Canasto vida

Mi madre guardaba su vida en un pequeño canasto de mimbre que contenía su todo.

Ahí dentro estaba la flora y la fauna más exótica y también la más autóctona

Lleno de perfiles masculinos y figuras femeninas

Habían detalles tiernos y otros, inverosímiles.

La cadena de colores y texturas anidaban y se enredaban o deslizaban a su antojo.

Según el pulso de mi madre latía en la aguja la textura de la vida que saldría del canasto.

La vi por tanto tiempo días meses años vivir apegada a ese canasto que siempre supe que ahí estaba ella.

No podía dejarlo ni por una tarde.

Era parte esencial de su equipaje.

Cuando se enfermó y aconsejaron internarla, me olvidé de llevarlo.

Por eso mamá aleteó triste su muerte, no tenía su canasto para esperarla tejerla entenderla.

No pudo enredar como buena araña tejedora,su presencia y ella, se la llevó sin su esencia

El canasto vida durmió por años su ausencia hasta que decidí que era hora de dejar de mirarlo y buscar a mi madre en su interior.

Qué tiene de malo

Nunca supe qué tiene de malo hablar con y para la muerte. Qué tiene de malo imaginar que llega hoy o esta noche o mañana. Quitarle lo trágico. Saber que está cerca, más cerca que ayer. Es una obsesión me dicen.

No es más obsesivo sabiendo que es nuestro destino final evitar hablar de ella como si no existiera?

No es ridículo pensar que está lejos lejísimos y que siempre habrá tiempo para vivir?

No va a haber tiempo, siempre te va a faltar, a los cuarenta y a los ochenta. No hay tiempo porque nunca alcanzan los crepúsculos siempre querrás uno más. Un día más te da una oportunidad más.

Qué pena que para lidiar con la idea, tienes que estar gravemente enferma.

Pero a mí me encanta hablar de la muerte. Siento que es una parte de mí que no conozco y que no quiero olvidar. Para ir bebiendo la vida intensa desmedida despreocupada necesito hablar de la muerte como eso que, inexorable, tengo cada vez más cercano.

Encubierto

El subconsciente te trabaja en encubierto.

Ni te imaginas cómo y dónde te asalta y en una. palabra, una duda, una pregunta, aparece.

A los ocho años ni sabes de abusos, no lo saben las niñas abusadas y las que no lo fueron. Cuando pasa, ni sabes que fue que te hicieron, ni se te ocurre contarlo.

Porqué no lo contas si tenes una madre amorosa, una hermana mayor confidente. Entonces tenes ocho pero sabes que hubo algo malo. No lo contas porque te tocaron lugares íntimos y te da vergüenza. No lo contas porque te tocó y te gustó. No lo contas porque es tu tío, tu padrino o tu primo mayor.

Y a los catorce, cuando ya te sabes el cuento completo del sexo, queres contarlo y no sabes cómo. Y si te animas y lo cantas despiertas ciertas reacciones inolvidables:

a) tu madre a su vez te cuenta que le sucedió lo mismo con su propio tío ( si a ella le pasó porqué no habría de pasarte a vos y después de todo ni es tan grave)

b) ni te escuchan ni te creen ( o no quieren o no pueden)

c) se indignan con vos y te hacen sentir culpable

f) te golpean o insultan haciendo que te sientas puta y re puta por primera vez en tu vida

Cualquiera de esas opciones dejará huellas indelebles sumadas al abuso anterior. Con el tiempo te darás por satisfecha, habrás enterrado los recuerdos. Incluso con el paso del tiempo logras ocultarlo tan bien que en fiestas o reuniones familiares, te muestras cariñosa y amigable con el abusador.

“ Todo queda en familia “ reza el dicho y tú lo acatas. El encubierto trabaja desde su lugar y un día tal vez te toque evitar eludir esconder a otro abusador. Al de tu hija o tu nieta.

O tal vez el encubierto, tu subconsciente, te haga ver muchos abusadores todo el tiempo, o te sientas indefensa siempre o una agresividad espantosa sea tu reacción ante un mínimo roce.

Dicen que obramos más por el subconsciente de lo que creemos, todo es una especie de cadena de efecto dominó por su culpa. Ahí estás niña abusada, adulta y sin entender entenderte entenderlo al encubierto.

El que trabaja en encubierto, tu subconsciente, te dirá toda la vida qué fue que sucedió y sin querer, serás lo que serás desde ese día hasta hoy, gracias y por su culpa. Amén…

No voy a hacer nada

No voy a tomar nota…

ni a sacar cuentas, ni a describir escribir diseñar el nuevo año. Ni siquiera voy a intentar razonar sobre lo que, supuestamente, voy a hacer. Nada. Voy a ir por primera vez un día por vez, digo día a día, noche a noche; momentos, instantes…

Lo que dura tu sonrisa…

Lo que demora tu abrazo…

Lo que tarda tu llamada…

Y a partir de este certificado especial me declaro en huelga de pensamientos en cuotas, de anticipo de tiempos a plazos, de especulación horaria a crédito.

Todo lo que diga o haga será al contado rabioso del día,noche o tarde que suceda. El presente es el único momento válido en mi vida. Y será vivido con la alegría motivación emoción intensidad que merece o sea, total.

Salud, brindo por derrotar el pasado y dejar de prevenir el futuro!

El libro en la tumba del manicomio

Enterré a mi hermano en el loquero, residente eterno del lugar, con un libro que escribimos con los locos y las pastillas acumuladas que escondimos desde que regresó enfermo.

Mi hermano , hermoso loco con sed de pájaro, en uno de sus vuelos mojó sus alas y tiritó de frío por días. Cuando finalmente lo encontraron su vida se estaba yendo con el aire triste de sus pulmones permeables.

Tiempo atrás me había “ hecho la loca”, me intoxiqué con pastillas tantas veces que mamá aceptó con horror que me ingresaran también. Yo sólo quería estar con él. Hacia años que no estábamos juntos.

Cuando me ingresaron corrí a buscarlo, lo abracé y me miró con cara de hermano mayor, cómo hacía mil años nadie lo hacía y decidí quedarme. De vez en cuando hacía algún escándalo para mantener mi residencia en la casa de los locos.

Cuando todos se acostumbraron a verme y lograron entender que era la hermanita del gran Orlando, comenzaron a cuidarme contarme escucharme.

Orlando mi hermano era un loco admirado.Sus eternos delirios de fuga, su fuerza descomunal y la lucidez de su esquizofrenia lo mantenían a nivel de líder natural. Lo querían y respetaban.

Para mí fue fácil adaptarme a la casa de los locos, podía cruzar el patio y ver a mi hermano y sus amigos cada día. Cuando descubrieron que escribía, incluso llegaron a entender que había publicado Libros, se reunían en mi alrededor y no dejaban de contarme pedirme dictarme cosas de sus vidas. Mi mano intentaba registrar y escribí sin cesar por seis meses, un caos de anécdotas inverosímiles que parecían pesadillas. El libro iba tomando forma, la forma cruel que puede tener adentro del manicomio.

Cuando mi hermano sin aviso previo desplegó su vuelo fugitivo, lloré en silencio y todos me rodearon. Me convidaron con sus pastillas y moquearon conmigo. Nos levantábamos al alba para verlo regresar.

Por rebeldía y protesta comenzaron a darme sus pastillas y yo las guardaba. Al mes tenían la coherencia para organizar una fuga y salir a buscar a Orlando conmigo.

Cuando estaba casi pronto el escape nos avisó un enfermo que mi hermano estaba internado en enfermería. Y comenzamos a peregrinar para visitarlo.

Supimos que estaba muerto antes que dejara de respirar, su cuerpo mustio, sus alas vencidas, los ojos sin brillo, la fuerza derrotada.

Cuando lo enterramos el cortejo de locos conmigo adelante moqueaba y lagrimeaba con genuino dolor. Enterramos al gran escapista.

En la tumba de tierra pusimos el libro y el arsenal de pastillas coleccionadas y vimos cómo la lluvia mansa regaba todo.

Nos escapamos esa misma madrugada y nos alejamos de prisa, sin volver la cabeza. No podíamos saber que la tumba florecería.

Inevitable

El olvido nace y crece porque se trabaja sin descanso en provocarlo…

(la suerte también se lo propone)

la polvareda de los vientos locos

el desgaste de los huesos

el descreimiento en una misma

la efímera y tardía vida consciente

la necedad

la abulia

la apatía

el egoísmo

la compra compra compra

lo trivial y lo pegajoso

la necesidad de ser simpática

agradable agradecida cuerda

la opacidad de ser una misma

la melancolía

la desmemoria

las trampas propias y ajenas

… todo eso y un poco más, seremos parte del olvido que dejamos y no supimos prevenir.

A veces

A veces

Me resigno, apago la luz,

me alejo, no protesto,

ni cerca de confrontar

ni lejos de huir

Es sólo una vivencia

silenciosa

donde se me ocurre que lo mejor

será delegar a la causalidad

lo que deba ser y será.

Me resigno y sin sonidos

vivo el tiempo que necesito

para aclararme, comprender,

enduelarme sin testigos.

Sí , a veces hay que resignarse al caos

a lo injusto, a lo que no puede ser,

confiar en que de una u otra forma

las piezas imantadas volverán

se arrimarán y se alinearán.

El desorden generará otro orden

pero es necesario, algunas veces,

esperar con resignación

ese tiempo y ese lugar

que nos hará confiar otra vez.

Hay veces en que esperar y resignarse

te permiten recargar la energía

del ave fénix y la comprensión

sin odios.

Ciudad Perfecta

Ni un solo hueco en el asfalto brillante de Ciudad Perfecta, así se llamaba. No sé si la conocieron, tampoco voy a pretender que crean en mi historia pero, sucedió.

Ciudad Perfecta tenía el orgullo de ser limpia, tranquila y lucir parques, plazas y calles intachables. Sus ciudadanos esmerados en su mantenimiento, la cuidaban de día y de noche para que nada ni nadie, sobre todo nadie, les arrebatara el título de tener la ciudad más perfecta del mundo.

Hasta que una mañana tempranito, alguien descubrió el bache en la Avenida Principal. Qué digo bache, era un hueco enorme y tremendo que separaba al asfalto brillante en un círculo enorme.

Así,de la noche a la mañana apareció y se instaló en silencio como suelen hacerlo los boquetes tramposos. Y su descubrimiento por un guardia tempranero originó una alerta general.

Mientras las autoridades organizaban el arreglo inmediato se tejían todo tipo de deducciones sobre el suceso. Alguien dijo qué tal vez un turista de otra ciudad, por envidia, había venido a destrozar Ciudad Perfecta. Como suele suceder con los comentarios, por tontos que sean, los fueron repitiendo como una lección y toda la ciudad, los creyó.

Al final de ese día la avenida había sido reparada y lucía perfecta, como debía ser en Ciudad Perfecta. También en el atardecer de ese día los turistas fueron invitados a retirarse de la ciudad. Algunos protestaron pero fue inútil, debieron irse porque los vecinos y autoridades los acusaban de sabotaje a su hermosa ciudad.

Desde ese día la Ciudad Perfecta no recibió más visitantes. Tan preocupados estaban que cerraron la carretera y sólo permitían el paso a aquellas personas que seguían su camino sin quedarse.

Colocaron guardia permanente en la Avenida Principal y extremaron la prolijidad y durmieron tranquilos hasta que volvió a suceder. Otro enorme boquete apareció de la noche a la mañana en casi el mismo lugar que la primera vez.

La situación desbordó los ánimos. No había turistas esa noche.

Será posible que el saboteador sea una vecina o un vecino?- se preguntó alguien en voz alta.

La pregunta fue lanzada al aire de la ciudad, las bocas la repitieron y las orejas la oyeron.

Mientras un equipo de trabajadores, los que habían cerrado el bache la primera vez , fueron sancionados por hacer mal su trabajo, otro equipo se ocupaba del nuevo buraco siniestro.

-Vigilancia permanente y redoblada y ay del que se duerma! – gritó el jefe de todos los jefes.

Todos respiraron hondo, aliviados, se fueron a dormir tranquilos pero, ya no lograron hacerlo. Todas y todos comenzaron a espiarse. Todas y todos desconfiaban de los demás.

La vida en desconfianza es muy difícil. Nadie creía más en nadie y la buena vecindad fue ganada por esa sensación extraña de que todos y cada uno de los habitantes podía ser el que hacía los huecos de la Avenida.

Sin más turistas, sin más confianza y espiándose,vivieron el tiempo qué pasó antes que apareciera el último gran gran hueco.

Ahí sí terminó de estallar el caos. Fue el gran hueco que se llevó todo, los habitantes, las mascotas, las casas, los parque y la absoluta perfección que existía.

Porque cuando apareció ese tercer y último hueco, los insultos, empujones, golpes y reprensión reinaron en las calles y casas. No hubo más un minuto de tranquilidad y ni taparon el hueco enorme que tal vez creció hacia afuera o quizás, hacia adentro. La cosa fue que Ciudad Perfecta desapareció y sólo nos llegó el rumor por algún turista que estuvo y nos lo contó.

Ustedes no tienen que creerme pero una vez existió una Ciudad Perfecta que desapareció en un bache.