Mujer envidiable

Por justificar el amor se declaró enamorada.

Por sentirse enamorada transgredió varias normas.

Por transgredir las normas fue severamente juzgada.

Por ser juzgada y criticada, renunció a vivir como las demás.

Cuando la conocimos, uno de esos veranos tórridos al lado del océano, tenía un rancho con techo de paja, pequeño, limpio y lleno de artesanías, desde su ventana pequeña se veía un mar azul y salvaje.

Se ganaba la vida con el tarot y las cartas astrales, la numerología, los caracoles y la quiromancia.

Por ese tiempo ya tenia la piel muy curtida por el sol, el pelo blanco y la sonrisa lenta. Se ganaba la vida en los veranos y en invierno, leía novelas y se enamoraba.

En una visita nos tiró un tarot mágico, nos dijo cosas que eran imposibles y nos pareció más una psicóloga maternal que una bruja playera.

Fue tan mística esa visita que la repetimos cada año, terminábamos fumando, tomando mates y hablando de la vida. Vivió a su antojo hasta que durmiendo murió, el año pasado, cincuenta años con el mismo hombre. Sin embargo aseguraba que para alimentar ese amor,tenía que enamorarse cada tanto de otro.

Seguramente cierta su forma de vivir el amor, aunque la llamaban puta, loca, bruja y otras cosas más que nunca nos importaron. Para nosotras, ella era una mujer para envidiar.

Mi baile y mi psicólogo

Si yo le contara que de noche en casa, de espaldas a la razón, bailo con muertos? Qué tan loca me creería y qué prejuicios tendría?

Recuerdo que no me gustaba bailar, era tímida con mi cuerpo y no quería que me abrazara nadie que yo no hubiera elegido. Para cuando me liberé y tuve compañero de baile y aprendí, pasaron otras cosas… y otras, me fui olvidando del baile.

Pero ahora, sola en este caserón sombrío, en este castillo roto, vacío y lúgubre, me he reencontrado con el baile. Y ahí está la foto del señor de barba que baila conmigo. La del abuelo que he llevado por años en mi cartera. La de mi padre. La de otro gentil señor que en realidad es una pintura. Y bailo…con mis maridos y amantes, muertos todos ya. Y agradezco las fotos que atesoré y escondí. Agradezco la zona de este mausoleo que aún tiene luz y me permite reproducir viejos temas.

Y ellos danzan conmigo, puedo olerlos, percibirlos, hablarlos… mis muertos queridos queribles inolvidables.

Y usted sentado ahí dice que estoy loca, usted me juzga y se cree cuerdo y omnipotente, usted me quiere quitar las fotos de mis muertos para expropiarme mi baile. Acá, el único desequilibrado es usted, gusano reptante que vive a costillas de locas como yo…

Mujer espuma

Cuando la vimos bajar a la playa pensamos en otra mujer mayor, solitaria, veraneando con austeridad y sin prisas.

Después, con el correr de los meses la vimos juguetear con las olas de la orilla y pisar la espuma como una niña de seis. Era graciosa y sonreía todo el tiempo.

La seguíamos con la vista cada vez más. No sé porqué no nos acercamos, no intentamos hablarle como a otros turistas. La playa es lugar de amigos transitorios.

Lo que no podíamos hacer era dejar de mirarla jugar metiendo sus pies en la espuma. Era una ilusión óptica o cuando lo hacía su figuraba cambiaba? Le renacía una juventud y una agilidad casi de ave? Era en realidad una turista solitaria?

El día de la tormenta el mar arrojó ventiscas espumosas y espesas por toda la costa. No bajamos pero la vimos desde la ventana. Recorría saltando la espuma, cada vez más danzarines los pies, cada vez más ágil el cuerpo viejo, cada vez más veloz su carrera por la orilla.

Y la espuma la fue cubriendo, el cuerpo se le tapó de blanco, sopló ese viento fuerte de salitre y de pronto, toda la espuma se diseminó. Ya no hubo más espuma ese verano. Y nunca más la vimos…

Gimena llora aceite

El día que Gimena comenzó a llorar gruesas lágrimas de aceite fue el día del incendio en la aldea. En el fragor de las llamas y ante tanta lucha por salvarse y salvar, no pudo notarlo.

Fue después, cuando los aldeanos la hicieron llorar con recuerdos que notó y notaron que chorreaban aceite sus ojos marrones.

Después quisieron darle una explicación y ella juntó fuerzas para recorrer curas milagrosas o profesionales. Las lágrimas siguieron espesas y aceitosas de un inusual color verdoso.

Y para colmo de sus calamidades las lágrimas le brotaban por todo y por nada, que suele ser lo mismo. La gente se preocupó un poco y ella mucho más, entendió que llorar aceite era muy peligroso. En dos ocasiones estuvo a punto de provocar incendios y en otras tantas, dejó resbalosas las calles luego de la lluvia.

Tuvo que aprender a llorar a solas, en un lugar solitario y sin peligros. No fue fácil. Porque era llanto sorpresivo y brotaba y a veces, no paraba.

Hasta que llegó la mujer aquella que sugirió juntar las lágrimas de aceite. Y el aceite fue bueno. Y se podía consumir. Y era rico y oloroso y era aderezo delicado, fino y gustoso.

Desde entonces andan los aldeanos recordándole episodios tristes o contándole injusticias, así nutren la mesa de cada familia con las lágrimas de Gimena que las regala sin tregua.