Sombras

Tuve una sombra solitaria,

era aburrida y lenta, como yo,

supongo que se cansó de su dueña,

salió un día de mi tutela…

(te encontró o te buscó ?)

Desvelada por su ausencia andaba,

cómo se puede vivir sin sombra?

cómo puede una sombra rebelarse escaparse perderse?

La búsqueda se inició sin treguas bajo todo tipo de luz

Ni la lámpara ni el sol me la devolvían y pensé:

se extinguió se murió se derritió

( porque nunca entendí qué hace una sombra sin su dueña)

Hasta aquella noche de luna y playa cuando apareció sin razón con tu sombra!

Dejé de ser yo, abandoné la rutina y más loca que mi sombra, te abracé y me dejé amar…

Los cuatro andamos jugando aún con el amor…

Cementerio

Iba como siempre distraída y contenta caminando por la costa. Todos los años me detengo a mirar la montaña de mejillones que se enciman y dispersan después de las olas tempraneras.

Cada uno de ellos, vida que ya no es, representa algo y no sé qué… me da por recorrer de una punta a la otra intentando calcular… cuántos son?:

– Si acá cuento trescientos esa otra pila debe de tener el doble, allá en el recodo de la roca deben de ser más de mil…

Me frustra no saber cuántas cáscaras vacías hay. Los trae vivo el océano y los deja morir en la playa. Tendrá sentido?

Y entonces lo comprendo. Si cada año hago lo mismo, si cada año veo esta cantidad de esqueletos de mejillones, o tal vez menos o quizás más , no representan cada uno de ellos un día de mi vida?

Y si así fuera?

Si pudiera realmente contarlos podría saber exactamente cuántos días me restan por vivir?

El día que cada mejillón muerto estacione su esqueleto a mi paso, terminará mi vida?

Esto no es un cementerio de mejillones, esto es un acertijo como la muerte misma, nunca lo podré resolver…

Mujer espuma

Cuando la vimos bajar a la playa pensamos en otra mujer mayor, solitaria, veraneando con austeridad y sin prisas.

Después, con el correr de los meses la vimos juguetear con las olas de la orilla y pisar la espuma como una niña de seis. Era graciosa y sonreía todo el tiempo.

La seguíamos con la vista cada vez más. No sé porqué no nos acercamos, no intentamos hablarle como a otros turistas. La playa es lugar de amigos transitorios.

Lo que no podíamos hacer era dejar de mirarla jugar metiendo sus pies en la espuma. Era una ilusión óptica o cuando lo hacía su figuraba cambiaba? Le renacía una juventud y una agilidad casi de ave? Era en realidad una turista solitaria?

El día de la tormenta el mar arrojó ventiscas espumosas y espesas por toda la costa. No bajamos pero la vimos desde la ventana. Recorría saltando la espuma, cada vez más danzarines los pies, cada vez más ágil el cuerpo viejo, cada vez más veloz su carrera por la orilla.

Y la espuma la fue cubriendo, el cuerpo se le tapó de blanco, sopló ese viento fuerte de salitre y de pronto, toda la espuma se diseminó. Ya no hubo más espuma ese verano. Y nunca más la vimos…

Novelas

La radio del taller de costura, en la casa de mi abuela, estaba siempre encendida y las novelas, radio teatros, se sucedían regularmente. Desde las primeras horas de la tarde hasta llegada la noche.

Mi tía podía seguir más de ocho novelas diarias sin interrumpir su labor de artesana y modista. Cuando el trabajo la desbordaba acudían las hermanas a ayudarla.

Casamientos o fiestas de alto porte demandaban manos extras para finalizar infinitas puntadas.

La tía explicaba antes de cada capítulo el resumen del mismo. Y cuando la cortina musical lo anunciaba, las agujas laboriosas trabajaban en silencio. Curiosa por aquellos dramas radiales me acercaba y cebaba mate.

Un mundo de amores y desdenes con fondos musicales caían en mi imaginación casi infantil. Amaba, odiaba, me ponía triste con la ayuda de esas voces. Y lo mejor era el después: comentarios obligados de lo que sucedería en el próximo día.

Los radio teatros como las fotonovelas descansan en el rincón de los olvidos. Hoy quería contar como pasábamos las tardes largas, sin prisas, ni aburrimiento. La voz era nuestra compañía. La imaginación, la aliada.

La última ciudad de arriba

Don Terio tenía años e inundaciones encima de sus hombros cuando anunció que ésa, la que fue ganando la ciudad en forma lenta y paulatina, sería la última.

Nadie le hizo demasiado caso porque andaban ayudando a los que el agua dejaba sin casa. Y el río que solía ser desbastador en sus crecidas, fue avanzando en forma muy moderada durante tres noches, porque en el día las subidas se detenían. En el cuarto día se levantó el rumor de una extraña enfermedad.

En el quinto las personas no salieron de sus casas y los auxilios menguaron. El río seguía avanzando en forma acelerada y siempre durante las noches.

En la octava noche la luna llena alumbró una ciudad totalmente sitiada por las aguas y con un silencio ensordecedor.

Para la segunda y tercera semana de crecidas nocturnas y avasallantes, los pobladores ya tenían sus aletas y vejigas natatorias prontas. En la siguiente luna llena, todos nadaban y desarrollaban branquias. Y el río de crecidas nocturnas no paraba, no paró.

Para cuando la ciudad quedó completamente cubierta, bajo las aguas torrentosas, toda la población desarrollaba sus vidas nadando bajo el agua.

Algunos aún asomaban sus ojos de tanto en tanto, otros seguían sus vidas en el fondo del lecho de agua, los demás perfectamente organizados, recolectaban el sustento diario aprendiendo el cómo.

Debajo de la última inundación quedó Don Tirio, con sus aletas y su ojo visor, como lógico jefe del nuevo orden reinante bajo el agua.

La última planta

Tuve una infancia casi errante. Papá recorría la inmensidad argentina y en mis vacaciones, mamá y yo íbamos a pasarlas con él. Cuando regresábamos, mi madre había dejado un jardín en la casa transitoria. Nunca supe como lo hacía. Ella armaba jardines en doce días, de ser necesario.

Dos años antes de partir en su último viaje, mamá hizo el jardín en mi casa. A medida que su energía se debilitaba las plantas estallaban. Le devolvian por dos su esfuerzo. En pocos meses se enredaron, crecieron, explotaron en gajos y flores…En dos años y sin saber cómo ni de dónde mamá me dejó, el mejor de sus jardines.

Cuando regresé de su tumba vi el jazmín tan triste…y en una semana las plantas todas gritaban su ausencia. Llamé vecinas idóneas, jardineros, fumigadores.

Por dos meses me dediqué a intentar no perderlo.

Las plantas simplemente se negaron. Todas fueron muriendo. Cuando el último bulbo apareció sin vida comencé a extrañar realmente a mi madre…hasta hoy.

Rescoldo

Aquí mismo en este rescoldo de añoso tronco alguna vez, o muchas, detuvimos las bicicletas y nos rescatamos en su sombra.

Era la época de la risa al viento por cualquier cosa y la de los primeros e inocentes besos. Debemos de haber grabado nuestras iniciales en este tronco que hoy, se queja con cada soplo de viento.

Se fue dispersando la vida, las bicicletas quedaron herrumbrosas y nosotros nos alejamos a ver observar distinguir otros paisajes.

Hoy vinimos, porque a veces da una oportunidad el destino o el camino, que suelen ser lo mismo, y nostálgicos recordamos la sombra que protegía risas y besos adolescentes.

Rescoldo de tronco retorcido vencido y quejoso… nos estará mostrando en lo que nos transformaremos? Nos estará diciendo que a pesar de todo y aún vencido se mantiene en pie? Tal vez sólo nos dice que hasta el final, guardará nuestros días felices, como suelen hacerlo los buenos amigos…

Reencuentro

Se paró frente al resto del galeón hundido, divisó desde la costa la caldera emergente entre las olas, supo que era ese y sólo ese antes de detener nuestros pasos.

Me había costado un tremendo esfuerzo el viaje, ella se estaba muriendo y el trayecto era largo, costoso en lo económico y energético. Pero suelo cumplir mis promesas y por eso estábamos ahí, las dos solas frente a la inmensidad del mar y un trozo de barco encallado hacía más de ciento cincuenta años.

La miré mirarlo y supe que ya no estaba conmigo, sus ojos como telescopios fijos en ese punto de hierro que asomaba a ratos, cuando las olas lo dejaban. Pasaron minutos o tal vez, la vida, carece de sentido el tiempo cuando se está en trance y ella, lo estaba.

Al fin, cuando comenzó el retorno me dijo: Ahí en ese barco yo fui feliz una vez, hace muchísimo, ahí un hombre me amó intensamente, tal vez aquella noche antes del naufragio, concebimos un hijo, o tal vez sencillamente fue la última vez que en esa vida, me hicieron el amor con tanta intensidad…

Que ella creyera en otra vida y fuera obstinada con lo de la reencarnación, era un mero detalle, este mundo está lleno de gente que cree en muchas cosas que no entiendo. Sé que después de ese viaje volvió a sonreír y a pesar de sus dolores, los últimos días, tuvo sueños de amor y delirio en un barco que naufragó y quedó encallado…