Canasto vida

Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Yo soy mi madre, sin su canasto, usando la computadora para tejer relatos…

Mujer palabra

Dicen que la mujer contaba narraba leía historias y su voz la iba transformando en palabra.

Y que si la historia era romántica se transformaba en la palabra amor, si era cuento de miedo en la palabra temblor, si era algo cómico se transformaba en la palabra risa.

La aldea se reunía cada tarde a escuchar sus historias que jamás eran las mismas. A medida que las contaba todas y todos se iban sintiendo hechizados, adormilados, hipnotizados.

Hasta el día que narró una historia bellísima y larga de un bosque lleno de pájaros de colores. Fue tan largo el cuento que se fueron durmiendo sin notarlo y al alba, estiraron las alas y salieron de los árboles a buscar semillas.

Depresión

Es esa cosa sinuosa:

el laberinto y su fauno o su minotauro o

su monstruo con colmillos

Querer huir y no encontrar por dónde escapar

Querer salir y no vislumbrar hendija alguna

Más se mira menos se ve,pero las luces jamás se apagan, agotan titilando.

Agotan los relojes implacables y la soledad

que se prefiere

Agotan los otros y la falta de ellos.

Se agigantan recuerdos que también

agotan cansan desesperan

Obstina el futuro como puzzle maldito,

se desea la muerte

se busca la vida.

Se habla con muertos, se evitan los vivos.

Se contradice todo y no se tolera nada

De qué manera se puede ver el sufrimiento de alguien que está sufriendo sin ser visible?

Esos cables malditos que te llenan de pánico

ni quieres poder mostrar porque estar demente

es un agujero negro del que no se sale jamás,

se mitiga o se alivia,

pero el agujero de gusano es hondo

no tiene forma de iluminarse,

te pertenece

y no hay manera de que te entienda nunca

alguien que jamás haya pasado

por esta vida sin atreverse a cruzarlo.

Camino al río

Bordeamos la senda que estallaba en florecillas silvestres. Otra vez el camino que nos lleva al río y queriendo seguir… sin detenernos.

Más de dieciocho años que la recorremos…

Tu mano en la mía y el paso este nuestro, acompasado. Riendo de vez en cuando como adolescentes, abrazándonos de pronto y siguiendo el camino. Obstinada cuento los pasos. Relajo mi sombra por el sendero, nos buscamos las manos, caminamos en silencio.

En silencio nos decimos más que nunca, y hay un trinar de pájaros y todo es vida, cómo fue que ese día chocamos con la mujer ahogada? Cómo pudo suceder? Media tarde, muchos caminantes y justo a nosotros se nos aparece el cuerpo boca abajo flotando casi en la orilla?

Y ya las flores, el sendero y los trinos desaparecen y nuestro camino, con brutalidad, cambia. Y qué importa quién es y lo que surja de la investigación? Pues nos va a importar: otro feminicidio más.

Otra mujer muerta por alguien qué dijo que la amaba. Otra víctima más de un patriarcado que no quiere soltar la tutela y el castigo a las rebeldes.

Pasaron dos o tres días, en esas horas pensamos que buscaríamos otra senda de caminata y hoy, sin embargo,volvimos a la misma. Mañana también lo haremos. En la curva donde vimos a la mujer ahogada dejaremos un recuerdo, un silencio, un deseo… nos daremos la mano y seguiremos caminando con ese nudo injusto en el pecho.

Buscándonos

Separada de ti ya fui otra cosa.

Arrancada de tu ser, empezaba a ser

y despacio caminé a tientas, buscándome.

En ese recorrido creo que he sido

soy y seré muchas, porque me aburre ser

una sola.

El tedio a la rutina es propio o lo heredé.

El intento diario de vencer la abulia

La interpretación permanente

El goce por imaginar

Y otros estrabismos más o menos locos,

los habré agarrado por no parecerme a vos.

Vos te aferrabas a lo que había que decir,

hacer, pensar e

intentaste hasta el cansancio la sensatez.

Por eso a veces estabas tan triste

que dolía en mi alma tu mirada.

Eran fugaces tus caídas en el desánimo

pero nada igualaba tu instante de tristeza.

Cuánto hay en mí de vos

desde el corte

fiero de nuestro cordón.

De tu tristeza a la mía, de tu sonrisa

y de tu enamorada forma de leer

la vida.

De tus jardines perfectos a mi poca habilidad

con las pobres plantas.

De tus bordados en hilo que logro sólo imitar

con toscas palabras.

De tu arte culinario que no supe heredar,

seguramente no quise.

Y todo esto madre, todo esto, que no

terminaré jamás de escribir

para remplazar un te extraño eterno

Las locas de siempre

Adónde viven las de otro mundo?

Dónde estamos las que no nos adaptamos

y menos aún, no nos resignamos?

Dónde está la casa de las soñadoras?

Dónde habitan las transgresoras?

Y las locas de mierda que no quieren?

Las histéricas que no se callan?

Y las que nos hacemos las locas?

Las acusadas con el dedo?

Las tímidas y retraídas?

Las que sienten hasta vergüenza ajena?

Las desvergonzadas viven con las tristes?

Las impávidas viven con las apasionadas?

Debe de haber una casa donde viven

las mujeres inadaptadas, las que discuten

y no escuchan

O escuchan pero no oyen.

Quiero vivir con todas ellas,

en sus metros cuadrado de anomalía

en sus cubículos llenos de injusticias

en sus valientes guaridas

de disociación,

en su alienación

en su lejano sitio

de otro mundo.

Lecturas

Serena al aire de este mes

recordando historias más o menos

veraces y siempre románticas,

me enseñaba el arte casero

de una literatura

oral e imperfecta.

Se me llenaban los oídos de relatos:

secuencias lógicas

problemas inesperados

finales anunciados

personajes imborrables.

La voz de mi madre me alejaba de lo cotidiano.

Sus versiones libres de tanta novela

fueron la casa

que contenía a la verdadera.

Cuál fue nuestra casa de verdad?

La de Juan de Garra de Oso?

La de la servilleta mágica?

La del potrillo blanco?

Mis noches se llenaron de cuentos

mis noches se vistieron de palabras,

algunas me daban miedo,

otras, me enfadaban,

de otras, me reí a carcajada y

algunas, me pusieron a llorar.

Mamá jamás se resistió a narrar

una y otra vez,

nunca dijo que no a inventar

a cambiar o finalizar

su cuento, mi cuento…

Nuestro cuento…

Mi madre no leyó de literatura ni filosofía.

No supo qué era la pedagogía.

Era lectora y me alentaba a leer todo,

sin censuras…

Y así fue cómo logró, con secreto arte

casero, una hija lectora que

dedica su vida a entender: qué nos hace lectores!!!

Zapato (3)

Éramos adolescentes con ansias de verano y playa. Éramos jóvenes y diáfanos como el agua que llegaba y se iba en olas constantes. Nos aburríamos y divertíamos con la misma frecuencia y nos desaparecíamos de los adultos cada vez que podíamos.

A las 5 de la mañana nos juntamos ese día, el sol aún no despuntaba, comenzamos a caminar por la playa y a reírnos de nada y de todo. Para cuando eran las 9 ya habíamos parado cuatro veces y la playa más cercana, aún no se veía. Teníamos hambre y sed. Pero decidimos seguir porque la consigna había sido desayunar en el otro balneario.

Cuando lo divisamos nos chocamos con el zapato, una bota masculina. Llena de cascaritas, musgo marino, algas y mejillones.

– Sin dudas ha permanecido mucho tiempo en el agua, dijo Juan

– Algún ahogado? – se preguntó Julia.

– Algún hundimiento seguro – afirmó José

– No, dije y aseguré con una voz que no era mía- este zapato pertenece a alguien que todavía no se ahogó… se va a ahogar en estos días…

Con la sospecha de que estaba loca de remate seguimos caminando. Me quité la campera y llevé el zapato adentro sin preocuparme del olor a sal, marisco y peces que tenia.

Esa tarde nos fue muy mal en el regreso: se desató una tormenta sin aviso y apenas si pudimos regresar. La reprimenda fue mayúscula, los permisos de salidas con el grupo cancelados y la tormenta se quedó en la zona por cuatro días y sin amainar.

Cuando finalmente acabó y recuperamos nuestra libertad nos enteramos del naufragio del velero. Pasaban helicópteros y lanchas patrullando la costa, sirenas y luces, todo el tiempo.

Esa noche nos juntamos a jugar cartas en mi casa. Teníamos que quedarnos un poco más cercanos y tranquilos si no queríamos que los adultos se pusieran otra vez, insoportables.

Jugamos cartas, tomamos unas cervezas, nos reímos de todo hasta que les conté la verdad:

– Ustedes saben que me traje el zapato aquel día… lo guardé bajo candado en el baúl del sótano para que mis padres no se escandalizaran o peor, que lo tiraran a la basura…

Ante mi abrupto corte del relato, mi amiga y amigos detuvieron las cartas y me interrogaron con miradas y gestos…

– No está… que yo sé que suena loco pero no está, desapareció el día del naufragio del velero… vayan a ver, acá tengo la llave del candado!

Y desde ese momento andamos buscando al dueño del zapato que se ahogó antes que el dueño…

Zapato (2)

-Haceme el favor de dejar de joder con esa porquería asquerosa.

Así comenzaban mis vacaciones. Mi madre indignada por un zapato lleno de mejillones, algas, piedritas y cascaritas que, adheridas a él lo transformaban en algo mágico. Y no sé las vueltas que dí para poder quedármelo. Lo escondí en un hueco que tenía la casa que alquilamos ese año.

Mamá solía ponerse de muy mal humor si las vacaciones no resultaban a su medida y ese año, íbamos mal. Un frío terrible en la playa, unos precios de locos en los lugares donde le gustaba almorzar y para colmos, mi padre se fue con su nueva novia y ni pasó a saludarnos. Y mis primos que no llegaban y yo que no tenía con quién compartir mi zapato mágico.

Al final de la quincena ya casi no lo recordaba cuando una tormenta insoportable nos detuvo encerradas. No había otra cosa que hacer, solo jugar a las cartas. Yo ganaba y mamá se enfurruñaba, le hacía prometer cumplir mis prendas y ella aceptaba.

Al final de las partidas mi madre se había terminado el vino, le dije que ya traía mi sorpresa y aparecí con el zapato.

-Mamá, dije solemne, tu prenda es meter la mano en el zapato.

Con cara de asco mamá metió la mano y cuando la retiró traía entre los dedos una medallita con nombre y fecha. Saltamos como si hubiéramos sacado la lotería. Es que yo supuse lo que iba a suceder: mamá se puso a escribir una novela.

Se trajo un montón de libros y se olvidó de todo. Solo escribía y escribía. El zapato ahí, como un florero. Se extendieron las vacaciones y pude esperar a mis primos, que ese verano vinieron con ese amigo tímido de penetrantes ojos azules. Ese que me gustaba tanto y es que yo sabia, el zapato era mágico.

El clima mejoró y papá no sé…él nunca se enteró.