El día del sol que no se fue…

Habíamos contemplado durante meses un Sol de ocaso perfecto de rojo fuego, rojo sangre, rojo de todos los rojos. Y habían predicho sequías extensas y agobiantes. Las provisiones de agua eran ajustadas y los cultivos se fueron secando con celeridad.

Cada familia y cada aldea se provisionaban cómo podían y manteniendo la calma y cooperación pensamos que podríamos con aquella sequedad que amenazaba con quedarse.

Y la vida continuaba a pesar de la sequía angustiante, logramos incluso salvar los animales y algunos cultivos. La camaradería para la higiene y la cocción de alimentos nos hizo ingeniosos y la voluntad de sobrevivir a toda costa nos hizo creer que éramos de verdad, humanos y mejores.

Un atardecer el Sol rojo de meses se detuvo. Quedó colgado en el horizonte como una bola perfecta de fuego exterminador. No sé si fueron minutos, horas, días, porque cuando el caos apocalíptico estalla el tiempo deja de existir.

En pocos segundos los gritos y golpes pusieron a todos contra todos, el terror y el espanto hicieron el resto. Todos querían huir primero.

Todos querían el agua y llevarse alimentos. No hubo mujer ni hombre que no peleara por robarse algo para llevar. Algunos murieron otros, quedaron mal heridos. Los demás se fueron como pudieron. Cuando la aldea quedó vacía y en completo silencio, el Sol reinició su camino y regresó al día siguiente como si nada hubiera ocurrido.

Dicen que la enorme sequía terminó al día siguiente y que nadie logró salvarse, ni encontrarse, ni volverse a ver…

A veces…

Me resigno, apago la luz,

me alejo, no protesto,

ni cerca de confrontar

ni lejos de huir

Es sólo una vivencia

silenciosa

donde se me ocurre que lo mejor

será delegar a la causalidad

lo que deba ser y será.

Me resigno y sin sonidos

vivo el tiempo que necesito

para aclararme, comprender,

enduelarme sin testigos.

Sí , a veces hay que resignarse al caos

a lo injusto, a lo que no puede ser,

confiar en que de una u otra forma

las piezas imantadas volverán

se arrimarán y se alinearán.

El desorden generará otro orden

pero es necesario, algunas veces,

esperar con resignación

ese tiempo y ese lugar

que nos hará confiar otra vez.

Hay veces en que esperar y resignarse

te permiten recargar la energía

del ave fénix y la comprensión

sin odios.

De los miedos…

Hablábamos de los miedos. Todos y todas a algo le tememos. Y salió la oscuridad y la enfermedad y la muerte como protagonistas en primera instancia. Hasta que ella dijo:

– Tengo miedo que me griten, que me digan que hago algo mal…

Mujer madura, pensé con autosuficiencia de docente, es raro. Pregunté:

– Algo de tu infancia? Gritaban mucho en tu casa?

– Gritaban sí…- fue largando lenta la respuesta- mamá era alcohólica y cuando no podía dormir nos mandaba a buscar alcohol en el almacén y si no nos atendían o no nos daban, cerraba la puerta y dormíamos afuera. Papá a veces se enojaba y le pegaba y mamá gritaba.. desde entonces no soporto los gritos…

Cómo se hace para desenredar una respuesta de este tipo, me preguntaba sin saber cómo seguir, era imposible porque además todas las otras mujeres la miraban asintiendo y ella quería seguir contando…

– A veces salíamos de madrugada a buscar alcohol, mamá si no tomaba… no dormía y se ponía malísima. Así una noche con otra, muchas durmiendo afuera. Hasta que ya crecimos y nos empezamos a vender…y ya no le faltó más alcohol. Mi padre se fue, pero ella vivió así borracha, borracha, como diez años más. Mientras fui prostituta no la dejé gritar más…

Miro a mi alrededor, las compañeras le hacen comentarios, veo las rejas, los alambres de púa y los guardias del otro lado. A veces, cuando estoy leyendo para mujeres privadas de libertad, aprendo muchísimo más que lo que te enseñan para recibirte de docente.

Homenaje a Marosa di Giorgio

Ni úteros, ni diademas, ni huevos azules, ni zorros deseosos, ni la abuela recordada o madre venerada, una hermana azul de violetas o un paisaje lleno de rosas, ni otras flores insospechadas…

Ella se ha ido con todos sus partos increíbles, se ha ido dejándonos de regalo cada uno de esos vientres felices, llenos de palabras maravillosas e insoportables…

Ella se ha ido quedándose encerrada en un marco de hierbas y transita por un camino de pedrerías. Ella, tan criticada por una sociedad pacata, ella tan recordada por la misma sociedad pacata.

Ella, inadmisible soñadora de prosas eróticamente suaves, con una naturaleza arrolladora y pasional, se ha quedado para rebuscar entre los que la criticaron, la prueba auténtica de que al morirnos, todos somos venerados.

La naturaleza de su prosa es inadmisible. Fue realmente transgrediendo hasta los lindes de la misma fantasía. Porque supo ver animales y flores que no existen y que jamás osaríamos pensarlos así. Fue la clave de los que la veneramos: poder asustarnos con pensar que tal vez, pudimos y no nos animamos a ver lo que ella podía ver.

Ella vio y supo entender aquellos coágulos de sangre que eran huevos azules o de tonos diversos, conejos que saltan y se meten en todo tipo de agujeros, y sobre todo, vio animales diversos que hurgan ese rincón especial de las féminas. Los vio treparse, arrastrarse, penetrarse, lamerse, los vio de cualquier color, aroma y sabor. No tuvo límites y díganme la verdad: se perdona la fantasía sin límite de una mujer apasionada? No, ni hoy, ni ayer, mucho menos ayer.

Ella era la auténtica mujer fatal de la palabra transgresora y por todo eso, será recordada; no, ustedes se confunden, ella no será venerada por ese detalle feliz de su prosa, más bien por premios que encontró en otros caminos y por otras lides de letras asombrosas. Seguramente no le importaría, como no le importó exigir sus teatros cubiertos de gladiolos rojos para ella poder recitar sus letras con larga túnica negra, como una aparición extraña en su ciudad, en la misma que hoy la intenta colocar en bastidores dorados.

Más allá de todos los hipócritas de la pequeña ciudad, más allá de detractores de turno, ella sigue caminando al encuentro de lectores que se la merecen y ese camino, ese paso, es eterno. Qué suerte.

Buscándonos

Buscándonos

Separada de ti ya fui otra cosa.

Arrancada de tu ser, empezaba a ser

y despacio caminé a tientas, buscándome.

En ese recorrido creo que he sido

soy y seré muchas, porque me aburre ser

una sola.

El tedio a la rutina es propio o lo heredé.

El intento diario de vencer la abulia

La interpretación permanente

El goce por imaginar

Y otros estrabismos más o menos locos,

los habré agarrado por no parecerme a vos.

Vos te aferrabas a lo que había que decir,

hacer, pensar e

intentaste hasta el cansancio la sensatez.

Por eso a veces estabas tan triste

que dolía en mi alma tu mirada.

Eran fugaces tus caídas en el desánimo

pero nada igualaba tu instante de tristeza.

Cuánto hay en mí de vos

desde el corte

fiero de nuestro cordón.

De tu tristeza a la mía, de tu sonrisa

y de tu enamorada forma de leer

la vida.

De tus jardines perfectos a mi poca habilidad

con las pobres plantas.

De tus bordados en hilo que logro sólo imitar

con toscas palabras.

De tu arte culinario que no supe heredar,

seguramente no quise.

Y todo esto madre, todo esto, que no

terminaré jamás de escribir

para remplazar un te extraño eterno

que no termina jamás.

La herencia

Ruinas, desvastación, vandalismo, robo y abandono, así encontró la gran Casona que era su herencia. Esas ruinas fueron el motivo de su vida. Por ellas vivió y asesinó, fue a la cárcel y pagó mucho dinero, mintió muchísimo portándose bien, jurando arrepentimiento y haciendo de fregona en la prisión para salir diez años antes.

Se paró justo enfrente de la Casona y por primera vez en sus sesenta años deseó llorar a gritos sin fingir.

Lloró mintiendo cuando enterró al marido envenenado y cuando enterró su hijo, también envenenado. Lloró mintiendo cuando regresó a la gran Casona de sus padres ya viejos. Lloró mintiendo cuando enterró a su padre envenenado y también a su madre, unos meses antes que la policía comenzara a sospechar.

La gran Casona de dos plantas y la cuenta bancaria quedaron a la deriva cuando las investigaciones dieron con su nombre y apellido como una de las primeras asesinas seriales del lugar.

Gastó muchísimo dinero en pagar abogados y para tener lo indispensable en la prisión. Hizo hasta lo indecible por portarse como arrepentida y salir antes.

No sabía que la casa ya era sólo ruinas. Un juego de huecos, ladrillos y raíces desnudas al viento.

El pueblo se fue cobrando su rencor. La saquearon, la incendiaron y vandalizaron. Ruinas, sólo eso quedaba.

Juntó sus últimas fuerzas para intentar recuperar lo que no podía y al año se murió sola en el hospital. » Muerte sospechosa», dijeron todos y alguien recordó ese refrán que

» el que ha hierro mata..»

Maldades oníricas (3)

Yo era una palabra, no sé cuál,

( acaso importa?),

era un par de sílabas,

un sonido,

salía de una boca

y volaba por el aire

iba directo a una oreja.

La oreja no quería dejarme entrar,

tenía que volver a intentarlo…

Acción en cadena repetitiva

iba y venía de la boca a la oreja.

La boca se iba exasperando

me iba pronunciando en voz aullido,

en casi grito, luego en grito.

Entonces yo palabra, salía

volada, escupida, empujada.

Y la oreja nada, se resistía y me cerraba

la única posibilidad de ser oída.

Me desperté ronca esa mañana,

con la sensación de haber gritado

en silencio toda la noche,

y la angustia de que nadie quiso

saber qué palabra era…

Tampoco yo la recordaba…

Maldades oníricas (2)

Nadaba como sin consuelo

( nadar me gusta)

el agua se agitaba oscura

( mamá me había dicho en secreto

que el agua oscura presagia muerte)

Descordinadas mis brazadas

intentaban que el círculo oscuro

no me atrapara.

Inútil y desaforado esfuerzo,

me agotaba y no avanzaba,

( en pleno sueño tuve noción

del infinito)

los movimientos eran imprecisos

el agua, eterna.

Iba a suceder algo, lo presentía

no era un algo bueno…

sería una roca, una tempestad,

un vacío…

Y entonces pensé en pleno sueño

“ estoy soñando “

y desperté empapada.

No pude disfrutar

ni un instante de ese día

por el esfuerzo fallido de la noche…