Les pedí a través de varios cuentos que se fueran. Que lamentaba el pasado pero que además de recordar que existieron, no podía hacer otra cosa por ellas.
Les dije que también que esa historia cuasi trágica, contada y repetida solo por mi madre, la había narrado lo mejor posible en un relato y otro más. No sé en cuántos más.
Y hasta encendí alguna vela para perdonar a los que ya no las nombraban y perdonarme a mí por seguir mi vida así, sin tenerlas en cuenta.
Pero las niñas no querían irse. Eran de cutis casi aceitunado, hermosos ojos grandes y las sonrisas hermosas que tienen las niñas con casi un año. Estaban, se quedaban, permanecían mirándome. Y recordé sus nombres: Genoveva. Herminia y Lucila.
Logré que nunca me dieran miedo allí, sentadas como pequeñas que eran, mirando con alegría la vida que les sería negada. Sonriendo con ingenuidad ante la proximidad de la muerte. Ignorando las tres el designio de la bisabuela.
Y entonces quise nombrarlas. Todos los días, como para devolverles la razón de haber sido por un tiempo corto, nuestra familia. Y tengo la seguridad de que eso me hizo bien. Sigo viéndolas pero ya no en forma permanente. Las veo como a cualquier otro familiar, de vez en cuando. Y sonreímos, porque le ganamos al olvido.
