Laberinto y espejos

Era una de esas tardes de sol inocuo, casi lloviznaba. Había que salir, después de todo estaba de vacaciones y quedarme encerrada no era el plan.

Cada vez que mi médico me envía a vacacionar debo enviarle fotos diarias de mis paseos. Es eso o una acompañante, me dijo un día, debo asegurarme que realmente te sirven las vacaciones y no te pasas todo el día en tu habitación de hotel.

No puedo hacerle trampas porque es el único que logra sacarme de mi profunda letanía depresiva.

Así que salí y me fui al laberinto de espejos que era la atracción de esa temporada. Odio los laberintos porque me producen vértigo, siempre creo que moriré sin salir. Pero amo los espejos. Entré pues mitad rechazo y mitad empatía.

Y fui recorriendo y sacando fotos y chocándome y tal vez hasta sonreí en alguna maniobra torpe. A mi alrededor la risa y los gritos burlaban mi silencio.

No pude verme en ninguna foto. Mi imagen no estaba en ningún espejo. Tal era mi soledad…

Mi casa

Quería construir una casa única, un refugio, un lugar para habitar con mis sueños y mis muertos, que son recuerdos y no los quiero dejar afuera.

El disloque fueron las paredes y de qué color el techo, si tendría dos habitaciones y dónde estarían mis libros.

Entonces construí una casa: la única donde nos recordé felices. De las muchas que habitamos en nuestro destino errante era sin dudas, la casa de mi infancia idealizada.

Guardé en el sótano y la cocina el perfume de las ciruelas y duraznos en almíbar de mi madre. En el escritorio y el comedor puse la colección de lapiceras Parker de papá. En la habitación de mi hermano la colección de libros del Oeste que amaba y su rifle de juguete. En la habitación de mi hermana y mía todo su atuendo adolescente y mis ganas de probármelo. En la habitación de mis padres mamá con sus cremas y novelas. En el living un teléfono imposible que tenía disco y manijita. En el comedor los muebles de nogal y la estufa a leña encendida. Arriba junto a mi habitación de juegos, la habitación del » abuelo Tomas», nombre que le pusimos a ese señor mayor escapado de la guerra, que tenía ojos como piedras azules y hablaba poco y mal el español.

Alrededor los pinos protegían todo. Los rosales multicolores adornaban. El enorme perrazo negro con su casa de madera vigilaba el territorio.

Metí después toda mi vida: la adolescencia apresurada llena de ideología, el sexo y el amor, todas mis ganas de escribir. Mis partos y mis desgarros, desgracias y festejos. Mi captura y la capucha, el miedo y mi hermano enfermo.

Después metí mis hijos y llevé mis nietos. Y la casa que era inmensa quedó pequeña porque vino la abuela y trajo su postre de morcillas dulces y la otra que trajo sus ojos grises que iluminaron la estancia entera. Y llegaron mis tías llenas de agujas y novelas. Los tíos con sus herramientas de adorar la tierra. Llegaron todos mis primos y primas, corriendo como en la infancia.

Metí tanta vida… tanta historia, tanta pasión, que la casa no resistió y quedó apretujada abrazada entrelazada para siempre.

Mujer fuego

Piromaníaca de nacimiento decidió encenderse cada vez que se enojaba. Se enojó casi siempre pero no fue por ira su final de fuego.

En su niñez, llena de precariedad y falta de ternura, se enojó y tuvo caprichos que la llevaron a pataletas brutales. Ahí descubrió su poder de fuego.

Después, en la adolescencia, cuando notó que era poco agraciada se enojó consigo misma y con las chicas bellas y quemó a cuanto joven se le acercó.

Adulta y resentida se fue a vivir sola y se incendiaba de cólera cada vez que algo le salía mal, si un gato se le perdía, si una planta se le secaba, si la casa estaba sucia o si el trabajo la agotaba.

Se fue haciendo mayor, una mujer huraña y solitaria que se incendiaba en cólera y fuego con apenas un disgusto. Pero esa noche, una luna bella la tentó a salir de su casa y caminó lento y sin tino; no supo dónde ni cómo apareció aquel hombre oscuro, desgarbado y tranquilo que comenzó a caminar a su lado. Tampoco supo porqué no se enojó, el tipo acomodó el paso al suyo y anduvieron callados, parejos y a buen ritmo por el sendero único del Río.

Después ella pudo encontrar el camino del regreso y el hombre la siguió sin hablarle. Ni se despidieron. Ella entró y él siguió, inmutable.

Al otro día a la misma hora salió a caminar, en la misma esquina el mismo hombre se le unió. Caminaron de nuevo sin hablar y emparejaron los pasos. Y volvió ella a su casa y el hombre siguió su camino . Así comenzó la historia que duraría meses, invariables caminatas y nada más, silencios cómplices, pero las sombras de ambos iban cada vez más unidas.

La noche que la miró sintió que el incendio era otro, el día que la besó se sintió quemada viva y la tarde que él entró a su cama y la amó, ella ardió con tal intensidad que sólo sus cenizas halló el hombre a la mañana siguiente.

Mujer niebla

Se evaporó con la niebla. La niebla era espesa y tenía tintes de grises y azules sospechosos.

No era una niebla cualquiera, era una muy espesa que borraba, deprimía y escurría pero ella fue la única que se evaporó.

Sabíamos, todo el pueblo la conocía, que tenía una sensibilidad extrema y por eso no nos extrañaba verla cada día buscar, hurgar, investigar esas cosas imposibles que las mentes inquietas, encuentran.

Tenía miles de cuadernos llenos de reflexiones. A veces nos dejaba leerlas y cuando lo hacíamos nos despertaba, nos desvelaba, nos dejaba pensando.

Y después llegó la niebla y anduvimos a tientas buscando las cosas triviales. Hoy encontrábamos algo, mañana tal vez otra cosa. Como la niebla persistía, nos desesperamos. De ella no nos acordamos porque pensamos que las otras cosas eran esenciales.

Cuando la niebla se fue y poco a poco recobramos la normalidad, extrañamos su presencia pensante. La buscamos y no la encontramos. Nunca más tuvimos reflexiones que nos dejaran desvelados.

Entonces nos dimos cuenta que lo trivial también necesitaba esa mujer que dejaba pensamientos y husmeaba historias, sin ella nos sentimos otra vez llenos de niebla…era niebla gris y azul pero nos caminaba por dentro. Y no se nos fue nunca más…

Sonámbula

Dicen que era sonámbula. Que de blanco camisón paseaba de noche, que en blanco ponía los ojos y que su sombra, blanca también, la perseguía.

Dicen que el sonambulismo le fue dado para adivinar esperanzas, para otorgar sueños, para establecer contactos con mundos inimaginados.

Nadie en su pueblo la despertaba, ni le temían, ni la escondían, ni la miraban de soslayo. Era esa sombra de la sombra que todo pueblo necesita para tener una leyenda y no morir en el olvido.

Por eso anduvo vagando de noche en noche sin control ninguno. Parió sus hijos caminando en noches tormentosas y los dejó en el camino mientras seguía durmiendo y se iba sin notar nada. Tuvo amores permitidos con muchos y con ninguno, suele ser la misma cosa.

De día jamás recordó su viaje al otro lado. Se despertaba y hablaba, contaba, miraba con ojos nuevos a la luz de la mañana.

A veces predijo tormentas y otras, desgracias o tal vez, eso no fue verdad, pero necesitaban magia y ella era lo único que aquel pueblo tenía.

Cuando se fue envejeciendo el sonambulismo recrudeció. No pasó una sola noche sin andar de vagabunda. Ella y su sombra blanca decidieron ir así, de golpe, a visitar la luna. Y ya nunca más la vieron. Pero inventaron la historia y la luna de ese pueblo tiene la sombra de una sonámbula eterna.

Octavo almohadón

La mujer había bordado con esmero el octavo almohadón del día y cuando lo colocó para vender supo que no era otro cualquiera.

El almohadón en el puesto de venta también supo que era diferente porque no podía quedarse quieto.

Los almohadones, sobre todo los bordados primorosamente, suelen ser hechos para el descanso y la holgazanería, o también para exhibir en forma estática sus dibujos y colores.

Octavo almohadón nació con vida propia y le arruinó la vida a mucha gente. Su propia bordadora apuró su venta a mitad de precio, al verlo saltar de estante.

La joven que lo compró creyó que estaba loca al verlo cambiarse de posición y de lugar; lo abandonó en la basura. Octavo almohadón no se quedó mucho tiempo ahí, se fue con un señor mayor un poco borracho, le sirvió de almohada por un rato hasta que saltó debajo de un gato. El gato huyó despavorido, el señor juró no beber más y el Octavo siguió arruinando vidas, con su tejido intacto y su figura perfecta.

Libre y con vida propia anda Octavo almohadón asombrando o asustando personas y animalitos.

De pesca

En invierno salimos a pescar y el río estaba silencioso. En la seguridad del silencio hicimos las trampas para los peces. El día, frío pero sin crueldad, tenia de su parte un sol tibio.

Tiramos las líneas he hicimos acopio de esa paciencia infinita de los que sí saben pescar y aprovechamos, supongo, para dejar vagar ideas, pensamientos viajeros, silencio con propósito de que la mente se liberara.

A las dos horas, el sol ya se estaba alejando, decidimos volver, apenas dos peces serían la cena frugal pero sin dudas, festejada. Y tiramos los anzuelos por última vez ;mi hermana gritó feliz, traía sin dudas algo grande.

Y tuvimos que tironearle entre las tres, agitadas y maravilladas, ya hacíamos conjeturas cuando vimos el cuerpo sin vida que acercábamos.

Mi hermana soltó todo y corrió hacia el camino como si yéndose pudiera evitar lo ya hecho. Mi madre, ecuánime y curiosa, siguió tirando y me ordenó que llamara al 911.

Fue el principio de la catástrofe. Cómo íbamos a saber que pescaríamos un suicida que había sido mi primer novio…

Elisa

Elisa no hacía otra cosa que leer. Fue la hermana menor de una prole de cinco varones, la única que terminó la Escuela. También cursó tres años de secundaria. Como era la favorita del padre ayudaba poco y se pasaba las horas leyendo. Era la mejor usuaria de la Biblioteca y se gastaba cada moneda que obtenía en comprar libros. Leía con velas por las noches porque la madre se quejaba de que aquellas cuentas de luz tan elevadas, eran por culpa de Elisa que leía sin parar.

Cuando terminaba un libro que le había gustado mucho, lo abrazaba y se iba a dormir.Elisa siempre abrazaba un libro para dormir o para salir a caminar.

Elisa desapareció en la Biblioteca. Fue una mañana, como siempre pidió una novela, se sentó en un rincón apartado y solitario, nunca regresó. La buscaron hasta el agotamiento. Los del personal,que la conocía muchísimo, dijeron haberla visto leyendo y luego, nada. Nadie más la vió. Rarísimo: no se había llevado ningún libro prestado.

Han pasado los años y muchos piensan que la perdió su loca pasión por la lectura.

Yo pienso que Elisa logró meterse en su novela favorita.