Ventana muerte

Y una anda caminando las calles y mira, sin ver, tantas viviendas, tantas puertas, tantas ventanas.

Me detengo y no me puedo creer lo que veo. Están vendiendo cotillón y/ o cosas similares y veo, tras la ventana, montones de mercaderías.

Cuántos años ahorraron y trabajaron mis padres para hacerse esa casa y ni la han limpiado? Habrán cambiado los pisos?

Volví, autorizada ya por la sanidad, a la ciudad donde viví mis primeros veinte años. La ciudad del Colegio, del primer novio, donde todavía está casi igual, la casa de mi abuela materna. Enfrente estuvo nuestra casa. La vendimos. La única que sobrevive mirando esta casa soy yo.

Porque fue allí, detrás de esa ventana, que luce igual, donde agonizó mi padre por media hora antes de que su aorta estallara. Antes de vomitar sangre y manchar el piso de madera.

Ahí, atrás de esa ventana, un 19 de junio de noche, se decidió la vida de los que quedábamos. Mi madre y nosotros, tres hermanos, yo tenía sólo quince y me perdí bastante sin la mirada de papá. Un patriarca muy recto y seguro, incapaz de usar su fuerza física pero sí de asegurarse que sus reglas se cumplieran.

Papá se murió en menos de una hora, atrás de esa ventana dio su último suspiro de hombre trabajador, honesto y amante del buen paladar. Amante del canto, amante del buen vino, el hombre que podía hablarme con una mirada. El que me llevó al teatro y también a ver boxeo!

Atrás de esa ventana se desgarró en llanto mi madre, me desmayé por primera y única vez en mi vida, ahí justo ahí… se amarró otro destino para nosotros. Papá vivió su última hora atrás de esa ventana: no tenía sesenta años.

Si pudiera comprar esa casa…si pudiera poner mi cama y acostarme como cuando los sábados lo acompañaba a escuchar boxeo…

Si yo también pudiera dar mi último suspiro tras esa ventana.. que círculo perfecto me parecería toda mi existencia.

Abuelo Thomas.

Sur de Argentina, Patagonia rica en frutos, mi padre que en un arrebato de nostalgia nos pide:

– Vamos todos, el lugar es hermoso, qué hago yo con un chalet de dos plantas que me dan para vivir?

Se entusiasma hasta mamá, nos vamos. La inmensa casa, chalet de tejas , tenía infinitas habitaciones en un piso y otro. A un lado del escritorio de mi padre, de los lavaderos y la habitación de costura, había un inmenso galpón. Arriba se almacena el lúpulo para la cerveza, abajo la inmensa carpintería donde en aquel tiempo, se hacían cajones de madera para embalar prolijamente, envueltas en suave papel satinado, manzanas y peras.

Ahí conocí al primer checoslovaco que vi en casi toda mi vida. Era un hombre mayor de cabello blanco, ojos de piedras, azules intensos, alta figura delgada y sonrisa triste.

– Le diremos abuelo Thomas- decretó mi hermana- pobre, perdió toda su familia en la guerra y se escapó por poco.

Mi hermana tenía quince años y yo, apenas cinco así que, sin entender de qué guerra hablaba, comencé a llamarlo abuelo Thomas.

Al principio yo pasaba horas en la carpintería donde el abuelo me daba todo tipo de trozos de pequeñas maderas. Cada vez que le decía abuelo, se le iluminaban un poco las piedras azules de sus ojos.

Mi hermana acaparaba toda su atención: ella lo hacía hablar y lo escuchaba con atención. El abuelo tenía un acento extraño en mis oídos, le entendía poco.

Hubo una discusión entre mi madre y la cocinera que dejaron en el chalet. Al abuelo y los jóvenes que a veces lo ayudaban, les hacían otro menú. Mi madre consideró eso tan injusto que pidió que sacaran a la cocinera para otro establecimiento porque nosotros comíamos sólo lo que ella cocinaba.

Desde ese día mi hermana por voluntad propia y por agradecimiento al gesto de mamá, la ayudó en la tarea. Por eso, con el tiempo, mi hermana heredaría la mano sabrosa de mi madre.

El abuelo y sus ayudantes, cuando los tenía, comían en la cocina. Por más que mi hermana protestó para sentarlos en el comedor: no se pudo hacer nada. Los horarios de los trabajadores eran otros que los de mi padre. Eso quedó en un: a ver, cómo lo solucionamos, que llegó en las fiestas de fin de año.

A medida que pasaban los días el abuelo fue incorporándose a nuestras vidas. En silencio, pero estaba. Y mi madre incluso llegó a comprender alguna receta de su país que eran diferentes a sus comidas italianas. Pero la que se entendía mejor con él era mi hermana.

Cuando instalaron mi cuarto de juegos y mi primer biblioteca en el segundo piso, un lujo inesperado para mí, conocí también la habitación del abuelo que estaba en ese piso. Prolijo, ordenado y siempre lector, descansaba sus horas en aquel reducido espacio,donde tal vez, se sentía seguro.

– Tiene una sobrina en Argentina!- gritó un día mi hermana entrando como una tromba. Papá leía el diario, mi madre tejía algo, mi hermano no estaba ahí, yo jugaba junto al hogar a leña.

Fueron necesarias muchas preguntas para que mi hermana aclarara que hablaba del abuelo Thomas. Que antes de partir había entregado su sobrina a un matrimonio argentino pues la niña ya había quedado huérfana. Después cuando él pudo escapar, no logró encontrarla y se instaló allí como carpintero, ya no la buscó.

Y quién se encargaría? Pero por supuesto que mi hermana, con la ayuda de mi padre y mi madre. Fueron meses de averiguaciones, cartas al correo, cartas perdidas, cartas rastreadas y después de meses: una respuesta!

El abuelo sentado en la cocina escuchó atento la lectura atropellada de mi hermana. Los ojos de piedra se fueron haciendo de agua. Papá le palmeaba el hombro, mamá le servía café y yo me sentía celosa y me sentaba en su falda.

No puedo precisar la fecha pero yo aún tenía clases y hacía frío, en la Patagonia casi siempre hace frío, y las cartas y preparativos llegaron casi hasta fin de año.

Finalmente llegó “Clarita”, la sobrina del abuelo Thomas. Su nombre había sido cambiado por el matrimonio que la adoptó. Había llegado a Argentina con casi quince años, había vivido otros tantos. No se había casado y vivía aún con sus padres adoptivos. Era maestra.

No vi el encuentro, estaba en clases, los vi después en la casa. Siempre tomados de la mano y aprovechando para hablar su extraño idioma cuando estaban solos.

Clarita se quedó hasta las fiestas de fin de año. Se hizo muy amiga de mi madre y mi hermana. Pasamos navidad y el Año Nuevo juntos. Mi padre tiró más luces de bengala que nunca, abrió más botellas de champán que nunca y en familia, bajo la gran mesa que protegían los gigantes pinos, comimos hasta hartarnos y nos sentimos felices. Abuelo Thomas no soltaba la mano de Clarita y al dar las doce campanadas del nuevo año, se abrazaron y lloraron. Mucho, mucho, lloraron.

Quién sabe cuántos horrores, cuántos muertos, cuánta familia y recuerdos lloraron? Nosotros tratamos de dejarlos tranquilos y alegramos la noche con muchas luces de bengala.

Ese año sería muy especial para nosotros pero por entonces no lo sabíamos y estábamos tan felices por el abuelo y su sobrina. De esa visita que lo rejuveneció y que nos dió motivos para ir y venir con más ánimo. Sentíamos, sobre todo mi hermana, que había hecho algo bueno.

Ese años, muchos meses después nos despedimos del abuelo Thomas. Nos abrazó a todos, nos dio pequeños amuletos de madera, nos bendijo en su idioma y sus ojos azules, más de agua que nunca, nos dijeron en secreto que le dolía la despedida.

Mis verdaderos abuelos habían muerto jóvenes así que Thomas, abuelo checoslovaco, fue el último que tuve y allá, lejos, al Sur de Argentina, quedó su dulce figura que nunca olvidaré.

El tigre y la manta

Me envolví en la manta. La cara y los ojos del tigre me miraban desde mi regazo. Implacable.

Intenté casi en vano, concentrarme en la respiración, la relajación, el contenido espiritual de la sesión pero los ojos del tigre en mi manta, me atraían mucho más.

Su mirada impasible pero intensa me observaba. No era yo que lo observaba, era el tigre que me oscultaba.

Intenté de nuevo razonar. Seguí por unos minutos ( segundos, horas) las instrucciones, buscando quitar mis miedos y frustraciones, tratando de aliviar mi alma.

El tigre, desde mi falda, con sus ojos grandes y entrecerrados, me miraba como a una presa jugosa e indefensa.

Supe el final antes que llegara, el tigre ya no estaba en la manta, yo ya no sentía frío porque su aliento caliente llegaba a mi cabeza.

Me entregué a su presencia soberana, me atacó sin ruidos, me cazó, me devoró, me derrumbó. Mi sangre bañó la manta que ya no tenía un tigre dibujado… ahora ahí, estaba mi cara. Mi alma? Ah, sí, mi alma se había liberado.

El abuelo

Se va el domingo… y si les dejo un cuento?

El abuelo

Un hombre, que se llama Amando, nacido en un pueblo que se llama Salitre, en la costa del Ecuador, nos regaló la historia de su abuelo.
Los tataranietos se turnaban se turnaban haciéndole la guardia. En la puerta le habían puesto candado y cadena. Don Segundo Hidalgo decía que de ahí le venían los achaques
-tengo reuma de gato castrado- se quejaba.
A los 100 años cumplidos, don Segundo aprovechaba cualquier descuido, montaba en pelo y se escapaba a buscar novias por ahí. Nadie sabía tanto de mujeres y de caballos.
Él había poblado la aldea de Salitre, y la comarca, y la región desde que fue padre por primera vez a los 13 años.
El abuelo confesaba 300 mujeres, aunque todo el mundo sabía que habían sido más de 400. Pero una, una que se llamaba Blanquita, había sido la más mujer de todas.
Hacía 30 años que había muerto Blanquita, y él la convocaba todavía, a la hora del crepúsculo. Amando, el nieto, el que me regaló esta historia, se escondía y espiaba la ceremonia secreta. En el balcón, iluminado por la última luz, el abuelo abría una talquera de otros tiempos, una caja redonda de aquellas con ángeles rosaditos en la tapa, y se llevaba el algodón a la nariz:

  • Creo que te conozco- murmuraba aspirando el leve perfume de aquel polvo. Creo que te conozco.
    Y muy suavemente se balanceaba dormitando murmullos en la mecedora.
    Al atardecer de cada día, el abuelo cumplía su homenaje a la más amada. Y una vez por semana, la traicionaba. Le era infiel con una gorda que cocinaba recetas complicadísimas en la televisión. El abuelo, dueño del primer y único televisor del pueblo de Salitre, jamás se perdía ese programa.
    Se bañaba y se afeitaba y se vestía de punta en blanco, como para una fiesta, el mejor sombrero, los botines de charol, el chaleco de botones dorados, la corbata de seda, y se sentaba bien pegado a la pantalla. Mientras la gorda batía sus cremas y alzaba el cucharón, explicando las claves de algún sabor único, exclusivo, incomparable, el abuelo le hacía guiñadas y le lanzaba furtivos besos. La libreta de ahorros del banco asomaba en el bolsillo de arriba del traje. El abuelo ponía la libreta, así, insinuadita, como al descuido, para que la gorda viera que él no era un pobre pelagatos.

Anónimo

Sol oscuro

Oximoron,uno más, un Sol que no da calor, ni luz…

Por el contrario es un sol que marchita, seca y destruye con su frío sudor helado…

Te lo imaginas? Ese fue el sol que te abrigó, que te iluminó la vida día a día, que te dió toda la esperanza perdida, que te hizo soñar de nuevo…

Ese mismo sol un día cambia y queda helado. oscuro, seco, lejano….

Tal vez sea un eclipse y todo pase, vuelva el sol a entibiar los viejos huesos.

Tal vez sea una tormenta pasajera y el sol brille iluminando la vieja sonrisa marchita.

Pero ni el sol será el mismo, ni yo seré la misma.

Hay caminos sin retornos, aún los que llevaban al sol.

Hay caminos tan duros que todas las lágrimas se mueren adentro y queda un profundo silencio.

Qué dice el silencio cuando calla y ahoga las lágrimas?

Todo. Nada. Es igual. Ha muerto mi sol.

Ya no es mi sol.

Antigua vida dorada que no volverá.

Tristeza

La tristeza no es embargable,

mucho menos rentable.

La tristeza suele ser maquillada,

doblegada y ocultada,

que nadie quiere andar dando pena y

menos aún en la sociedad de la fotoparatodo.

Desde que más de media humanidad anda

cargando su celular: la tristeza se vistió de hipocresía.

Y anda por tu corazón esa tristeza que te agobia

Y anda por tus venas esa lenta agonía indefinida

Y anda por tu vientre ese manojo de tripas doloridas

Pero hay que mostrar tus dientes: sonríe!

La sonrisa es el espejo oscuro de la tristeza.

La charla trivial es la negación del silencio que llevamos dentro.

Día a día intentando ocultar un sentimiento: cómo no se va a agotar el cuerpo?

Ni tu, ni yo somos actores, y si lo fuéramos: no hay obra que dure 24 horas!

Cuándo se declarará el DÍA MUNDIAL DE LA TRISTEZA?

Cuándo podremos mostrarla sin que nadie intente hacernos sonreír?

Cuando podré decir que estoy triste y escuchar un respetuoso silencio y no la clave mágica para dejar de sentir?

Historias de domingos.

Y los hubo donde papá insistía en escuchar tangos a las seis de la mañana, ni la almohada sobre la cabeza lograba acallar la radio y su voz de barítono acompañando. A las diez comenzaba el fuego en su parrilla. El domingo giraba en torno a mi padre cuando él estaba en casa.

Hubo domingos de mamá… su mano casi itálica para amasar y sus salsas caseras hicieron las delicias de muchísimos domingos. Nunca tuvo pereza ni para nosotros ni para la casa llena de gente.

Hubo domingos en la chacra de la abuela, esos eran llenos de primas, primos, tías y tíos, llenos de arena y guerra de mandarinas. Llenos de gritos, corridas entre los naranjos y la vida por delante.

Hubo domingos de descubrir Buenos Aires y el primer amor que llegaba a mi vida. Hubo domingos silenciosos, ansiosos, domingos de planificar la economía y también, de pensar en una revolución.

Hubo domingos de terror! Encerrada y encapuchada. Domingos donde no supe qué día era y si tenía otro por venir.

Los primeros domingos en el exilio dieron un vuelco en mi vida: comía sólo en ciertos lugares, nunca en casa, no tenía, mi madre y mi hijo conmigo.

Montevideo fue la ciudad donde de nuevo mi madre logró hacer lucir su mano para la pasta italiana. Comenzaron a aparecer amigos y un amor diferente cambió el rumbo de mi vida. Éramos de nuevo una familia.

Tuve después de mis otros dos hijos, ya en Salto, domingos de restaurantes y salidas a diferentes lugares. Después del último viaje de mi madre, tuve tantos domingos de tristeza que me quedaba en casa y muchas veces, ni comía.

Pero aún me faltaban muchos domingos: cuando el padre de mis hijos se enfermó y no recuerdo casi ningún domingo feliz. Más de quince años fueron. Domingos negros o muy tristes, nostálgicos o inútiles.

Después que se fue de este mundo tuve domingos muy locos: tratar de entender los hijos, dos adolescentes y un adulto, tratar de encontrar una rendija para recuperar algo de mí… después de tantos años de ocuparme solo del marido enfermo.

Se me destruyó todo. Domingos de laberintos e incomprensión. Después de dos años me encontré otra vez con el amor y rejuvenecí diez años.

Domingos en casa, domingos con él y la hija y su familia, domingos con mi hermana. Domingos de asado, otra vez.

Tendría que poder recuperar esos domingos pero ya no puedo. Inexorablemente me llega la nostalgia dominguera. Salimos, visitamos diferentes restaurantes, o como hoy, volvemos al tradicional asado. Estamos solos.

Cuando estemos más viejos estaremos aún más solos. Ya no sé si podremos asar en casa o habrá que comprar…

De todos modos: siento nostalgia de mis domingos de infancia y pongo música muy fuerte. Y hoy se asa en casa, se vive a pesar de estar solos, se brinda y se solidifica nuestro amor verdadero, seguro, ese amor bueno.

No es cualquier día: es domingo.

Cristina Peri Rossi

DISCURSO DE CRISTINA PERI ROSSI
PREMIO CERVANTES 2021
(Leído por Cecilia Roth en Alcalá de Henares)
22 de abril de 2022

“Nací en Montevideo, Uruguay, en el año 1941, es decir, cuando desgraciadamente Europa estaba en plena Guerra Mundial. A la izquierda de mi casa vivía un viejo zapatero remendón, judío polaco, milagrosamente escapado de la masacre; y a la derecha, un adusto músico alemán con un parche negro en un ojo. Cuando le pregunté a mi madre, maestra de escuela obligatoria, laica, gratuita y mixta, por qué el judío y el alemán no se saludaban me respondió: “en Europa se habrían matado”. Mi padre, nacido en el campo, que había emigrado a la capital seducido por lo que el tango llama “las luces del centro” me dijo algo muy sencillo: “Europa no existe. ¿Has visto en el mapa algún lugar que se llame Europa?” No había. Cuando pregunté por qué la llamaban Segunda Guerra Mundial me explicaron que apenas veinte años antes había sucedido la primera. También en el barrio había muchos exiliados españoles porque además de una guerra cuyos motivos yo no conocía, en España había una terrible dictadura que había matado a miles y miles de personas y hecho huir a otras miles. El mundo parecía un lugar muy peligroso fuera de Montevideo. Pero la biblioteca de mi tío, funcionario público, culto, gran lector y ferozmente misógino me permitió conocer que siempre había sido así. Desde los orígenes, o desde los tiempos bíblicos o desde los griegos y troyanos. Los motivos de las guerras parecían siempre los mismos: el ansia de poder y la ambición económica. Algo típicamente masculino.

Tres libros leídos muy tempranamente me conmocionaron: El diario de Ana Frank, La madre de Máximo Gorki y Don Quijote de la Mancha. Este último, con un diccionario a mi lado. Fue el más difícil de leer y el que me provocó sentimientos más contradictorios. No había leído nunca un libro donde el autor declarar que su protagonista estaba loco, pero a la vez, me emocionaba que su propósito fuera deshacer entuertos y establecer la justicia, cosa que me parecía harto razonable dado el estado del mundo y de mi propio barrio, donde muchas vecinas venían a contarle a mi abuela, una viuda que había criado a siete hermanos huérfanos y a tres hijos -también huérfanos- que sus maridos borrachos las golpeaban o se jugaban el escaso dinero en los caballos o se iban de putas y maltrataban a sus hijos. Cómo deseaba yo que apareciera Don Quijote con su flaco Rocinante a salvarlas de los golpes y del maltrato. Por otro lado, mi abuela me hacía recordar al Ama, porque pensaba que leer mucho llevaba a perder el seso y a cometer locuras, aunque yo no creía que los esposos de esas mujeres maltratadas leyeran mucho y esa fuera la causa de su violencia.

La actriz argentina recibió el máximo galardón de la literatura de habla hispana en representación de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi (EFE)
La actriz argentina recibió el máximo galardón de la literatura de habla hispana en representación de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi (EFE)
Yo misma me irritaba cuando Don Quijote confundía molinos con gigantes, y llegué a pensar que Cervantes en realidad ridiculizaba a su personaje para probarnos que la empresa de cambiar el mundo y establecer la justicia era un delirio. Hasta que en los capítulos XII, XIII y XIV del libro me encontré con el relato y el discurso de Marcela. Marcela es codiciada y asediada por los hombres por su belleza y por su riqueza. La acusan de ser la culpable del suicidio de Grisóstomo, al que se negó, y en un sorprendente discurso rechaza a los hombres, al matrimonio y a las relaciones de poder entre los sexos: reclama su libertad, y para eso se aísla de la sociedad y se refugia en el campo, como una pastora más. «Yo nací libre y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», dice. Como Helena, en la Ilíada, maldice el día en que nació, o como en Eurípides, Helena se rebela contra la sociedad que considera la belleza como único atributo de la mujer.

De este modo Cervantes desacraliza la belleza como atributo femenino, y convierte a Marcela en una heroína trágica: para conservar su libertad frente a los hombres que quieren poseerla, dominarla, renuncia a la vida social, aislándose del mundo, huyendo de los hombres. Por supuesto, esta heroína, posteriormente, sería calificada de histérica, frígida y neurótica al no asumir el rol que le asignaba la sociedad patriarcal. La comprensión que manifiesta Don Quijote hacia un personaje femenino real me hizo pensar que la locura puede ser un pretexto de exclusión de aquellos que esgrimen verdades incómodas, lección que evidentemente aprendí, pagando un precio muy elevado, hasta el día de hoy, pero si volviera a nacer, haría lo mismo.

Mi tío que era buen lector cervantino no me habló nunca de este pasaje, del mismo modo que me advirtió de que las mujeres no escribían, y que cuando escribían, se suicidaban, como Safo, Virginia Woolf, Alfonsina Storni, y otras.

Los libros que conmocionaron a Peri Rossi: «El diario de Ana Frank», «La madre de Máximo Gorki» y «Don Quijote de la Mancha» (EFE)
Los libros que conmocionaron a Peri Rossi: «El diario de Ana Frank», «La madre de Máximo Gorki» y «Don Quijote de la Mancha» (EFE)
Yo también tuve claro, como Marcela, que en una sociedad patriarcal ser mujer e independiente era raro y sospechoso. Cuando el jurado (al que agradezco el honor de este premio) enumera los motivos por los cuales me lo ha concedido, habla de una firme y completa vocación literaria, pero también reconoce una lucha por los valores humanos tantas veces vulnerados por el poder político o cívico militar. Tuve que exiliarme de la dictadura uruguaya porque, como Casandra, había advertido y denunciado su llegada, y como castigo, mis libros, y hasta la mención de mi nombre fueron prohibidos; salvé la vida milagrosamente y vine a parar a España, donde otra feroz dictadura oprimía la libertad. Convertí la resistencia en literatura, como hicieron tantos exiliados españoles, y en lugar de renunciar a la sociedad, como Marcela, desde mis libros, desde mi vida he intentado como doña Quijota ‘desfazer’ entuertos y luchar por la libertad y la justicia, aunque no de manera panfletaria o realista, sino alegórica e imaginativa. No necesitamos duplicar la realidad, sino ironizar o interpretarla, como hiciera Jonathan Swift, por ejemplo. La literatura es compromiso ya lo dijo Jean Paul Sartre y compromiso es todo, desde un artículo contra Putin o un homenaje a las mujeres violadas y martizadas en Juárez, hasta los relatos de Cortázar. ¿No es compromiso satirizar, por ejemplo, los excesos de la técnica, el morbo de los platós de televisión o los ritos festivos de los fanáticos del fútbol? Tan compromiso como escribir un poema lírico que exalta el deseo entre dos mujeres o entre un hombre y una mujer. La imaginación también es compromiso cuando no anticipación. Yo no he sido cronista de la realidad, me he sentido muchas veces como Casandra, en la Eneida, vaticinando un futuro y unos peligros que pocos veían. Pero no concibo una literatura solemne. La vida puede ser una tragedia, un drama, pero se puede ironizar y satirizar sus hábitos y costumbres, como hizo Pessoa con su poema “Todas las cartas de amor sin ridículas”. Sí, y además, son dulces o crueles o amorosas o denigrantes.

El siglo XX empezó casi con una guerra mundial y terminó con otra local, la de los Balcanes, e hizo escribir a Paul Valéry una definición clarividente: “La guerra es una masacre de personas que no se conocen en beneficio de personas que se conocen pero no se masacran.”

A veces me ensombrece el ánimo el miedo a que la maldad y la violencia sean en realidad una constante de la existencia humana, y la lucha entre el Bien y El Mal se eternice, o sea ridiculizada, como ocurre en el mismo libro de Cervantes. Pero cuando escucho el aria de Sansón y Dalila, ‘Mon coeur s’ouvre à ta voix’, cantada por Jessye Norman, o ‘Je suis malade’ por Lara Fabián, o ‘Algo contigo’ por Susana Rinaldi, recupero una parte de la fe en el bien.

Mientras algunos se dedican fanáticamente a hacerse ricos y a dominar las fuentes del poder, otros, nos dedicamos a expresar las emociones y fantasías, los sueños y los deseos de los seres humanos.

Escribí en un poema: “Los antiguos faraones / ordenaron a los escribas: / consignar el presente / vaticinar el futuro”. Creo que ese sigue siendo el compromiso del escritor, sin ninguna solemnidad, y con sueldo escaso. Y con humor, como cuando escribí este breve poema: “Podría escribir los versos más tristes esta noche, / si los versos solucionaran la cosa”.

El sentido del humor es el sexto sentido de la literatura.

Podría escribir los versos más agradecidos esta noche, y cumpliría con mi obligación de escriba, aunque los versos no salvarían a los que mueren por las bombas y los misiles en la culta Europa.

Leyendo libros, ya sean de Luis Cernuda o de César Vallejo, confirmé lo que me decía mi madre: a medida que más sabemos menos sabemos, por eso la virtud cardinal es la humildad. Confirmé, también, que la literatura responde a la enseñanza evangélica: “Hablo en parábolas para que los que quieran entender entiendan”. Yo también escribo en parábolas.

Como escribí en un poema:

Las palabras son espectros piedras abracadabras

que saltan los sellos de la memoria antigua.

Y los poetas celebran la fiesta del lenguaje

bajo el peso de la invocación.. Los poetas inflaman las hogueras

que iluminan los rostros eternos de los viejos ídolos.

Cuando los sellos saltan el hombre descubre

la huella de sus antepasados.

El futuro es la sombra del pasado en los rojos rescoldos de un fuego venido de lejos,

no se sabe de dónde”.

Porque es mujer, es uruguaya, exilada y transgresora: quiero dejar su discurso en mi blog.