Un agujero en el costado izquierdo

Cuando me contó que vivía desde hacía años con un agujero en el pecho, lo tomé metafóricamente.

En las duchas, pude verlo y era un hueco casi sobre el corazón. Limpio, sin sangre, como si lo hubieran trazado con un compás. Y se podía ver para el otro lado sin problemas.

Desde ese día me dió miedo acercarme y hablarle, no se puede ser amistosa con una persona que no tiene corazón o tiene la mitad, pero sigue viva.

Debo reconocer que mi miedo obedece al desconocimiento porque sin ser por ese hueco era amable, simpática, empatizaba y era solidaria.

Pero el hueco y mi ignorancia me alejaron para intentar conocer su verdad…

Dudas

En tiempo cómo estos tengo dudas de estar viva.

Que tengo que redefinir qué es vivir para saber si aún vivo. Funciones vitales que se cumplen a buen ritmo: es vida.

Pero si una siente que ya no puede, que se agotó y nada tiene sentido? Ah, si, claro ahí se toma un antidepresivo y funciona unas horas eso de “ tener ganas”…

Y si llega la noche y el sueño no viene y se agota el pensamiento, viene la otra pastilla que te duerme y te despiertas como idiota.

Hace años soy drogadicta con receta, soy obediente y respeto, tomo lo necesario. Me porto bien y al otro día me baño, trabajo y hago un poco de gimnasia. Qué vida espectacular llevo.

Qué buena y obediente me puse. Pero de todos modos sé que no estoy del todo viva.

Sólo ese amor me hace obedecer. Es un amor que nunca abandona, que siempre acompaña, que jamás traiciona, que cuida y protege.

Estoy medio viva gracias a él.

Otoño: vida y muerte

Cómo no podía ser de otra manera, tu aletear en la vida cesó cuando el equinoccio de otoño comenzaba. Porque casi siempre otoño es belleza pero tiene un toque de nostalgia y vos lo fuiste toda la vida.

Cuando me desprendieron de ti, en otro otoño, la melancolía y la nostalgia latieron un poco en el cordón antes de ser cortado; por eso me suele suceder, que me recorren por temporadas, sin permiso, sin aviso.

En aquel otoño donde tuve que ver tu cara y tu cuerpo en un cajón oscuro, sentí que algo de mi ya iba muriendo. Me arrepentí de tantas horas de insomnio que tuviste por mí, de cada vez que discutimos y de cada vez que te confronté.

Me hice la promesa de recordar las alegrías, los paseos, las charlas y los abrazos. Nadie existiría en la Tierra que pudiera disfrutar más mi felicidad y mis logros, nadie más sentiría mi dolor como propio.

Ahí frente a ese horrendo lecho de madera intenté cantarte una canción que te gustaba. A vos te gustaba escucharme cantar. Vos fuiste la primera que me inculcó el canto.

Otoño, soneto de hojas en despedida, vos eras así, como una hoja. Diste abrigo y frescor y melancólicamente fuiste poniéndote amarilla. Después decidiste caer y la tierra fue tu adiós melancólico y triste.

Madre, fuiste una hoja que partió el día que el otoño comenzaba. Me dejaste tantas cosas hermosas y tu amor tan sin igual que aún hoy, mi recuerdo sigue siendo nostalgia y melancolía.

Amo el otoño, su color, su aroma, las veredas llenas de hojas suicidas. Amo el otoño porque en uno de ellos nos vimos la cara por primera vez. Amo recordar que nuestra triste despedida también fue en otoño y eso, nos mantendrá siempre unidas en esta estación de colores ocres.

Otras letras de otoño

Me sucede…
en estos días donde las hojas
me miran tiritando desde las veredas,
donde los vientos cambian sus rumbos
y se acercan
los tiempos de lluvias,
y me sucede en estos tiempos
que siempre coincide con
las mismas hojas del almanaque…

…tiempo previo al invierno:
mañanas tristonas
tardecitas diplomadas de noche
alfombras de hojas suicidas…

Entonces me nace, me hiere,
me convoca,
la mágica sensación de armar
líneas mientras se ríen las hojas
allá, afuera,
y desde este lado las palabras
surgen rápidas, raudas
anhelando amores o muertes
que a veces, suelen ser
la misma cosa…

… los fantasmas del pasado
siempre rondan mi casa
desde aquel día,
hasta el último que haya
de beberme,
andarán buscándome en
este equinoccio de soles
esquivos y brisas frescas…
… me quedo mirándolos,
esperando que sus recuerdos
me inspiren los versos
o los cuentos,
son ellos los que dictan desde
su presencia otoñal,
la locura de mis palabras…
me quedo aletargada, esperando
la llegada, los vientos,
las hojas y mis fantasmas…
los veo, mi mano corre rauda
sobre papeles y teclados,
los miro y me veo,
seré yo en algún tiempo
otro fantasma más que deambule
en esta vieja casa,
me miraré en mi propia foto
sin poder gritar
que ya fui,
buscaré las sombras de otros
que fueron conmigo para
que mi errar no sea solitario,
me miraré en los ojos
de mis hijos,
enredaré los dedos de mis nietos
tal vez hasta pueda
susurrarle a alguien palabras
que rasguen papeles
mientras cae el sol de una
tarde tibia…
…descansaré quizá,
porque esa sabiduría no la tengo,
y entonces,
la muerte, sería sin descanso,
otra cosa vana por la que esperamos
sin remedio.

Mujeres


Hoy, justamente, quería agradecer a tantas que me precedieron. A tantas que dejaron huellas y con ellas, como decía mamá, a todas, incluyendo a las que olvido.
Mi abuela, matriarca natural por trabajo y excelencia, por su analfabetismo zanjado a puro tesón autodidacta. A mi madre, frágil mujer elegantísima que me legó una forma de ver la vida que aún hoy, es valedera. A mi hermana, que supo ser transgresora y me legó su manía de leer sin mirar qué, leer, leer.
A mis tías, todas ellas, sabias en su tiempo y forma que me dejaron valiosos recuerdos.
A mi profesora de literatura en aquel colegio de monjas que descubrió mi pasión por las letras y se atrevió a prestarme libros prohibidos, me incitó a escribir y me animó a no parar de leer.
Y hubo amigas increíbles , lejanas en el tiempo o el espacio que no puedo olvidar, hay amigas nuevas que aparecen y me dan ánimos con la sonrisa.
Mujeres, dejando huellas en otras…mujeres, en ese nido de amor que nos habita o en los reflejos de rebeldía que nos une, mujeres todas que hemos tejido sueños y acunando realidades, todas nosotras batallando sin tregua, desde el hondo corazón del olvido.
A mi hija, luchadora incansable, a mi nuera, a mi nietecita…por ustedes vale la pena seguir tirando corpiños, tirando prejuicios, tirando chancletas, tirando la vida por la ventana.
A todas, todas, sin exclusión, avancemos y vamos, adelante, que todavía falta un montón…

Otro 8 de marzo

Y más marchas…carteles, colores, cánticos y consignas. Otra vez a la calle pidiendo por nuestros derechos: paridad, igualdad.

Porque siguen matándonos: física y moralmente. Hemos muerto de muchas formas a lo largo de la historia: al lado, atrás o abajo de un hombre.

Y siguen tejiendo nuestra historia: gobernando nuestros cuerpos y siento que han pasado en mi historia personal unos cincuenta años de exigir derechos. Pero miden con la regla: no es lo mismo que antes, te dirán. No?

No te dejes engañar: nadie regaló nada y muchas ofrecieron la vida para que hoy seas un poquito más libre. Un poquito sí, porque jamás permitirá el Patriarcado tu total libertad.

Te atará a leyes de moda, de consumo y de capricho. Ni sexualmente serás feliz. Intentarán siempre hacerte entender lo contrario. Seguirás siendo la modelo, la reina de belleza, la tapa de revista, la que sacrifica su cuerpo al extremo, la que debe lucir como princesa, aunque te digan que ya no hay realeza.

Y muchas, muchísimas, seguirán criando hijos varones con favoritismos. Y otras muchas seguirán diciendo que las feministas son todas nazis. Y la religión seguirá poniendo tu figura en la balanza con sobre peso, tuya será la condena del pecado que el hombre comete.

Siempre serás sospechosa ante un acoso o violación, siempre e incluso muerta, tendrán sospechas de ti.

Sucederá todo esto mientras el Patriarcado nos gobierne y sospecho que es el hijo favorito del capitalismo… no será fácil voltearlo.

Otro 8 de Marzo para no festejar: para recordar tantas luchas, tantas muerta, tantas asesinadas, violentadas, abusadas, explotadas, abandonadas… tantas que quedaron en el camino y saber que aún así: la batalla continúa. Por todas y sobre todo por las más jóvenes.

Buen día de lucha Mujeres!

El silencio de los árboles

En el silencio de los árboles está toda la vida.

Su savia suave y vegetal los recorre y nos da vida.

Los árboles están y estuvieron donando vida a nuestros pulmones.

Si los árboles no guardaran silencio: seríamos todos sordos, los gritos de sufrimiento cuando los cortan serian casi infinitos.

Donadores de vida del único elemento que no puede faltarnos ni cinco minutos.

Donadores de sombra ante la hostilidad del verano.

Donadores de paisajes y guarida de pájaros.

En absoluto silencio algunos hasta regalan frutos.

Qué milagro más hermoso y silencioso. Qué dádiva de la Madre Naturaleza.

Nada más maravilloso que internarse en ellos e intentar escucharlos. Con o sin viento: siempre tienen algo para susurrar si te animas a abrazarlos y escuchar.

Has abrazado un árbol alguna vez? Es tu respirador natural. Deberíamos agradecerles cada día.

Una historia fallida

Cómo las he buscado. Éramos tan amigas que podíamos dejar todo de lado, lo que se dice todo, por estar juntas. En esos años que van de la pubertad a la adolescencia compartimos en el mismo Colegio, una entrañable forma de sentirnos hermanadas. En esos días no pensamos en adioses, en despedidas, nuestros mundos eran los enormes muros del colegio y nuestras vidas enlazadas.  Fui la primera en partir y por eso tal vez, comencé la búsqueda. Cuarenta años después volví a la ciudad de donde se me expulsó por ideas foráneas al sentir nacional, eso se decía acá en el Sur de América, aclarando a los más jóvenes que eso quería decir que tenía ideas socialistas.

 Me había adelantado un par de años en eso de tener ideales políticos.

El exilio es desgarrarte como un parto. Pues resulta que el regreso no es muy diferente. Volver a tu lugar, que ya no lo es, encontrarte tan perdida que vuelves a ser extranjera. 

Recorrí las calles, pisé las veredas. Entré en la iglesia, fui a la chacra. Anduve por el centro comercial, fui al cementerio. Un día, doblé la esquina y me di de cara con el Colegio. Sentí una alegría insana y me aventuré a tocar y entrar. La sonrisa helada de la portera no me detuvo. Recorrí todo, me pareció tan pequeño. Pero a pesar de eso, mi memoria era fidedigna. La enorme pajarera había desaparecido y las baldosas eran de otro color. Pero las aulas eran casi las mismas. Creció sin dudas la Biblioteca. La capilla seguía casi idéntica. La dirección, igual. Quise encontrarlas, datos, direcciones, teléfonos. La portera me preguntó qué generación y le dio risa cuando dije el año.

  • No, imposible, vuelva cuando estén las monjas, yo hasta ahí no llego.
  • Y qué pasa, ya no viven acá las monjas.
  •  Sí, viven, pero salieron de vacaciones.
  • En mi época jamás salían.
  • En su época…han cambiado las cosas.
  • Verdad, dije y salí más vieja de lo que entré.

Buscarlas a ellas, mis amigas íntimas de esa época singular, única e irrepetible, de educación secundaria. Pero se habían modificados los teléfonos.

  •  Existen celulares, ¿no? –  me preguntó mi tía.
  • Cuarenta años pasaron y la irrupción de la tecnología ni me ayuda – protesté.
  • ¿Las redes sociales? –  preguntó mi nieta.
  • ¡Claro!, ¿cómo no se me ocurrió? – pregunté. Y ese día comenzó mi peregrinaje en todo grupo internauta conocido. 

Un día encontré a Silvia y me dio mucha rabia porque demoró semanas en aceptar mi solicitud de amistad. Cuando al fin lo hizo me di cuenta que para la que se fue, los recuerdos y las personas adquieren una dimensión especial. A Gloria la ubiqué más fácil porque tiene una tienda de ropa infantil y Silvia me dio su número. Me faltaba Marta. Mi amiga íntima, mi alma gemela, mi media hermana. Ni Silvia, ni Gloria sabían de ella. A pedido mío empezaron a preguntar.

Pasaron los meses, pasó un año y no podíamos dar con ningún dato.  En todo este proceso yo asimilaba mi regreso: irse de minifaldas y regresar con tantas canas. Irse llena de miedos y regresar con el aplomo que dan los nietos. Irse con casi veinte y regresar a los sesenta. Irse con un mundo por vivir y volver con poco por delante. Regresar con tantas experiencias y aferrarse a lo vivido para intentar la reinserción. 

Han pasado tres años desde mi regreso. He encontrado casi todo lo que buscaba. El rincón del primer beso, el lugar donde descansan mis muertos, las calles donde manifesté mi grito de libertad, la plaza de los encuentros, el viejo río más sucio, la casa donde crecí y el Colegio. He peregrinado lugares y caras, he recorrido umbrales y vidas. Conocí a los jóvenes de la familia y desconocí a los que, como yo, han envejecido. 

Marta es una incógnita con gusto amargo. Es la única que no he podido hallar. ¿Y si ella es una desaparecida? ¿Y si como yo abrazó las banderas de la justicia y la desaparecieron? Yo me fui sin tener veinte. Ella pudo haberse ido unos años después. La dictadura duró casi catorce años. 

Derechos Humanos podría tal vez ayudar. Existe una oficina donde se puede preguntar sin ser familiar, me preguntaba esa mañana, antes que me atendieran. 

Resultó que no, que nadie nunca denunció su desaparición.

– Qué suerte, dije en voz alta, no está desaparecida.

– No te quiero ahogar la fiesta, me dijo la mujer que buscaba en infinitas listas, pudo haber sido desaparecida y no lo denunciaron…- al ver mi cara de sorpresa y espanto siguió: Suponemos que hay un buen número de desaparecidos sin denunciar. En esos días tener un familiar desaparecido no era motivo de orgullo. 

– Me imagino…- aseguré sin entender 

– ¿Qué tipo de familia tenía? 

– Normal, supongo…

– No, nadie fue de familia normal en esos años. ¿Vos sabes si trabajaban en el gobierno? ¿Tenía militares en su familia?

– ¡El novio! – casi grité recordando al entonces cadete de dos apellidos que era su novio cuando comenzó mi exilio.

– ¡Ah no me digas! – exclamó la mujer- esos dos apellidos son del Capitán que murió hace un par de años. Un hijo de puta, mal, mal…no lo pudieron agarrar con ninguna denuncia. Si es él despedite, no dejó cabos sueltos.

– Tal vez, suspiré, no es el mismo…

– Eso ya te lo digo, -dijo la mujer entusiasmada, – ¿en qué año decís que era cadete y cómo se llamaba tu amiga?

Sí, a la media hora me lo confirmó después de teclear su computadora y hacer dos llamados telefónicos. Resultó ser el mismo y ella, se había transformado en su legítima esposa. Salí de la oficina con todos los datos. Asombrada, tal vez más de la cuenta. Mi amistad con Marta había sido desde la niñez, pero nos separamos justamente cuando comencé mis estudios terciarios. Ella en otra provincia y yo, en Capital. ¿De qué me asombraba, ¿qué habiendo sido casi hermanas hubiéramos tomado rumbos tan opuestos? No sé, un mundo de imágenes bailaba en mi cabeza. Los recuerdos parecían, de pronto, imposibles.

     – Tal vez, suspiré, no es el mismo…

Cuando esa noche increpé a Silvia y a Gloria me miraron con tristeza y me dijeron que no habían podido contarme. No entendí. Pero ellas argumentaron que hubiera sido mejor que la considerará extraviada. Qué mantuviera un bello recuerdo.

Cómo hago ahora para no buscarla, pensaba mientras tanto. Necesitaba verla, era un capítulo importante en mi vida.

  • Mirá nena,- dijo mi hermana- dejate de joder. Ella se casó con un militar, el tipo dicen que fue flor de hijo de puta, se fueron de acá, viven en el Norte, yo digo que te olvides de la amiga que tuviste…Al final, tuviste que enterrar cosas peores.
  • Pero quiero verla, seguí insistiendo yo.
  • Bueno, allá vos, tenés todos los datos, pero lo más posible es que cuando te reconozca te saque a patadas de su puerta porque acá todos supieron de tu exilio…
  • No sé…no, no me digas eso. Quiero verla. Ya está, es eso, verla.
  • ¿Es tu hija? No, ¿es tu vieja? No, no jodas che…
  • Éramos casi como hermanas- dije en voz baja pero me oyó.
  • Sí, la hermandad de la adolescencia, pero eso se pierde, me da rabia, ya sos una señora mayor que peina canas, a santo de qué joderte la vida buscando a la viuda de un torturador…
  • Cosas…no sé, tengo que verla, quiero cerrar ese capítulo.
  • No hay ningún capítulo. Sos vos que seguís con tu vena poética jodida.

Y no hablamos más por ese día. Y traté de olvidar el episodio. Seguí mis rutinas, consulté el clima, regué las plantas, hice todo lo que debía hacer. Pero y Marta, mi amiga del alma. Entonces tuve una especia de pre infarto o algo así, nunca entendí mucho de medicina. Algo en la cabeza que no llegó a ACB, pero anduvo cerca. Estuve quince días en cama con médicos, pastillas de todos los colores y la boca torcida. Cuando empecé a recuperarme me dije, bajito, para mí sola, voy a ir a ver a Marta.

Y fui, a los tres meses de ese accidente cerebral. Tuve que engañar a mi hermana, a mi hija y a mis nietos. Bueno, no a todos mis nietos. El que siempre me ha acompañado, estuvo siempre a mi lado. Justamente dije que el chico había aprobado todas las materias y tenía derecho a un viajecito con la abuela. Pero él sabía que la excursión era un pretexto. Sabía adónde y por quién iríamos.

Marta vivía, o vive, en una casona grande de dos plantas en un pueblo de Córdoba. No fue fácil ubicarla porque seguramente, quería proteger su seguridad. Pero yo tenía todos los datos de la oficina de DDHH. Una fresca mañana de principio de diciembre hice sonar el timbre de su casona.

Salió ella misma, por suerte, la vi y la reconocí pesar de los cuarenta años que han pasado, está igual, más delgada, más arrugada. Me conoció también. Abrió la boca de la sorpresa y después tuvo un instante de temor, le tembló el cuerpo y la voz cuando me dijo:

  • ¿Qué desea?

Me dio rabia y risa, las dos nos habíamos reconocido.

  • Quería verte- le dije, estoy de nuevo en Entre Ríos y tenía ganas de verte.
  • Pero… ¿cómo diste con mi dirección?
  • No tengas miedo, es una larga historia, pero no vine a pedirte nada, sólo vine a verte Marta…quería verte.
  • ¿Y qué?- preguntó agresiva- Ya me viste, este chico no sé quién es y no sé para qué me querías ver…
  • Este chico es mi nieto, se llama Agustín y conoce más o menos la historia de nuestra amistad…sólo eso, vino a acompañarme porque tuve un ACB hace poco…
  • Bueno, ya me viste, ahora ándate, no tenemos de qué hablar vos y yo…
  • ¿Estás bien?- insistí y sentí que mi nieto me tiraba de la chaqueta.
  • Y a vos qué te parece…claro que estoy bien. En este país de mierda, si pudiera me iba, mis hijos están en Europa…pero aún no puedo, tengo muchas cosas acá que solucionar….
  • Qué pena, te veo muy amargada Marta…yo pensé que una mujer como vos, iba a ser feliz toda la vida…
  • Mirá María, vos y yo no tenemos nada de qué hablar…ya sabes que mi marido torturaba gente como vos, ya sabés que se murió, ya volviste, te indultaron, ahora tenés a tu familia cerca y a mí, me están casi echando, mis hijos no van a volver….
  • No sé, pensé que podíamos sentarnos y recordar, charlar, no querés realmente…
  • No, no quiero, yo te borré de mi lista de amistades porque mi marido me torturaba mentalmente que había sido amiga de una roja…y yo nunca supe nada de política, cuando te fuiste me casé al poco tiempo…no, no quiero hablar…
  • Qué pena porque ¿viste? Me da la impresión que sí necesitas hablar con alguien…
  • Seguís con la manía del análisis, estoy segura que en los líos que anduviste, ni terminaste tu carrera…yo tampoco, tuve tres hijos y él…mi marido, era muy celoso.
  • Ah…-, por decir algo, pero ella iba a seguir hablando, estábamos los tres parados en la galería que era como un porche.
  • Ah claro, porque las mujeres de los verdes somos todas igualitas a ellos, eso pensás.
  • Yo no pienso en eso, sino, no te hubiera buscado.
  • Mi marido era muy celoso, yo casi no salía, no tenía amigas, sólo las mujeres de los otros militares, algunas que otra, no me dejaba ni hablar…después que pasó lo que pasó entendí por qué.
  • Vos…no sabías nada- aseguré sin preguntar.
  • No, saber cómo saber, no sabía. Alguna vez sospeché, pero era imposible con los chicos, las escuelas, las movidas siempre mudándonos, buscando escuelas, en fin…nunca me puse a averiguar y si lo hubiera hecho…
  • Te hubiera matado- aseguré de nuevo.

Entonces recuperó el brillo de la mirada de mi amiga adolescente, se hizo a un costado, abrió la puerta y entramos. Y charlamos horas y horas, apenas interrumpidas para calentar el agua del mate, darle agua a mi nieto y buscar galletitas en la cocina.

Nos despedimos en el filo de la noche, agotados los tres, nosotras por la inmensa catarsis y mi nieto de escuchar aquella historia trágica y particular. Salí de ahí pensando en ese otro tipo de víctima, una mujer golpeada, que además en épocas de dictadura y con un marido militar, debió de extremar cuidados para no caer en sus manos en un mal día. Otra víctima del capitán. Ella también había sido golpeada y violada por él. Al final, cuando salí de su casa me fui con mi nieto a una parrillada y brindé por su muerte.

No volveré a ver a Marta, ya lo sé. No me hizo bien conocer su infelicidad y su dolor, como a ella no le hizo bien conocer el mío. Me hizo bien sí encontrarla, saber que sigue viva y en pie, que lucha por irse y borrar su historia, estar junto a sus hijos y sus nietos.

Víctimas y más víctimas, entre las líneas de fuego y las líneas familiares. Nada se puede redimir de tanto dolor por eso, lo mejor, fue terminar el viaje con mi nieto y olvidarme de seguir buscando pedazos de historias. La historia de todos modos, tiene caminos para salir a la luz. Y siempre, siempre, lo hará.