Educación

– Ay no papá, convencé a mamá , no quiero ir más al colegio de monjas… -Papá cara escondida atrás del diario:

–       De eso se encarga tu madre. Tenés 8 años y tenés que obedecerle.

–        Pero no quiero ir con las monjas vos decís siempre que son mala gente.

–        Bueno porque a mí en el hospital me trataron muy mal porque no quería rezar. 

–       Ves papi, a mí también porque nunca rezo, no me aprendo nada de lo que me enseñan.

–        No, pero las monjas del colegio no son como la del hospital.

–        Pero no quiero rezar… 

–       Mal no te va a hacer. 

–       Y vos ¿por qué no rezas? 

–       Porque no se me antoja y soy grande.

–        Eso está mal…

–       Las monjas enseñan bien, preguntale a tu madre.

– Papi… ¿vos sabes que los que pagamos entramos por la puerta principal y que las que no tienen dinero y no pueden pagar entran por la puerta de servicio? Esa puerta chiquita de la otra cuadra…por qué? Sabes?

– Ves, te están enseñando el valor de la plata, ya estás aprendiendo y tan chiquita…

Ay papá…a qué me dejaste ahí 12 años renegando?

Hace tantos años de ese diálogo que ahora me río del recuerdo pero, no sé si te lo perdono totalmente.

Radio teatros


La radio del taller de costura, en la casa de mi abuela, estaba siempre encendida y las novelas, radio teatros, se sucedían regularmente. Desde las primeras horas de la tarde hasta llegada la noche.
Mi tía podía seguir más de ocho novelas diarias sin interrumpir su labor de artesana y modista. Cuando el trabajo la desbordaba acudían las hermanas a ayudarla.
Casamientos o fiestas de alto porte demandaban manos extras para finalizar infinitas puntadas.
La tía explicaba antes de cada capítulo el resumen del mismo. Y cuando la cortina musical lo anunciaba, las agujas laboriosas trabajaban en silencio. Curiosa por aquellos dramas radiales me acercaba y cebaba mate.
Un mundo de amores y desdenes con fondos musicales caían en mi imaginación casi infantil. Amaba, odiaba, me ponía triste con la ayuda de esas voces. Y lo mejor era el después: comentarios obligados de lo que sucedería en el próximo capítulo.
Los radio teatros como las fotonovelas descansan en el rincón de los olvidos. Hoy quería contar como pasábamos las tardes largas, sin prisas, ni aburrimiento. La voz era nuestra compañía. La imaginación, la aliada.

Niña escama

Qué día gris de playa triste. El sol andaba jugando detrás de una cortina de nubes y el agua estaba casi azul. Disfrutábamos una buena temperatura y había poca gente. Y no sé en qué momento se armó el revuelo buscando a la niña que se metió al mar.

Bajaron raudos los salvavidas con sus equipos, la madre, el padre y toda la familia lucharon con el oleaje. Fueron dos o tres veces que pensamos que la rescatarían. Y la playa se puso gris tristeza. Todos los esfuerzos fueron en vano.

Cuando ya los salvavidas se dieron por vencidos llegaron refuerzos pero la niña no se vio más. El viejo de barba blanca que vive en esta playa solitaria agitó su cabeza y dijo algo, algo extraño y loco:

– Acá los ahogados vuelven…

La zona quedó llena de policías, ambulancia y empezaron a llegar lanchas con buzos especializados. A mí el llanto de los familiares me partió el corazón y nos volvimos a la casa sin decir una palabra.

¿Cómo ir al día siguiente a ver el mar? ¿Cómo bajar al lugar dónde se ahogó en forma sorpresiva e instantánea una niña adolescente, en la flor de su vida? No se podía, pero era nuestro último día de vacaciones, bajamos igual.

Había un viento que arremolinaba el agua y sólo se podía caminar por la orilla. Un frío inusual en la costa. Casi a la misma hora que la niña se ahogó el mar la sacó afuera.

El cuerpo cubierto de escamas. Apenas la cara conservaba sus facciones humanas. El resto era un gran pez plateado cubierto de escamas. La vimos en la orilla, la rodeamos, no creíamos lo que veíamos porque nuestros ojos no lo aceptaban.

– Se está ahogando por segunda vez…- dijo el viejo de barba blanca- hay que meterla al mar de nuevo.

Y la fueron llevando. Y la vieron nadar a toda prisa por sobre el oleaje, después el mar se quedó como tranquilo, por unos minutos o por el resto del día. No lo sé.

– Cada año volverá por aquí cerca…- aseguró el viejo- acá los ahogados siempre vuelven transformados en peces increíbles.

Los jardines de mi madre (2)

Recuerdo una infancia casi errante. Papá recorría la inmensidad argentina y en mis vacaciones, ibamos con mamá. Cuando regresabamos mamá había dejado un jardín en la casa del verano. Nunca supe como lo hacía. Ella armaba jardines en doce días, de ser necesario.
Dos años antes de partir a su último viaje, mamá hizo el jardín en mi casa. A medida que su energía se debilitaba las plantas estallaban. Le devolvian por dos su esfuerzo. En pocos meses se enredaron, crecieron, explotaron en gajos y flores…En dos años y sin saber cómo ni de dónde mamá me dejó el mejor de sus jardines.
Cuando regresé de su tumba vi el jazmín tan triste…tuve un extraño presentimiento. Y, en una semana, las plantas todas gritaban su ausencia. Llamé vecinas idóneas, jardineros, fumigadores.
Por dos meses me dediqué a intentar no perderlo.
Las plantas simplemente se negaron. Todas fueron muriendo. Cuando el último bulbo apareció sin vida comencé a extrañar realmente a mi madre…hasta hoy.

Los jardines de mi madre

Hace tiempo lo escribí pero me gusta tanto recordarla :

En días de lluvia como hoy, después del infierno del calor, mi madre salía a hablar con sus plantas. Se mojaba sin importarle y a cada una le hablaba con tonos de voz distinto, les contaba o les preguntaba.
Con papá la mirábamos y nos reíamos un poco, tomábamos un mate y le reprochábamos sin escándalos la dulce locura de creer que la escuchaban.
Mi madre tenía un jardín espectacular, nunca compró plantas, siempre robó gajos, siempre le regalaron o las consiguió.
Hoy, en estos días, donde tener jardines cambió el estatus de una casa, donde las plantas como las mascotas se han vuelto distintivo de pertenecer o no a determinada élite, recuerdo a mi madre.
Ella siempre tan simple y sencilla, con jardines rebosantes, hablando bajo la lluvia mansa, con todas sus plantas, contándoles, preguntándole…Qué tan sabia era y yo recién me doy cuenta.

Estado cívico: locura.

Me he casado con la locura, no sé si ahora me dirán lesbiana… la locura, no podía ser de otra manera, es fémina. También yo.

Quiero dejar constancia que me caso con ella por motivos propios. No me falta nada de lo necesario, no es enloquecerme por hambre, frío, carencias… Mi familia goza de buena salud, no tengo deudas importantes, vivo con un hombre sincero y bueno que después de veinte años, me cuida y se preocupa por mis orgasmos.

La locura a mí me surge con la luna. Me encanta perseguir su decanato y desobedecer y despotricar, gritar o insultar en luna llena. Corresponde por fábula: lobo hombre, loba mujer.

Y me vuelvo loca, nadie me soporta, ni siquiera yo misma y ando destilando odios, rencores, insultos y no soporto nada. La piel se me vuelve extremadamente sensible, todo lo que me roza me eriza, me genera picazón. El ánimo se me vuelve viento del Norte y produzco discusiones por donde paso. El alma se me hace de hierro y no tengo piedad y ofendo temerariamente.

Una semana al mes me vuelvo mi hermano esquizofrénico, mi tía bipolar o mi madre, depresiva obsesiva. Todo eso junto también. Una semana de Luna llena, me colma, me transforma, me doy el lujo de ser loca a mi manera…

No sé si lo disfruto. Sé que luego me calmo y vuelvo a ser yo. O tal vez, vuelvo a fingir, no importa, vuelvo… No es un regreso abrupto. Voy retornando en forma lenta a lo que ustedes llaman “ normal” o “ racional “.

A mí esas dos palabras me generan muchas dudas, cada día me cuesta más definirlas. Pertenezco a la primera o segunda generación que se da perfecta cuenta que el gran problema de este planeta somos los humanos. No es poca cosa. Mi nieto de doce: ya lo sabe.

Pero quiero recomendar aquí: una semana de locura por mes. Es tan catártico como la mejor caja de ansiolítico y genera más respeto. No tiene contraindicaciones. No sé si produce adición y con el tiempo se transforma en dos semanas. Estoy en la primera etapa.

Gracias por esta locura!!!

Lejos

Más lejos del mapa, salirse de sus límites,

romper el planisferio y las Islas que jamás conoceré.

Viajar, sin vértigo, a la velocidad crucero de algún aparato insonoro.

Poner una distancia que no pueda medirse ni con el centímetro del infinito.

Así de lejos. Así de cerca.

Más allá de toda miseria y toda mentira y toda injusticia.

Por una hora. Un mes. Un año. Eternamente.

Me da lo mismo.

Una ilusión fantástica y casi infantil: igual que antes. Menos posible ahora.

Lejos. Aparte. Insonorizada. Sin medida del tiempo.

Qué bello debe de ser el Universo sin nosotros…

En caída libre

Me voy yendo rápido, en caída libre, me ahogo, me precipito y quiero estrellarme.

No, no se puede, no se debe, no se hace: cómo cuándo era pequeña? . Igual.

Qué libertad compré viviendo tantos años? Pasar de tutela en tutela, no he podido ser mi propia tutora.

Vivo en medio de una sociedad totalmente corrupta, dominada y entrampada por el Patriarcado y aún hoy: obedezco. Cómo puede ser? Cuándo podré realmente ser libre?

Me dejo caer desde el abismo. Sufro pero no quiero que se me note. Lloro, sin lágrimas. Me lamo a solas las llagas.

Tengo algunos planes… en caída libre y sin final.

Tengo tantos viajes por hacer que deberé elegir uno y sólo uno. Tantos libros sin leer que ya no podré. Y muchos más sin escribir. Nadie lo notará.

Está bueno confesarse: nunca pretendí un Gran Premio literario y me comporté como tal, no me ocupé de relaciones, entrevistas, relaciones sociales… esas cosas. Así que escribí para niños y niñas porque me divierte, soy triste por excelencia, y escribí para llorar porque nunca tuve un buen psiquiatra.

Eso no es verdad: tuve un psiquiatra cognitivo, pero debí dejar la terapia porque me enamoré de él y estaba casada. Nunca me gustó traicionar. Una vez que sentí que me enamoré de ese hombre: la terapia dejó de funcionarme y me quise morir. No lo vi más.

Irrepetible han sido las consultas: sufro ansiedades y angustias varias, un insomnio persistente. Voy y pido recetas, me las dan. Me porto bien. Me las repiten: una vida con drogas legalmente recetadas.

Me da asco! Me doy asco: a qué se debe mi obediencia? Jugando luego a ser de izquierda y feminista! Pero obedeciendo: cayendo como ahora, en caída libre, en todas las trampas del sistema patriarcal.

Hace años sueño con una caída libre más literal: mía y sólo mía. Ser un poco más como mi hermano que vivió en un loquero, ser alcoholica y dejar de pensar… eso, dejar de pensar.

Vivir mi último día cuando y cómo yo quiera y decida. Qué fácil escribirlo.