Mutaciones

La vida amerita mutar. Me lo dijo en tono filosófico y yo, que le creía todo, lo acepté. Mutar lo que se dice mutar. No una simple máscara de carnaval o de vida. No, no, que lo tuyo era del blanco al negro y del gris, al rojo.

Entonces dije o más bien pensé, que se arregle, entre tantas mutaciones se perderá de sí mismo. Y así fue.

En un recodo de la vida se encontró tan perdido que ni la memoria le servía para nada. Esas preguntas triviales que nos hacemos en crisis existenciales, rebotaban vacías, sin respuestas. Perdido y sin huellas de sí mismo también, consecuencia casi lógica, perdió el rumbo.

Anduvo buscando su yo y se encontró con tantos que no supo con cual quedarse y menos aún, cual de ellos era su esencia. Perdido, sin memorias fidedignas descubrió horrorizado que no tenía sombra. Ni de día ni de noche. Ni en la arena ni en la pared.

Ahora anda en su búsqueda. Alucina pensando que al encontrarla, se hallará. No sabe que cuando una sombra desaparece, otro dueño la ampara y ella, porque es mujer orgullosa, no regresa jamás.

Mi sombra (3)

Ser sombra de una sombra, destino o castigo, lo que sea. Dejé la casa sin luz, prendí unas velas viejas en los más viejos candelabros. Escarbé los cajones y descolgué las telas de arañas, di el aspecto de descuido y suciedad propicios. A la hora del crepúsculo, mi sombra, seducida por la tenuidad de la luz salía a bailar cada noche en el espejo de la sala. Ahí la esperé. Ahí la encontré, finísima y perfecta.

Intenté seguir su juego de bailes exóticos, de llamados ingratos en su vaivén lujurioso, fue terrible. En aquella penumbra, jugar a ser sombra de la sombra. De una sombra que sabe bailar, que sabe llamar, que sabe jugar, justo yo que soy tan triste…

He llegado a la conclusión de que para ser sombra de mi sombra deberé aprender a ser feliz, a jugar sin pensar, a dejarme llevar por sensaciones. Mientras tanto, vuelvo a sillón raído de la vieja sala, a mirarla, asombrada, enmudecida. ¿Cómo pudo salir de mí una sombra tan casquivana y transgresora?

Mi sombra (2)

Anduve varios días averiguando y preguntando si a alguien más se le ha perdido la sombra. Si han osado liberarlas o alguna se ha fugado. Recién anoche supe de un hombre que hace años vive sin ella. Lo peor que puede sucederte, me dijo susurrando como si alguien lo escuchara, es perder tu sombra. La sombra es, continuó después de un breve silencio, algo así como tu imagen en el espejo. Si no hay sombra, no hay vida.

No quise preguntar más, sus palabras me alertaron.

Salí dispuesta a recuperar la mía, que ya hace días o meses o años, he liberado. Lo bueno es saber donde voy a encontrarla; de mañana juega en la playa con los niños, de tarde anda con las parejas en las plazas y de noche, danza en los espejos iluminados.

Inútil es llamarla, lo sé. Porque la libertad cuando se alcanza, no se desea más que conservarla. Pero he creado una estrategia: seré yo la sombra y ella, mi dueña.