Algoritmo

Entró ella, la inconmensurable maestra, la extraordinaria maestra de las palabras, pero no entró majestuosa por mi puerta. Sabia y sencilla se sentó sobre mi cama y de inmediato sacó infinitos papeles escritos. 

A mi lado se turnaban mi hermana y mi mejor amiga de la adolescencia. Deseosas como yo de descifrar el contenido intrincado del tejido de palabras.

Masticábamos galletitas secas, la poeta también lo hacía, sin parar de mostrar los papeles y explicar. Faltaban palabras y había que encontrarlas, colocarlas en el lugar preciso y la puntuación tenía que ayudar, converger, hacer que parezca perfecto.

Sabemos que la perfección en palabras es algo diferente a un algoritmo de números y sin embargo, a mí la propuesta me parecía similar. 

El sol calentaba la habitación y nosotras nos debatíamos sobre el cobertor azul, cuáles eran esas palabras, dónde iban, cómo lograr la puntuación perfecta. Que ella, la maestra de todas las maestras, la favorita de las palabras nos hubiera elegido, me producía una sensación de alegría y miedo que no podría explicarla nunca.

De pronto los papeles se habían multiplicado y el afán de búsqueda era como una carrera en el tiempo. Alguien dijo que se nos acababa la oportunidad y me quedé como inerte. Estábamos concursando. Recién me daba cuenta. Nos había elegido a nosotras para estar en su equipo. Qué instante de sanación se produjo en mi alma.

Respiré hondo, sentí el aire apenas tibio, seguí buscando palabras pero ya sin afán, lo importante, lo feliz, era ese mínimo hecho: estaba eligiendo compartir y competir con nosotras. 

Qué buen despertar. Saludé al atrapa sueños con un sonrisa y una mano feliz. 

La más grande había estado compartiendo su arte conmigo y me trajo a mi hermana y a mi mejor amiga.

Si la realidad pudiera contagiarse de los sueños…

Sólo en los sueños los mayores talentos se juntan con la plebe y les permiten sentirse elegidas.

Desde mi balcón

Asomarme sin intenciones al estrecho balcón que me regala buena vista.

Un tumulto de estrellas, a las que alguna vez, de niña, intenté recordarle sus nombres, siguen perennes sobre mi cabeza.

En los caminos zigzagueando andan luces por doquier, más allá en los edificios, las otras luces anuncian sus costos elevados. 

La noche densa y tranquila trajo un poco de frescor. Me quedo contemplando estrellas distantes, luces de todos tipo y mi gato, me acompaña.

Entonces percibo o recuerdo que bajo las mismas estrellas corre marrón y seguro un río de todos los tiempos. Un río que sigue su camino sin importarle nada. O todo, que es lo mismo.

Adentro del bote estamos todos, a la deriva, todos y todas, picados por la víbora desde que nacimos. Todas y todos recordando, elucubrando, adormecidos o incluso, lúcidos y soberbios.

Sí, allá está el río y todos están en el bote. Yo también. A la deriva, como escribió el maestro. *

La muerte está a la vuelta. Sobre un remanso, sobre un remolino, va hacia ella el bote, con o sin orgullo. Va, porque tiene que ir y porque estamos a la deriva aunque muchos creen poder dominarlo.

Ya llevamos el veneno dentro. Será cuestión de tiempo. Las estrellas seguirán mirándonos. Las luces irán cambiando de dueños o no. Eso no es importante.

Antes de entrar y tener esta certeza decido tipear lentamente las letras. No olvidar el bote, el veneno que es destino incuestionable. 

Es fácil desde un pequeño balcón recordar quién soy y bajo un puñado de estrellas respirar la belleza porque también voy hacia el mismo final.

Mi gato, que no lo sabe, maúlla pidiendo entrar. Es mejor que el atrapa sueños nos regale otra ilusión.

*Horacio Quiroga, cuento A la deriva.

Abortar domingos

Qué bueno sería poder abortar los domingos insanos, los no deseados, los obligados a estar, a sonreír y a mentir.

Abortarlos sin escrúpulos, arrancarlos de los recuerdos y ponerlos en una bolsa de morgue, negra y lista para incinerar.

Hoy es un domingo tranquilo, con lluvia y sin prisa, sin familia, sin alcohol, ni comida especial. Hoy, será otro domingo para dejar en el calendario de mis recuerdos.

Hace poco escuché y comprendí que mis domingos serán cada vez más solitarios y lentos. Que después de cierta edad ya no te invitan y en contrapartida, vas invitando menos.

Al principio duele y después, te pones a recordar los domingos hermosos y los otros.

Debería de existir una autopsia de domingos, de aniversarios y de fiestas. Poder despellejar cada instante y recordar: lo que trabajaste para lograrlo, el dinero que gastaste, el estrés que te produjo y del otro lado: cuánta felicidad cosechaste.

Pero como desde hace unos años estos teléfonos tienen cámara y no nos escapamos de las Redes Sociales : la foto con sonrisas será la fachada del asesinato y nadie hará autopsias de domingos o días no deseados.

Hemos asesinado muchos días, muchas memorias porque hay una imposición: somos felices. De pronto, cuándo carajos fue, todxs somos felices.

Basta. No somos felices casi nunca y el que lo sienta así o se miente, o no piensa o se burla o está mal de la cabeza.

Bueno, sigan en la vidriera, familia feliz, domingo feliz, pareja feliz y hasta mascotas felices. Mientras alrededor nuestro el egoísmo, la crueldad, el racismo, los femicidios siguen creciendo, todos felices.

Prefiero un domingo sin foto. Sin sonrisas. Escuchando un interior intenso que empatiza con desgracias. No será un domingo de dolor, no, será un domingo para sentirme humana. Tan humana como para reflexionar sobre estos temas y no posar en la vidriera.

La bruja del pueblo

Que yo era la bruja del pueblo. Que era y exorcisaba demonios mientras dormía. Era una bruja reconocida. Pero solo podía ejecutar conjuros y profetizar en sueños, mientras dormía.

Usted venía y me pedía algo. La bruja, o sea yo, podía o no. Nunca mentía, pues era bruja muy sincera.

Pero tenía que poder dormirme y soñar su problema. Resolverlo o conjurar para ayudar o para maldecir. Si lo lograba, le daba garantías y en ese momento, cobraba mis servicios. Si no lo lograba, usted no pagaba nada y seguíamos intentándolo.

En ese mundo onírico solucioné amores y maldije y escupí, no tuve piedad y ellos conmigo, tampoco. Hubo fatales pesadillas donde resulté herida y desperté sobresaltada

dando maldiciones. Pero hubo sueños casi amorosos que me levantaron con una sonrisa.

Hubo sueños imposibles y otros, reiterados y persecutorios.

Lo mejor fue soñar con el día y la hora de mi muerte. Y supe que era cierto. Y me dormí para esperarla. Y vino.

Pero lo bueno fue que de tanto probar sueños no solo pude escaparme un par de veces sino, lo más importante, pude burlarla para nombrar mi sucesora. Para hacerlo tuve que reunir todas mis energías e hice lo que nunca: me metí en su sueño. La nombré heredera de todos mis sueños y la hice dueña de mis profecías.

La bruja del pueblo ha tenido una hija, gritaron todos en ese lugar, despertaron y sonrieron felices. Era la primera vez que el pueblo soñaba conmigo. Y salieron a festejarlo. Y no pude ver más nada porque la Muerte, metida en mi sueño, me dijo que era mi hora.

Petunias

Las petunias de Marosa se han perdido por este clima que desde el caribe, nos ha contagiado el escritor colombiano. Las camelias de la abuela casi no se ven y Dalias y Hortensias son mucho más pequeñas. El mundo de las flores ha cambiado, también ellas, precisas, frágiles y bellas han optado por abrirse en pleno otoño y casi dormir en primavera.

Ellas, tan sensuales, abriendo sus corolas como piernas que ofrecen la humedad del sexo. Ellas que con lentitud retiran las ropas y muestran su húmedo interior. Ellas que se excitan, se muestran y llenan de vida jardines, senderos, macetas. Trampa para colibríes y néctar de abejas y avispas.

Las flores son auténticas mujeres sensuales. Cada vez que las cortan para regalar un ramo o adornar un salón, mucho más para acompañar un muerto, matan sus orgasmos y las condenan a morir secas y frígidas.

Mujer hoja

Desde pequeña demostró que su juego favorito era saltar, pisar o revolcarse en las veredas cubiertas de hojas de otoño. Su madre la llamaba riendo antes de limpiar el suelo lleno de hojas, para que pudiera saltar a su antojo.

No les pareció bien ni a padres ni a vecinos que ya en plena adolescencia siguiera haciendo lo mismo. Entonces comenzó a levantarse muy temprano, antes del alba, y recorría las veredas y calles sin barrer, en puntillas o dando pequeños saltos.

Y en cada casa que le tocó vivir hizo lo mismo. Y el barrio terminaba aceptando su figura alegre pisando y saltando la hojarasca de cada otoño.

Su marido, sus hijos e hijas, sus nietos y nietas, pasaron a considerar un juego que solo ella entendía. “ La loca del otoño”, la “ pisa hojas “, y otros sobrenombres menos buenos le pusieron. Pero nada derrotó su manía de andar entre las hojas de otoño antes del alba.

Frente a su casa construyeron una mansión de tres pisos. A su dueña le molestó aquella mujer madura que venía a pisar su vereda y desordenar sus hojas. Por eso contrató una empresa que juntaba todas las noches sus hojas y dejaba la vereda impecable.

Pero se marchó de viaje la dueña de la mansión y cuando regresó el cúmulo de hojas tenía más de cinco centímetros. Imaginarse a la loca revolcándose en su vereda la llenó de ira. Así que ella misma amontonó todas las que pudo, incluso las de otras casas y ese mismo atardecer, les prendió fuego.

La loca de las hojas se metió en la pira y sin un sonido, se fue quemando. Para cuando llegaron bomberos y ambulancias el pequeño fuego era nada, puras cenizas… y sólo encontraron unos aretes rojos con forma de hoja del otoño… de puro oro.

El arte de narrar

Del arte de narrar

Serena al aire de este mes

recordando historias más o menos

veraces y siempre románticas,

me enseñaba el arte casero

de una literatura 

oral e imperfecta.

Se me llenaban los oídos de relatos:

secuencias lógicas 

problemas inesperados

finales anunciados

personajes imborrables.

La voz de mi madre me alejaba de lo cotidiano.

Sus versiones libres de tanta novela

fueron la casa 

que contenía a la verdadera.

Cuál fue nuestra casa de verdad?

La de Juan de Garra de Oso?

La de la servilleta mágica?

La del potrillo blanco?

Mis noches se llenaron de cuentos 

mis noches se vistieron de palabras,

algunas me daban miedo,

otras, me enfadaban, 

de otras, me reí a carcajada y

algunas, me pusieron a llorar.

Mamá jamás se resistió a narrar

una y otra vez, 

nunca dijo que no a inventar

a cambiar o finalizar

su cuento, mi cuento…

Nuestro cuento… 

Mi madre no leyó de literatura ni filosofía.

No supo qué era la pedagogía.

Era lectora y me alentaba a leer todo,

sin censuras…

Y así fue cómo logró, con secreto arte

casero, una hija lectora que 

dedica su vida a entender: qué nos hace lectores!!!