El regalo

Es la tercera vez que me hacen un regalo tan valioso. No tiene precio. Imposible decir su costo. Tercera vez que en mis manos depositan, con confianza, el peso de algo celosamente guardado digamos toda una vida.
Había pensado llamar al cuento: El presagio. Pero no lo es o sí, que importa. Acá lo que interesa es ese trozo de historia que ahora, me pertenece.
No sé qué debo hacer con ella. No me parece justo guardarla en algún rincón lejos de todos. Tampoco quiero perderlo por olvidarla en cualquier lado.
Atesorar trozos de historias de otras personas es mágico. Ese regalo tiene adentro un caudal de emociones de quien lo guardó con celo y en secreto por toda una vida. Ahora, en mis manos, abro las puertas de sus recuerdos. El amor, la dicha, la infancia y la familia de quien me lo regaló desfilan ante mis ojos.
Es la tercera vez en mi vida que soy elegida para seguir cuidando recuerdos de otros. Será designio o será ilusión mía, tal vez una gran casualidad y mi mente se fabrica todo lo demás. Pero ¿ y si es causalidad?
Entonces debería de saber o investigar por qué regalos tan secretos y valiosos vienen hasta mis manos. Debería de tener un relato sobre esto. Aún no lo encuentro.

Por puro placer de Alvaro Muti


Por puro placer

Si no le ha parecido suficiente, la lectura (especialmente la de ficción) parece aumentar la reserva cognitiva, que es la habilidad de tolerar cambios cerebrales que suceden con la edad sin presentar síntomas de demencia. Para García Ribas, la alta ficción seguramente sea la forma más estimulante para el cerebro. “La no-ficción, como los ensayos, también podría proporcionar beneficios, pero necesitaría estar escrita de una forma compleja, no simplemente en forma de frases planas y directas”, prosigue. En cualquier caso, lo que se ha comprobado es que “en personas mayores la capacidad lectora es un marcador de la capacidad intelectual mejor incluso que los años de estudio”. Y a mayor disposición lectora, menor riesgo de demencia. “En una famosa investigación llamada El estudio de las monjas, se tuvo acceso a los diarios que estas debían escribir cuando entraban en la orden, aproximadamente a los 20 años. Muchas de ellas donaron el cuerpo a la ciencia, y cuando se fueron realizando las autopsias se comprobó que aquellas que habían escrito diarios más complejos, con mayor riqueza verbal, tenían menos signos de Alzheimer y un cerebro en mucho mejor estado al morir. Es de suponer que escribían mejor, en gran parte, porque habían leído más”, asegura García Ribas.

Por último, y no menos importante, entregarse a la aventura de un libro es beneficioso para usted porque provoca deleite. Ya lo expresaba el poeta colombiano Álvaro Mutis: “Lean por placer, tengan una profunda sospecha”.

Lo que quedó

A mí no me sacaron nada es decir, se llevaron todo.

A mí no me desaparecieron o mejor dicho, me invisibilizaron.

A mí no me derrotaron más bien me arrasaron.

A mí en realidad no me pasó nada salvo la llaga del miedo recuerdo.

La escondí, la ignoré, la sepulté, la disimulé y cada tanto la miré desde lejos con más miedo…

Cuando el miedo a recordar es más fuerte que el recuerdo hay que evitarlo… si se puede.

Pero la llaga miedo recuerdo se agazapa y vive escondida en mí, se alimenta de los años que van pasando y se torna más y más vulnerable.

Pero aún así la obligo, me dispongo a escribir cantar amar como antes como siempre.

Obediente la llaga miedo se queda quieta y me deja tejer una vida, dos, tres, me deja parir y soñar.

Pero sé que está y ahora, más vieja ella y yo, a veces conversamos… me permito recordar sin dolerme tanto, me permito escucharme sin asco, que el rencor no opaque mis días y que mis pasos puedan seguir esperanzados…

A mí no me vencieron… sigo pensando igual aunque ellos crean que me derrotaron.

Sigo enseñando a mis hijos y nietos como es vivir con miedo, hago lo mismo con mis alumnos y alumnas.

Me esfuerzo más y más en que esta llaga recuerdo no muera conmigo, la hago grano de arena, la sumo al montón de arena…

A mí me derrotaron porque se quedaron con algo mío pero no pudieron borrarme la idea, la intención, la ideología y las ganas…

Mientras escribo mi llaga se alivia…

Por eso, por aliviarla y aliviarme, sigo escribiendo…

Puertas o ventanas

Quería hablar sobre puertas pero me tocaron las ventanas. Al final entendí que también podía escapar por una y relativicé la temática.
Abrir las ventanas para escapar es más riesgoso que escapar por la puerta. Las ventanas pueden dar al vacío y las puertas, siempre desembocan en algún pasillo. La cuestión es saber discernir si es preferible el vacío o el laberinto.
Las ventanas no tienen posa pies e invitan a volar. Las puertas son terrenales. Sería cosa de decidir si sueño con volar o sigo caminando.
Las ventanas invitan a ver la luna y las puertas, nuestro suelo. Las ventanas, casi siempre, se abren de a dos, las puertas de a una. Las ventanas invitan a entrar al sol y las puertas a salir al sol.
Desde Romeo y Julieta que las ventanas tienen historias reconocidas y las puertas, se cierran en el final de las historias.
Me encantan las ventanas pero me daría pánico vivir sin puertas…
( filosfilosofía dominguera)

Alocado

Algo brusco e inesperado

Un algo bueno y delicioso pero

desparejo y a veces des prolijo…

Un brusco azote de viento sin ton ni son

Un abrazo de oso

Un mensaje inapropiado y prolongado

Una mancha y sus consecuencias

Un escrúpulo indecente y ridículo

Una obligación de nada y todo

Un estrecho vendaval de lujuria

Un abanico de colores imposible

Veinticinco mil lunas y trescientos soles

Todo eso y algunas cosas más

sucedieron en veinte años y casi

ni nos enteramos….

Mujer hoja

Desde pequeña demostró que su juego favorito era saltar, pisar o revolcarse en las veredas cubiertas de hojas de otoño. Su madre la llamaba riendo antes de limpiar el suelo lleno de hojas para que pudiera saltar a su antojo.

No les pareció bien ni a padres ni a vecinos que ya en plena adolescencia siguiera haciendo lo mismo. Entonces comenzó a levantarse muy temprano, antes del alba, y recorría las veredas y calles sin barrer, en puntillas o dando pequeños saltos.

Y en cada casa que le tocó vivir hizo lo mismo. Y el barrio terminaba aceptando su figura alegre pisando y saltando en la hojarasca de cada otoño.

Su marido, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas, pasaron a considerar un juego que solo ella entendía. “ La loca del otoño”, la “ pisa hojas “, y otros sobrenombres menos buenos le pusieron. Pero nada derrotó su manía de andar entre las hojas de otoño antes del alba.

Frente a su casa construyeron una mansión de tres pisos. A su dueña le molestó aquella mujer madura que venía a pisar su vereda y desordenar sus hojas. Por eso contrató una empresa que juntaba todas las noches sus hojas y dejaba la vereda impecable.

Pero se marchó de viaje la dueña de la mansión y cuando regresó el cúmulo de hojas tenía más de cinco centímetros. Imaginarse a la loca revolcándose en su vereda la llenó de ira. Así que ella misma amontonó todas las que pudo, incluso las de otras casas y ese mismo atardecer, les prendió fuego.

La loca de las hojas se metió en la pira y sin un sonido, se fue quemando. Para cuando llegaron bomberos y ambulancias el pequeño fuego era nada, puras cenizas… y sólo encontraron unos aretes rojos con forma de hoja del otoño… de puro oro.

Mujer lámpara

Todos los días llegaba a su casa y tiraba los zapatos, se quitaba la chaqueta e indolente se tiraba sobre el sofá. Al poco rato estiraba la mano y encendía la lámpara. Poco a poco la luz amarillenta iba dando sombras como un carro da tumbos.

Mucho rato después de abstraerse contemplando su pequeño espacio bajo el efecto de la luz de la lámpara, se movía hacia el baño, la cocina y luego otra vez, se tiraba sobre el sofá y miraba la lámpara… su efecto en ella era mágico.

Y así se le sucedían los días, sin cambios aparentes y con una fuerte inclinación a quedarse cada día un poco más embelesada con la luz de su lámpara. Y no era gran cosa, era una lámpara común y corriente, una pantalla mediana, un pie recto que simulaba bronce. Pero las pupilas de ella cuando la encendía se dilataban y cada objeto, cobraba otra sensación.

Se animaban, cobran vida, la alfombra vieja, el adorno de porcelana, el espejo, los libros y los discos… ah!!!! esos eran los mejores. Cuando encendía la lámpara y miraba fijamente un libro podía recordar su historia, el libro se la contaba. Con los viejos discos igual, era suficiente con mirar uno de ellos y las melodías llenaban sus oídos.

La mujer tenía un sólo momento de felicidad al día, pues era obvio que volvía agotada de la calle, y ese momento era cuando tirada en el sofá encendía la lámpara y alucinaba sin necesidad de nada, sólo de su luz.

Amaba por eso el invierno porque la luz natural se iba antes y tenía más tiempo para su delirio.

Después de unos meses, en ese crudo invierno, ella comenzó a dormirse bajo la luz de la lámpara. Ya no fue más a la habitación, ya no apagó más su luz en toda la noche. En sus sueños veía su vida como una lámpara, parada, erguida y derramando luz cálida sobre objetos, personas…

Cuando dejó de salir de su casa llamó casi enseguida la atención. El teléfono se agotó de sonar y el timbre de la puerta, igual.

Fue como a los diez días que entraron para saber qué sucedía y no encontraron nada y el misterio se planteó como tal. La ropa, los documentos y las pertenencias todas de la mujer estaban en su lugar. Y la tranca puesta del lado de adentro.

La policía comenzó a buscarla de verdad, la familia agotó recursos en su búsqueda y al cabo de dos años, no habían logrado nada.

Fue cuando vaciaron su pequeño apartamento que vieron que la lámpara no se apagaba y su pie de bronce era sin dudas, la forma del cuerpo de una mujer. Una particularidad que dejaron pasar pues no le encontraron explicación.

Ahí la dejaron y ahí se quedó, feliz, esperando alumbrar a los nuevos inquilinos…

Teoría sobre el dinero y la muerte

Creo qué hay un puñado de personas que creen realmente poder comprar la vida y evadir la muerte.

Son unas cien o doscientas familias en el planeta Tierra que acumulan tanto dinero como tiene todo el resto o aún más. Algo así… o más o menos así, no importa, aún cuando fueran mil familias entre ocho mil millones de humanos…

Es un disparate tan grande, o yo soy tan pobre, que se me ocurre que siguen acumulando dinero porque están seguros de poder comprar la vida… o comprar la eternidad. Los seres humanos dicen que siempre han soñado con la eternidad, es una postura, yo creo que llega un momento que vivir cansa.

No los entiendo, tienen la vida asegurada por tres generaciones y quieren más y sufren por un poco que entregan como dádiva, aunque sonríen en la foto… Para qué quieren más?

Sufren todos de avaricia? Estoy segura que creen que serán inmortales. Es una teoría… es eso y como no entiendo la avaricia, ni el egoísmo y mucho menos el afán de ser eternos… sigo siendo pobre y escribo para no olvidar.

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