Mi blog

María Luisa de Francesco una argento uruguaya. Escribo para mostrar, revivir y exorcizar. Escribo para divertirme y divertir niñas y niños. Para pensar escribiendo. Si alguna de estas letras lo logra, habré hecho algo útil. Gracias 😊

Lydia

Se levantó a las 5am como desde hacía años para comprobar la temperatura del agua, tomar un jugo, ponerse el traje de baño, estirar los músculos y dejar caer el cuerpo en la piscina climatizada de la casa donde vivía desde los cinco años. Lentamente fue nadando hasta estirar bien los músculos y tomar ritmo. Una hora de natación diaria, su momento favorito del día y de esa casa que, nunca pudo considerar propia. Sabía que de acuerdo al testamento de su madrastra, doña Lilian, sí lo era. Sabía que don Mauro, el esposo muerto, le había dado su apellido por exigencias de su madrastra. Sabía que le pertenecía porque su madre biológica, se lo había contado antes de morir. Don Mauro era su padre.

Cuando Carmen, su mamá, murió se la encargó a doña Lilian, le dejó una carta. Y ella se hizo cargo de todo. Del papeleo, de llevarla e instalarla en la gran casona como una hija más, de obligar al marido a reconocerla. No fue una madrastra cariñosa pero no escatimó gastos con ella, no estableció diferencias con sus hijos propios, dos varones y una mujer, y le dió a Lydia todas las oportunidades para crecer, estudiar y viajar tanto como jamás había soñado.

Cuando don Mauro murió y los hermanastros se alejaron por estudios y por sus posteriores casamientos, Lydia tuvo a doña Lilian para ella sola. Se transformó en su secretaria, su dama de compañía y su confidente. La acompañó en las finanzas, en los viajes y en las presentaciones de productos de la fábrica. Cuando inauguraron la piscina climatizada de 25 metros de largo, buscaron un profesor de natación. Lydia aprendió rápidamente y doña Lilian la impulsó a desarrollarlo como deporte.

El profesor era un joven castaño de curiosos ojos azules y sonrisa franca. Fue de los pocos hombres que Lydia deseó pero no se animó. Tuvo novios y amantes, su madrastra no la inhibía para nada, tuvo bailes y parrandas. Pero nunca se enamoró como para considerar casarse. Su vida era plena, le gustaba su trabajo, su casa y amaba a su madrastra. No le faltaba nada, pero el profesor de natación… le había movido algún resorte interno y sin embargo, aún cuando él se insinuó, no pudo o no quiso.

Esa mañana y la anterior se había levantado con jaqueca. Tal vez ya son esas cosas de la menopausia, opinó doña Lilia que ya no bajaba a la piscina. Lydia ya tenía más de cuarenta y su cuerpo aún conservaba la turgencia juvenil.

Esa mañana se deslizó en el agua como siempre, la puntada en las sienes no la detuvo. Iba dando brazadas suaves cuando lo vió debajo de ella, nadando boca arriba, guiñando un ojo cómo hacía veinte años. Rápidamente llegó al borde y se quitó las gafas. Había un gran silencio como siempre a esa hora y la piscina era un plato de agua transparente. Se colocó de espaldas y nadó con elegancia, la cabeza apenas le dolía ya, respiró aliviada y en la segunda piscina lo volvió a ver, nadaba en el otro carril, brazada a brazada con ella.

El dolor se agudizó, la cabeza le estallaba y sintió ese abrazo masculino, ese beso que demoró veinte años, sintió tal placer que se orinó en el agua y ni cuenta se dió que la muerte era inminente aunque la llevaba con figura de profesor de natación.

El complejo de Drácula

Sé que muchos conocen la historia que como tantas, fue contada romántica e ilusoria, porque las verdades más simples hay que llenarlas de metáforas.

Drácula no era ningún conde, su madre sí lo fue, enamorada como loca de un albañil de su palacio concibió al niño que luego inmortalizó la historia de los vampiros.

La condesa embarazada de un albañil era un desastre nervioso, esposo no tenía, era viuda desde hacía un año, un real caballero para que cubriera el embarazo como buen esposo, no encontró y para colmo de sus males, el albañil desapareció una noche sin dejar pistas. Sumida en la tristeza se encerró en su castillo, intentó ocultar su vástago que nació y lloró como otros tantos. Despertó en cierta forma el cariño de su madre, fue un bebé casi feliz y tuvo dientes normales.

Cuando cumplió tres años encontró a su madre en un charco de sangre, se había suicidado, su honor perdido junto al albañil y su hijo, un bastardo de la realeza. Fue tal el dolor del niño que besó a su madre muerta y se fue bebiendo su sangre. Lo haría de dolor o de hambre, porque era un pobre niño sin atención alguna desde que su madre se mató.

De ahí en más juro venganza, lo apartaron, lo llevaron de casa en casa, a cuál más pobre, lo golpearon y humillaron. Hasta que a los veinte años logró recuperar el viejo castillo de su madre, se compró el título de Conde y empezó la leyenda del vampiro. En realidad era un insomne permanente y su complejo de Edipo era tan grande que dormía de día en el sótano junto a la cripta de su madre muerta.

Lo de beber sangre tal vez sea cierto, pero lo que sí fue verdadero, eran sus vides famosas y un vino tinto espeso que hacía él mismo en sus sótanos y que bebía toda la noche para poder dormirse.

Que sedujera a las mujeres es bien posible porque su padre, el albañil, fue un bello hombre que enamoró a muchas mujeres de la corte.

La cruz, el ajo, los cazadores de vampiros fueron necesarios para poder seguir contando desde ayer hasta hoy las historias de vampiro que lo embanderan como Conde Drácula.

Mito de hombre lobo…

…era igual al mito y la leyenda y la película. Cuando llegaba el viernes de Luna llena el tipo se levantaba y se iba a las calles. Entre sombras le crecían los colmillos depredadores, las garras asesinas y los ojos lujuriosos. Se vestía de negro.

Su mujer quedaba dormida y ni sabía que el animal de su marido andaba por la noche, aullando y mirando la luna, comiendo cualquier cosa y tirando dentelladas a las jovencitas.

Al amanecer el hombre lobo volvía y se bañaba, prolijamente se acostaba y hasta la próxima luna llena del siguiente mes, se portaba como un señor cariñoso y cuidadoso.

Así anduvo haciendo el ridículo algunos tiempos, alguien escribió su historia y le inventaron más víctimas de las que hubo. Agigantaron su fiereza, dijeron lo que no vieron y el rumor creció con el espanto, porque suelen ser casi lo mismo.

Su mujer un día sábado despertó, le vió los pies sucios, encontró un pelo negro en la cama, entendió todo mal, hay mujeres muy cautelosas, se dedicó a espiarlo.

Pasó un mes casi entero sin dormir, espiando y fingiendo, algunas mujeres pueden hacerlo, hasta que vio la evidencia un viernes de Luna llena: su marido era el hombre lobo.

Con paciencia y sensualidad inusual ella se disfrazó de loba y salió a la noche a perseguirlo, lo atrapó entre sus garras, le gritó un par de aullidos, lo mordió en la oreja y zaz!… el hombre lobo volvió vencido y enamorado a dormir con su loba…

Desde esa noche, cada viernes de Luna llena aúllan bajo su luz, asustan a algún desvelado, se burlan de las leyendas y beben vino mientras hacen el amor como loba y lobo, sedientos…( lo demás es puro cuento)

Mujer arena

Era toda ella un ser de arena, infinita, escapista, eterna. No tenía edad, era siempre igual pero distinta, valga la paradoja.

Había sido, según contaban pero nunca lo creí, madre y esposa fiel, cuando la conocimos era soltera y de edad indefinida, trabajaba con manos de artista cuadros de bajo costo. Era ser de playa, siempre estaba ahí o allá, cada verano, y nadie sabía dónde estaba en invierno. Pintaba todo el día y al atardecer, bajo la media luz del ocaso, vendía sus cuadros de tamaños diversos, a los turistas.

Hablaba con todos o a veces, con nadie, puede ser lo mismo. Era indefinida y triste, también solía cantar mientras ofrecía sus cuadros.

Con los años se transformó en la atracción de la zona, no por desearlo sino porque sí, porque en realidad era enigmática y atrayente.

De noche bajaba a la playa y nadaba. Una hora o dos jugueteaba con eso de ser sirena o pez. Nadie osó nunca molestarla.

Tenia una voz con sonido de arpegio musical impreciso y una cabellera extensa que cubría sus faldas coloridas. Una mujer con semejante misterio puede pasar desapercibida o por el contrario, hacerse famosa sin hacer demasiado. Fue este el caso de la mujer Arena, nunca le conocimos otro nombre y así firmaba sus cuadros. Los amores se los llevaba de noche a la playa cuando jugaba en las olas. Pero eso decían porque de verdad, nadie supo el nombre de ninguno de los amantes que le inventaron.

Cuando amanecía en la playa, tendida sobre su propia falda, parecía tener en su cuerpo una energía de soles y lunas que la embellecían sin que ese fulgor se entendiera.

Qué misterio esa mujer Arena, dejó un montón de cuadros, un montón de polleras coloridas, miles de rumores sin comprobar, un seudónimo que como ella era extraño y una vida pasajera, como la arena misma de esa y de otra y de todas las playas del mundo que conocemos.

Viajes

Él se iba, yo era pequeña, lo entendía en mi medida. Se iba, estaba meses sin verlo. No sé si lo extrañaba, amaba dormir en su lugar de la cama grande. Amaba tener a mi madre para mí.

Cuando se iba sus viajes parecían velorios para mí mamá, lloraba escondida por los rincones, íbamos a despedirlo a la estación, porque los trenes existían, ella regresaba derecho a la cama, se acostaba y se levantaba como autómata durante semanas. Ambos se escribían semanalmente.

Cuando él regresaba la casa era de fiesta desde unos días antes, todo limpio, prolijo, el menú estudiado y las compras realizadas. Nuevamente ir a la estación pero con los brazos abiertos, para abrazarnos, para desear no separarnos, para estrecharnos.

Cuando crecí y viajamos juntos por el vasto territorio argentino, me di cuenta los largos caminos que mi padre hacía solo. Aún así no pudimos viajar siempre los tres y la estación de trenes seguía recogiendo despedidas y reencuentros. Angustia y felicidad.

Cuando papá decidió hacer su viaje sin retorno así, tan joven, yo me empecinaba en ir a la estación y miraba llegar los trenes. Tenía suficiente edad para entender la muerte pero me consolaba ver llegar a otros y verlos abrazarse a su familia.

Mi padre me enseñó a viajar, mi madre los caminos de la espera. La estación fue y es una casa de felicidad que me recuerda los abrazos imprescindibles qué hay que darle a los que se van o regresan, siempre.

21 de marzo

…alguna que otra hoja ocre ya anda por las veredas, suicidas y nostálgicas, anunciando el otoño, pobres hojas…algún día de enero fueron el refugio del sol agobiante, hoy andan por mi vereda…y la tuya, huyendo del furor piromaníaco de las vecinas y sus escobas…y mi madre se va siempre sobre la alfombra apenas amarilla, cada vez que llega el otoño…

La bruja del lugar

Que yo era la bruja del pueblo. Que era y exorcisaba demonios mientras dormía. Era una bruja reconocida. Pero solo podía ejecutar conjuros y profetizar en sueños, mientras dormía.

Usted venía y me pedía algo. La bruja, o sea yo, podía o no. Nunca mentía, pues era bruja muy sincera.

Pero tenía que poder dormirme y soñar su problema. Resolverlo o conjurar para ayudar o para maldecir. Si lo lograba, le daba garantías y en ese momento, cobraba mis servicios. Si no lo lograba, usted no pagaba nada y seguíamos intentándolo.

En ese mundo onírico solucioné amores y maldije y escupí, no tuve piedad y ellos conmigo, tampoco. Hubo fatales pesadillas donde resulté herida y desperté sobresaltada

dando maldiciones. Pero hubo sueños casi amorosos que me levantaron con una sonrisa.

Hubo sueños imposibles y otros, reiterados y persecutorios.

Lo mejor fue soñar con el día y la hora de mi muerte. Y supe que era cierto. Y me dormí para esperarla. Y vino.

Pero lo bueno fue que de tanto probar sueños no solo pude escaparme un par de veces sino, lo más importante, pude burlarla para nombrar mi sucesora. Para hacerlo tuve que reunir todas mis energías e hice lo que nunca: me metí en su sueño. La nombré heredera de todos mis sueños y la hice dueña de mis profecías.

La bruja del pueblo ha tenido una hija, gritaron todos en ese lugar, despertaron y sonrieron felices. Era la primera vez que el pueblo soñaba conmigo. Y salieron a festejarlo. Y no pude ver más nada porque la Muerte, metida en mi sueño, me dijo que era mi hora.