Gimena llora aceite

El día que Gimena comenzó a llorar gruesas lágrimas de aceite fue el día del incendio en la aldea. En el fragor de las llamas y ante tanta lucha por salvarse y salvar, no pudo notarlo.

Fue después, cuando los aldeanos la hicieron llorar con recuerdos que notó y notaron que chorreaban aceite sus ojos marrones.

Después quisieron darle una explicación y ella juntó fuerzas para recorrer curas milagrosas o profesionales. Las lágrimas siguieron espesas y aceitosas de un inusual color verdoso.

Y para colmo de sus calamidades las lágrimas le brotaban por todo y por nada, que suele ser lo mismo. La gente se preocupó un poco y ella mucho más, entendió que llorar aceite era muy peligroso. En dos ocasiones estuvo a punto de provocar incendios y en otras tantas, dejó resbalosas las calles luego de la lluvia.

Tuvo que aprender a llorar a solas, en un lugar solitario y sin peligros. No fue fácil. Porque era llanto sorpresivo y brotaba y a veces, no paraba.

Hasta que llegó la mujer aquella que sugirió juntar las lágrimas de aceite. Y el aceite fue bueno. Y se podía consumir. Y era rico y oloroso y era aderezo delicado, fino y gustoso.

Desde entonces andan los aldeanos recordándole episodios tristes o contándole injusticias, así nutren la mesa de cada familia con las lágrimas de Gimena que las regala sin tregua.

El dueño

…este señor me roba el sueño,

me deja siempre asombrada,

aún cuando se repite,

me enamora,

aún cuando es salvaje

me esclaviza,

aún sin pretenderlo

me hace ver ver ver sin mirar,

me obliga a oír oír oír sin escuchar,

me sacude y enfría

a veces me tira al suelo…

Y debe ser que a su lado

retorno a la ingenuidad.

Por eso tan sólo lo amaré

y desearé mi muerte a su lado,

que me cubra su salitre,

que me borre su arena,

que se trague mi cuerpo,

que se apodere de mi resto humano

como si alguna vez,

él también me hubiera amado.

Amanece…

…trivial amanecer

nadie en el faro, ni en el muelle,

la playa luce sin madrugadores

vos y yo, como antes, como siempre,

caemos de rodillas adorando este momento…

vos y yo como siempre nos sentimos venturosos

jóvenes y casi despreocupados

otra vez mano con mano

otra vez asombrados

otra vez agradecidos

otra vez eternizando este instante

otra vez pensando si en otra vida

fuimos amantes y navegantes

y seres de mar

y si fuimos como hoy,

felices ante la simple forma de renacer…

Despierta

…que no duermo madre

que no puedo, hay mucha luz,

hay mosquitos, hay mucho ruido,

hay mucha sombra, hay gatos, hay perros…

Mejor te leo un cuento, susurraba mi madre.

Así nació mi insomnio…

Por escuchar sus cuentos

por leerlos

por intentar memorizarlos

por querer escribirlos…

Mi insomnio siempre tiene forma

textura y aroma a madre cuento….

Aroma sal

…desde el Norte imposible olfatear tu sal

desde nuestro verde verano rojo fuego

improbable sentir tu son

imperceptible tu perpetua

ola

tu majestuosidad azul…

Por eso volvemos

repetimos

sucumbimos

y hacemos el eterno largo interminable

camino del retorno

( o es regreso?)

y nos dilatamos la noche

y nos sentimos jóvenes

y esperamos ver por el Este

al dios de todo los veranos.

Sacudimos el año

vamos hacia vos

aire, sal, espuma, olas,

la risa nos llena de

luna y de arena… nada será igual

cuando algún año,

desde nuestro tórrido Norte,

no podamos abrazar

tu majestad salina…

En el laberinto

– Te vas a animar a entrar?, mi hermana mayor y sus amigas burlándose en la puerta del indeseable laberinto de espejos.

Mi orgullo pudo más que mi negación y entré.

Odio los laberintos, soy un laberinto viviente que nunca se ha encontrado; odio los espejos, paranoia reafirmada por cierto autor argentino. Pues pudieron más las miradas de esas niñas insolentes.

Pensé en caminar con los ojos cerrados e ir girando a medida que mis manos marcaban las supuestas salidas; una algarabía insultante de alegres seres laberínticos me rodeaba. Y en sus corridas alegres alguno me chocó y ya fue imposible fingir ceguera.

En el primer espejo que me vi los abuelos estaban conmigo en brazos. Apreté los ojos pero no pude…quise verme con mi primera maestra, luego ver a papá bailando el vals conmigo, mi profe de literatura y…

Y pude ver todo. Por eso me quedé. Ahora tengo esta maravillosa condición de mostrarles a los otros, sus recuerdos.

A veces me detengo en sus maldades y les observo la culpa necia o la indiferencia cruel. Ser reflejo de otras y otros en una dulce venganza…los que temen, los que ríen nerviosos, los desengañados, los incrédulos, los culpables, tantas y tantos, están del otro lado…

De qué lado estoy yo?

Gertrudis en el espejo

Gertrudis nos dio indicaciones precisas de que a su muerte los espejos de su casa debían de cubrirse de negro por una semana. Nos dió un poco de risa y un poco de pena.

El día de su muerte nos ocupamos de todo. Sepelio, flores, esperar los parientes lejanos y organizar en el atardecer una comida decente en su casona, para despedir su memoria.

Salió todo bastante bien, la tía abuela Gertrudis había vivido muchos años, nunca había sido la más solicitada ni la más envidiada, era una despedida tranquila.

A las 8 y 30 servimos unas empanadas y el viejo reloj de la sala que llevaba más de diez años de silencio, empezó a sonar. Nos miramos y recordamos, al lado estaba el espejo oval, y ni ese ni ningún otro habían sido tapados como lo pidiera la muerta.

Cuando el reloj paró de sonar, cuando todas estábamos oyendo, cuando todo fue silencio, Gertrudis apareció en los espejos y nos dijo: » les avisé que taparan los espejos «.

Mamá huyó a la Iglesia, la abuela y la tía se alejaron rezando, los hombres se fueron por el patio haciendo como que iban riendo, nosotras ante la estampida general, a duras penas nos quedamos e intentamos cerrar la puerta que se negó a toda llave.

En un cónclave secreto nadie más nombró el hecho ni fue a lo de la difunta. Pasaron los días, los vientos, las lluvias.

En la primera luna de un verano caluroso nos fuimos a ver la casa. No había nada, ni el rastro, ni la sombras de las ruinas, salvo claro, el espejo oval tirado sobre el resto de escombros…

Vendedor de espejos

Un vendedor de espejos en este siglo es una auténtica estupidez. Eso pensó el pueblo entero y esa noche, en la plaza, cuando el hombre armó su estand y comenzó a mostrar sus espejos, no se arrimó nadie.

Pero el tipo fue perseverante, toda la semana a la misma hora montaba su puesto ambulante de espejos. Al final nos ganó la curiosidad y fuimos visitándolo.

Nadie se quedó sin comprar un espejo. Era fascinante: llegabas y sólo con tu nombre, tu fecha de nacimiento y tu color favorito, te asignaba tu espejo. Y te lo comprabas.

Quién podía resistirse a un espejo que te mostraba tu infancia, tu presente y tu futuro?