Sembradora de libros

Vivía en las afueras de la ciudad, se rodeaba de plantas que crecían por doquier. Vivía sola y siempre estaba arreglando plantas, regando, curando, quitando insectos o plantando nuevas.

La casa era de barro y tenía el aspecto de casa de cuento. Lo que más sembraba eran libros.

Al principio la consideraron una extraña, una rara, una anciana chiflada. Hasta que comenzó a regalar macetas con libros plantados y cada quién tuvo el suyo, justo el que necesitaba.

Si la pareja andaba a los tumbos y el amor se les había trancado, allá iba la anciana con una novela de amor plantada en una maceta. Mientras la planta crecía el amor les regresaba.

Si lo que andaba mal era la salud,la anciana bajaba al pueblo y regalaba un libro de recetas caseras y poco a poco, la planta crecía y la salud retornaba.

Eso fue sólo el principio, cuando comenzó, pero luego cuando dejaron de reírse y comprendieron, su fama se acrecentó extendió desbordó.

Para cada insania o temor, cada desgracia o desamor, tenía una planta que procedía de un libro plantado. Con el tiempo también hubo libros plantas para la envidia, el egoísmo y la arrogancia que suelen ser, los peores males de una ciudad.

Cuando se hizo tan famosa que en la puerta de barro de su casa de barro las personas hacían largas colas, el gobierno investigó y también las iglesias y también los estudiosos.

Mientras investigan ella seguía plantando libros, encontró libros de cocina que regaló a una antigua cocinera que para cuando creció la planta, había recuperado la clientela perdida. Encontró un libro muy antiguo sobre música y lo plantó para que el director de la banda estudiantil recuperara sus alumnos. Plantó muchos libros, brotaron muchas plantas pero seguía llegando gente con más pedidos porque nunca estaban los deseos satisfechos.

Así que para cuando el Estado, la Iglesia y la Universidad la consideraron inofensiva, la sembradora de libros se había transformado en planta dentro de una maceta antigua y no la vimos nunca más.

Ella

Parada, erguida y delgada, me visita y se para indolente, en mi puerta.

⁃ Hace cuánto me observas?- pregunto curiosa

⁃ Desde siempre- responde con ironía.

⁃ Qué opinas? – puedo ser sarcástica también- te gusta lo que ves?

⁃ Creo que sí …

⁃ O sea…? Crees que estoy lista?

⁃ Eso no lo voy a responder en este diálogo tonto.

⁃ Si te gusta lo que ves, asumo que me puedo ir contigo…- sigo insistiendo

⁃ No necesariamente, a veces me gusta esperar…

⁃ O tal vez no seas tú, son otros u otras que no quieren ir contigo.

⁃ Y tú estás segura? Quieres viajar conmigo?- lo pregunta con sorna.

⁃ Claro! Te llamé yo, recuerdas?

⁃ La gente que me llama me aburre.

⁃ Pero has venido…

⁃ En eso estás equivocada, no vine, siempre estoy.

⁃ Disculpa! Recién te veo- quise sonar irónica

⁃ Es el gran problema de media humanidad, ven sólo lo que quieren ver.

⁃ Insisto- interrumpí- te he llamado porque estoy lista para viajar contigo.

⁃ Pero no te vas a ir- me desafió- no lo harás

En ese momento y sólo por llevarle la contra la atropellé y me tiré por el balcón. Tengo cinco costillas quebradas, varias contusiones más y un psiquiatra apoltronado a mi lado.

Mientras contestó las preguntas desde mi cama en el hospital, la vuelvo a ver en la puerta y me hace señas. Me ha derrotado una vez más y volverá sólo cuando a ella se le antoje.

O volveré a intentarlo?…

Agujas

Mamá siempre repetía que ella con una aguja tenía lo que quería. No sólo obtenía un vestido, una camisa o una bata desde un trozo de tela. Mi madre podía conseguir objetos maravillosos que no salen de una aguja común y corriente.

Una vez cosió un billete de cien pesos y tuvimos una época espléndida y sin premuras económicas. Otra vez cosió granos y tuvimos la despensa llena todo el invierno. También cosía pelos de parejas descarriladas y les volvía el amor como en racimos. Cosía ropitas de niños pálidos y les devolvía el color y la fuerza. Cosía pelos de animalitos enfermos y los sanaba. Mi padre estaba sujeto a ella por un amor de mil hilos.

Mi casa estaba sujeta a aquella vida por millones de agujas de tamaños inverosímiles. Desde pequeñitas para los llantos de bebé hasta las gigantes que ataban desde un amor o un sueño imposible hasta un hogar, como el nuestro.

Mi madre cosía todo el tiempo y contaba cada puntada. Lo más increíble era que recordaba cuantas daba para cada cosa. A veces cobraba dinero pero otras, comida o ropas, cosas necesarias pero no imprescindibles, decía al pasar los costos. Cuando su fama de costurera universal de todo lo aferrable se extendió por varias zonas, le exigimos con papá que subiera los costos. Y ella cosió para nosotros un billete grande y nuevo. Y comenzaron a llegar a sus manos laboriosas la gente que tiene dinero y aún así, necesita más cosas. Y le pagaban aunque mamá siempre se reía de sus pretensiones. Pero nunca les aferró a sus hilos ambiciones desmedidas o propósitos deshonestos . Mi madre cosía con éxito sólo las posibles necesidades dignas y humanas. Ganó prestigio, todos la necesitaban. Sus manos mágicas cosían un mundo de deseos buenos.

Su vida no fue la misma. Dejó de dormir para poder cumplir y luego de comer. Las agujas y los hilos la fueron atrapando de tal manera que ella misma quedó cosida. Un día dejamos de verla y llorando a gritos la buscamos. Mi padre la encontró cosida a su cama y me dijo: “ mañana o pasado regresa”.

La esperamos con paciencia hasta que ella misma se descosió y renunció a su trabajo de costurera de lo imposible y siguió cosiendo las cosas simple de nuestras vidas.

Cuando papá murió su amor quedó amarrado a un hilo y una aguja invisible que lo traía cada noche a la cama grande, cuando él aparecía yo me iba a mi habitación y soñaba con amor, hilos, agujas…

Ella

Parada, erguida y delgada, me visita y se para indolente, en mi puerta.

⁃ Hace cuánto me observas?- pregunto curiosa

⁃ Desde siempre- responde insolente.

⁃ Qué opinas? – puedo ser sarcástica también- te gusta lo que ves?

⁃ Creo que sí …

⁃ O sea…? Crees que estoy lista?

⁃ Eso no lo voy a responder en este diálogo tonto

⁃ Si te gusta lo que ves, asumo que me puedo ir contigo…- sigo insistiendo

⁃ No necesariamente, a veces me gusta esperar…

⁃ O tal vez no seas tú, son otros u otras que no quieren ir contigo

⁃ Y tú estás segura? Quieres viajar conmigo?- lo pregunta con sorna.

⁃ Claro! Te llamé yo, recuerdas?

⁃ La gente que me llama me aburre.

⁃ Pero has venido.

⁃ En eso estás equivocada, no vine, siempre estoy.

⁃ Disculpa! Recién te veo- quise sonar irónica.

⁃ Es el gran problema de media humanidad, ven sólo lo que quieren ver.

⁃ Insisto- interrumpí- te he llamado porque estoy lista para viajar contigo.

⁃ Pero no te vas a ir- me desafió- no lo harás…

En ese momento y sólo por llevarle la contra la atropellé y me tiré por el balcón. Tengo cinco costillas quebradas, varias contusiones más y un psiquiatra apoltronado a mi lado.

Mientras contestó las preguntas desde mi cama en el hospital, la vuelvo a ver en la puerta y me hace señas. Me ha derrotado una vez más y volverá sólo cuando a ella se le antoje.

A veces

A veces

Me resigno, apago la luz,

me alejo, no protesto,

ni cerca de confrontar

ni lejos de huir

Es sólo una vivencia

silenciosa

donde se me ocurre que lo mejor

será delegar a la causalidad

lo que deba ser y será.

Me resigno y sin sonidos

vivo el tiempo que necesito

para aclararme, comprender,

enduelarme sin testigos.

Sí , a veces hay que resignarse al caos

a lo injusto, a lo que no puede ser,

confiar en que de una u otra forma

las piezas imantadas volverán

se arrimarán y se alinearán.

El desorden generará otro orden

pero es necesario, algunas veces,

esperar con resignación

ese tiempo y ese lugar

que nos hará confiar otra vez.

Hay veces en que esperar y resignarse

te permiten recargar la energía

del ave fénix y la comprensión

sin odios.

Obstinación

El tipo obstinado no habló ni una palabra. También era consciente que no le entendían nada. Además sentía una culpa más alta que sus casi dos metros y más pesada que sus cien kilos. Vivió en el manicomio unos veinte años con un mutismo cerrado, una conducta ejemplar y una rutina de higiene y paseos diarios que para nada parecían acorde al diagnóstico psiquiátrico.

En los años cincuenta había partido de Inglaterra en un barco que funcionaba mal, era noruego y aceptó viajar como mecánico a bordo porque tenía cuatro hijos y había huelga en su país. No hablaba inglés y se manejó por señas y monosílabos incongruentes por la ira de que le causaba el idioma y el exceso de alcohol.

Cuando se detuvieron en Brasil, destino obligado y demorado por el mal estado del barco, bajó y pereció bajo el calor y la caña brasileña. Se volvió loco al segundo día, rompió medio bar, lo llevaron detenido y para cuando regresó en sí el barco había zarpado sin él. Fue el segundo ataque de locura.

Lo detuvieron nuevamente y decidieron sin demasiados preámbulos internarlo en el manicomio. Fueron apenas unos días de agitadas horas delirantes, enseguida se adaptó resignó olvidó.

Amanecía y era el único que se higienizaba con agua helada. El único que tenía su rincón limpio, su ropa limpia. No pedía nada, no molestaba, ni siquiera hablaba.

Solo canturreaba en una lengua que creyeron propia de su demencia. Y ese canturrear después de veinte años lo rescató.

Alguien entendió la lengua, alguien se ocupó de averiguar y de revisar su verdadera condición. Alguien rescató en un viejo diario, la noticia de una familia noruega que lo había buscado. Y después de infinitos trámites burocráticos, el coloso rubio, el loco callado que cantaba en lengua nórdica, subió a un avión y regresó a su tierra.

Aun tenía la espalda erguida y un poco de esperanza en los ojos de hielo…

Arañando

Arañando

Desde el patio con bananos y arañas, con las que jugaba indolente, a este hoy lleno de recuerdos y mucho más, de palabras. Palabras telarañas tejiendo día y noche en mi cabeza.

Fascinada desde niña por las telas y sus hacedoras, me enredé a mí misma con palabras.

No pude tener ocho patas ni atrapar presas vivas pero pude, de vez en cuando, atrapar personajes y enredarlos, hasta los he matado y disfrutado.

No he podido tampoco esconderme en la tierra, ni en ningún otro lado, pero suelo perderme en letras y a veces, regreso.

He amado tanto lo que he escrito que también tontamente he creído, es bueno. No sé si las arañas son soberbias, a veces tal vez, cuando tienen a un insecto preso…se creen omnipotentes?

Cuando una tiene a un personaje atrapado en una trama sabe que está preso, es de una la libertad, el amor, la locura o la muerte. Y una se siente realmente omnipotente.

Después la trama duerme, se corrige cien veces, la mirada sobre el destino final del personaje no cambiará demasiado su suerte.

Después serán otros y otras que lo descubrirán y si acaso les hace feliz o infeliz ese personaje, ese final, ese destino, la araña tejedora se dará por satisfecha.

Pero existen los editores, las impresiones y las ventas y el público y ay!!!! pobre tejido de araña…por muy esforzado que sea, cambia su presa, ahora el destino de la cazadora, tejedora, está en manos de otros…