Fantasma vivo


Nunca pude hablar con ninguno de ellos pero los veo. Funciona así, no lo busco, simplemente se da. Detrás de un crochet maravilloso tejiendo imparable veo a mamá, en la vieja estación de trenes llegando, siempre llegando, veo a papá, atrás de las cartas de truco sonriendo veo a Carlos el papá de mis hijos, robando objetos inverosímiles o coleccionado piedras casi mágicas veo a mi hermana, en la chacra como matrona que fue veo a la abuela, siempre escapándose de los loqueros veo a mi hermano…

Y así sería la lista interminable de ver a mis muertos. No los persigo, no los convoco, en algún momento desfilan por mi mente, así, sin más. Por eso ese día cuando vi tu fantasma en la calle me sorprendí, iba majestuoso, soberbio, orgulloso. Pero no sé por qué en la calle, si yo más que nadie sé qué cosas te gustaron más. Y no vi tu piano, ni vi tus libros, sólo tu paso magistral por la acera llena de sombras. Pero tu fantasma me sorprende aún más:

-Todavía estás viva…- me dice por lo claro y casi sobre mi cara. Mis fantasmas nunca me hablan. Me alejo sin pronunciar nombres. No me atrevo a volver la cara. Me voy ajustando a la tarde sin aflojar el llanto. Después cuando llego a mi guarida me agarra el loco deseo de aullar sin parar. Ni siquiera me acordaba que fui loba y tu mi lobezno favorito en un rito de amor que me parí sin dolor, con mucha sangre y mucha pasión. Como una loba. Tu fantasma, que es vilmente humano, ha abandonado la vieja camada de esta también vieja loba que te supo lamer las heridas. Entonces recuerdo la frase y me río en medio del llanto. – El lobo es el hombre del lobo, musito sin fuerza. Me voy metiendo camino adentro, lamiendo la ausencia de tu fantasma humano. Cae la tarde y me pierdo. Aúllo pero bajito, no quiero convocar a nada ni nadie. Al final, en la estepa, otro lobo me invita a despedazar un trozo de carne. Tengo hambre. Tu fantasma no volverá, es demasiado humano.

Recuerdo veraniego

Llegamos en la madrugada y sin ánimos . Nos metimos en la primera habitación disponible. Mi reino por una cama, gritaste riendo de tu frase. Los chicos se bañaban y se peleaban en el baño. Volvimos a ser civilizados, recé bajito sobre tu oído, cuándo ibas a entender que con cuatro niños y nuestra edad, ya no estábamos para turismo aventura. Te burlaste de mí y criticaste, como siempre, mi antigua casta de burguesa completa. Yo me refugié en el baño, puse orden, logré acostarlos y a media noche, todos dormían.
No pude conciliar el sueño, estaba agotada después de ochos días de camping y ni uno de sol. Solo nosotros salimos y desencadenamos el diluvio decías riendo. A mí me agotaron las peleas, los gritos y los aburrimientos en la carpa. Nos vamos ya!, grité ese domingo que la lluvia recomenzó como si jamás hubiera llovido. Y llegamos a ese lugar tal vez perdido de las rutas turísticas.
A las cinco de la mañana se perfiló un espléndido día de verano. Salí sin calzarme, necesitaba soledad. El mar rugía tranquilo después de tantas tormentas. Caminé su orilla como en peregrinación. Me parecía otro mar, me semejaba otro paisaje y otra vista. No lo sabía entonces, había encontrado mi paraíso.
Primero apareció el zapato viejo lleno de algas y caracolitos, solo y navegando en medio de la resaca. Después bien muerto, el dueño del zapato y más algas y caracoles. Y a partir de ese hallazgo la vida nos dio un vuelco inesperado y pasamos de turistas a investigadores de un crimen y sus consecuencias. El zapato contenía, a pesar del naufragio, la clave del asesinato.

Mujer mariposa

Cuando Margarita nació en aquel pueblo pequeño, sus padres eran primerizos y además, gente de campo. Cuando la partera les mostró la niña casi mueren de la sorpresa.

Trajeron un pediatra de una ciudad más grande para constatar que Margarita tenía una cara bellísima, un cuerpo acorde pero no tenía ni brazos ni piernas: en su lugar solo pies y manos. Los padres regresaron a la chacra desolados pensando que la primogénita pronto moriría. Pero Margarita no sólo no murió, se alimentó bien, sonreía con frecuencia y dormía sin molestar a sus padres. Al año tuvieron el primer hijo varón y Margarita, que ya usaba pies y manos para arrastrarse por toda la casa, aprendió a tararear una canción de cuna con facilidad extrema.

Así fue pasando el tiempo. Margarita tuvo cinco hermanos varones que la aceptaron como era y que la cuidaban como un tesoro. Ella vivía más afuera que adentro de la casa. La gente del pueblo había venido con curiosidad a conocerla pero la vieron tan hermosa de cara, tan simpática y la escucharon cantar tan bien que decidieron cuidarla entre todos y que los demás pueblos no se enterasen. Querían evitar prensa y malos tratos o que consideraran aquella niña un fenómeno de feria.

Y fue así como creció Margarita con su carita hermosa, su voz cantarina, su cuerpo casi perfecto salvo porque no tenía ni piernas ni brazos. Utilizaba sus pies y manos con mucha destreza para desplazarse.

Y llegó su cumpleaños número quince, y la familia, las vecinas y sobre todo su mamá se juntaron en la chacra paterna para decidir qué hacer. Una fiesta como cualquier otra decían sus tías, no sé, no sé, decía su madre, y las vecinas opinaban que algún festejo y algún vestido habría que hacer.

Sin embargo, no fue necesario… la noche anterior a su cumpleaños Margarita desapareció y ante la desesperación de sus padres, el pueblo entero la buscó hasta el amanecer.

Y fue al alba donde vieron emerger de los campos una inmensa mariposa con carita de mujer.

– Margarita!, gritaron todos a la vez.

Volando y revoloteando la mariposa se alejó pero antes entonó una bella canción de despedida.

Experiencia con mi sombra

Quinta experiencia…
Ser sombra de una sombra, destino o castigo, lo que sea. Dejé la casa sin luz, prendí unas velas viejas en los aún más viejos candelabros. Escarbé los cajones y descolgué las telas de arañas, di el aspecto de descuido y suciedad propicios. A la hora del crepúsculo, mi sombra, seducida por la tenuidad de la luz saldría a bailar en el espejo de la sala. Ahí la esperé. Ahí la encontré, finísima y perfecta.
Intenté seguir su juego de bailes exóticos, de llamados ingratos en su vaivén lujurioso, fue terrible en aquella penumbra jugar a ser sombra de la sombra. De una sombra que sabe bailar, que sabe llamar, que sabe jugar, justo yo que soy tan triste…
He llegado a la conclusión de que para ser sombra de mi sombra deberé aprender a ser feliz, a jugar sin pensar, a dejarme llevar por sensaciones. Mientras tanto, vuelvo al sillón raído de la vieja sala a mirarla, asombrada, enmudecida. ¿Cómo pudo salir de mí una sombra tan casquivana y transgresora?

La Bruja de la Aldea

La bruja de la aldea despierta sobresaltada. Un sueño mercenario la persigue cada noche desde que la luna está en menguante.
Reúne en su mesa recetas y conjuros, se calza sus lentillas y lee en voz alta. Sus cabellos cortos y rizados tienen un desquicio inusual. A media mañana junta hierbas y hierve un caldero. Cuando el sol trepa al zenit se viste de colores vivos. Pinta su boca de morado, come una ensalada verde. Toma un té imposible. Vuelve a leer recetas y conjuros.
Cuando la luna es un gajo finísimo sobre la laguna, la bruja de la aldea comienza a cantar. Y canta casi toda la noche y luego también danza contonéandose arriba de una mesa. El fuego crepita y las sombras de la bruja, siete y sólo siete, bailan arriba de la laguna.
Al alba todo ha finalizado. Cuando llegan los habitantes de la aldea encuentran un jardín increíble, poblado de miles de flores de colores vivos. Árboles frutales desconocidos y una laguna llena de peces sorprende a todos.
La bruja de la aldea recibe a todos y cada uno. A cada quién una flor y un fruto. Una receta curativa o un conjuro amoroso. A las semanas las filas de habitantes son infinitas. La aldea entera comienza a cantar cada mediodía y a bailar cada atardecer. Y crecen flores y frutos y el amor se derrama por los caminos. Entonces desde las aldeas vecina llega la Envidia y para el siguiente menguante, queman a la bruja de la aldea.

Entre esto y lo otro

Entre esto que es fuerte, roca, irrompible

Y lo otro… frágil y etéreo

Me compongo y deshago mil veces

Sin entender y comprendiendo

Sin caerme pero intentando volar

Entre esto tan poderoso y lo otro tan frágil

Mi vida es ambivalente, con gusto a todo y nada.

Entonces te aferro, me adhiero a ti, me sumerjo en tu mar de calma y por momentos siento algo de “normalidad “ y descanso…

Dura poco… a veces te contagio y te sacudo fuerte… nos enroscamos como víboras bajo el sol, dos desatinados sin ton ni son…

Sin dudas esto es vivir y no nos privamos de nada, fuera del sistema somos dos locos de atar, será amor del Bueno…

A raudales de no viene la noche y acá estamos esperándola mientras descorchamos suspiros, risas, proyectos…

Pensaste alguna vez disfrutar tanto en el ocaso?

El muerto


Un tipo especial sería el muerto. Apareció de la nada en nuestro pueblito y se paseó orondo por la calle principal. Mirando la nada que había para ver. Cerca de medio día cayó muerto en la plaza. Hicimos deducciones antes de acercarnos. Después vimos el hilo de sangre que oscilaba y se perdía desde su pecho.
Lo mataron. Esa noticia sería un plato de primera clase para nuestra monotonía cotidiana. Vino el comisario en persona. Pidió cosas inexistentes: un forense, un equipo de investigación y análisis. En fin, nos reímos el día entero de él.
Cuando ya nos habíamos olvidado del muerto anónimo que nos puso vida con su muerte, apareció aquella mujer vestida de negro y de lentes oscuros. Una mujer de paso lento y seguro. Preguntó por un hombre aquí y allá. Entró y salió de la comisaría y la iglesia. La viuda, pensamos.
Al atardecer había desaparecido. No dejó rastros. Ni el comisario ni el cura dicen haberla visto. Estuvo y preguntó pero nadie la recuerda. Volvimos lentos al aburrimiento de siempre. El muerto congelado se aburre con nosotros.

Escribir y pescar: dos verbos compatibles

Estoy mirándolo, como tantas veces, intentar pescar. De pronto surge esta idea mía que parece tan loca: cuando pesca hace lo que yo también intento con mis cuentos. Él intenta engañar los peces y yo, lectores.

La literatura toda, incluso la más fiel, usa artilugios para que algún o muchos lectores , caigan en la trampa de leer el contenido. Es como una línea de pesca que se llena de palabras y busca la sensibilidad de alguien o algunos. Si resulta que te leen, has logrado el premio.

Él pesca… tira su engaño una, dos y cien veces. Si en uno de esos tiros engaña un pez la felicidad es única: ha logrado su objetivo. Y seguramente podríamos seguir intentándolo hasta el final de nuestros días útiles.

Se persigue un engaño tallado en imaginación y tejido con palabras o en un filo hilo de pesca que engaña con un señuelo artesanal que se parece a una mosca. Nos parecemos.

Acá no importa la inteligencia de la presa: sino en poder engañarla. Que la pequeña lectura o el gran pez nos digan: lo has logrado, te creyeron, fue casi verdadero… tanto que funcionó.

Pescar, además, en estos días de incertidumbre y desolación, es algo que se puede hacer, el pescador solitario puede estar entre estas rocas donde no hay nadie y mientras va intentando el engaño, la tranquilidad lo van ganando. Es una función terapéutica para él.

Mientras él se obsesiona con la búsqueda no existe nada más, su mente se concentran sólo en el oficio y observa el agua, estudia dónde y cómo y con qué lo conseguirá. Por un momento todo desaparece.

Casi lo mismo hago yo mientras escribo, busco las palabras, hago las frases,las leo nuevamente y todo lo demás desaparece. Ejercicio catártico y terapéutico, escribir. Se corrige y se hace y deshace: me aíslo. Necesito creer que lo único que existe en este mundo es el cuento que va naciendo. Muchas veces ni sé cómo acabará pero me sigo arriesgando. El pescador tampoco sabe si tendrá su premio o se irá como vino.

Pero no ceja: sin que nadie te lea, sin un pez en las manos, igual lo volveremos a intentar porque tal vez, mañana, otro día, dentro de un mes, lo conseguiremos.

Y eso es todo: la ilusión de intentarlo tantas veces como sea necesario para obtener un engaño exclusivo que nos sacuda con un lector o un pez.