Los cuentos de la tía

La tía tuvo una lucidez e inteligencia excepcional, eso enfureció a su prole y me benefició a mí. Siempre amé los que no se doblegan y si son mujeres, más aún, si es mi tía, es perfecto. Lo mejor que me podía ocurrir.

La tía trabajó bien toda la vida y cobró pensión por dos maridos muertos y profesionales. A los setenta y cinco decidió recorrer Argentina y los países limítrofes. Me invitó porque era su única sobrina viuda y con buena jubilación, sin hijos a cargo, y su extensa prole de nueve hijos suspiró aliviada. Como si mi compañía fuera garantía de cordura. Ingenuos.

Contrató un chófer, no cualquiera no, era el hijo de un amigo, un gran amigo ya muerto, un profesional del volante que estaba en ese momento sin trabajo y venía de una profunda depresión por un divorcio siniestro. La tía le tenia confianza, yo también lo conocía, aunque un poco menos que ella y el viaje se fue consolidando.

Primer destino La Patagonia. Más de tres mil kilómetros con paradas y hoteles. Todo coordinado, partimos en el auto nuevo como adolescente felices. Las mil recomendaciones quedaron escritas en un bibliorato que entregaron los hijos en mis manos. El viaje fue transcurriendo sin prisa y con la tía, las dos atrás, íbamos repasando la vida de los abuelos, los tíos llegando de Italia y las mil y una de toda la familia.

Cuando pisamos finalmente el Valle del Río Negro nos quedamos en una casa. Desde ahí iríamos a Neuquén y Chubut. Lo más increíble era la energía de mi tía: con veinte años más que el chófer y que yo, nos superaba ampliamente, su energía era prodigiosa.

El chófer fue cobrando valor en nuestro viaje, no sólo era locuaz y participativo sino que se ofreció a cocinar en los días grises que no salimos. Nos hicimos amigos antes de emprender el regreso y comencé a sentarme adelante. Cuando la tía recordaba y narraba anécdotas lejanas de una familia que ni yo recordaba, la escuchábamos con atención y cuando se adormilaba, cantábamos a dúo canciones de los Beatles.

Cuando salimos de regreso la tía me preguntó si quería ir a Mendoza. Febrero en Mendoza es una tentación divina: plena vendimia. Y el viaje cambió y tuve que avisar a mis primos que rezongaron un poco pero al final, cómo estaban todos de vacaciones, les pareció algo loco pero un mes más tampoco era tanto, dijeron.

– Toma sus medicamentos?- preguntaron.

– Por supuesto, respondí casi ofendida.

– Y anda bien?, pregunta estúpida, si quiere seguir viajando será porque está más que bien.

Finalmente respondí el interrogatorio con sutilezas, la tía habló con cada uno, todo el mundo fue feliz y partimos hacia Mendoza, capital del Vino!

Es necesario explicar que el chófer y yo nos habíamos sentido un poco más que cómodos y cercanos. Su humor comenzó a hacerme reír mucho y las miradas se nos fueron encontrando. La tía, nunca lerda, nos dijo que si empezaba el romance se acababa el viaje.

– Nunca en mi vida me interpuse en amores de nadie – declaró- imagínense, se les desata la loca pasión ahora tienen que quedarse solos y a mí se me acaba el viaje… dejá a mi chófer terminar este viaje. Me hizo un guiño cómplice.

Eso de “mi chófer “ sonaba tan posesivo que me dio mucha risa. Y los dos seguimos el viaje cantando, mirándonos y adivinándonos. Nada más dulce que un amor platónico pasado los sesenta. Cuando la urgencia sexual se puede mitigar.

Mientras en la parte de adelante íbamos tejiendo un romance, la tía, apoyada en los dos asientos delanteros narraba y narraba con detalles los lejanos días de los migrantes que llegaron de Italia, de cómo se fue construyendo la familia, las charcas, los cultivos, los viñedos, los romances, los nacimientos y las inevitables muertes.

Íbamos en la carretera como viendo una película y ese día descansamos poco y solo paramos para cargar combustible, usar el baño, cargar víveres y seguir andando.

– Qué pronto se está haciendo de noche- exclamé en un paréntesis narrativo de la tía.

– Tendríamos que descansar- acotó ella y la miré sorprendida, primera vez que se declaraba cansada.

– Estuve consultando el GPS- dijo su chófer- voy a intentar una ruta alternativa que muestra un lindo hotel de campo. Les parece bien?

Y nos pareció una excelente idea. Lo encontró casi enseguida, un hotel tipo colonial en medio de un camino semi rural, parecía de cuento. Descansamos y cenamos como reyes. El chófer se acostó temprano, a mí me dio por probar Internet, segura de no tener señal, fue enorme la sorpresa de la respuesta casi inmediata de mi computadora.

– Tía, el otro día me mandaron un programa para armar nuestro árbol genealógico. Qué te parece si lo probamos?.

No fue necesario insistir, el programa era bastante simple y la tía se acordaba todo: nombres, apellidos, fechas; dudé varias veces de que fueran todas veraces. Pero armamos nuestro árbol y ya casi amanecía, cuatro generaciones estaban ahí guardadas en mi computadora.

Demasiado temprano nos llamó el chófer de mi tía para desayunar. Tuvimos que ducharnos por un buen rato y aún así las ojeras nos delataban. Cuando logramos desayunar y salir, el chófer se quejó porque iba a hacer calor y nos habíamos retrasado.

La tía se recostó atrás y le ordenó que usara el aire a discreción; no canten mucho!, fue lo último que nos dijo antes de acomodarse para dormir.

Nos reímos un poco, era rarísimo en más de un mes de viaje, ver dormir a la tía. Los ojos azules del hombre al volante me sonreían con picardía. Era la ocasión ideal para hablar de nosotros y conocernos un poco. Las historias de la tía iban a tener un buen descanso en el asiento trasero.

No pude soportar la charla, nunca en mi vida me había dormido así en un viaje. Empecé dando cabezazos y terminé creo que roncando.

Cuando me desperté vi al chófer con cara muy seria, el sol cerca del punto del atardecer, la ruta parecía otra y el paisaje había cambiado.

– Qué hora es? Dónde andamos? – pregunté

– Son más de las cinco, contestó abrumado, intenté despertarlas, fue imposible. Y hace rato que me siento perdido, el GPS no funciona, no hay señal…

Miré para atrás y vi a la tía sentada observando obstinada el camino, como estrujando el paisaje.

– Estás bien?- pregunté- nos dormimos por horas…

– Estoy bien – respondió lacónicamente- tengo que tomar agua e ir al baño pero… este camino yo lo conozco…

– Qué bueno, casi gritó el chófer, en años que manejo jamás me desorienté tanto.

– Y por supuesto, respondió ella, es la ruta vieja que va a la chacra…

Nos reímos, nos enojamos y nos sorprendimos pero la tía guió al chófer y terminamos en la vieja chacra del bisabuelo.

La carretera ya no existe, la chacra tampoco, nada era posible… pero estaban ahí. Yo había dejado de ver la chacra como a los quince años y el chófer de mi tía, un poco antes. No lo podíamos creer: ahí estaba en todo su esplendor, con su tanque australiano que fue nuestra piscina, su molino chillón, su magnífico jardín y en la galería esplendorosa, los bisabuelos tomaban mate.

Hubo un grito de alegría en el asiento de atrás y la puerta amenazó con abrirse y después, nada, un silencio profundo seguido de un sollozo ahogado.

– Me hacia tanta ilusión volver- sollozó la tía- pero cómo van a reconocerme? Soy una anciana…vamos, no quiero verlos..

– Están todos, casi grité, es imposible porque están todos muertos! Te pido por favor que bajemos, acá pasa algo muy raro o estamos los tres dormidos soñando lo mismo…

– O estamos todos muertos, nosotros también…- dijo rezando el hombre al volante.

– Vámonos- ordenó la tía y el auto dio marcha atrás.

Hace horas buscamos salir del viejo camino. Volver al hotel de campo, encontrar la carretera principal, nada. Estamos girando como en círculos y cada tanto vemos algún pariente o amigo que nos saluda.

– Estamos muertos- insiste el chófer después de saludar con la mano a su padre.

– Estamos perdidos en otra dimensión- argumento convencida.

– Estamos donde estamos- dice la tía y se vuelve a dormir.

La noche ha caído, el hombre al volante está exhausto y detiene el auto a la vera de la vieja ruta. Me ofrece el hombro. Nos acomodamos abrazados por primera vez. O despertamos en la panamericana o volvemos a la chacra a abrazar a nuestros muertos.

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