Lejos

Más lejos del mapa, salirse de sus límites,

romper el planisferio y las Islas que jamás conoceré.

Viajar, sin vértigo, a la velocidad crucero de algún aparato insonoro.

Poner una distancia que no pueda medirse ni con el centímetro del infinito.

Así de lejos. Así de cerca.

Más allá de toda miseria y toda mentira y toda injusticia.

Por una hora. Un mes. Un año. Eternamente.

Me da lo mismo.

Una ilusión fantástica y casi infantil: igual que antes. Menos posible ahora.

Lejos. Aparte. Insonorizada. Sin medida del tiempo.

Qué bello debe de ser el Universo sin nosotros…

En caída libre

Me voy yendo rápido, en caída libre, me ahogo, me precipito y quiero estrellarme.

No, no se puede, no se debe, no se hace: cómo cuándo era pequeña? . Igual.

Qué libertad compré viviendo tantos años? Pasar de tutela en tutela, no he podido ser mi propia tutora.

Vivo en medio de una sociedad totalmente corrupta, dominada y entrampada por el Patriarcado y aún hoy: obedezco. Cómo puede ser? Cuándo podré realmente ser libre?

Me dejo caer desde el abismo. Sufro pero no quiero que se me note. Lloro, sin lágrimas. Me lamo a solas las llagas.

Tengo algunos planes… en caída libre y sin final.

Tengo tantos viajes por hacer que deberé elegir uno y sólo uno. Tantos libros sin leer que ya no podré. Y muchos más sin escribir. Nadie lo notará.

Está bueno confesarse: nunca pretendí un Gran Premio literario y me comporté como tal, no me ocupé de relaciones, entrevistas, relaciones sociales… esas cosas. Así que escribí para niños y niñas porque me divierte, soy triste por excelencia, y escribí para llorar porque nunca tuve un buen psiquiatra.

Eso no es verdad: tuve un psiquiatra cognitivo, pero debí dejar la terapia porque me enamoré de él y estaba casada. Nunca me gustó traicionar. Una vez que sentí que me enamoré de ese hombre: la terapia dejó de funcionarme y me quise morir. No lo vi más.

Irrepetible han sido las consultas: sufro ansiedades y angustias varias, un insomnio persistente. Voy y pido recetas, me las dan. Me porto bien. Me las repiten: una vida con drogas legalmente recetadas.

Me da asco! Me doy asco: a qué se debe mi obediencia? Jugando luego a ser de izquierda y feminista! Pero obedeciendo: cayendo como ahora, en caída libre, en todas las trampas del sistema patriarcal.

Hace años sueño con una caída libre más literal: mía y sólo mía. Ser un poco más como mi hermano que vivió en un loquero, ser alcoholica y dejar de pensar… eso, dejar de pensar.

Vivir mi último día cuando y cómo yo quiera y decida. Qué fácil escribirlo.

Historias domingueras

Desde aquellas mañanas casi increíbles donde papá insistía en escuchar tangos a las 6 am!!!!

Desde la parrilla el humo la leña la carne el aderezo y la ensalada

El mate amargo y lento, sin prisa alguna

La época de misa… debilitándose en los años.

El agua de la ducha para disimular incendios varios de algunos sábados borrascosos y felizmente lujuriosos.

El mediodía casi en horas de merienda.

El restaurante donde decidimos pasar y suspendimos la parrilla y terminamos suspendiendo también el restaurante.

La mesa… un trozo de historia que alguien repitió y me obsesioné en creer. Cuántas mesas tienen los domingos?

La silla…otra vez los muertos repetidos, fotos, paisajes, anécdotas.

El auto…las sombras de ayer y esta vida nueva.

Domingo sin gloria, sin pena, sin nada.

Domingo: pena domiciliaria.

Los cuentos de la tía

La tía tuvo una lucidez e inteligencia excepcional, eso enfureció a su prole y me benefició a mí. Siempre amé los que no se doblegan y si son mujeres, más aún, si es mi tía, es perfecto. Lo mejor que me podía ocurrir.

La tía trabajó bien toda la vida y cobró pensión por dos maridos muertos y profesionales. A los setenta y cinco decidió recorrer Argentina y los países limítrofes. Me invitó porque era su única sobrina viuda y con buena jubilación, sin hijos a cargo, y su extensa prole de nueve hijos suspiró aliviada. Como si mi compañía fuera garantía de cordura. Ingenuos.

Contrató un chófer, no cualquiera no, era el hijo de un amigo, un gran amigo ya muerto, un profesional del volante que estaba en ese momento sin trabajo y venía de una profunda depresión por un divorcio siniestro. La tía le tenia confianza, yo también lo conocía, aunque un poco menos que ella y el viaje se fue consolidando.

Primer destino La Patagonia. Más de tres mil kilómetros con paradas y hoteles. Todo coordinado, partimos en el auto nuevo como adolescente felices. Las mil recomendaciones quedaron escritas en un bibliorato que entregaron los hijos en mis manos. El viaje fue transcurriendo sin prisa y con la tía, las dos atrás, íbamos repasando la vida de los abuelos, los tíos llegando de Italia y las mil y una de toda la familia.

Cuando pisamos finalmente el Valle del Río Negro nos quedamos en una casa. Desde ahí iríamos a Neuquén y Chubut. Lo más increíble era la energía de mi tía: con veinte años más que el chófer y que yo, nos superaba ampliamente, su energía era prodigiosa.

El chófer fue cobrando valor en nuestro viaje, no sólo era locuaz y participativo sino que se ofreció a cocinar en los días grises que no salimos. Nos hicimos amigos antes de emprender el regreso y comencé a sentarme adelante. Cuando la tía recordaba y narraba anécdotas lejanas de una familia que ni yo recordaba, la escuchábamos con atención y cuando se adormilaba, cantábamos a dúo canciones de los Beatles.

Cuando salimos de regreso la tía me preguntó si quería ir a Mendoza. Febrero en Mendoza es una tentación divina: plena vendimia. Y el viaje cambió y tuve que avisar a mis primos que rezongaron un poco pero al final, cómo estaban todos de vacaciones, les pareció algo loco pero un mes más tampoco era tanto, dijeron.

– Toma sus medicamentos?- preguntaron.

– Por supuesto, respondí casi ofendida.

– Y anda bien?, pregunta estúpida, si quiere seguir viajando será porque está más que bien.

Finalmente respondí el interrogatorio con sutilezas, la tía habló con cada uno, todo el mundo fue feliz y partimos hacia Mendoza, capital del Vino!

Es necesario explicar que el chófer y yo nos habíamos sentido un poco más que cómodos y cercanos. Su humor comenzó a hacerme reír mucho y las miradas se nos fueron encontrando. La tía, nunca lerda, nos dijo que si empezaba el romance se acababa el viaje.

– Nunca en mi vida me interpuse en amores de nadie – declaró- imagínense, se les desata la loca pasión ahora tienen que quedarse solos y a mí se me acaba el viaje… dejá a mi chófer terminar este viaje. Me hizo un guiño cómplice.

Eso de “mi chófer “ sonaba tan posesivo que me dio mucha risa. Y los dos seguimos el viaje cantando, mirándonos y adivinándonos. Nada más dulce que un amor platónico pasado los sesenta. Cuando la urgencia sexual se puede mitigar.

Mientras en la parte de adelante íbamos tejiendo un romance, la tía, apoyada en los dos asientos delanteros narraba y narraba con detalles los lejanos días de los migrantes que llegaron de Italia, de cómo se fue construyendo la familia, las charcas, los cultivos, los viñedos, los romances, los nacimientos y las inevitables muertes.

Íbamos en la carretera como viendo una película y ese día descansamos poco y solo paramos para cargar combustible, usar el baño, cargar víveres y seguir andando.

– Qué pronto se está haciendo de noche- exclamé en un paréntesis narrativo de la tía.

– Tendríamos que descansar- acotó ella y la miré sorprendida, primera vez que se declaraba cansada.

– Estuve consultando el GPS- dijo su chófer- voy a intentar una ruta alternativa que muestra un lindo hotel de campo. Les parece bien?

Y nos pareció una excelente idea. Lo encontró casi enseguida, un hotel tipo colonial en medio de un camino semi rural, parecía de cuento. Descansamos y cenamos como reyes. El chófer se acostó temprano, a mí me dio por probar Internet, segura de no tener señal, fue enorme la sorpresa de la respuesta casi inmediata de mi computadora.

– Tía, el otro día me mandaron un programa para armar nuestro árbol genealógico. Qué te parece si lo probamos?.

No fue necesario insistir, el programa era bastante simple y la tía se acordaba todo: nombres, apellidos, fechas; dudé varias veces de que fueran todas veraces. Pero armamos nuestro árbol y ya casi amanecía, cuatro generaciones estaban ahí guardadas en mi computadora.

Demasiado temprano nos llamó el chófer de mi tía para desayunar. Tuvimos que ducharnos por un buen rato y aún así las ojeras nos delataban. Cuando logramos desayunar y salir, el chófer se quejó porque iba a hacer calor y nos habíamos retrasado.

La tía se recostó atrás y le ordenó que usara el aire a discreción; no canten mucho!, fue lo último que nos dijo antes de acomodarse para dormir.

Nos reímos un poco, era rarísimo en más de un mes de viaje, ver dormir a la tía. Los ojos azules del hombre al volante me sonreían con picardía. Era la ocasión ideal para hablar de nosotros y conocernos un poco. Las historias de la tía iban a tener un buen descanso en el asiento trasero.

No pude soportar la charla, nunca en mi vida me había dormido así en un viaje. Empecé dando cabezazos y terminé creo que roncando.

Cuando me desperté vi al chófer con cara muy seria, el sol cerca del punto del atardecer, la ruta parecía otra y el paisaje había cambiado.

– Qué hora es? Dónde andamos? – pregunté

– Son más de las cinco, contestó abrumado, intenté despertarlas, fue imposible. Y hace rato que me siento perdido, el GPS no funciona, no hay señal…

Miré para atrás y vi a la tía sentada observando obstinada el camino, como estrujando el paisaje.

– Estás bien?- pregunté- nos dormimos por horas…

– Estoy bien – respondió lacónicamente- tengo que tomar agua e ir al baño pero… este camino yo lo conozco…

– Qué bueno, casi gritó el chófer, en años que manejo jamás me desorienté tanto.

– Y por supuesto, respondió ella, es la ruta vieja que va a la chacra…

Nos reímos, nos enojamos y nos sorprendimos pero la tía guió al chófer y terminamos en la vieja chacra del bisabuelo.

La carretera ya no existe, la chacra tampoco, nada era posible… pero estaban ahí. Yo había dejado de ver la chacra como a los quince años y el chófer de mi tía, un poco antes. No lo podíamos creer: ahí estaba en todo su esplendor, con su tanque australiano que fue nuestra piscina, su molino chillón, su magnífico jardín y en la galería esplendorosa, los bisabuelos tomaban mate.

Hubo un grito de alegría en el asiento de atrás y la puerta amenazó con abrirse y después, nada, un silencio profundo seguido de un sollozo ahogado.

– Me hacia tanta ilusión volver- sollozó la tía- pero cómo van a reconocerme? Soy una anciana…vamos, no quiero verlos..

– Están todos, casi grité, es imposible porque están todos muertos! Te pido por favor que bajemos, acá pasa algo muy raro o estamos los tres dormidos soñando lo mismo…

– O estamos todos muertos, nosotros también…- dijo rezando el hombre al volante.

– Vámonos- ordenó la tía y el auto dio marcha atrás.

Hace horas buscamos salir del viejo camino. Volver al hotel de campo, encontrar la carretera principal, nada. Estamos girando como en círculos y cada tanto vemos algún pariente o amigo que nos saluda.

– Estamos muertos- insiste el chófer después de saludar con la mano a su padre.

– Estamos perdidos en otra dimensión- argumento convencida.

– Estamos donde estamos- dice la tía y se vuelve a dormir.

La noche ha caído, el hombre al volante está exhausto y detiene el auto a la vera de la vieja ruta. Me ofrece el hombro. Nos acomodamos abrazados por primera vez. O despertamos en la panamericana o volvemos a la chacra a abrazar a nuestros muertos.

La niña, tormenta

Estuvimos todo el día viendo avanzar un calor pegajoso y mirando las nubes de tormenta que se arrimaban. Formaron un círculo gris que después, fue negruzco. En el centro quedó un espacio abierto. Era un hueco pequeño.

A media tarde el calor arremetió aún más. La playa estaba cubierta de arena que volaba con el viento tórrido del Norte. La orilla era imposible, había que meter el cuerpo, dejarse mojar, escaldarse con agua salobre porque el Atlántico ese día, estaba revuelto, casi oscuro, más salobre que nunca y con un bailoteo de olas que obligaba a saltar de continuo.

Los marineros iban colocando las banderas de peligro, el mar subía y bajaba de manera abrupta. No había lugar donde refugiarse. Las nubes permanecían sentenciando una tormenta que no llegaba. Y aquel hueco extraño…

Fue en la tarde, ya desesperados de calor y humedad, cuando vimos salir por el hueco y entre las nubes un pájaro lila y amarillo que voló directo al primer rayo que desató la lluvia.

Lejana a todo eso, la niña había estado todo el tiempo mirando el horizonte infinito. Ni el calor, ni el mar, ni el peligro la movieron.

Cuando el pájaro desató el primer trueno y luego los rayos anunciaron la gran lluvia que caería, ella no estaba. Su forma humana volaba con el pájaro, iluminó el fragor de la tormenta y luego, se deshizo en millones de gotas de agua que recibimos agradecidos.

Estoy segura… era la misma niña que observamos todo el día sin entender…

La niña, la arena y el mar

La niña cava en la arena, la arena se desintegra, se queja como rubia fina, la niña la escucha, el mar viene y la besa.

La arena llora despacio de tantos pies que la pisan sin notarla, la niña detiene la pala y con su manito, la comienza a acariciar.

El mar, macho bravío, surge con espuma y sal, tira a la niña y su pala, una se pone a llorar y la otra, se la lleva el agua. La arena rubia finísima se va al fondo a bucear.

El mar me ama, le confiesa a la niña que de nuevo se ha puesto a cavar, la niña ya lo sabe, por eso la arena rubia en un balde quiere llevar.

Sopla que sopla el viento, espuma, olas, sal… a la niña la llevaron su mamá y su papá, se olvidaron de su balde que quedó orillando en el mar. Adentro, la arena rubia, tomó un poco de sol, se secó y se puso brillante, vino el viento, la peinó, le puso color y se la llevó volando en carcajada de verano.

El mar embravecido esa noche la buscó y como no halló la arena, en el sueño de la niña se metió y la asustó.

Ya nunca más esa niña cavará pozos sobre el mar.

Del arrepentimiento

No pude. Apenas tomé unas pastillas y el corazón me gritó que no habías muerto, que estabas luchando por estar vivo y me dio rabia, culpa, dudas…

Hice el camino de regreso sin medir las consecuencias: ya amanecía. Fui directo al lugar donde empujé tu silla y me tiré al agua. Vos, que nunca flotaste, estabas boca arriba entre olas y espumas, entre tus babas y tu inconsciencia, entre tu poca vida y tu mucha muerte.

Tomé tu mano dura de agua helada y floté a tu lado. Siempre cursi y romántica, esas novelitas de adolescente me arruinaron. Pensé en olas gigantes y en morir juntos. No lo habíamos planeado cuando se supo que lo tuyo era irreversible?. Pero por supuesto, no pudimos alejarnos tanto de los humanos . Qué agonía escuchar sirenas de ambulancias, enfermeros, médicos y otra vez querido, otra vez, hospital.

Lo peor del caso ha sido que conté la verdad, te medicaron, me medicaron, me dieron pase al locólogo, me internaran por un tiempo y vos estarás en manos de los que te obligarán a seguir hasta el agotamiento un tratamiento que, ya saben: no arrojará mejorías. Tu cuerpo seguirá padeciendo, buscaras mis ojos llorosos y mi mano, pero estaré lejos. Tragando ansiolítico y otras porquerías que me obliguen a olvidar lo que nos juramos hace casi cuarenta años.

Si pudiera seguiría con mi veta romántica escapándome, entrando de noche a tu hospital, tapando tu cara con la almohada, tragando todas las pastillas que me estoy robando del loquero. Otra frustración más, quién puede hacer eso en un hospital.

Será mejor que tu esencia, tu energía de vida me avise y yo, desde este lado de los muros, de esta cárcel donde encierran mi locura por cumplir una promesa nacida de amarte, intentaré seguirte.

Perdón por la culpa: muchos años, muchos tabúes, tu muerte debió ser en el mar y la mía ahí cerca, ahogada también pero de alcohol y pastillas… era lo planeado.

No pude…

Océano espumoso

De todas las mañanas que tiene el verano debía elegir una, sólo una, para matarlo.

El océano Atlántico en esta zona suele amanecer más calmo y en el correr del día tiene como una furia contenida que va soltando a medida que sube el sol.

Tenía que matarlo. Era un acto de justicia, sin dudas. Y era tiempo de hacerlo porque hasta cuándo podría, hasta cuando tendría las fuerzas y la lucidez de hacerlo? Es difícil.

Crecemos y vivimos con un complejo de eternidad que se te comienza a quitar después de los cincuenta. Y aún pasando por guerras, dictaduras, habiendo visto el hambre y la desolación: no hay caso, lo eterno perdura en tu interior. Lo peor, es que sabes que vas a morir, pero no comprendes ni asimilas que cada diez años, aún viva, serán menos posibles las cosas qué puedas hacer.

Me desperté cada mañana mirándolo dormir, tranquilo, pausado, casi como siempre. Es qué tal vez sólo yo sabia que sus días estaban contados. Sé que todos tenemos los días contados, pero a él le quedaban escasos. Y tal vez, eso me dolía, los últimos tramos serían de puro sufrimiento.

No me justifico: ver sufrir a alguien que amas es parte de la vida. Pero, quién dijo que aceptes la vida tal y cómo es? Me he caracterizado por llevar la contraria en muchos tabúes. Nunca, claro está porque lo estoy escribiendo, como para desafiar la autoridad patriarcal que nos gobierna.

Esto es diferente, pensé hoy de madrugada, puede salirme bien o muy mal. Puedo terminar presa. O cumplir la promesa que le hice hace años y tal vez, ni recuerda.

Le hice tragar un montón de somníferos, dócil y obediente los tomó sin preguntar, ( creo que lo sabe), me dije. Después preparé todo meticulosamente, lo cargué con su silla y lo llevé al fondo de la playa, donde las rocas y la espuma desafían el paisaje.

Aún no despuntaba el sol del verano que suele ser muy tempranero. Mejor, yo necesitaba de esa penumbra cómplice. Lo besé en la boca babeante de enfermedad y somníferos, le dije al oído te quiero tanto que voy a cumplir mi promesa. Apreté los ojos llorando y empujé la silla. No miré hacia atrás, regresé a la casa desandando el camino.

Todas las pastillas que sobraron, unas cuantas porque estaba tan delgado, tan achicado y disminuido que no necesité ni diez, están aquí sobre la mesa. Una botella entera de whisky, un antivomitivo y un montón de fotos.

Cuarenta años casi… en unas horas el agujero negro donde fue tu poquito de vida, recibirá también la mía. Cómo no creímos( nunca tuvimos Fe), seremos condenados y no tendremos ángeles que nos lleven al Edén. Sólo volveremos a ser polvo de estrellas, gotas de océano o nada…

Te amé

Me amaste

Ya fue…