El olvido que soy

Aludiendo al famoso título del autor colombiano “ El olvido que seremos”, Héctor Abad Faciolince, me puse a pensarme…

Me siento a pensar y dialogar conmigo y siento que soy olvido. Que de las palabras que me habitan se me han borrado muchas y otras se mezclan entre sí formando un olvido disperso, agotador y frustrante.

Ser olvido antes de morir es brutalmente feroz. Tus funciones vitales están pero tu mente no las acompaña. O de a ratos sí, pero de a ratos no. Cabe preguntarme: cuál soy? Soy alguien?

A veces el cuerpo acompaña un poco y se pone más lento y flojo, entonces pienso: bien, ya no soy, en breve seré olvido. Pero la máquina infernal a las pocas horas, se reanima.

Entonces me alegro y quiero juntarla a mi mente, quiero estar, ser, des olvidar el olvido.

Hasta que nuevamente caigo en frases inconclusas, pedidos de no sé qué pues no recuerdo y alguna idea que, estoy segura, era genial, se disipa en una nebulosa.

Vuelvo a ser olvido…

Estrangulamiento por ósmosis

Pero no había forma de adivinarlo.

Eras el más pequeño de todos haciendo fila para tomarte tu foto con la Pitón gigante. En aquel alejado y algo aburrido lugar de veraneo, salvo la compra de artesanías y un mar intenso e imparable, fue lo más novedoso que pudimos ver.

Todas tus primas y primos hicieron la fila pero, una vez cerca de la inmensa serpiente, se fueron yendo uno a uno. Y ahí quedaste tú, el pequeño de cinco años, resistiendo el miedo, con la inmensa pitón colgada al cuello. No sólo te aplaudimos sino que te hicimos tomar montones de fotos que pagamos enseguida.

Encuadré una en casa y quedé defraudada cuando al año siguiente, ya próxima las vacaciones, quise llevar el cuadro y descubrí que había perdido completamente el color. Entonces busqué las otras pero no encontré ninguna. Discutimos con el abuelo, las buscamos hasta horas antes de partir. Nada…

Y luego de eso, fueron años de vacaciones pero el amaestrador de víboras nunca más lo encontramos. Finalmente, ese pequeño detalle de tu niñez, lo olvidamos.

Hace algunos años te vas con tus amigas y amigos de vacaciones, como corresponde a tu edad. Este año regresaste y fuiste corriendo a mi casa a mostrarme fotos con la pitón. Sería la misma? Donde la encontraste? Y el domador?…te atosigué a preguntas.

Si, es la misma, me dijiste mezclando una ironía que no entendí , yo soy su domador.

Y eso fue todo. Quién sabe cómo, cuándo, te hiciste domador de pitones. He leído por ahí que sos temerario: que mostras como la pitón te semi estrangula hasta que tú voz la detiene.

He buscado y mirado demasiadas fotos en las Redes.

La última fue una que me asombró: era una de esas que perdimos cuando tenías sólo 5 años. Abajo estaba tu biografía más o menos veraz y de tu dominio sobre esos magníficos ejemplares.

Abajo… tu obituario… y ya no sé cómo vivir estos recuerdos y tu falta y tu no regreso…desearía ser esa última pitón que te abrazó…

La foto de la muerta ( ejercicio 2)

El pueblo estaba alborotado por el casamiento de Fermina Dacosta y Prado. Era la única hija del ganadero más rico del pago.

Cada quién esperaba una invitación, porque el día que comprometieron a Fermina con un abogado de la capital, después del festejo casero, el patrón se tomó un montón de vino en el boliche de Sánchez. Invitó a todos los presentes, terminaron todos borrachos y con la promesa de que todo el pueblo tendría su lugarcito en la boda.

Así que ese mes de octubre el pueblo entero anduvo esperando invitaciones que por cierto, fueron llegando. Y llegaban camiones desde la capital surtidos de todo lo necesario para que esa boda fuera la más recordada en la historia.

A la novia casi no se la veía, tenía dos modistas y peluqueras alojadas en el casco mayor de la Estancia El Patrón, donde estaba la casa más grande de la familia Dacosta y Prado.

Después de recibir las invitaciones las mujeres enloquecieron, cómo iban a vestirse, cómo conseguirían ropa para los hijos y los maridos. Los hombres estaban ocupados calculando si iban a hacer vaquillona con cuero, si optarían por cerdo o corderos. Tal vez todo. Y bebidas?

Todo el pueblo sacaba deducciones y mientras tanto no habían más telas en la única tienda del pueblo, no habían zapatos, ni sombreros. Se encareció muchísimo el casamiento: había que traer las ropas de pueblos vecinos. Y los pueblos vecinos aprovecharon, ellos no tenían fiesta pero ganarían más: aumentaron toda prenda o ropa de buen vestir.

También las mujeres que cosían tuvieron sus beneficios pero padecieron los malos tratos y trabajaron día y noche. Malos tratos como: que mi vestido no se parezca al de la viuda X, que no tenga mi vestido nada que ver con la flaca M, y mil advertencias más.

Todas las mujeres querían ser originales y elegantes. Los hombres, asombrados de los bríos y discusiones, prefirieron quedar al margen y ver sus ahorros volar sin meterse demasiado en el apronte familiar.

En la casona principal no paraban los preparativos que iban desde el jardín a los salones. Pocos días antes llegó personal extra para la cocina.

La boda estaba fijada para el 4 de noviembre, y octubre entero fue de locos preparativos. Pero cuando las cosas estaban ya al borde, cuando la novia ya se había probado varías veces el vestido, entonces fue que sucedió.

Fermina se murió. Ataque cerebral o al corazón o a la realidad, quién lo podría saber? Fue instantáneo, no hubo tiempo para ir a buscar médicos, los hospitales estaban muy lejos.

A la locura de los preparativos se vinieron, como golpes insanos, aceptar la novia muerta. Tener que preparar un velatorio y olvidar el casamiento es, fue y será una paradoja brutal.

La familia quedó en shock y el pueblo entero hizo silencio. La novia, nívea y virginal, en su cajón de madera durmiendo para siempre. Todos o casi todos reprobaron al Patrón que hizo fotografiar a su hija muerta en su cajón.

Pero nadie dijo nada. Muchos días después llegaron las fotos, eran varias y en esos tiempos valían una fortuna. La casa entera se llenó de esas fotos enmarcadas finamente.

La foto de la muerta estuvo en el gran casco de la estancia, en cada habitación, por orden del padre de Fermina.

Cuando murió el padre fueron quitadas y guardadas en algún lugar sombrío. Las fotos desaparecieron, nadie quería tenerlas, todos querían olvidar.

Cómo aparecían esparcidas en las calles del pueblo cada 4 de noviembre debe de ser una leyenda del lugar. Sin embargo, no puedo explicar… cómo consiguió mi abuela esta foto cuando visitó aquel pueblo de su infancia?

No quiero pensarlo…

Ejercicio literario

Muy bien, así se hace. Solo que yo quisiera hoy dominar únicamente un sistema, el de preguntas y sus respuestas?

Tengo cuarenta años y él veinte.

Vivo con él que estudia, fuma, ensucia el departamento con pisadas de barro y recibe llamadas con voces femeninas todo el tiempo.

… Entonces querido mío, al sorprenderme cierto beso de despedida, sólo pude aumentar mi silencio. Un poco asociada en el negocio de la mentira de los demás, vuelvo a preguntarte si aún se mantiene tu necesidad de abrir la puerta.

Entonces ya no habrá otra alternativa. No es cierto? Y tendré que decirte la fecha…

En el cajón inferior de mi cómoda hay una foto y varios recortes de prensa. De eso, algún día debimos hablar. A veces pienso que en ese cajón hay un monstruo que respira y se alimenta de lo que guarda.

Cierta noche, en el claro de un pinar nos asaltó la sensación de saltarnos fuera de la tierra. No era necesario lo nuestro ya había recorrido muchos planetas y cada vez que nos besábamos, nos colgábamos de un cielo diferente.

Recuerdo la vez del hotel en el bosque. Hacía un frío de muerte y la habitación que nos dieron, parecía haberlo concentrado por encargo.

Y aquel molino y el bosque, te parece cursi, a mi también, pero tengo una memoria exagerada que se me adhiere a la piel. El viento que agitaba los pinos y mis gritos de placer haciendo eco. Cursi y vano, pero no se me olvidan.

Después tomé el abrigo y salí a recorrer el parque. Una eternidad pisando hojas muertas y lodo. Por momentos creí morir bajo los pinos, sentí que querían atravesar mi corazón con sus puntas finas.

Al regresar ya habías empacado: me voy y tengo miedo, susurraste.

Miedo a qué? Te pregunté sin querer oírte.

A la pobreza de un hombre rico, a la riqueza de un hombre pobre, a llegar a la cima y encontrar un diamante negro y haya que partirlo millones de veces para que cada cuál tenga el suyo…( suspiraste)

En ese momento supe que era el final y que un día lo recordaría y lo escribiría.

La inmigrante de Armonía Sommer. Cuento tratado como ejercicio literario.

Invierno

Te recuerdo en invierno, te recuerdo tan frágil y tan rubia.

Lo que me alegra es saber que nunca leerás esto. Eso me libera. Te recuerdo por estas fechas, cuando caminaba, gordísima, con tu vida adentro mío.

Podría recordarte en vacaciones junto al mar, cuántos años pasamos juntas ese lapso veraniego?, podría recordarte el día que tuviste tu primer hijo y me hiciste abuela…podría recordar tantos momentos lindos. Viajes, asados, confesiones a media voz, o vos cuidando a tu padre junto a mí. Podría recordar cuando nadabas y yo te alentaba en las competencias. Cuando narrabas cuentos :yo sabía que podrías ser una gran narradora o actriz. No fue así pero de todos modos, el arte anidaba en vos. Podría recordarte manifestándote de izquierda, debatiendo el feminismo y el orgullo de que todo eso, era germen de mis charlas.

Pero hoy, un día antes de que cumplas 39 años, recuerdo mi panza gigante y mi andar lento. Mañana seguramente lloraré todo el día: no voy a ser la primera que te escriba cuánto te quiero y no voy a brindar contigo.

Mañana será un gran duelo para mí. Tu carita, tus ojos claros, esa pelusa rubia y abrazarte y mirarnos por primera vez después de esperar nueve meses.

Dormir junto a vos en el sanatorio, abrazarte y no dejarte salir de mi lado. Cuántas veces dormimos juntas? Hasta cuándo te colaste en la cama grande? Antes y después de morir tu padre.

Y si en un revés del destino no puedo acariciarte tu hermoso pelo nunca más?

Estaré muerta y lo recordarás, estoy segura.

Sé lo que daría por estar con mi madre un minuto más: hoy y mañana son un desperdicio de vida.

Y no voy a culparte, ni acepto que me culpes: por algo sucede esta ruptura cruel, por algo se torció el destino.

Nos estamos perdiendo las dos algo irremplazable. Qué triste estoy…

La foto de la muerta

Insisto en las historias de mi tía porque nunca sabré si son reales o les agrega algo de su imaginación.

La tía tiene un montón de hijos pero vive sola en la inmensa casona que quedó de los abuelos. Suelo ir a visitarla y subo los gigantes siete escalones de mármol blanco pensando, repasando, las travesuras que mi infancia tuvo en ese lugar.

Ayer el tiempo fue inclemente y me fui a visitarla, pasar la tarde juntas, con el mate más rico del mundo, galletitas con cereales y una caja llena de fotos. Hay algunas que ya no están en blanco y negro, ya están amarillas de tiempo, como de otoño.

La tía tiene una memoria prodigiosa y cree reconocer y recordar a todos los fotografiados. Me explica quiénes son, no logro entender los vericuetos de la parentela, me tiene que explicar muchas veces. Qué paciencia tiene.

Pero así se va desgastando la tarde, la lluvia y ella resucita desde sus ochenta y tantos, vuelve a ser niña, adolescente, hija, hermana, novia y madre primeriza.

Cuando encontró la foto de la muerta en su ataúd, nos detuvimos largo rato en la historia.

– Esta foto la guardó mamá, me contó, le pareció tan triste que la guardó.

– Ay tía y vos?, dije mirando hipnotizada la foto, para qué la conservas? Quién es? Es una muerta de verdad?

– Claro que es una muerta de verdad. Vivían en el campo hace un montón de años. Imagínate que yo ni había nacido- se ríe y toma un mate- eran vecinos de tu abuela y abuelo. Eran gente muy precaria y muy trabajadora. Tenían dos hijos varones. Ella murió muy joven, los muchachos eran adolescentes y cuando fueron a encargar el cajón para la madre, descubrieron la fotografía en la ciudad. Se sacaron una foto y pensaron en guardar una, aunque sea una de su madre. La cuestión fue que el cajón llegó antes que ellos que a pesar del duelo, se emborracharon y anduvieron de quilombo en quilombo por la ciudad. Para cuando llegaron a la chacra y cuando llegó el fotógrafo, la muerta ya estaba en su cajón, no estaba en la cama blanca como durmiendo . Pero el trabajo estaba pago y el hombre les entregó a la semana la fotografía.

– Y? Cómo fue que se quedó la foto en manos de la abuela?

Eso sí es raro, la tía tomó otro mate y tras un silencio siguió la historia: parece que la foto les trajo pesadillas al marido y los hijos. Ya sé, cosas de antes, de gente de campo… pero la foto no se quedaba quieta…

En ese momento comencé a reírme y me atoré con el mate, la tía también se reía por suerte.

– Dicen que la dejaban en la mesa de noche y amanecía en la mesa de la cocina, si la dejaban entre sus ropas aparecía en el patio… la hicieron bendecir con el cura, la cambiaban todas las noches de lugar y nada, la foto aparecía en otro lado. Antes de deshacerse de ella se la ofrecieron a mamá… habían sido vecinas y buenas amigas, mamá aceptó y la guardó.

– O sea que, exclamé calculando, está en esa caja hace como noventa años?

– No sé… hace mucho que no la veía… queres llevártela?

– Pero por supuesto!, grité exagerando, con esta historia y esta foto puedo planificar varios talleres literarios.

Y acá estoy buscándola, llegué a mi casa y la guardé en la carpeta del taller pero hoy, desde la mañana temprano, la estoy buscando…

Ventana muerte

Y una anda caminando las calles y mira, sin ver, tantas viviendas, tantas puertas, tantas ventanas.

Me detengo y no me puedo creer lo que veo. Están vendiendo cotillón y/ o cosas similares y veo, tras la ventana, montones de mercaderías.

Cuántos años ahorraron y trabajaron mis padres para hacerse esa casa y ni la han limpiado? Habrán cambiado los pisos?

Volví, autorizada ya por la sanidad, a la ciudad donde viví mis primeros veinte años. La ciudad del Colegio, del primer novio, donde todavía está casi igual, la casa de mi abuela materna. Enfrente estuvo nuestra casa. La vendimos. La única que sobrevive mirando esta casa soy yo.

Porque fue allí, detrás de esa ventana, que luce igual, donde agonizó mi padre por media hora antes de que su aorta estallara. Antes de vomitar sangre y manchar el piso de madera.

Ahí, atrás de esa ventana, un 19 de junio de noche, se decidió la vida de los que quedábamos. Mi madre y nosotros, tres hermanos, yo tenía sólo quince y me perdí bastante sin la mirada de papá. Un patriarca muy recto y seguro, incapaz de usar su fuerza física pero sí de asegurarse que sus reglas se cumplieran.

Papá se murió en menos de una hora, atrás de esa ventana dio su último suspiro de hombre trabajador, honesto y amante del buen paladar. Amante del canto, amante del buen vino, el hombre que podía hablarme con una mirada. El que me llevó al teatro y también a ver boxeo!

Atrás de esa ventana se desgarró en llanto mi madre, me desmayé por primera y única vez en mi vida, ahí justo ahí… se amarró otro destino para nosotros. Papá vivió su última hora atrás de esa ventana: no tenía sesenta años.

Si pudiera comprar esa casa…si pudiera poner mi cama y acostarme como cuando los sábados lo acompañaba a escuchar boxeo…

Si yo también pudiera dar mi último suspiro tras esa ventana.. que círculo perfecto me parecería toda mi existencia.

Abuelo Thomas.

Sur de Argentina, Patagonia rica en frutos, mi padre que en un arrebato de nostalgia nos pide:

– Vamos todos, el lugar es hermoso, qué hago yo con un chalet de dos plantas que me dan para vivir?

Se entusiasma hasta mamá, nos vamos. La inmensa casa, chalet de tejas , tenía infinitas habitaciones en un piso y otro. A un lado del escritorio de mi padre, de los lavaderos y la habitación de costura, había un inmenso galpón. Arriba se almacena el lúpulo para la cerveza, abajo la inmensa carpintería donde en aquel tiempo, se hacían cajones de madera para embalar prolijamente, envueltas en suave papel satinado, manzanas y peras.

Ahí conocí al primer checoslovaco que vi en casi toda mi vida. Era un hombre mayor de cabello blanco, ojos de piedras, azules intensos, alta figura delgada y sonrisa triste.

– Le diremos abuelo Thomas- decretó mi hermana- pobre, perdió toda su familia en la guerra y se escapó por poco.

Mi hermana tenía quince años y yo, apenas cinco así que, sin entender de qué guerra hablaba, comencé a llamarlo abuelo Thomas.

Al principio yo pasaba horas en la carpintería donde el abuelo me daba todo tipo de trozos de pequeñas maderas. Cada vez que le decía abuelo, se le iluminaban un poco las piedras azules de sus ojos.

Mi hermana acaparaba toda su atención: ella lo hacía hablar y lo escuchaba con atención. El abuelo tenía un acento extraño en mis oídos, le entendía poco.

Hubo una discusión entre mi madre y la cocinera que dejaron en el chalet. Al abuelo y los jóvenes que a veces lo ayudaban, les hacían otro menú. Mi madre consideró eso tan injusto que pidió que sacaran a la cocinera para otro establecimiento porque nosotros comíamos sólo lo que ella cocinaba.

Desde ese día mi hermana por voluntad propia y por agradecimiento al gesto de mamá, la ayudó en la tarea. Por eso, con el tiempo, mi hermana heredaría la mano sabrosa de mi madre.

El abuelo y sus ayudantes, cuando los tenía, comían en la cocina. Por más que mi hermana protestó para sentarlos en el comedor: no se pudo hacer nada. Los horarios de los trabajadores eran otros que los de mi padre. Eso quedó en un: a ver, cómo lo solucionamos, que llegó en las fiestas de fin de año.

A medida que pasaban los días el abuelo fue incorporándose a nuestras vidas. En silencio, pero estaba. Y mi madre incluso llegó a comprender alguna receta de su país que eran diferentes a sus comidas italianas. Pero la que se entendía mejor con él era mi hermana.

Cuando instalaron mi cuarto de juegos y mi primer biblioteca en el segundo piso, un lujo inesperado para mí, conocí también la habitación del abuelo que estaba en ese piso. Prolijo, ordenado y siempre lector, descansaba sus horas en aquel reducido espacio,donde tal vez, se sentía seguro.

– Tiene una sobrina en Argentina!- gritó un día mi hermana entrando como una tromba. Papá leía el diario, mi madre tejía algo, mi hermano no estaba ahí, yo jugaba junto al hogar a leña.

Fueron necesarias muchas preguntas para que mi hermana aclarara que hablaba del abuelo Thomas. Que antes de partir había entregado su sobrina a un matrimonio argentino pues la niña ya había quedado huérfana. Después cuando él pudo escapar, no logró encontrarla y se instaló allí como carpintero, ya no la buscó.

Y quién se encargaría? Pero por supuesto que mi hermana, con la ayuda de mi padre y mi madre. Fueron meses de averiguaciones, cartas al correo, cartas perdidas, cartas rastreadas y después de meses: una respuesta!

El abuelo sentado en la cocina escuchó atento la lectura atropellada de mi hermana. Los ojos de piedra se fueron haciendo de agua. Papá le palmeaba el hombro, mamá le servía café y yo me sentía celosa y me sentaba en su falda.

No puedo precisar la fecha pero yo aún tenía clases y hacía frío, en la Patagonia casi siempre hace frío, y las cartas y preparativos llegaron casi hasta fin de año.

Finalmente llegó “Clarita”, la sobrina del abuelo Thomas. Su nombre había sido cambiado por el matrimonio que la adoptó. Había llegado a Argentina con casi quince años, había vivido otros tantos. No se había casado y vivía aún con sus padres adoptivos. Era maestra.

No vi el encuentro, estaba en clases, los vi después en la casa. Siempre tomados de la mano y aprovechando para hablar su extraño idioma cuando estaban solos.

Clarita se quedó hasta las fiestas de fin de año. Se hizo muy amiga de mi madre y mi hermana. Pasamos navidad y el Año Nuevo juntos. Mi padre tiró más luces de bengala que nunca, abrió más botellas de champán que nunca y en familia, bajo la gran mesa que protegían los gigantes pinos, comimos hasta hartarnos y nos sentimos felices. Abuelo Thomas no soltaba la mano de Clarita y al dar las doce campanadas del nuevo año, se abrazaron y lloraron. Mucho, mucho, lloraron.

Quién sabe cuántos horrores, cuántos muertos, cuánta familia y recuerdos lloraron? Nosotros tratamos de dejarlos tranquilos y alegramos la noche con muchas luces de bengala.

Ese año sería muy especial para nosotros pero por entonces no lo sabíamos y estábamos tan felices por el abuelo y su sobrina. De esa visita que lo rejuveneció y que nos dió motivos para ir y venir con más ánimo. Sentíamos, sobre todo mi hermana, que había hecho algo bueno.

Ese años, muchos meses después nos despedimos del abuelo Thomas. Nos abrazó a todos, nos dio pequeños amuletos de madera, nos bendijo en su idioma y sus ojos azules, más de agua que nunca, nos dijeron en secreto que le dolía la despedida.

Mis verdaderos abuelos habían muerto jóvenes así que Thomas, abuelo checoslovaco, fue el último que tuve y allá, lejos, al Sur de Argentina, quedó su dulce figura que nunca olvidaré.