La niña, tormenta

Estuvimos todo el día viendo avanzar un calor pegajoso y mirando las nubes de tormenta que se arrimaban. Formaron un círculo gris que después, fue negruzco. En el centro quedó un espacio abierto. Era un hueco pequeño.

A media tarde el calor arremetió aún más. La playa estaba cubierta de arena que volaba con el viento tórrido del Norte. La orilla era imposible, había que meter el cuerpo, dejarse mojar, escaldarse con agua salobre porque el Atlántico ese día, estaba revuelto, casi oscuro, más salobre que nunca y con un bailoteo de olas que obligaba a saltar de continuo.

Los marineros iban colocando las banderas de peligro, el mar subía y bajaba de manera abrupta. No había lugar donde refugiarse. Las nubes permanecían sentenciando una tormenta que no llegaba. Y aquel hueco extraño…

Fue en la tarde, ya desesperados de calor y humedad, cuando vimos salir por el hueco y entre las nubes un pájaro lila y amarillo que voló directo al primer rayo que desató la lluvia.

Lejana a todo eso, la niña había estado todo el tiempo mirando el horizonte infinito. Ni el calor, ni el mar, ni el peligro la movieron.

Cuando el pájaro desató el primer trueno y luego los rayos anunciaron la gran lluvia que caería, ella no estaba. Su forma humana volaba con el pájaro, iluminó el fragor de la tormenta y luego, se deshizo en millones de gotas de agua que recibimos agradecidos.

Estoy segura… era la misma niña que observamos todo el día sin entender…

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