Querida vieja compañera…

…han pasado los años querida, vieja compañera, huraña y lejana como yo. En la cadera es donde más se nos nota, en el andar seguramente. Supimos, lo sé, ser algo majestuosas y elegantes pero este endurecimiento dicen que es normal. Tampoco dedicamos tanto tiempo a acicalarnos, preferimos mirarnos, mirar la lejanía y si hay suerte dormir, dormir… qué bien nos hace.

El otro día pensé que la edad te ha vuelto un tanto agria y me vi a mí misma: igual o peor. Ya no soporto el gentío, ya me cuesta apartarme de la rutina y me enloquecen los sonidos estridentes. Amiga, querida compañera, hemos envejecido.

Ayer éramos noctámbulas y trasnochadoras, comíamos hasta de más, hoy preferimos acostarnos temprano y comer con moderación.

El amor ya no destila lujuria y se vuelve dulce compañía. El hogar se vuelve el mejor refugio del mundo.

Querida,tengo que darte las gracias, hace casi diecisiete años que me despiertas cada mañana y te acuestas por las noches a mis pies, que no te mueves de mi cama si estoy enferma y compartes mi plato de comida… no sé cuánto más me acompañarás hermosa compañera pero sé que has sido algo por lo que sobrevivir en este mundo humano… ( quisiera reencarnar en una gata si eso fuera posible)

Vamos amiguita, es tarde y hace frío, vamos a compartir la noche, el sueño, tu ronroneo y mi ronquido…

Mujer laberinto

Infinitas ideas circulaban por sus neuronas a la velocidad de la Luz. Y cómo a pesar de su esfuerzo y las recomendaciones familiares y médicas no pudo detenerlas, se hicieron profundos laberintos en su cerebro y dejó de entender y dejaron de entenderla.

Pasado un tiempo decidieron que lo mejor era una Institución. Para que la atiendan, también para olvidarla o esconderla, da lo mismo.

Se levantaba al alba y se duchaba con mucha atención, agua fría o caliente, jamás faltaba su ducha y el especial lavado de cabello. Su familia jamás dejó que su único signo de cordura le faltara: su shampoo y su aceite del pelo.

Después salía y se sentaba en el patio con el pelo negro lleno de rulos cayendo perfumado sobre la espalda desnuda. Las enfermeras la obligaban a vestirse cada día. Su mente andaba por ahí o por allá, no hablaba, comía poco y pasaba la tarde fumando sin parar. A la noche con su medicina, caía blandamente en la cama y dormía como una niña exhausta.

La rutina se alteraba apenas los domingos cuando llegaba la madre, el padre, las hermanas y a veces los sobrinos. Los miraba como lejana, como siempre, pero una lágrima tras otra rodaban por su rostro distante. Y la tristeza era reprimida con algún otro fármaco.

De esa manera, cada semana y sobretodo cada domingo, el laberinto se tragaba a la mujer que había sido.

Mi casa

Quería construir una casa única, un refugio, un lugar para habitar con mis sueños y mis muertos, que son recuerdos y no los quiero dejar afuera.

El disloque fueron las paredes y de qué color el techo, si tendría dos habitaciones y dónde estarían mis libros.

Entonces construí una casa: la única donde nos recordé felices. De las muchas que habitamos en nuestro destino errante era sin dudas, la casa de mi infancia idealizada.

Guardé en el sótano y la cocina el perfume de las ciruelas y duraznos en almíbar de mi madre. En el escritorio y el comedor puse la colección de lapiceras Parker de papá. En la habitación de mi hermano la colección de libros del Oeste que amaba y su rifle de juguete. En la habitación de mi hermana y mía todo su atuendo adolescente y mis ganas de probármelo. En la habitación de mis padres mamá con sus cremas y novelas. En el living un teléfono imposible que tenía disco y manijita. En el comedor los muebles de nogal y la estufa a leña encendida. Arriba junto a mi habitación de juegos, la habitación del » abuelo Tomas», nombre que le pusimos a ese señor mayor escapado de la guerra, que tenía ojos como piedras azules y hablaba poco y mal el español.

Alrededor los pinos protegían todo. Los rosales multicolores adornaban. El enorme perrazo negro con su casa de madera vigilaba el territorio.

Metí después toda mi vida: la adolescencia apresurada llena de ideología, el sexo y el amor, todas mis ganas de escribir. Mis partos y mis desgarros, desgracias y festejos. Mi captura y la capucha, el miedo y mi hermano enfermo.

Después metí mis hijos y llevé mis nietos. Y la casa que era inmensa quedó pequeña porque vino la abuela y trajo su postre de morcillas dulces y la otra que trajo sus ojos grises que iluminaron la estancia entera. Y llegaron mis tías llenas de agujas y novelas. Los tíos con sus herramientas de adorar la tierra. Llegaron todos mis primos y primas, corriendo como en la infancia.

Metí tanta vida… tanta historia, tanta pasión, que la casa no resistió y quedó apretujada abrazada entrelazada para siempre.

Pájaros muertos

Y lo decidieron en forma conjunta y total. Decidieron incluso la hora, por eso algunos murieron dormidos, otros desayunando. Otros incluso, tal vez los más felices, en plena reproducción. Y nuestro planeta se quedó sin pájaros. Se murieron todos. No quedó uno vivo.

La ciencia y la prensa enloquecieron. Nosotros, simples mortales, sentimos que era un presagio. Vacías las jaulas del mundo y sin alas los parques y las plazas. Más allá los bosques y montes, las franjas de selva, sin trinos. Ni un solo nido habitando lugares casi imposibles. Ni una garganta emplumada para escuchar.

Tan frágiles como persuasivos nos avisaron muchas veces. Ciegos, ni los miramos. Sordos, ni los escuchamos. Cuando murieron produjeron una catástrofe sólida e inimaginable.

Sin estruendo murieron.Nos dejaron sin sus vuelos, nosotros, que intentamos siempre imitarlos, comenzamos a ver el final cuando sus alas dejaron de batir la vida.

Nos quedamos en nuestras jaula gigante mirando pájaros muertos…

El muerto

Un tipo especial sería el muerto.

Apareció de la nada en nuestro pueblito y se paseó orondo por la calle principal, mirando la nada que había para ver. Ostentaba un paso vacilante y ropas equívocas para nuestra estrecha frontera. Cerca de medio día cayó muerto en la plaza.

Hicimos deducciones antes de acercarnos. Después vimos el hilo de sangre que oscilaba y se perdía desde su pecho. Nos fuimos arrimando con esa curiosidad malsana.
Lo mataron. Esa noticia sería un plato de primera clase para nuestra monotonía cotidiana. Vino el comisario en persona. Pidió cosas inexistentes: un forense,  un equipo de investigación y análisis. En fin, nos reímos el día entero del ataque técnico de un comisario que estaba, seguramente, viendo mucha televisión.
Cuando ya nos habíamos olvidado del muerto anónimo que nos dió vida con su muerte, apareció aquella mujer vestida de negro y de lentes oscuros. Una mujer de paso lento y seguro. Preguntó por un hombre aquí y allá. Entró y salió de la comisaría y de la iglesia. La viuda, pensamos. Deducciones a granel nos brotarían. Estábamos tan seguros que tenía que ver con nuestro muerto…
Al atardecer había desaparecido. No dejó rastros. Ni el comisario ni el cura dicen haberla visto. Estuvo y preguntó pero nadie la recuerda. Volvimos lentos al aburrimiento de siempre. El muerto, congelado en la morgue, se aburre con nosotros.

Al asesino nunca lo buscamos

Contarlo

No pudiste supiste quisiste contar. Fueron años de callar mejor callar. Después la explosión alegre de la democracia.

Pero sigue el miedo, todavía no es tiempo de contar. El peligro está como dormidito y la amenaza como acurrucada.

A fuerza de callar se te escurren las formas y te vas agregando máscaras, a la del silencio le agregas la de felicidad democrática.

Con el paso de los años incluso usarás máscaras peores, indiferencia, olvido, resignación…

Un día tormentoso se te cae alguna o todas, es igual, las máscaras eran frágiles, se rompen sobre el suelo. Te viene el llanto rabia rencor…

Digo yo …y ahora qué vas a hacer decir ?

Vas a contar?

Estás segura? A quién cómo y dónde?

Sanarás contando?

Ilusa. (… hay cosas que no sanan sólo se disimulan….)

Rodeada

Tuve una siesta rodeada de muertos. Son todos muertos buenos, conocidos y familiares. Andan siempre en mis sueños pero por turnos. Hoy se metieron todos en el mismo sueño y me sentí absolutamente presa de sus silencios.

Mis muertos no hablaban sólo entraban ( o salían?) y me miraban. Y no eran miradas tristes tampoco alegres, eran miradas claras de presagio o designación. No las entendí al despertar pero sé que cuando las vi, comprendí todo.

El todo de los muertos es la nada de este lado.

Mis muertos están aquí y algo me avisaron. Un día comprenderé que yo deberé avisarle a mis hijos y veré cómo lo hago. Tal vez me comprendan o andaré desesperando por la estrategia de conseguirlo.