Mi sombra (3)

Ser sombra de una sombra, destino o castigo, lo que sea. Dejé la casa sin luz, prendí unas velas viejas en los más viejos candelabros. Escarbé los cajones y descolgué las telas de arañas, di el aspecto de descuido y suciedad propicios. A la hora del crepúsculo, mi sombra, seducida por la tenuidad de la luz salía a bailar cada noche en el espejo de la sala. Ahí la esperé. Ahí la encontré, finísima y perfecta.

Intenté seguir su juego de bailes exóticos, de llamados ingratos en su vaivén lujurioso, fue terrible. En aquella penumbra, jugar a ser sombra de la sombra. De una sombra que sabe bailar, que sabe llamar, que sabe jugar, justo yo que soy tan triste…

He llegado a la conclusión de que para ser sombra de mi sombra deberé aprender a ser feliz, a jugar sin pensar, a dejarme llevar por sensaciones. Mientras tanto, vuelvo a sillón raído de la vieja sala, a mirarla, asombrada, enmudecida. ¿Cómo pudo salir de mí una sombra tan casquivana y transgresora?

Mi sombra (2)

Anduve varios días averiguando y preguntando si a alguien más se le ha perdido la sombra. Si han osado liberarlas o alguna se ha fugado. Recién anoche supe de un hombre que hace años vive sin ella. Lo peor que puede sucederte, me dijo susurrando como si alguien lo escuchara, es perder tu sombra. La sombra es, continuó después de un breve silencio, algo así como tu imagen en el espejo. Si no hay sombra, no hay vida.

No quise preguntar más, sus palabras me alertaron.

Salí dispuesta a recuperar la mía, que ya hace días o meses o años, he liberado. Lo bueno es saber donde voy a encontrarla; de mañana juega en la playa con los niños, de tarde anda con las parejas en las plazas y de noche, danza en los espejos iluminados.

Inútil es llamarla, lo sé. Porque la libertad cuando se alcanza, no se desea más que conservarla. Pero he creado una estrategia: seré yo la sombra y ella, mi dueña.

Rituales

Rituales

La rutina me ensombrece

Los rituales me aburren

Las costumbres me angustian

Mis cábalas son sagradas

Las reglas para transgredirlas

Los odios para ignorarlos

Me gusta olvidar todo pero

recordar detalles mínimos

Perderme en una baldosa y

encontrarme en un océano

Sufrir por dos palabras y

alegrarme sin demasiados porqué

Me gusta sentirme diferente para

darme cuenta que soy igual….

En todos lados

En las rocas y en las hojas

en las sábanas y en la olla

en la penumbra y bajo el Sol de la ventana.

En el rumor de pasos

en la urgencia de la madrugada

en la lánguida sensación de un después…

En una luna de mentira

en la escoba barriendo hojas

en un plato de ensalada

en el sillón negro…

En esa playa y en la otra

en esa noche y en casi todas

en el río y el arroyo

en la lentitud del campo…

Es que existe algún rincón lugar refugio dónde no te vea?

De locos

Fue una cosa de locos.Cuando ya veníamos doblando la esquina de la vida y habíamos dejado esa ilusión majestuosa e idílica del amor tempranero. Pero vino, fue voragine, fue viento huracanado, fue loco de locura misma y ni el mapa que nos separaba pudo con él.
Como migrantes digitales adultos nos enamoramos de palabras escritas cuando todos dormían y cuando podíamos reírnos a gusto en esos viejos chat donde no había foto alguna. Cierto, vos y yo nos conocíamos, pero llevábamo más de veinte años sin vernos.
Y no hubo forma de comportarnos.
No hubo manera de no hacer cosas de chicos jóvenes.
No hubo regla,no hubo urbanidad, no hubo piedad para los que no entendieron.
Llegaste y el abrazo fue como de toda la vida, hicimos el amor como dos viejos amantes harto conocidos que se saben todos los trucos, nos mirábamos embelesados y tu mano y la mía estaban pegadas. Imposible separarnos.
Locos pero de locura misma: lo nuestro no podía ser entonces, quisimos que sí. Ignoramos todas las reglas, nos reímos de esa locura que nos hacía sentir de quince y volvimos loca a esta sociedad pacata y conservadora.
Seguimos haciéndolo y lo más increíble es que siguen criticando, mirando de soslayo y prediciendo no sé qué…tu mano me sigue buscando, tu brazo es mi bastón y tu hombro, el mejor lugar para apoyar mi cabeza y dormir en paz.
Locos de locura seguimos, desvelados y atolondrados, hemos hecho y deshecho para que esto sea de verdad, el último gran amor de nuestras vidas.

Mi sombra

Tuve, alguna vez, una sombra. Me sorprendió un mediodía de verano, tendría unos seis años. Me encantaba sentirla mi amiga y andaba buscándola en cada espacio de luz; al lado, atrás o adelante. Mi sombra me seguía o me acompañaba. Era mi mimo propio. Cuando descubrí que era mi esclava la liberé. Ella no entendía y se quedaba de noche junto a mi lámpara procurando comprender.

Una noche se fue y no regresó. Tomó su camino propio. La he visto bailar, seducir, engañar y huir por todos lados. Se ha mimetizado con otras sombras. Se ha sublevado y es transgresora. Desde mi rincón, solitaria, la miro. La envidio, la quiero otra vez presa de mis trucos de sobrevivencia.

Ella no va a regresar. Es libre y le ha gustado ser la sombra de otras que no saben que la tienen.

La vida

La brisa, las ganas, la noche

La luna, tu mano, la arena

Y caminar sin prisa porque el camino es corto y el tiempo largo.

Enterarse que la playa no acaba

y si no nos queda vino,

nos sobran besos…

con eso alcanza.

Y también nos sobra deseo,

nos abraza el amor,

nos olvidamos a propósito

que nos somos eternos.

Sucede lo de siempre

se nos escurre el reloj

se nos achica la magia

se nos dispara el instante

se nos huye la luna que dejamos presa,

se nos va la vida, no era nuestra,

era transitoria.

Ahora, rememorar o

sucumbir.

Entre el desánimo y la felicidad

entre el olvido y la dicha

entre tu voz y la mía

entre resplandor y recuerdos…

la vida.

Trenes

Largo, sinuoso, eterno,

marchaba más de mil quilómetros

el tren que nos llevaba a los brazos

poderosos de mi padre.

En la ventanilla se descolgaba un

paisaje de picos, cumbres nevadas,

majestuosidades naturales que

podían justificar cualquier demora.

Yo me aburría y no podía más que

fastidiar a mi madre.

Ella contaba historias, inventaba juegos,

me permitía ir y venir molestando con

mi cháchara infantil a otros pasajeros.

Cuando ya mi impaciencia la colmaba

me llevaba al salón comedor

dónde esperar manjares me entretenía

un par de horas.

Así recorríamos el largo mapa,

llegaría exhausta de tren y de hija,

pero en la estación, brillaban los ojos de mi padre, su abrazo reparador y protector.

Mi madre recuperaba el humor.

Cuando se quedaban a solas los veía

besarse como novios y

no sabía, no entendía, que trenes y

vida, camino de amor, eran su mejor

herencia.