tal vez, ni recuerda.

Le hice tragar un montón de somníferos, dócil y obediente los tomó sin preguntar, ( creo que lo sabe), me dije. Después preparé todo meticulosamente, lo cargué con su silla y lo llevé al fondo de la playa, donde las rocas y la espuma desafían el paisaje.

Aún no despuntaba el sol del verano que suele ser muy tempranero. Mejor, yo necesitaba de esa penumbra cómplice. Lo besé en la boca babeante de enfermedad y somníferos, le dije al oído te quiero tanto que voy a cumplir mi promesa. Apreté los ojos llorando y empujé la silla. No miré hacia atrás, regresé a la casa desandando el camino.

Todas las pastillas que sobraron, unas cuantas porque estaba tan delgado, tan achicado y disminuido que no necesité ni diez, están aquí sobre la mesa. Una botella entera de whisky, un antivomitivo y un montón de fotos.

Cuarenta años casi… en unas horas el agujero negro donde fue tu poquito de vida, recibirá también la mía. Cómo no creímos( nunca tuvimos Fe), seremos condenados y no tendremos ángeles que nos lleven al Edén. Sólo volveremos a ser polvo de estrellas, gotas de océano o nada…

Te amé

Me amaste

Ya fue…

Oración para el nuevo año

Empezó el verano
ya se escuchan chicharras;
ayer, escuchamos ranas…
Ya se alargó el día y
este sol quema sin tregua…
Ya se arriman las fiestas tradicionales,
este año llegaron antes?
Es un misterio o un Ministerio esto del tiempo?
Empezó el verano y se fueron corriendo
las mantas, las bufandas y este año…sí este,
también se está yendo.
Volveremos a tener la esperanza inevitable,
la ilusión adherida a cualquier cosa linda,
olvidaremos el virus, el hambre, la guerra,
los planes, las vacunas, y hasta nuestros muertos…
El arte de sobrevivir exige no rendirse,
debemos tener unos momentos de magia,
brindar con brillo en los ojos,
abrazar a los que tengamos cerca…
El arte de sobrevivir exige amar
y pide a gritos empatía…
Llegó el verano y se está muriendo lento
otro año inusual que nos hizo pensar más
que nunca: qué solitario está nuestro planeta… qué solos estamos,
“sólo somos polvo de estrellas “,
lo dijo un sabio…,
qué falta nos hace una humanidad solidaria …
Por ahora… sólo comenzó el verano
y este año se va cayendo del almanaque
y la esperanza, obstinada,
regresa.

Josefa

La prima Josefa.

Era prima de mi abuela, pero lo mismo sirve si viene al caso contar una historia que parece mentira. Resulta que Josefa nació en una gran familia de raíz puramente itálica, creo que nació apenas bajaron del barco o algo así. Cuando digo gran familia es porque eran más de diez, seis varones. Lo que tuvo fue la suerte de ser la última porque la madre ya no pudo tener más niños. Y nació delgadísima, crecía apenas, tenía unos pelitos rubios y escasos en una cabeza menuda. La pusieron durante la infancia en cuanto tratamiento vigorizante conocían. Mientras araban los campos y ordeñaban las vacas, le daban todo tipo de grasas y aceites para engordarla y para desafiar al médico que le dio apenas unos meses de vida.

Y fue bueno porque se quedó viva, bien viva, aunque siempre andaba como entre nubes. No creció como los demás, siempre tan delicada, tan frágil, tan rubia, tan blanca, tan etérea. Fue la regalona del padre y los ojos de la madre. Debido a su contextura de muñeca de porcelana ella no anduvo en los campos, ni siquiera para verlos. No montó a caballo, no tuvo que endurecer sus manos podando citrus, no tuvo ni siquiera que aprender a hacer tallarines caseros como toda buena hija de italianos. En cambio, y para su suerte, la dejaron ir a la escuela hasta los trece años. Y también la dejaron leer a su gusto. En realidad, lo de la lectura les sirvió a todos porque en épocas de grandes faenas como la de hacer vinos o las de carneadas de animales con sus posteriores hechuras de embutidos, Josefa leía para todos, la escuchaba con deleite la prole completa.

Las únicas tareas que le asignaron fueron el cuidado de los pájaros enjaulados y el jardín del frente de la casona que seguía creciendo con la fortuna de estos italianos trabajadores. Josefa regaba las plantas y cantaba, les daba alpiste a los pájaros y leía novelas. Se aburría a los quince y a los dieciséis, más. Los hermanos mayores ya estaban ennoviados con buenas gringas, los casamientos ya se olían en los aires y Josefa se aburría. Y fue por aburrirse que levantó la cabeza y lo vio.

Lo miró y se miraron, ella nunca había visto un hombre así ni siquiera en sus novelas. Aindiado, con unos ojos oscuros y atrevidos, un físico fuerte y moreno, le desveló las noches. Todos los días a la misma hora salía al frente de la casona para mirarlo, para que la mirase de esa forma provocadora y única.

Los cuentos de esta prima lejanísima no conocen los caminos del idilio, duró apenas unos meses es seguro por las fechas, mi abuela coleccionaba fechas y sabía de los nacimientos, casamientos y muertes de toda la familia. Duró poco porque ambos sabían que jamás los dejarían tener un noviazgo como se acostumbraba. Él era descendiente de aborígenes, peón de poca monta, casi analfabeto salvando la firma. Además de la prohibición seguro que él iba a recibir una paliza ejemplar e iba a ser obligado a abandonar la zona.

La prima Josefa perdió la razón, pero siguió alimentando canarios y zorzales, siguió regando rosas y camelias, mientras tanto en un viejo galpón iba acumulando cosas que misteriosamente se perdían. Ropas, cobijas, alimentos secos, herramientas pequeñas y armazones para el zulqui. Así hizo su provisión para el escape, se fugaron tremendamente enamorados.

Los buscaron unos cuantos días, después se declaró el olvido del nombre de Josefa. Nunca más la nombraron en la familia. Nunca más supieron de ella hasta que su prima, mi abuela, la encontró. Para ese tiempo mi abuela era ya una mujer casada con el buen gringo que fue mi abuelo, no se cansó de preguntar hasta que dio con ella. La ubicó en un rancho pobre, con piso de tizón pisado y paredes blancas de cal. La encontró con unas pocas vacas que le proporcionaban el escaso dinero que entraba en una casa llena con cinco hijos. Fue dispuesta a insultarla, a pegarle a aquel indio ladino que le robara la más hermosa de sus primas, pero no pudo. La vio radiante y feliz, cantando en su pobreza, la vio madre y mujer plena y la perdonó. El camino hacia aquel rancho pobre sería una cita obligada para mi abuela después de esa primera vez. Los padres y demás hermanos de Josefa nunca quisieron andar ese camino.

En cambio, nosotros, los nietos de mi abuela, supimos ser felices en ese rancho con vacas y lleno de uva en sus patios. El indio, que se transformó en el mejor primo de mi abuela, contaba historias hermosas bajo un cielo de verano, inventadas o ciertas, qué importaba. Le gustaba contarnos historias. La prima de mi abuela ya cercana a los sesenta años se veía siempre feliz, con una sonrisa abierta, de mujer plena y sin rencores.

De mis recuerdos de infancia son la pareja más feliz que he visto. Siempre de la mano en amoroso dúo. Los domingos eran los más festivos: tenían un ritual maravilloso.

Él llegaba borracho sobre su caballo, llorando, implorando perdón desde el portón del patio enorme. Los hijos y nosotros, parientes lejanos y niños, nos escondíamos detrás de los muebles. Ella aprontaba un mate especial. Al fin de una hora de llantos y lamentos, él entraba y se sentaba, ella sin palabras lo obligaba a tomar el mate. Nunca supe que ponía en ese mate: al tercer mate ella arrimaba una palangana porque él vomitaba hasta la última gota de vino. Luego reinaba la paz, ella lo llevaba a una gran bañera antigua y lo metía ahí con yuyos y aceites de olor, él se dejaba bañar y ella le cantaba como a un niño. En la noche, después que despertaba de su borrachera: los hijos lo imitaban, repetían domingo a domingo la escena y ambos reían a carcajadas.

Cuando ella murió él se dejó ganar por el alcohol y lo mató la cirrosis que se provocó.

Se suicidó de amor el indio noble y cuentero que se ganó el corazón de la más bella de las primas.

Elsa, sin amor

( una historia casi real que tiene unos 80 años)

Elsa, sin amor.

La prima Elsa, la que tuvo una infancia infeliz. Un padre que se fue temprano de su casa, tendría unos siete años, una madre que se consuela rápidamente con otro hombre, el que se transforma en su padrastro y cuando cumple  los doce años comienza a perseguirla por los rincones. Lo evitó hasta que pudo, a los catorce se fue a vivir con los únicos parientes que conocía. A los quince años con sus escasos conocimientos pudo entrar en la banca nacional de quiniela y ahí pasó casi cuarenta años, hasta que se jubiló. Pudo estudiar mucho más pero tuvo que hacer lo que hacían las primas de antes: casarse, cuidar a los demás, tener un hijo.

Se había enamorado de Gardel, amaba su forma de cantar y lo idealizó tanto que cuando él se murió, pensó por primera vez que la vida no valía nada. Una sola vez el mito vivo de Gardel pasó por su pueblo, pueblo costero de un Uruguay pequeñito, lo miró desde la acera, descalza, desde la calle donde pasó raudo el auto que lo llevaba. Pero ese simpático hombre morocho, algo gordo, con la sonrisa más linda del mundo, se asomó por un minuto y saludó. Fue un instante, nada más, pero la miró a los ojos y supo que nunca más amaría así. También supo que nunca lo tendría, que era quimera y utopía, pero se guardó la mirada en el rincón de su alma donde nadie jamás entraría.

A los diecisiete, ya estaba ocupando un pequeño cargo en la banca, era algo así como secretaria, en el tiempo que no era glamoroso serlo. De todos modos hacía de todo, hasta lavar los baños pero con los números le iba tan bien que poco a poco fue ganando espacios en el escritorio. En ese tiempo fue cuando  vio al segundo hombre con el que pudo ser feliz pero, las trampas ya estaban colocadas. Se miraron con algo de descaro en la calle principal. Lo repitieron unas pocas veces más, se cruzaban y se miraban. La única vez que ella, salvo con Gardel, se atrevió a enviar ese mensaje que mandan las almas femeninas a través de las miradas y que sólo algunos hombres entienden.

Un medio día de sábado, día de limpieza en la casa, lo vio golpear la puerta de la casa de sus tíos y tembló. No tenía dudas que venía a preguntar por ella. Su corazón se agitó como pájaro enjaulado al que le muestran la puertita sin tranca. La voz de su tío sonó seria en el corredor:” acá hay un señor que quiere hablar con la “señorita Elsa” “, dijo contundente, ella tembló. Si el hombre había llegado hasta ahí, el noviazgo era casi un hecho porque no se iba a la casa de una chica decente y se preguntaba al tutor por ella sin una causa justificada. El hombre, el que vio varias veces y cruzó con él miradas especiales, estaba en la puerta invocándola. Se miró al espejo, tal vez se pasó un cepillo en la larga cabellera…y cuando iba como pájaro trémulo hacia la puerta su prima, dos años mayor, se le apareció en el camino con las manos en jarras y le espetó un desafiante: “ni se te ocurra ponerte de novia con él, yo lo vi primero, es mío, estoy enamorada de él”

Un universo cae en pedazos, otro Gardel se muere, otro mito se desaparece, otra vida se frustra. Nada, el ser o no ser feliz ajustados a la rueca de los “debo ser una buena persona”. Se traga las mil lágrimas que nunca lloraría, se come la angustia que nunca confesaría, aparece en la puerta y lo mira con otros ojos, lo desafía con un tono imperial diciendo: “usted no me interesa, no me moleste, no venga nunca más a verme…” O algo así.

Al cerrarse la puerta siente que se ha cerrado a la fortuna de amar, se dice a sí misma que no puede ser. La prima, muerta de risa, se le aparece nuevamente con otra cara, con otra pose y le dice asombrada: “¿pero no me digas que te lo creíste y lo echaste? Tonta, si a mí no me gusta…”

Después vendrían los arrepentimientos, los pedidos de ayuda, los por favor vayamos a la calle a ver si lo ves de nuevo y le explicamos entre las dos. Pero Elsa nunca más, nunca. Pierde por primera vez la vista, se queda ciega, no lo ve nunca más.

Al año comienza a buscar un hombre para casarse, no quiere ser un estorbo en casa de sus tíos. No lo es, porque aporta buen dinero, ya es secretaria y hace cursos de secretariado para avanzar. Pero ella quiere irse. Mientras tanto la colección de discos de Gardel le insume todo lo que sobra de su sueldo y miles de recortes sobre el mito del tango, se acumulan llenando viejas valijas. El hombre que busca debe de ser, no lo piensa, solo lo intuye, la antítesis de lo que para ella hubiera sido el amor.

El baile se le da, los fines de semana con la custodia del tío atrás, van a los bailes, su prima, ya de novia formal, ella, esperando. Encuentra el hombre, familia trabajadora, conocida en el pueblo por su esfuerzo, no por su fortuna. Bien, piensa, alguien de fortuna no se fijaría en ella. Es tosco, trabajador y dado al único pasatiempo de beber e ir de putas los domingos. Es un empleado más del estado uruguayo, trabaja mucho, gana poco. Baila con él, sabe que le pedirá ser su novio, acepta sin asombrarse ni preguntarse. Es el destino, dirá años después.

Y como destino se vive su vida atada a un hombre tan tosco como dicharachero del que nunca se enamora y al que nunca deja, se ata a su persona, a su casa, tiene una hija para cumplir con su rol de madre, atiende los partos de todas sus cuñadas, atiende a sus suegros en penosas enfermedades. Mientras, trabaja más y más en la banca hasta que logra realmente ganar un buen sueldo. Jamás deja de coleccionar discos y artículos, luego vendrían los libros, sobre Gardel. Mientras trabaja en la banca, mientras atiende a una familia de once miembros que la explotan como a una Cenicienta, no se queja, sólo lo hace. Pierde su útero tempranamente, a los veintinueve años, se alivia toda ella. Ya no debe fingir con su marido, él puede seguir emborrachándose en los prostíbulos y nadie dirá nada, ella es una mujer “vacía”. Está vacía desde hace años solo que ahora, el certificado médico lo corrobora.

Años y años pasaron juntos. Tuvieron quizás algunos años felices o no. No importa ahora está ciega, inválida y la única forma que tiene de escuchar a Gardel es con un buen aparato y un buen audífono. Enajenada del mundo suspira con cada tango como si tuviera quince años.