Mírela ( de mi libro Primas)


La prima Mirela era mestiza . Mestiza en una familia itálica, de los de Italia del Norte, o sea blancos y de ojos claros; debió de ser insoportable. Porque claro, todos sabían que la tía, su madre, había tenido una aventura con un mestizo. Intolerable. Vivíamos en el seno de una inmensa familia itálica y muy racista.
Mirela creció como a la sombra. Mientras todas las primas íbamos a colegios privados, religiosos, caros por supuesto, ella iba a una escuela pública algo alejada del centro de la ciudad. La tía, su mamá, logró casarse con un viudo de la capital y por supuesto, Mirela no tenía ni que aparecer en su vida.
Mirela se quedó en casa de los abuelos. No recuerdo si lloró cuando su madre se casó y se fue. Ella siguió estudiando a pesar de las tareas que siempre estuvo obligada a realizar, para algo la cuidamos y la mantenemos, decían.
Debió de odiarnos. Nosotras éramos las privilegiadas. Ella iba creciendo,sus razgos se intensificaban pero también se iba convirtiendo en una joven bella.
Cuando me fui a la Universidad ella estaba estudiando con solvencia su carrera docente. Seguía ocupándose de casi todas las tareas en casa de los abuelos.
Fue una gran sorpresa encontrarla en aquella marcha de protesta. Nos sorprendimos ambas. Ella con rabia, yo con inconsciencia. Y después la vida nos colocó en el mismo infierno: lugar de estudiantes detenidos en plena dictadura. Creo que ella reconoció mi voz porque yo sí reconocí la suya. Quise comunicarme. Imposible. Un buen golpe anuló mi intento. Después los días se sucedieron y al mes a mí me soltaron.
Y Mirela nunca salió. Solo yo la busqué sin darme tregua.
Mirela, esa mestiza que enlodó la familia, desapareció luchando contra la opresión. La suya y la de otros. Su nombre se borró de la familia. Todos la olvidaron.
Hoy, después de tantos años, salí a la calle a reclamarla. Con una foto hermosa que se salvó del olvido y la indiferencia.

Justina ( de mi libro Primas)


Nació en una familia de la otrora privilegiada clase media a principio del siglo pasado. Fue la prima favorita de mi abuela paterna.
Rubia, angelical, de voz tenue y paso elegante era la prima admirada por todos.
Buena alumna en las virtudes femeninas de la época, aprendió todas las labores propias del género y un poco más, aprendió a tocar el piano y cantaba afinadamente. Nadie negaba que el hombre que se llevara a la prima Justina, sería un afortunado.
Cómo fue que sucedió. Cuándo y cómo aquel ángel descendió al último infierno. Una envidia?. Un maleficio?. Algo que pagar de sus progenitores?. La cosa es que una mañana diáfana de primavera, unas horas antes que llegara el novio a pedir su mano, justo ese día, la tía la encontró hablando sola en el jardín.
Supuso que eran los nervios. Le dio té de tilo, una fricción de colonia y la ayudó a arreglarse porque Justina parecía en otro mundo.
La prima se fue quedando en ese mundo cada día un poco más. Arreglaron su boda. Eligieron y aprontaron su ajuar. Cuidaron las visitas del novio. Hicieron todo por ella. La tía tenía terror de que el día de su boda Justina ni siquiera respondiera el sí. Pero por azar o designio se despertó casi cuerda y casi feliz y la casaron como querían.
Un año más tarde tuvo su primer y único hijo porque después del parto, que duró casi tres días, la prima se fue para siempre a ese otro mundo y no regresó.
El marido, furioso, decía que lo habían casado con una loca. Los padres solo lloraban. Las hermanas huían; su prima, mi abuela, criaba al niño y la cuidaba.
A los tres años ya estaban todos agotados. El marido tenía mujer nueva. Los padres se habían hecho viejos de golpe. Nadie quería hacerse cargo. La internaron en contra de la voluntad de mi abuela que era la única que quería hacerse cargo.
A los pocos meses Justina era un saco de huesos y tenía temblores y convulsiones terribles, productos de los electro shock.
Mi abuela prácticamente la robó del lugar. Hiceron una habitación más en la casa y allí vivió Justina unos cuarenta años.
No tuvo lujo pero siempre la rodeamos de afecto. La abuela decía que ella vivía en su mundo. Que era bueno abrazarla, besarla, decirle palabras cariñosas. Así, decía, la recuperamos un rato.
En esas recuperaciones Justina corría al piano, que con mucho sacrificio compró el abuelo, se sentaba y tocaba y cantaba como si nunca hubiera dejado de hacerlo.

Adelaida

Nació en el campo a principios del siglo pasado. Esta prima de mi abuela es recordada por su trabajo incesante y sus trangresiones más loables.
Analfabeta por designio de su sexo, con una salud quebradiza que le permitió siendo niña, quedarse en casa y hacerse auto didacta. Aprendió a leer y escribir con cuadernos y algunos libros de sus hermanos. Y la cabeza decía la abuela, se le llenó de pájaros y el cuerpo de mariposas.
Cuando se le acomodó el cuerpo tuvo que ponerse a trabajar. No la llevaron a los campos pero en la casa eran diez hermanos y ocho eran hombres. Sobraba ropa para lavar y comida para hacer. Y barrer. Y cuidar los animales domésticos. Y airear y sacudir y zurcir. Infinitas tareas. Sin embargo, le daba el tiempo para leer y escribir. Y enamorarse de lo que leía y escribía.
Los años fueron pasando, la casa se fue vaciando todos se iban casando. Y ella nada. Ni hablar de hacerla entrar en razón. Una mujer sola se marchita, decían.
Adelaida se quedó en aquella casa gigante. Todos los hermanos le dieron sobrinos que la adoraban. Tenía una mano mágica para las tortas y los cuentos que los niños amaban.
A los 35 años, desahuciada soltera, se casó con un hombre mayor que escandalizó a la familia y se fueron a vivir a la capital. El hombre pisaba los ochenta.
A los dos años regresó viuda, fumando, vestida con polleras finas y hablando como poeta. En su pueblo natal, pueblo de campesinos, encontró un terrateniente casi septuagenario del que se hizo amante. Él le regaló un auto y luego, huyeron a la capital.
Regresó cuando el hombre murió porque la nombró heredera en su testamento.
Rica, viuda y con ánimos de sobra, se regresó sola a la gran ciudad donde se transformó en la primera editora femenina. Como los escritores no confiaban en una mujer se casó con un empleado al que le llevaba diez años y mucha experiencia. Publicó todos sus libros con seudónimo masculino y regresaba al pueblo de tanto en tanto, cuando algún sobrino se casaba.
A todos ellos les dejó su sello editorial y sus regalías como autora. Murió fácil y rápido en un tonto accidente de auto.
La editorial y sus libros desaparecieron. Nadie quería hacerse cargo de un producto ilícito para una mujer de la época. Y mucho menos de una transgresora que avergonzó a la familia.

Incertidumbre ( para Miguelina)

Me hice un ovillo, me gasté las lágrimas y me chupé el pulgar como si fuera bebé…

Me soné los mocos y sequé mis babas, di gritos agudos, me quedé sin voz…

Después todo se quedó muy quieto, adentro, afuera y por doquier…

Se fue el sonido, chilló el silencio en mis oídos, mi posición de feto tomó forma al fin…

Tenía que estar así para buscarme, parirme a mi misma, reconstruirme y ver si podía salir…

Tantas batallas perdidas, pocas victorias a favor y esta incertidumbre lograron al fin, reconstruirme…

Entonces comencé de nuevo a pelear, respiré despacio, recomencé y tracé un plan…

El plan era reconstruirme con ese poco aire, poca agua, tubos y sonidos que me humillaban, meterme en mí y dejarme salir…

Hubo instantes o segundos tal vez horas, es lo mismo, donde tuve la intención de agonizar, me tentó el respirador y dejarme llevar…

Y recomencé otra vez, cada segundo respirando, calmándome, sosegándome, control… control, no existe otra meta.

Meterme otra vez en mí y arrancar las fuerzas desde las tripas, arriesgar todo por todo, pelearme un día más con este virus que quiere mi vida, mi única vida…

Fue agonizar y transpirar y sonreír a pesar de todo, fue pelear sin otras armas que mi mente y mi tesón y la seguridad que puedo con la muerte… eso, respiro, me controlo y controlo la muerte…

Dijeron que fueron muchos días, que casi un mes, que fueron bajando el oxígeno, que pude hablar un poquito y qué tal vez podría recibir una visita… dijeron eso y resoplé, otra vez me metí en la cabeza, este triunfo es mío..

Hoy estoy intentando pararme, viene otra etapa, test negativo el virus ya no está, solo este cuerpo castigado y esta sonrisa nueva de mujer que supo batallar…

Afuera hace frío y yo intento otra vez, reinventarme, saber qué hacer, tomarlo con calma, volver a parirme para nacer de nuevo…

Después de todo… la vida es eso, lucha, pelea, inventarse de nuevo y vencer o morir…

He decidido vencer…

Neblina

Anduvimos por las calles de la neblina, nos metimos ahí a propósito. Tropezamos varias veces con el empedrado desparejo, sentimos maullar gatos sin verlos y las plantas ponían más sombría la niebla.

Fuimos bajando al río inmenso, casi mar, sin hablar y tomados de la mano. Un frío penoso y húmedo avanzaba y nos cubría. Éramos dos sombras en la niebla que cometen la insensatez de salir a esa hora y en ese lugar.

Casi no se podía ver el extenso río, como mar, que estaba mudo bajo la densidad de la neblina. Caminamos algo desanimados, era tan intensa la soledad y el silencio que tuvimos que hacernos la promesa, nuevamente, de cumplir lo pactado.

En la curva del muelle pequeño nos detuvimos y miramos con asombro lo poco que se podían distinguir los botes y veleros. Estaban todos como flotando.

Y si nos fuéramos? , dije susurrando. Podríamos…, respondió pensando.

Partimos sin dejar las cenizas de los abuelos, que debíamos llevar ese día a esa hora en un recodo del río inmenso, como mar.

Fue fácil robar un bote y aventurarnos en la niebla. Las cenizas de los abuelos van con nosotros. Talismán? No sé, pero me gusta llevarlos a una aventura que no se sabe cómo ni cuándo ni dónde finalizará.

Abuela Felisa

Abuela Felisa ( inédito y dedicado a mi madre)

En las noches tranquilas de mi pueblo la luna solía colarse por las calles desiertas. Eran tiempos lentos de veranos interminables y ardientes. Mi pueblo tenía un silbador. No cualquiera, no señor, era único porque había en su silbido notas de una especie de flauta maravillosa, pero mucho más, por su historia.
El silbador era un mendigo indigente que comía de lo que los vecinos, con gusto, le daban. Vestía andrajos que cada tanto cambiaba por la misma caridad vecinal. Su porte denotaba una elegancia paradójica.
Es que no era un vagabundo cualquiera. Había sido un rico heredero, muy conocido por sus encumbrados apellidos y su linaje de ricos terratenientes familiares. Y había estudiado medicina con solvencia. Pero en cuarto año le sucedió, así sin explicaciones, de un día para el otro, perdió su norte y su sur. Perdió la razón sin motivo aparente y no pudo regresar de la sin razón. Al principio lo internaron, lo llevaron al extranjero, le hicieron mil curas inimaginables. Fue en vano. Al final, rendidos y extenuados, lo dejaron ser. Y ahí el pueblo tuvo ese silbador mágico que imitaba a las mejores flautas de la sinfónica del cielo.
En verano, caminaba las noches enteras. Cuando escuchábamos sus pasos, le rogábamos a la abuela Felisa que se asomara a la ventana.Desde que nos contó que cuando eran jóvenes estuvieron a punto se ser novios, nuestra imaginación no paraba. Porque a pesar de que la abuela negó siempre que el silbador quedara loco cuando ella se casó con el abuelo, nos coincidían las fechas y las suposiciones. A veces ella nos daba el gusto, somnolienta y lánguida se apoyaba en el balcón. Entonces, cuando la veía, paraba el paseo y silbaba una melodía exquisita. Todos escuchábamos embelesados. Se detenía el mundo y el tiempo.
Después se iba caminando lento y la abuela musitaba un gracias tímido, que apenas se escuchaba. Luego se apretujaba en los brazos fuertes del abuelo y los escuchábamos suspirar.” No puedo ponerme celoso, decía él antes de dormir, esa declaración de amor es sublime”.
Nosotros nos arremolinábamos en la cama grande y nos dormíamos por esa noche, todos entreverados en un abrazo. Aquel silbido mágico nos arrimaba a un amor que nos entrelazaba brazos y sueños.

Mi amigo indigente

Puedo escribir hoy un cuento diferente, un cuento que comienza por la palabra prisión.

Un cuento que tenga que ver con la palabra máscara.

Un cuento sobre vida, prisión y máscara. 

Reducido a tres palabras el cuento evitaría la palabra muerte que ya está incluida en dos, máscara y prisión, pues son formas de muerte.

La vida que se intenta vivir detrás de máscaras, aprisionado, o prisionera, de cualquier realidad por mejor que sea, no es vida.

La vida debe de ser a cara limpia, sin ninguna línea que la disimule, sin ninguna atadura que te contenga.

Quién puede hoy hacerlo, quién goza de esa irrealidad: no usar jamás ni un poco de máscara, no delinear gestos o tapar batallas, no sentirse preso de aceptar o agradar, o romper, o gritar, o disimular, o mentir…

¿Habrá alguien tan libre en este planeta? ¿Lo serán los indigentes?

Un indigente que conocí hace años había sido rico, de posición económica sólida, sin problemas para estudiar, derrochar, competir y socializar. Al final, todo es casi lo mismo. 

Pues resulta que un día se hartó y comenzó a quitarse alguna máscara. Al principio creyeron que era de puro snob, otros lo trataron de sarcástico, otros sacudieron la cabeza y pensaron en los caprichos de los ricos. Él sintió por primera vez que había dicho la verdad, no importa sobre qué, digamos sobre determinada situación. Y al sacarse la máscara y ser sincero por un rato, sintió que respiraba mejor.

Por unos días se mantuvo espectante, no sabía qué le había ocurrido, sólo había dicho lo que pensaba y que sabía, no debía ser pronunciado en voz alta. Pero ese halo de aire puro que le pareció percibir al decirlo, lo persiguió. Y volvió a decir lo que pensaba frente a los demás, y volvió a sentirse libre y así, poco a poco, su máscara fue cayendo, cayendo…

Dejaron de invitarlo a pesar de su fortuna, sus padres lo enviaron a terapia, los amigos comenzaron a evitarlo. Y cada vez se sintió mejor.

Pero dio la casualidad que la terapia le resultaba aburrida y se puso a caminar, por primera vez en su vida, la ciudad por cualquier lado. Cuando digo cualquier lado, me refiero a lugares que nunca, jamás, hubiera visitado.

Un día charló con un pescador bastante pobre que tenía una barcaza en ruinas, charlaron sobre cosas casi intrascendentes y sintió que ahí, la máscara ni siquiera por un momento debía usarla.

Al finalizar el día le propuso regalarle, porque sí, porque podía, un bote nuevo de pesca, la ofensa del hombre fue genuina. Se sintió por primera vez, irrelevante con su dinero. Y ya no regresó, la ofensa del hombre lo humilló, se avergonzó.

Pero los paseos terapéuticos continuaron. No fue fácil en realidad, le llevó años aprender a hablar con la gente, se entendían poco, le costaba comprender, le llevó un par de años ese estudio que le posibilitó sacarse la máscara a diario y ser otra persona. ¿O tal vez usaba una nueva máscara?

En su vida regular usaba las otras máscaras, las del hombre joven, rico, que lo tiene todo, que es algo intolerante, que desprecia a casi todo el mundo y ríe de bromas absurdas. La diferencia era que ahora, con el paso del tiempo, sentía cada vez más el peso de la máscara y se sentía preso. Cada vez más preso de su posición social, de su estatus de vida, de las amistades, de los compromisos, de los negocios de su padre, de las amigas de su madre y de las hijas de las amigas de su madre.

Acorralado por estos sentires, nuestro joven tuvo que asumir un compromiso de boda, ya estaba previsto y era lo que se esperaba, así que usó su máscara de hombre obediente a los mandatos sociales y lo hizo pero, sintió más que  nunca el peso de su prisión.

Cada día que pasó después de ese compromiso, huyó de su cárcel cada vez que pudo, poco a poco se fue quedando en lugares insólitos para su condición y creo, esto no lo sé con fehaciente fidelidad, no regresó al hogar.

Sé que lo buscaron y reclamaron y pensaron lo peor. Lo mataron, lo secuestraron,suponían y la policía estuvo activa durante tres o cuatro meses. La familia llamó detectives extranjeros, y se hizo una búsqueda llena de requerimientos especiales donde además, se aclaraba que nuestro joven, estaba en tratamiento con psicólogos y psiquiatras y tomaba medicación.

Las ciudades pueden esconder muchas cosas, un hombre libre también puede ser escondido en ella, parece que fue el caso. Cuando conocí la historia era apenas una niña de once años y no me creí nada de lo que me contaron. Cierto que uno veía ese indigente, desgarbado, de pelo cano, sucio y harapiento y notaba algo diferente, pero a mi juicio, era un simple mendigo más de los que abundan en nuestras ciudades.

Mi abuelo me había dicho, si no te da vergüenza o miedo, sentate un ratito con él en la plaza y hablale, ahí notarás la diferencia. Tentada por eso de no tener ni miedo ni vergüenza, un día lo hice. Por esaépoca una de mis locuras era transformarme en cantante de ópera. Algo snob lo mío también, pero era mi vocación a los once años. Así que me senté y quise hablar de ópera. Quise pero no pude, el anciano conocía y había visto más óperas de las que vería yo en toda mi vida, no sólo en el país sino, en el extranjero. ¿ por qué se lo creí?, pues porque conocía a la perfección detalles, nombres, y hasta podía canturrear áreas más o menos conocidas. Mi fascinación no tenía órbita en mis ojos y mi mente. Un mendigo que sabía más de ópera que mi profesora de piano. Incluso más que mi padre, que era un gran fanático.

Ese día inicié una amistad inusual, con el mendigo que habitaba no sé dónde, pero que tomaba sol en la plaza del barrio en el invierno, y mi camino desde la escuela, era justamente por ese lugar. Así que le avisaba que volvía y él me esperaba, el abuelo me acompañaba, mientras él tiraba maíz a las palomas yo me deleitaba con mi interlocutor, hablábamos de ajedrez, después llevé el tablero, jugábamos, hablábamos de Egipto, y de todas las locuras que yo tenía en mi cabeza con casi doce años, con todo lo que me desvelaba.

Alguna vez, cuando ya éramos amigos, le pregunté por su situación, por su familia, si nunca lo habían encontrado, qué había sucedido. Creo que me respondió por respeto a una niña que le entretenía las tardes. Me dijo que sí, que su familia lo había encontrado después de años pero no lo habían reconocido o no quisieron, y así, Santas Pascuas, agregó sin tristeza.

Mi amigo se diluyó en el tiempo y hoy me dio por recordarlo. Alguna de sus charlas eran sobre máscaras y prisiones, de oro, de plata, de seda, decía, pero te ocultan, te atrapan, no te dejan ser. No sé cuánto tiempo duró mi entusiasmo por conversar con un verdadero y extraño indigente, tal vez fue un año, luego me habré olvidado, como se olvidan las cosas a esa edad.

Hoy, invierno, pasé por la plaza de mi infancia, no ha cambiado demasiado. Y lo recordé, incluso recordé el banco donde nos sentábamos a hablar de ópera o ajedrez, o del río Nilo y las religiones orientales, me he estado preguntando todo el día, ¿cómo puede ser que lo haya olvidado?

Tal vez lo que me pasó fue que yo también comencé a usar máscaras y me dejé meter en prisiones…

Julia

Julia.
La prima Julia tenía enormes ojos claros que en un momento podian volverse oscuros. Tenía una carcajada alegre y cantarina que podía volverse grito semi satánico en un dos por tres. Julia era ángel o demonio y eso, se podía dar con pocas horas de diferencia.
Volvió locos a los tíos en la adolescencia y fue amargando la vida de algunos novios. Se casó muy joven y entonces después del parto lo supo.
Descubrió que tenía cuatro pezones. Después le vieron los cuatro ovarios y los dientes en doble fila. Econdida estaba en su cuerpo la hermana que no fue. La que se devoró o tragó. Esa hermana gemela que no nació.
Hubo estudios serio y de los otros. Hubo cavilaciones, discusiones y superticiones variadas. Julia ni se escandalizó, ni se persiguió, ni se molestó en averiguar demasiado. Lo tomó como algo más que le tocaba vivir. Siguió trabajando, creciendo y siendo madre que era una tarea que se le daba como con naturalidad.
Sus hijos fueron los que menos notaron ese otro carácter que crecía dentro de Julia con el paso del tiempo.
En algunos momentos que pasamos juntas y no pude evitar preguntar sobre el tema, mi prima me respondió:

  • Dejá de hacerte la cabeza con ideas raras. Yo no siento nada. A veces tal vez, me asombra sentirme lejos, en otro lugar, como si viviera en una isla posible. Pero no tiene nada que ver con esas ideas paranoicas de mi gemela deglutida.
    Pero fue verdad…Julia fue medicada y analizada como bipolar.Mientras los años le tejían canas, la otra fue subiendo a la superficie cotidiana. Dura tarea esa de llevar a cuestas una hermana gemela que no fue.