Homenaje a Marosa di Giorgio

Ni úteros, ni diademas, ni huevos azules, ni zorros deseosos, ni la abuela recordada o madre venerada, una hermana azul de violetas o un paisaje lleno de rosas, ni otras flores insospechadas…

Ella se ha ido con todos sus partos increíbles, se ha ido dejándonos de regalo cada uno de esos vientres felices, llenos de palabras maravillosas e insoportables…

Ella se ha ido quedándose encerrada en un marco de hierbas y transita por un camino de pedrerías. Ella, tan criticada por una sociedad pacata, ella tan recordada por la misma sociedad pacata.

Ella, inadmisible soñadora de prosas eróticamente suaves, con una naturaleza arrolladora y pasional, se ha quedado para rebuscar entre los que la criticaron, la prueba auténtica de que al morirnos, todos somos venerados.

La naturaleza de su prosa es inadmisible. Fue realmente transgrediendo hasta los lindes de la misma fantasía. Porque supo ver animales y flores que no existen y que jamás osaríamos pensarlos así. Fue la clave de los que la veneramos: poder asustarnos con pensar que tal vez, pudimos y no nos animamos a ver lo que ella podía ver.

Ella vio y supo entender aquellos coágulos de sangre que eran huevos azules o de tonos diversos, conejos que saltan y se meten en todo tipo de agujeros, y sobre todo, vio animales diversos que hurgan ese rincón especial de las féminas. Los vio treparse, arrastrarse, penetrarse, lamerse, los vio de cualquier color, aroma y sabor. No tuvo límites y díganme la verdad: se perdona la fantasía sin límite de una mujer apasionada? No, ni hoy, ni ayer, mucho menos ayer.

Ella era la auténtica mujer fatal de la palabra transgresora y por todo eso, será recordada; no, ustedes se confunden, ella no será venerada por ese detalle feliz de su prosa, más bien por premios que encontró en otros caminos y por otras lides de letras asombrosas. Seguramente no le importaría, como no le importó exigir sus teatros cubiertos de gladiolos rojos para ella poder recitar sus letras con larga túnica negra, como una aparición extraña en su ciudad, en la misma que hoy la intenta colocar en bastidores dorados.

Más allá de todos los hipócritas de la pequeña ciudad, más allá de detractores de turno, ella sigue caminando al encuentro de lectores que se la merecen y ese camino, ese paso, es eterno. Qué suerte.