Bruja imposible

Que yo era una bruja en una aldea imposible. Que me dejaban abandonada hasta las otras brujas. Que no podía internarme en mis laberínticas pociones porque había perdido la memoria. Que nadie me visitaba, ni los ogros, ni los gnomos, a causa de mi pérdida total de memoria y embrujamientos.

Que mi venganza era eterna. Al no recordar conjuros y maleficios de arte y estudio, comencé con recetas nuevas, despilfarros de la memoria y el desconocimiento que era, nuevecito.

También me había olvidado donde dar y donde recibir. Resultó todo alrevés y las fatalidades me salieron excelentes, las bendiciones resultaron calamidades y los amigos, enemigos.

En fin, que yo era una bruja de una aldea imposible y si el cuento le parece fantástico, espere, usted también se olvida cosas y esto, está sucediendo.

Zapato (3)

Éramos adolescentes con ansias de verano y playa. Éramos jóvenes y diáfanos como el agua que llegaba y se iba en olas constantes. Nos aburríamos y divertíamos con la misma frecuencia y nos desaparecíamos de los adultos cada vez que podíamos.

A las 5 de la mañana nos juntamos ese día, el sol aún no despuntaba, comenzamos a caminar por la playa y a reírnos de nada y de todo. Para cuando eran las 9 ya habíamos parado cuatro veces y la playa más cercana, aún no se veía. Teníamos hambre y sed. Pero decidimos seguir porque la consigna había sido desayunar en el otro balneario.

Cuando lo divisamos nos chocamos con el zapato, una bota masculina. Llena de cascaritas, musgo marino, algas y mejillones.

– Sin dudas ha permanecido mucho tiempo en el agua, dijo Juan

– Algún ahogado? – se preguntó Julia.

– Algún hundimiento seguro – afirmó José

– No, dije y aseguré con una voz que no era mía- este zapato pertenece a alguien que todavía no se ahogó… se va a ahogar en estos días…

Con la sospecha de que estaba loca de remate seguimos caminando. Me quité la campera y llevé el zapato adentro sin preocuparme del olor a sal, marisco y peces que tenia.

Esa tarde nos fue muy mal en el regreso: se desató una tormenta sin aviso y apenas si pudimos regresar. La reprimenda fue mayúscula, los permisos de salidas con el grupo cancelados y la tormenta se quedó en la zona por cuatro días y sin amainar.

Cuando finalmente acabó y recuperamos nuestra libertad nos enteramos del naufragio del velero. Pasaban helicópteros y lanchas patrullando la costa, sirenas y luces, todo el tiempo.

Esa noche nos juntamos a jugar cartas en mi casa. Teníamos que quedarnos un poco más cercanos y tranquilos si no queríamos que los adultos se pusieran otra vez, insoportables.

Jugamos cartas, tomamos unas cervezas, nos reímos de todo hasta que les conté la verdad:

– Ustedes saben que me traje el zapato aquel día… lo guardé bajo candado en el baúl del sótano para que mis padres no se escandalizaran o peor, que lo tiraran a la basura…

Ante mi abrupto corte del relato, mi amiga y amigos detuvieron las cartas y me interrogaron con miradas y gestos…

– No está… que yo sé que suena loco pero no está, desapareció el día del naufragio del velero… vayan a ver, acá tengo la llave del candado!

Y desde ese momento andamos buscando al dueño del zapato que se ahogó antes que el dueño…

Zapato (2)

-Haceme el favor de dejar de joder con esa porquería asquerosa.

Así comenzaban mis vacaciones. Mi madre indignada por un zapato lleno de mejillones, algas, piedritas y cascaritas que, adheridas a él lo transformaban en algo mágico. Y no sé las vueltas que dí para poder quedármelo. Lo escondí en un hueco que tenía la casa que alquilamos ese año.

Mamá solía ponerse de muy mal humor si las vacaciones no resultaban a su medida y ese año, íbamos mal. Un frío terrible en la playa, unos precios de locos en los lugares donde le gustaba almorzar y para colmos, mi padre se fue con su nueva novia y ni pasó a saludarnos. Y mis primos que no llegaban y yo que no tenía con quién compartir mi zapato mágico.

Al final de la quincena ya casi no lo recordaba cuando una tormenta insoportable nos detuvo encerradas. No había otra cosa que hacer, solo jugar a las cartas. Yo ganaba y mamá se enfurruñaba, le hacía prometer cumplir mis prendas y ella aceptaba.

Al final de las partidas mi madre se había terminado el vino, le dije que ya traía mi sorpresa y aparecí con el zapato.

-Mamá, dije solemne, tu prenda es meter la mano en el zapato.

Con cara de asco mamá metió la mano y cuando la retiró traía entre los dedos una medallita con nombre y fecha. Saltamos como si hubiéramos sacado la lotería. Es que yo supuse lo que iba a suceder: mamá se puso a escribir una novela.

Se trajo un montón de libros y se olvidó de todo. Solo escribía y escribía. El zapato ahí, como un florero. Se extendieron las vacaciones y pude esperar a mis primos, que ese verano vinieron con ese amigo tímido de penetrantes ojos azules. Ese que me gustaba tanto y es que yo sabia, el zapato era mágico.

El clima mejoró y papá no sé…él nunca se enteró.

El día del sol que no se fue…

Habíamos contemplado durante meses un Sol de ocaso perfecto de rojo fuego, rojo sangre, rojo de todos los rojos. Y habían predicho sequías extensas y agobiantes. Las provisiones de agua eran ajustadas y los cultivos se fueron secando con celeridad.

Cada familia y cada aldea se provisionaban cómo podían y manteniendo la calma y cooperación pensamos que podríamos con aquella sequedad que amenazaba con quedarse.

Y la vida continuaba a pesar de la sequía angustiante, logramos incluso salvar los animales y algunos cultivos. La camaradería para la higiene y la cocción de alimentos nos hizo ingeniosos y la voluntad de sobrevivir a toda costa nos hizo creer que éramos de verdad, humanos y mejores.

Un atardecer el Sol rojo de meses se detuvo. Quedó colgado en el horizonte como una bola perfecta de fuego exterminador. No sé si fueron minutos, horas, días, porque cuando el caos apocalíptico estalla el tiempo deja de existir.

En pocos segundos los gritos y golpes pusieron a todos contra todos, el terror y el espanto hicieron el resto. Todos querían huir primero.

Todos querían el agua y llevarse alimentos. No hubo mujer ni hombre que no peleara por robarse algo para llevar. Algunos murieron otros, quedaron mal heridos. Los demás se fueron como pudieron. Cuando la aldea quedó vacía y en completo silencio, el Sol reinició su camino y regresó al día siguiente como si nada hubiera ocurrido.

Dicen que la enorme sequía terminó al día siguiente y que nadie logró salvarse, ni encontrarse, ni volverse a ver…

Contar los locos

Contar cuentos con locos, o mejor, vivir entre ellos contando cuentos puede parecer una locura y valga la redundancia. Pero escondido detrás del berrinche, del psicópata, del ser violento, del delirante, hay un otro. Otro que casi siempre, conviene esconder. Por eso yo, a los quince años me hice la loca hasta que a los dieciocho, me llevaron, me dejaron una temporada con ellos, para que aprendiera a no hacerme la loca, y ahí me quedé.

Ellos, los que no son locos, no se daban cuenta que lo que yo quería era eso justamente, dejar de existir para ellos, los normales. Siempre fui una delirante astuta había dicho uno de los cien psiquiatras que consultaron mis familiares. Y ese sí, no se equivocó. Si habré sido astuta que me mudaron ellos, al lugar más deseado por mí: el lugar más oculto de todos, el que ni se nombra, el que es peor que el cementerio, el que tiene menos visitas que la cárcel. Para aislarse, créanme, no hay como un manicomio.

En seguida o casi, no recuerdo, las enfermeras me pidieron que ayudara con la contada de los locos a la salida de los pabellones. Por si alguno se había escondido, suicidado o dormido de más. Al principio fue muy complejo, contaba como los locos y nunca tenía el número real.

Entonces fue que aprendí a ponerles nombres a los números y fue tan fácil como inimaginable. El 401 era un colibrí, el 402 una oruga…me acuerdo del 413 porque era un martillo.

El día que terminé de bautizarlos y cada cual tenía un nombre, ese día me dieron el maldito alta médica y lloramos juntos, a los gritos, entre lamentos y mocos, babas y groserías, porque sabíamos que iba a demorar en volver.

Laberinto y espejos

Era una de esas tardes de sol inocuo, casi lloviznaba. Había que salir, después de todo estaba de vacaciones y quedarme encerrada no era el plan.

Cada vez que mi médico me envía a vacacionar debo enviarle fotos diarias de mis paseos. Es eso o una acompañante, me dijo un día, debo asegurarme que realmente te sirven las vacaciones y no te pasas todo el día en tu habitación de hotel.

No puedo hacerle trampas porque es el único que logra sacarme de mi profunda letanía depresiva.

Así que salí y me fui al laberinto de espejos que era la atracción de esa temporada. Odio los laberintos porque me producen vértigo, siempre creo que moriré sin salir. Pero amo los espejos. Entré pues mitad rechazo y mitad empatía.

Y fui recorriendo y sacando fotos y chocándome y tal vez hasta sonreí en alguna maniobra torpe. A mi alrededor la risa y los gritos burlaban mi silencio.

No pude verme en ninguna foto. Mi imagen no estaba en ningún espejo. Tal era mi soledad…

Mi casa

Quería construir una casa única, un refugio, un lugar para habitar con mis sueños y mis muertos, que son recuerdos y no los quiero dejar afuera.

El disloque fueron las paredes y de qué color el techo, si tendría dos habitaciones y dónde estarían mis libros.

Entonces construí una casa: la única donde nos recordé felices. De las muchas que habitamos en nuestro destino errante era sin dudas, la casa de mi infancia idealizada.

Guardé en el sótano y la cocina el perfume de las ciruelas y duraznos en almíbar de mi madre. En el escritorio y el comedor puse la colección de lapiceras Parker de papá. En la habitación de mi hermano la colección de libros del Oeste que amaba y su rifle de juguete. En la habitación de mi hermana y mía todo su atuendo adolescente y mis ganas de probármelo. En la habitación de mis padres mamá con sus cremas y novelas. En el living un teléfono imposible que tenía disco y manijita. En el comedor los muebles de nogal y la estufa a leña encendida. Arriba junto a mi habitación de juegos, la habitación del » abuelo Tomas», nombre que le pusimos a ese señor mayor escapado de la guerra, que tenía ojos como piedras azules y hablaba poco y mal el español.

Alrededor los pinos protegían todo. Los rosales multicolores adornaban. El enorme perrazo negro con su casa de madera vigilaba el territorio.

Metí después toda mi vida: la adolescencia apresurada llena de ideología, el sexo y el amor, todas mis ganas de escribir. Mis partos y mis desgarros, desgracias y festejos. Mi captura y la capucha, el miedo y mi hermano enfermo.

Después metí mis hijos y llevé mis nietos. Y la casa que era inmensa quedó pequeña porque vino la abuela y trajo su postre de morcillas dulces y la otra que trajo sus ojos grises que iluminaron la estancia entera. Y llegaron mis tías llenas de agujas y novelas. Los tíos con sus herramientas de adorar la tierra. Llegaron todos mis primos y primas, corriendo como en la infancia.

Metí tanta vida… tanta historia, tanta pasión, que la casa no resistió y quedó apretujada abrazada entrelazada para siempre.

Mujer fuego

Piromaníaca de nacimiento decidió encenderse cada vez que se enojaba. Se enojó casi siempre pero no fue por ira su final de fuego.

En su niñez, llena de precariedad y falta de ternura, se enojó y tuvo caprichos que la llevaron a pataletas brutales. Ahí descubrió su poder de fuego.

Después, en la adolescencia, cuando notó que era poco agraciada se enojó consigo misma y con las chicas bellas y quemó a cuanto joven se le acercó.

Adulta y resentida se fue a vivir sola y se incendiaba de cólera cada vez que algo le salía mal, si un gato se le perdía, si una planta se le secaba, si la casa estaba sucia o si el trabajo la agotaba.

Se fue haciendo mayor, una mujer huraña y solitaria que se incendiaba en cólera y fuego con apenas un disgusto. Pero esa noche, una luna bella la tentó a salir de su casa y caminó lento y sin tino; no supo dónde ni cómo apareció aquel hombre oscuro, desgarbado y tranquilo que comenzó a caminar a su lado. Tampoco supo porqué no se enojó, el tipo acomodó el paso al suyo y anduvieron callados, parejos y a buen ritmo por el sendero único del Río.

Después ella pudo encontrar el camino del regreso y el hombre la siguió sin hablarle. Ni se despidieron. Ella entró y él siguió, inmutable.

Al otro día a la misma hora salió a caminar, en la misma esquina el mismo hombre se le unió. Caminaron de nuevo sin hablar y emparejaron los pasos. Y volvió ella a su casa y el hombre siguió su camino . Así comenzó la historia que duraría meses, invariables caminatas y nada más, silencios cómplices, pero las sombras de ambos iban cada vez más unidas.

La noche que la miró sintió que el incendio era otro, el día que la besó se sintió quemada viva y la tarde que él entró a su cama y la amó, ella ardió con tal intensidad que sólo sus cenizas halló el hombre a la mañana siguiente.