La Bruja de la Aldea

La bruja de la aldea despierta sobresaltada. Un sueño mercenario la persigue cada noche desde que la luna está en menguante.
Reúne en su mesa recetas y conjuros, se calza sus lentillas y lee en voz alta. Sus cabellos cortos y rizados tienen un desquicio inusual. A media mañana junta hierbas y hierve un caldero. Cuando el sol trepa al zenit se viste de colores vivos. Pinta su boca de morado, come una ensalada verde. Toma un té imposible. Vuelve a leer recetas y conjuros.
Cuando la luna es un gajo finísimo sobre la laguna, la bruja de la aldea comienza a cantar. Y canta casi toda la noche y luego también danza contonéandose arriba de una mesa. El fuego crepita y las sombras de la bruja, siete y sólo siete, bailan arriba de la laguna.
Al alba todo ha finalizado. Cuando llegan los habitantes de la aldea encuentran un jardín increíble, poblado de miles de flores de colores vivos. Árboles frutales desconocidos y una laguna llena de peces sorprende a todos.
La bruja de la aldea recibe a todos y cada uno. A cada quién una flor y un fruto. Una receta curativa o un conjuro amoroso. A las semanas las filas de habitantes son infinitas. La aldea entera comienza a cantar cada mediodía y a bailar cada atardecer. Y crecen flores y frutos y el amor se derrama por los caminos. Entonces desde las aldeas vecina llega la Envidia y para el siguiente menguante, queman a la bruja de la aldea.

Entre esto y lo otro

Entre esto que es fuerte, roca, irrompible

Y lo otro… frágil y etéreo

Me compongo y deshago mil veces

Sin entender y comprendiendo

Sin caerme pero intentando volar

Entre esto tan poderoso y lo otro tan frágil

Mi vida es ambivalente, con gusto a todo y nada.

Entonces te aferro, me adhiero a ti, me sumerjo en tu mar de calma y por momentos siento algo de “normalidad “ y descanso…

Dura poco… a veces te contagio y te sacudo fuerte… nos enroscamos como víboras bajo el sol, dos desatinados sin ton ni son…

Sin dudas esto es vivir y no nos privamos de nada, fuera del sistema somos dos locos de atar, será amor del Bueno…

A raudales de no viene la noche y acá estamos esperándola mientras descorchamos suspiros, risas, proyectos…

Pensaste alguna vez disfrutar tanto en el ocaso?

El muerto


Un tipo especial sería el muerto. Apareció de la nada en nuestro pueblito y se paseó orondo por la calle principal. Mirando la nada que había para ver. Cerca de medio día cayó muerto en la plaza. Hicimos deducciones antes de acercarnos. Después vimos el hilo de sangre que oscilaba y se perdía desde su pecho.
Lo mataron. Esa noticia sería un plato de primera clase para nuestra monotonía cotidiana. Vino el comisario en persona. Pidió cosas inexistentes: un forense, un equipo de investigación y análisis. En fin, nos reímos el día entero de él.
Cuando ya nos habíamos olvidado del muerto anónimo que nos puso vida con su muerte, apareció aquella mujer vestida de negro y de lentes oscuros. Una mujer de paso lento y seguro. Preguntó por un hombre aquí y allá. Entró y salió de la comisaría y la iglesia. La viuda, pensamos.
Al atardecer había desaparecido. No dejó rastros. Ni el comisario ni el cura dicen haberla visto. Estuvo y preguntó pero nadie la recuerda. Volvimos lentos al aburrimiento de siempre. El muerto congelado se aburre con nosotros.

Escribir y pescar: dos verbos compatibles

Estoy mirándolo, como tantas veces, intentar pescar. De pronto surge esta idea mía que parece tan loca: cuando pesca hace lo que yo también intento con mis cuentos. Él intenta engañar los peces y yo, lectores.

La literatura toda, incluso la más fiel, usa artilugios para que algún o muchos lectores , caigan en la trampa de leer el contenido. Es como una línea de pesca que se llena de palabras y busca la sensibilidad de alguien o algunos. Si resulta que te leen, has logrado el premio.

Él pesca… tira su engaño una, dos y cien veces. Si en uno de esos tiros engaña un pez la felicidad es única: ha logrado su objetivo. Y seguramente podríamos seguir intentándolo hasta el final de nuestros días útiles.

Se persigue un engaño tallado en imaginación y tejido con palabras o en un filo hilo de pesca que engaña con un señuelo artesanal que se parece a una mosca. Nos parecemos.

Acá no importa la inteligencia de la presa: sino en poder engañarla. Que la pequeña lectura o el gran pez nos digan: lo has logrado, te creyeron, fue casi verdadero… tanto que funcionó.

Pescar, además, en estos días de incertidumbre y desolación, es algo que se puede hacer, el pescador solitario puede estar entre estas rocas donde no hay nadie y mientras va intentando el engaño, la tranquilidad lo van ganando. Es una función terapéutica para él.

Mientras él se obsesiona con la búsqueda no existe nada más, su mente se concentran sólo en el oficio y observa el agua, estudia dónde y cómo y con qué lo conseguirá. Por un momento todo desaparece.

Casi lo mismo hago yo mientras escribo, busco las palabras, hago las frases,las leo nuevamente y todo lo demás desaparece. Ejercicio catártico y terapéutico, escribir. Se corrige y se hace y deshace: me aíslo. Necesito creer que lo único que existe en este mundo es el cuento que va naciendo. Muchas veces ni sé cómo acabará pero me sigo arriesgando. El pescador tampoco sabe si tendrá su premio o se irá como vino.

Pero no ceja: sin que nadie te lea, sin un pez en las manos, igual lo volveremos a intentar porque tal vez, mañana, otro día, dentro de un mes, lo conseguiremos.

Y eso es todo: la ilusión de intentarlo tantas veces como sea necesario para obtener un engaño exclusivo que nos sacuda con un lector o un pez.

Escribo… existo?

No sé qué le sucede a mi cuerpo que por primera vez se me aturullan las ideas y se me enredan los dedos… no logro escribir. He recurrido a viejos escritos para ilusionarme con arrancar desde ahí… pues nada.

A mí esto de la tan mentada pandemia me pegó en dos hábitos que son mi fuerte: la lectura y la escritura. Me cuesta tanto que no me reconozco. Pierdo la atención, se me diluyen las ideas, encuentro sin sabor lo escrito… tal vez mi test del corona sea cerebro emocional?

Ahora me he puesto a pensar que he pasado gran parte de mi vida leyendo y escribiendo. Si no lo hago, la pregunta que compete es: existo? Soy yo sin mis lecturas y mis escritos? Esta será mi nueva realidad?

Qué haré? Quién seré? Tengo crisis existencial y también habrá otros como yo, hace mucho aprendí que nunca se es exclusivo, y será culpa de ese virus que dicen, sigue acechando.

A mí no me da miedo la muerte, es más suelo dedicarle escritos, entonces porqué y con todo el tiempo del mundo me cuesta leer y escribir?

Todo lo que han dicho y hecho con este virus de de proporciones gigantes: desde muertes y sufrimientos, aislamiento, soledad, abulia, depresión, enajenación y no sé cuántas cosas más. Y algunos dicen que recién comienza.

Vivo en un país donde no hay muchos infectados, la cuarentena no fue obligatoria y las clases han retornado, no igual pero retornaron. Se puede ir a cenar fuera de casa, salir a caminar o tomar un baño termal. Se puede ir al centro de compras. Todo con protocolo de tomar temperatura, usar tapabocas, hay alcohol en gel a diestra y siniestra. O sea: soy una afortunada. Y ya ven: igual me siento distinta y no puedo hacer las cosas que más me gustan… no es raro?

Si no tengo miedo, no tengo cuarentena obligatoria y mi vida es casi normal… cómo puede ser que igualmente me haya afectado?

Me afectan los puentes cerrados, los muros y los sí y no, me agotaron las redes sociales, la saturación de información y las preguntas ridículas. Me afecta que solo dios pueda salvarnos porque no puedo creer en él.

Por eso escribí esto… para decir: aún existo!

Involucrada

Que iba y venía cargando historias…
Algunas eran tiernas,
otras más tibias,
las hubo algo nulas…
Pero un día y casi sin notarlo
surgió la buena.
Otro día otra, aún mejor.
Y entonces llegó una realmente fuerte,
no pude parar de contar ésa y sólo ésa.
A medida que la contaba iba siendo mejor
y quise tenerla y al quererlo,
me fui involucrando y ya no fue una historia,
fue mi historia.
Y ya no me pude salir.
Presa, involucrada,estoy inventando
cómo escapar…

El regalo

Es la tercera vez que me hacen un regalo tan valioso. No tiene precio. Imposible decir su costo. Tercera vez que en mis manos depositan, con confianza, el peso de algo celosamente guardado digamos toda una vida.
Había pensado llamar al cuento: El presagio. Pero no lo es o sí, que importa. Acá lo que interesa es ese trozo de historia que ahora, me pertenece.
No sé qué debo hacer con ella. No me parece justo guardarla en algún rincón lejos de todos. Tampoco quiero perderlo por olvidarla en cualquier lado.
Atesorar trozos de historias de otras personas es mágico. Ese regalo tiene adentro un caudal de emociones de quien lo guardó con celo y en secreto por toda una vida. Ahora, en mis manos, abro las puertas de sus recuerdos. El amor, la dicha, la infancia y la familia de quien me lo regaló desfilan ante mis ojos.
Es la tercera vez en mi vida que soy elegida para seguir cuidando recuerdos de otros. Será designio o será ilusión mía, tal vez una gran casualidad y mi mente se fabrica todo lo demás. Pero ¿ y si es causalidad?
Entonces debería de saber o investigar por qué regalos tan secretos y valiosos vienen hasta mis manos. Debería de tener un relato sobre esto. Aún no lo encuentro.

Por puro placer de Alvaro Muti


Por puro placer

Si no le ha parecido suficiente, la lectura (especialmente la de ficción) parece aumentar la reserva cognitiva, que es la habilidad de tolerar cambios cerebrales que suceden con la edad sin presentar síntomas de demencia. Para García Ribas, la alta ficción seguramente sea la forma más estimulante para el cerebro. “La no-ficción, como los ensayos, también podría proporcionar beneficios, pero necesitaría estar escrita de una forma compleja, no simplemente en forma de frases planas y directas”, prosigue. En cualquier caso, lo que se ha comprobado es que “en personas mayores la capacidad lectora es un marcador de la capacidad intelectual mejor incluso que los años de estudio”. Y a mayor disposición lectora, menor riesgo de demencia. “En una famosa investigación llamada El estudio de las monjas, se tuvo acceso a los diarios que estas debían escribir cuando entraban en la orden, aproximadamente a los 20 años. Muchas de ellas donaron el cuerpo a la ciencia, y cuando se fueron realizando las autopsias se comprobó que aquellas que habían escrito diarios más complejos, con mayor riqueza verbal, tenían menos signos de Alzheimer y un cerebro en mucho mejor estado al morir. Es de suponer que escribían mejor, en gran parte, porque habían leído más”, asegura García Ribas.

Por último, y no menos importante, entregarse a la aventura de un libro es beneficioso para usted porque provoca deleite. Ya lo expresaba el poeta colombiano Álvaro Mutis: “Lean por placer, tengan una profunda sospecha”.