Mujer fuego

Piromaníaca de nacimiento decidió encenderse cada vez que se enojaba. Se enojó casi siempre pero no fue por ira su final de fuego.

En su niñez, llena de precariedad y falta de ternura, se enojó y tuvo caprichos que la llevaron a pataletas brutales. Ahí descubrió su poder de fuego.

Después, en la adolescencia, cuando notó que era poco agraciada se enojó consigo misma y con las chicas bellas y quemó a cuanto joven se le acercó.

Adulta y resentida se fue a vivir sola y se incendiaba de cólera cada vez que algo le salía mal, si un gato se le perdía, si una planta se le secaba, si la casa estaba sucia o si el trabajo la agotaba.

Se fue haciendo mayor, una mujer huraña y solitaria que se incendiaba en cólera y fuego con apenas un disgusto. Pero esa noche, una luna bella la tentó a salir de su casa y caminó lento y sin tino; no supo dónde ni cómo apareció aquel hombre oscuro, desgarbado y tranquilo que comenzó a caminar a su lado. Tampoco supo porqué no se enojó, el tipo acomodó el paso al suyo y anduvieron callados, parejos y a buen ritmo por el sendero único del Río.

Después ella pudo encontrar el camino del regreso y el hombre la siguió sin hablarle. Ni se despidieron. Ella entró y él siguió, inmutable.

Al otro día a la misma hora salió a caminar, en la misma esquina el mismo hombre se le unió. Caminaron de nuevo sin hablar y emparejaron los pasos. Y volvió ella a su casa y el hombre siguió su camino . Así comenzó la historia que duraría meses, invariables caminatas y nada más, silencios cómplices, pero las sombras de ambos iban cada vez más unidas.

La noche que la miró sintió que el incendio era otro, el día que la besó se sintió quemada viva y la tarde que él entró a su cama y la amó, ella ardió con tal intensidad que sólo sus cenizas halló el hombre a la mañana siguiente.

Mujer hielo

Cuando llegaba el verano se congelaba. Tenía predisposición a ejecutar un ritual que destrozaba el calor que en el pueblo era terrible y se iba enfriando hasta el grado de congelación.

Cierto que el calor en aquel pueblo era ardiente y solía derrumbar a más de un mortal. Los pájaros caían achicharrados desde los árboles.

Los montes cercanos se incineraban solos y las chicharras gozaban de su canto durante cinco o seis meses.

Los arroyos se volvían hilos desparejos que a veces no iban a ningún lado. El río solía quedar expuesto y su suelo de rocas emergía desnudo y brutal.

Era difícil dormir y difícil despertar. Un letargo sordo se asentaba desde la media mañana y hasta el atardecer, el aire parecía detenido y el sudor del pueblo entero ascendía desde las veredas ardientes.

Nada de esto la afectaba, nada la tocaba pues ella entraba en su estado de congelación. Su casa, antigua y despintada, era el único rincón fresco del pueblo. Su cuerpo de hielo, hundido en la penumbra daba un respiro al viajero, era el paradero de los afiebrados y el oasis de los sedientos.

Todos los pueblos del mundo tienen personajes extraños pero sólo aquel logró una puta de puro hielo en medio de un pueblo infernal y sediento.

Mujer niebla

Se evaporó con la niebla. La niebla era espesa y tenía tintes de grises y azules sospechosos.

No era una niebla cualquiera, era una muy espesa que borraba, deprimía y escurría pero ella fue la única que se evaporó.

Sabíamos, todo el pueblo la conocía, que tenía una sensibilidad extrema y por eso no nos extrañaba verla cada día buscar, hurgar, investigar esas cosas imposibles que las mentes inquietas, encuentran.

Tenía miles de cuadernos llenos de reflexiones. A veces nos dejaba leerlas y cuando lo hacíamos nos despertaba, nos desvelaba, nos dejaba pensando.

Y después llegó la niebla y anduvimos a tientas buscando las cosas triviales. Hoy encontrábamos algo, mañana tal vez otra cosa. Como la niebla persistía, nos desesperamos. De ella no nos acordamos porque pensamos que las otras cosas eran esenciales.

Cuando la niebla se fue y poco a poco recobramos la normalidad, extrañamos su presencia pensante. La buscamos y no la encontramos. Nunca más tuvimos reflexiones que nos dejaran desvelados.

Entonces nos dimos cuenta que lo trivial también necesitaba esa mujer que dejaba pensamientos y husmeaba historias, sin ella nos sentimos otra vez llenos de niebla…era niebla gris y azul pero nos caminaba por dentro. Y no se nos fue nunca más…

Abuelos

Antes era difícil ser abuelo, masculino. Porque la expectativa de vida era menor, los trabajos mucho más duros, la medicina no tenía tanto recurso.

No conocí al abuelo paterno: un tiro de sal que le dieron al escapar de un campo de detenidos, era prisionero de guerra, lo terminó matando de cáncer. La historia me la contaba mi padre: se escapó porque supo que su novia había sido traída a Sudamérica. Su pasión lo hizo arriesgar todo. Terminó de polizón en un barco y encontró su novia, mi abuela, en Buenos Aires.

Mi otro abuelo vivió hasta que cumplí cinco años. Se murió en un accidente de ruta. Él no se lastimó nada pero su mujer, mi abuela, estaba en un charco de sangre. El abuelo murió del corazón una hora después. Mi abuela viviría como treinta años más.

Mi padre no pudo ser abuelo, no llegó a conocer sus nietos y porque dicen que tenía el corazón exageradamente grande (?).

Mi difunto marido tampoco los conoció, se murió bastante joven.

Hoy mi compañero de vida es el abuelo postizo de mis nietos, hace lo que puede y ellos, lo quieren como tal.

No es fácil ser abuelo varón pero viendo mi historia: habré heredado un poquito de esa forma de amar? La de mis abuelos varones… historias de amores realmente magníficos.

Silencio de pájaros

El hombre rico y poderoso quiso construir su mansión en el centro del monte. Debieron derribar, cortar, tirar y más. ..Cuando finalizaron la hermosa casa al hombre le molestaron los pájaros que lo despertaban muy temprano. Hizo colocar todo tipo de trampas, recompensó por cuerpitos muertos a los cazadores e hizo encerrar a los que quedaban, en jaulas lejanas a su oído infame. El monte quedó silencioso. Ya nada cantó en las ramas. Ya nada aleteó en el sol.
Años después el hombre rico y poderoso luchó a brazo partido contra una enfermedad que lo dejó sordo como una tapia.
En tibia venganza los pájaros enjaulados se soltaron y regresaron a cantarle al monte y al silencio de muerte, en los oídos del hombre.

Llorar con ganas

Mi madre siempre decía que había que llorar con ganas de vez en cuando para que se te lave el alma pero no para que se haga hábito. Y cuando lloraba, ella decía que lo hacía por ella y por las que no podían hacerlo. Eran crisis intensas y breves. Luego se lavaba la cara y proseguía con la vida…
Mamá: eso no pude heredarlo, esa sana costumbre de lavarme el alma con lágrimas saladas como quien se sumerge en el mar, ya no sola sino con todas las que no pueden.
Pero sí heredé la bendita costumbre, o maldita según se mire, de llorar por las que no pueden hacerlo…

Gracias por dejarme esa herencia.

El único espejo

Un espejo y sólo uno. No había otro que pudiera mirar. Sería su loca fijación porque se lo dejó su abuela, sería porque fue lo único que conservó de su infancia. Quién sabe y qué importa.
En la afilada y resbalosa superficie, cada noche se untaba la cara con crema…escudriñando. Algunas veces el cristal le hablaba o más bien, le mostraba: sus absurdas mentiras, sus comentarios hipócritas, su mansedumbre comprada, su indiferencia pagada, su lejanía forzada.
Y de tanto buscar sus perfiles oscuros en el único espejo que no le mentía, desapareció en su diáfano cristal sin dejar huellas.

Sonámbula

Dicen que era sonámbula. Que de blanco camisón paseaba de noche, que en blanco ponía los ojos y que su sombra, blanca también, la perseguía.

Dicen que el sonambulismo le fue dado para adivinar esperanzas, para otorgar sueños, para establecer contactos con mundos inimaginados.

Nadie en su pueblo la despertaba, ni le temían, ni la escondían, ni la miraban de soslayo. Era esa sombra de la sombra que todo pueblo necesita para tener una leyenda y no morir en el olvido.

Por eso anduvo vagando de noche en noche sin control ninguno. Parió sus hijos caminando en noches tormentosas y los dejó en el camino mientras seguía durmiendo y se iba sin notar nada. Tuvo amores permitidos con muchos y con ninguno, suele ser la misma cosa.

De día jamás recordó su viaje al otro lado. Se despertaba y hablaba, contaba, miraba con ojos nuevos a la luz de la mañana.

A veces predijo tormentas y otras, desgracias o tal vez, eso no fue verdad, pero necesitaban magia y ella era lo único que aquel pueblo tenía.

Cuando se fue envejeciendo el sonambulismo recrudeció. No pasó una sola noche sin andar de vagabunda. Ella y su sombra blanca decidieron ir así, de golpe, a visitar la luna. Y ya nunca más la vieron. Pero inventaron la historia y la luna de ese pueblo tiene la sombra de una sonámbula eterna.