Océano espumoso

De todas las mañanas que tiene el verano debía elegir una, sólo una, para matarlo.

El océano Atlántico en esta zona suele amanecer más calmo y en el correr del día tiene como una furia contenida que va soltando a medida que sube el sol.

Tenía que matarlo. Era un acto de justicia, sin dudas. Y era tiempo de hacerlo porque hasta cuándo podría, hasta cuando tendría las fuerzas y la lucidez de hacerlo? Es difícil.

Crecemos y vivimos con un complejo de eternidad que se te comienza a quitar después de los cincuenta. Y aún pasando por guerras, dictaduras, habiendo visto el hambre y la desolación: no hay caso, lo eterno perdura en tu interior. Lo peor, es que sabes que vas a morir, pero no comprendes ni asimilas que cada diez años, aún viva, serán menos posibles las cosas qué puedas hacer.

Me desperté cada mañana mirándolo dormir, tranquilo, pausado, casi como siempre. Es qué tal vez sólo yo sabia que sus días estaban contados. Sé que todos tenemos los días contados, pero a él le quedaban escasos. Y tal vez, eso me dolía, los últimos tramos serían de puro sufrimiento.

No me justifico: ver sufrir a alguien que amas es parte de la vida. Pero, quién dijo que aceptes la vida tal y cómo es? Me he caracterizado por llevar la contraria en muchos tabúes. Nunca, claro está porque lo estoy escribiendo, como para desafiar la autoridad patriarcal que nos gobierna.

Esto es diferente, pensé hoy de madrugada, puede salirme bien o muy mal. Puedo terminar presa. O cumplir la promesa que le hice hace años y tal vez, ni recuerda.

Le hice tragar un montón de somníferos, dócil y obediente los tomó sin preguntar, ( creo que lo sabe), me dije. Después preparé todo meticulosamente, lo cargué con su silla y lo llevé al fondo de la playa, donde las rocas y la espuma desafían el paisaje.

Aún no despuntaba el sol del verano que suele ser muy tempranero. Mejor, yo necesitaba de esa penumbra cómplice. Lo besé en la boca babeante de enfermedad y somníferos, le dije al oído te quiero tanto que voy a cumplir mi promesa. Apreté los ojos llorando y empujé la silla. No miré hacia atrás, regresé a la casa desandando el camino.

Todas las pastillas que sobraron, unas cuantas porque estaba tan delgado, tan achicado y disminuido que no necesité ni diez, están aquí sobre la mesa. Una botella entera de whisky, un antivomitivo y un montón de fotos.

Cuarenta años casi… en unas horas el agujero negro donde fue tu poquito de vida, recibirá también la mía. Cómo no creímos( nunca tuvimos Fe), seremos condenados y no tendremos ángeles que nos lleven al Edén. Sólo volveremos a ser polvo de estrellas, gotas de océano o nada…

Te amé

Me amaste

Ya fue…

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