La puerta

Qué época terrible para amarse de esa manera. Qué pasión desmedida que no debió ser. Qué escándalo hubiese sido, la vergüenza de ambas familias y el destierro social para ambas.

Por eso siempre se mantuvieron cercanas, mejores amigas, compañeras. Tragaban las ansias de tocarse, besarse, abrazarse. Lo disimularon por años.

Cuando llegó el tiempo de casarse, lo hicieron apropiadamente. Estaría todo más o menos arreglado? No lo sé pero,en esos años 40 era muy complicado para una mujer liberarse del yugo social y familiar. Tal vez fue pura estrategia femenina…

Tuvieron sus hijos, los cuidaron hasta con excesos, ayudaron a que sus maridos progresaran económicamente y se fueron a vivir a casas contiguas. Lograron incluso que sus amigos, hombres simples de trabajo, fútbol y alguna copa, fueran amigos.

Cuando los hijos comenzaron a estar cada vez más llenos de estudios y los maridos engordaban tranquilos, hicieron la puerta por donde ambas casas se comunicaban.

Por esa puerta pasaban su amor cada vez que podían. Esa puerta las liberaba, pasándola se permitían ser, amarse y olvidar.

Y cuando ya viejas y viudas se quedaron solas, a nadie le extrañó que la puerta quedara definitivamente abierta. Se cuidaron y amaron en la vejez como nunca habían podido. Las viejas, a ojos de los demás, son seres asexuados, por eso, las dejaron libres…

Juego de té

Cuando la señora Robinson le regaló el juego de porcelana para el té, Rosalía tembló, lloró y agradeció como un mendigo famélico frente a un pan.

Ella venía del campo, tierra arada con su sudor y regada por sus lágrimas. Mientras cultivaba la tierra del señor Robinson, soportaba la horfandad como podía. Sus hermanos la dejaron al cuidado de los dueños de las tierras una vez que los padres murieron.

Y Rosalía aró, sembró y lavó pisos y ropas, llorando por los rincones las embestidas de los niños de la casa como podía. Cada noche trancaba la puerta de su cubículo pero cuando los mayores tuvieron fuerza, la derribaron y ya nada más pudo hacer.

Mientras lloraba y trabajaba descubrió que también podía coser y se ilusionó con hacerse un vestido, no tenía ninguno. La señora Robinson le fue proporcionando telas e ideas, que al fin y al cabo, tampoco estaba de acuerdo con sus hijos mayores, pero no se enfrentaba ni al padre ni a ellos.

En un año de sacrificios fuera de hora, Rosalía tuvo una profesión como para huir a la ciudad y la señora le dio el juego de té de su abuela. Era lo único que nadie extrañaría. Rosalía partió en la madrugada con sus trapos e ilusiones, cuidando el juego de té más que la vida que latía en su panza que ya era casi obvia.

La señora Robinson la bendijo y rezó horas y días para no volverla a ver.

Martha duerme sola

Desde niña y a pesar de sus pesares, decidió dormir sola. Y ni una sola vez durmió en un campamento escolar. Siendo como era simpática, buena alumna y mejor compañera.

– No compartiré mi sueño ni mi cama con nadie…ni siquiera la misma habitación.

Me llamaba la atención que soportara estoicamente todo tipo de burlas e insinuaciones. La admiraba por tomar esa decisión y mantenerla.

Pero llegó la Universidad, su vida lejos de complicarse, se liberó. Tenía dinero suficiente como para dormir sola, sin dudas. Pero llegó el amor y fueron muchos, montones de amores.

– Nunca me quedé a dormir con ninguno- dijo solemne y le creímos, porqué no?

Después le llegó el otro amor, con mayúscula, anillo y promesa de casamiento. Y la vimos casarse y la vimos feliz. Y ya nadie le preguntó nada, era obvio que había encontrado con quién dormir.

Dejamos de vernos casi por veinte años. Cuando nos reencontramos la alegría fue mutua. Seguía luciendo su sonrisa transparente y un cabello hermoso. Tenía cuatro hijos y su cintura no lo denotaba. Cuando se lo dije me hizo un guiño:

– Es el secreto de dormir sola…

– Pero – asombradísima pregunté- cómo es eso? Y tu marido?

– Acuerdo prenupcial- me aclaró tomando un largo sorbo de vino.

– Y tus hijos? No…?

Nada, me explicó, los hijos se habían acostumbrado a las habitaciones contiguas. Y en su mundo, era normal.

Después cuando su vida casi tocaba el ocaso, me confesó que se había enamorado como una adolescente de un pintor de vanguardia. Que hizo lo inconfesable por no traicionar a su marido pero la pasión la pudo. Arrebolada de rosa su cara, en nuestra última charla, en un susurro me confesó:

– Me dormí… si, si, yo me dormí esa noche! En su cama, en sus brazos… es de locos lo que me ha pasado… y a esta edad.

Nos escribimos por años, mi viaje al Sur nos separó por segunda y última vez. Nunca más me habló de esa aventura que no sé cuánto duró. Un infarto la sorprendió en su cama y la encontraron casi veinticuatro horas después. Sola, claro.

Me dejó algunas pinturas que debo de ir a recoger y aún no junto el coraje…

Lento

Se viene lento el tiempo del olvido,

la sensación del río viejo que camina sin apuro.

Se anuncia hoy un otoño que llegará inexorable

como tu muerte o la mía…

Sin estar ni perecer sin entender nada

con pasos lerdos nos iremos.

Este viejo cauce de agua que nos mira

se irá también con nosotros.

Y ya no será nuestro paisaje cotidiano

será de otros, nos dejará partir.

Y el tu y el mi será también de otros

y las sombras y las piedras,

el amor y la ventura,

la pasión y el olvido.

Pero tal vez siempre esté el viejo río

corriendo o pasando durante otros tiempos

que no serán los nuestros…

Sin dudas, no será nuestro!

Las inadaptadas

Adónde viven las de otro mundo?

Dónde vivimos las que no nos adaptamos

y menos aún, no nos resignamos?

Dónde está la casa de las soñadoras?

Dónde habitan las transgresoras?

Y las locas de mierda que no quieren?

Las histéricas que no se callan?

Y las que no se dejan?

Y las que nos hacemos las locas?

Las acusadas con el dedo?

Las tímidas y retraídas?

Las que sienten hasta vergüenza ajena?

Las desvergonzadas viven con las tristes?

Las impávidas viven con las apasionadas?

Debe de haber una casa donde viven

las mujeres inadaptadas, las que discuten

y no escuchan

O escuchan pero no oyen.

Quiero vivir con todas ellas,

en sus metros cuadrado de anomalía

en sus cubículos llenos de brebajes

en sus valientes guaridas

de disociación

en su alienación

en su lejano sitio

de otro mundo.

Fuga y misterio

El arroyo era pequeño, apenas se insinuaba pero para nosotras, era el límite. Los límites siempre tienen algo de misterio y por eso seguramente queríamos pasarlo.

Los misterios casi siempre dan miedo y si hay que escapar, doble miedo. Era nuestro caso.

Un día entró en el arroyo la pequeña y dijo que era demasiado frío, que imposible…Al otro día fue la madre y apenas se mojó los pies, aseguró que era fangoso, qué asco…Mi hermana dijo que ella en esa agua turbia no pasaría y yo mentí, dije que había visto víboras.

Así fue creciendo el miedo y el misterio. Y nos parábamos horas mirando y preguntándonos qué habría del otro lado. Nadie había ido nunca, ni se veía nada…

Fue un día cualquiera que alguien propuso, entremos todas juntas. Y fue así que lo cruzamos. Avanzamos temerosas y después nos reíamos de los nervios. Pie con pie, mano con mano.

Cuando terminamos de cruzarlo no lo podíamos creer. Estábamos al fin del otro lado…

Aquí estamos, del otro lado, pensando si regresamos o nos metemos en la espesura del monte, otro misterio, otro miedo, por ver vivir correr….

Mirada

Esa mirada…

perceptiva? intuitiva? veraz?

Esa forma de ver verme vernos

es de acá? de allá? de dónde?

Metáforas habrá

para tu mirada

pero para mí, sólo siembra preguntas…

Es un mundo desconocido?

Es un ser que no sos y mira desde otro lado?

Es un algo inexplicable lo que veo detecto intuyo?

Qué esa forma de ver no es trivial…

Qué nadie notaría tu edad…

Qué nadie comprendería tu profunda inocencia …

Qué nadie vería tu sabiduría precoz…

Qué nadie podría entender que ves…

Qué nadie podría ni podrá olvidar tu mirada, jamás…

Qué tus ojos ven y no dejan de observar cosas que los demás, no…

Tu mirada

qué puntada a la vida,

qué aguja anti dolor,

qué curita para el alma,

qué esperanza a la locura,

qué locura de esperanza tu mirada…

Puentecito

Digamos que ese pequeño y desbaratado puente había significado mucho en la vida de los abuelos.

Gente de chacras, peón él y cocinera ella, se habían ennoviado jóvenes y sus primeras citas fueron en ese puente. Por aquellos días todavía era de madera. Después lograron casarse porque el abuelo heredó una pequeña parcela de tierra y un par de vacas lecheras. La abuela cambió su oficio, lavó ropa blanca para las señoras de la ciudad que reclamaban lavado planchado y almidonado » como Dios manda».

Los hijos les fueron naciendo, cuatro en total y los domingos pasaban las tardes en el puente porque la pesca, fue el único entretenimiento que se permitió el abuelo y lo compartían en familia.

Quién sabe qué esfuerzos hicieron pero lograron que sus hijos estudiaran. Incluso los dos menores tuvieron buenos oficios. Todos grandes y trabajadores, decían los abuelos con orgullo. Y se casaron todos » como Dios manda», por suerte, suspiraba la abuela mientras se hacía tiempo para cuidar y acunar los nietos. Fueron nueve en total.

En el puentecito los nietos y nietas aprendieron a pescar con el abuelo y con la abuela, a comer tortas fritas. Y siguieron siendo domingos de puente y familia.

El puente ha cambiado, la vida también. Se han puesto viejos, algo sordos, tienen problemas de salud. Los hijos y nueras trabajan mucho para pagar el todo que tienen y los nietos estudian o trabajan. Empecinados en seguir en la pequeña parcela, la vieja casita y cerca del puente, quién podría cuidarlos? Imposible!

Ayer se tiraron juntos. Hoy encontraron los cuerpos. Ella de vestido blanco y él, de traje. Estallaron los titulares que hablan de demencia senil…

A mí, que supe ser cercana, me parece que prefirieron salir los dos juntos al encuentro de la muerte, desde el mismo lugar donde les nació el amor… De otra forma, hubieran tenido que esperarla y quién sabe dónde…no aceptaron la condición «como Dios manda».