Calor

Calor

Andaba caminando por la casa sin tregua por el calor endemoniado. El ventilador era inútil. Se había bañado tres veces,se puso apenas un camisón largo y se dispuso a tomar algo en el balcón. Tenía más de alcohol de lo habitual el vaso, pero pensó que le haría bien para dormir.

Se cansó de los mosquitos en el balcón, se seguía ahogando con el calor denso, húmedo, pegajoso. Se acostó predispuesta al insomnio y dejó el ventanal abierto, los dos ventiladores agitando el aire de infierno.

Fue en el filo de la madrugada que divisó la silueta en la ventana y decidió callar. Lo vió entrar a tientas y torpemente, ladronzuelo inexperto pensó. Cuando tropezó con la cama y sintió la mano que lo atrapaba el ladrón tembló del susto. No sabía lo que le esperaba. Una mujer solitaria, en una noche de calores y menopausia puede, de golpe, transformarse en una fiera.

Era, como lo intuyó , joven, torpe e inexperto.

Se fue de la casa sin robar nada más que unas buenas lecciones sobre cómo hacer el amor a una mujer solitaria.

Calor

Andaba caminando por la casa sin tregua por el calor endemoniado. El ventilador era inútil. Se había bañado tres veces,se puso apenas un camisón largo y se dispuso a tomar algo en el balcón. Tenía más de alcohol de lo habitual el vaso, pero pensó que le haría bien para dormir.

Se cansó de los mosquitos en el balcón, se seguía ahogando con el calor denso, húmedo, pegajoso. Se acostó predispuesta al insomnio y dejó el ventanal abierto, los dos ventiladores agitando el aire de infierno.

Fue en el filo de la madrugada que divisó la silueta en la ventana y decidió callar. Lo vió entrar a tientas y torpemente, ladronzuelo inexperto pensó. Cuando tropezó con la cama y sintió la mano que lo atrapaba el ladrón tembló del susto. No sabía lo que le esperaba. Una mujer solitaria, en una noche de calores y menopausia puede, de golpe, transformarse en una fiera.

Era, como lo intuyó , joven, torpe e inexperto.

Se fue de la casa sin robar nada más que unas buenas lecciones sobre cómo hacer el amor a una mujer solitaria.

Lobo, estás?

Lobo, estás?

Quería ser otro lobo, estaba tan cansado de ser malo que decidió ser el bueno.

Ser bueno resultó carísimo porque sonreír, sin limar la agudeza de sus colmillos era algo imposible. También era necesario limar sus garras y dejarlas romas, inofensivas.

Esmerado en su aspecto don Lobo aprendió a usar lentes negros para ocultar su mirada que, en presencia de ciertas chicas, se volvía libidinosa.

Su largo y salvaje pelaje se modernizó y rastas con colores lo remplazaron. También optó por un tatuaje que lo hiciera ver joven,actualizado.

Terminado de esa forma el aspecto exterior decidió intentar oprimir su lobo interno. Consultó y le aconsejaron la danza y la música para afinar la sensibilidad y educar las sensaciones. Le sugirieron también la literatura pero era muy lento en lectura y no tenía buenos recuerdos de los cuentos.

Las clases de baile eran carísimas y además, le mortificaron severamente las patas traseras que eran las únicas permitidas. Las delanteras eran tan torpes que se agitaban sin poder soltarse.

Las clases de música fueron otro completo desastre, le gustaban los instrumentos de viento pero su aullido natural era tan potente que apagaba todos los ritmos.

No crean que desertó fácilmente, necesitaba transformarse, ser un héroe, dejar de asustar, ser de una vez por todas, el bueno.

Porqué justo a él le había tocado ser el malo que se comía a los personajes tiernos, sin contar a la vieja que había estado bastante dura. Pensando en esto estaba, ensimismado y contrariado, cuando se dió cuenta que el mejor disfraz usado justamente el de la abuela, había sido bastante bueno.

Decidió transformar por completo su aspecto y le salió tan pero tan bien que ya no necesitó más nada.

Bailar se le dió mejor, cantar le fue normal, no tuvo pereza para la manicura y le gustó nuevamente agitar su pelaje salvaje.

⁃ Ser loba no es igual, pensó, pero si es mucho mejor pues desde Roma y con Amor, ser loba elijo desde hoy.

⁃ Aaaauuuuuu aulló el lobo en loba transformado y decidió ser alfa beta y gama para siempre al frente de su manada.

7 brujas 7

7 brujas 7

Mi madre te hacía comprender que no importaba el trabajo que una mujer hiciera, había que tomarse un tiempo para cuidar la piel. Mi madre, bruja mayor de la cofradía, tenía manos hermosas y estaba siempre agitándolas, hasta dormida. Espantaba así, en los sueños, los maleficios o atraía los espíritus benévolos.

La segunda hermana , la mayor de mis tías, era muy trabajadora, inagotable día y noche, noche y día. Te recordaba que cuando de trabajo se trata, el esfuerzo debe de ser «dar lo mejor». Sus lociones para ahuyentar dolores de todo tipo eran infalibles.

Mi otra tía, la tercera bruja, nació con una cabellera gris de plata pura, era artista de la tijera y la aguja, cualquier trozo de tela se transformaba en algo sumamente elegante cuando pasaba por su caldero.

La cuarta tía bruja, tenía el don de los secretos. Sobre su espalda delgada pero firme pendían todos los secretos ancestrales de la familia, buenos y malos. Era la guardiana y sólo los daría a conocer de haber peligro inminente de vida o de alma, que es casi lo mismo.

La quinta bruja tía era romántica por excelencia. Podía curar amores contrariados, amores emperrados o terminar los amores desgraciados. Hizo y deshizo parejas a diestra y siniestra. Celestina por naturaleza propia pasaba el día leyendo novelas o cantando con voz de flauta canciones románticas.

La sexta tía bruja era madre de siete pequeñas brujas que nacieron de una sola vez y le robaron los poderes pero conservó el don de amamantar hasta casi sus ochenta años. Su leche alimentó generaciones de brujas.

La séptima fue la única bruja famosa, curaba empachos, mal de ojos, hacía conjuros para amores o desamores. Cobraba carísimo su tarot infalible o sus predicciones numéricas.

Las siete podían hablar con los muertos, con los animales o las plantas.

Decidí heredar un poquito de cada una y fue así como me fue legado el don de contar y escribir historias.

Papelita

Papelita

Le pusimos Papelita porque era tan fina como un papel. Tan delgada como una hoja de árbol cuando se suicida tirándose del árbol. Tan grácil como un avión de papel de arroz. Tan pero tan delicada que cada hueso amenazaba a quebrarse con un mínimo golpe.

Hubo una época que derrochó popularidad y se ocupó de esa página en los diarios locales que sólo ella podía hacer. “ La dama de sociales” había llamado Onetti,en un cuento bastante cruel, a la mujer que cubría esa sesión imposible para un periodista.

Papelita fue por años esa dama que dibujaba en lenguaje excelso las fiestas de los ricos. Tenía un amplio vocabulario para describir adornos, telas, peinados, modistos y diseñadores. Aprendí que los adornos que ponen en las mesas de fiestas tenían nombre. Nunca hubiera entendido, sin su explicación, que los zapatos se podían calificar. Y las faldas también e incluso, los trajes masculinos. Y mi paleta de colores se acrecentó infinitas veces con nuevos tonos gracias a su lenguaje prodigioso.

Papelita vestía con elegancia propia y podía lucir muy bien a pesar del sueldo miserable que le pagaban. Aprendió a vestirse, peinarse y maquillarse con un secreto arte casero que hasta las personas más ricas, aceptaban como buenas. Sus colores siempre limitaban con tonos ocres y marrones,su piel cobriza le iba a tono.

Por años mantuvo a raya su delgadísima figura con una dieta de monje, hizo gimnasia como adolescente enardecida y se escapó de uniones desagradables porque odiaba “atender “ a cualquier hombre dentro de su casa.

Coleccionó algunos amantes y después los tiró sin culpa. Jamás aspiró a casarse, tener hijos, o adaptarse a ser una solterona.

Cuando la jubilaron el arco de su columna se dobló como junco, los ojos marrones se taparon de patas de gallo y se fue olvidando de a poco el nombre de todos los adornos y vestidos que describió por años.

Papelita adelgazó sin tregua y ya no hizo gimnasia. Era cada día más parecida a una hoja de otoño.

La vimos salir revoloteando una mañana de abril y pensamos que era falso, que sería ilusión óptica.

⁃ Las mujeres que han sufrido pueden volar, me dijo mamá

⁃ Las mujeres incomprendidas, se alejan en un vuelo increíble, aseguró mi hermana.

⁃ Papelita leía mucho, era tan culta, por qué voló, seguía insistiendo yo que era demasiado joven.

⁃ Porque no pudo con esta sociedad…hizo lo que la dejaron hacer, dijo mi amiga.

Papelita voló con el primer viento loco de un otoño ocre. Los diarios locales jamás lograron otra crónica social para las fiestas de los ricos tan minuciosamente bien escrita como la suya y nosotras, tampoco logramos olvidarla.

Papelita

Papelita

Le pusimos Papelita porque era tan fina como un papel. Tan delgada como una hoja de árbol cuando se suicida tirándose del árbol. Tan grácil como un avión de papel de arroz. Tan pero tan delicada que cada hueso amenazaba a quebrarse con un mínimo golpe.

Hubo una época que derrochó popularidad y se ocupó de esa página en los diarios locales que sólo ella podía hacer. “ La dama de sociales” había llamado Onetti,en un cuento bastante cruel, a la mujer que cubría esa sesión imposible para un periodista.

Papelita fue por años esa dama que dibujaba en lenguaje excelso las fiestas de los ricos. Tenía un amplio vocabulario para describir adornos, telas, peinados, modistos y diseñadores. Aprendí que los adornos que ponen en las mesas de fiestas tenían nombre. Nunca hubiera entendido, sin su explicación, que los zapatos se podían calificar. Y las faldas también e incluso, los trajes masculinos. Y mi paleta de colores se acrecentó infinitas veces con nuevos tonos gracias a su lenguaje prodigioso.

Papelita vestía con elegancia propia y podía lucir muy bien a pesar del sueldo miserable que le pagaban. Aprendió a vestirse, peinarse y maquillarse con un secreto arte casero que hasta las personas más ricas, aceptaban como buenas. Sus colores siempre limitaban con tonos ocres y marrones,su piel cobriza le iba a tono.

Por años mantuvo a raya su delgadísima figura con una dieta de monje, hizo gimnasia como adolescente enardecida y se escapó de uniones desagradables porque odiaba “atender “ a cualquier hombre dentro de su casa.

Coleccionó algunos amantes y después los tiró sin culpa. Jamás aspiró a casarse, tener hijos, o adaptarse a ser una solterona.

Cuando la jubilaron el arco de su columna se dobló como junco, los ojos marrones se taparon de patas de gallo y se fue olvidando de a poco el nombre de todos los adornos y vestidos que describió por años.

Papelita adelgazó sin tregua y ya no hizo gimnasia. Era cada día más parecida a una hoja de otoño.

La vimos salir revoloteando una mañana de abril y pensamos que era falso, que sería ilusión óptica.

⁃ Las mujeres que han sufrido pueden volar, me dijo mamá

⁃ Las mujeres incomprendidas, se alejan en un vuelo increíble, aseguró mi hermana.

⁃ Papelita leía mucho, teníamos charlas increíbles no entiendo porqué se ocupó de esa página absurda que la hizo desaparecer, decía yo que en ese tiempo era muy joven.

⁃ Porque no pudo con esta sociedad…hizo lo que la dejaron hacer, dijo mi amiga.

Papelita voló con el primer viento loco de un otoño ocre. Los diarios locales jamás lograron otra crónica social para las fiestas de los ricos tan minuciosamente bien escrita como la suya y nosotras, tampoco logramos olvidarla.

Tías

El primero de todos los eneros, los de antes y los de ahora, son lentos, las horas se detienen, los sueños y las esperanzas están tan nuevecitos que ni el papel de regalo se ha roto. Se demora el día para asimilar que otra vez, sí, otra más, estamos con calendario a estrenar. Hay que remar otro año y nadie puede decir si terminará, si habrá o no, si tendremos o perderemos.

Por eso es bueno una casa llena de tías, como la mía cuando pequeña, las tías son muy buena receta para el primer día de enero.

Llega una y te da un consejo, llega otra y te cuenta un chisme, otra se aventura a predecirte algo increíble, otra te depila por vez primera aunque vos des alaridos de terror, otra pica las sobras de la comilona de anoche, otra hace té para las que bebieron de más.

Nada más feliz que una cocina llena de tías. Todas saben todo de todas y de más allá y de más acá. Todas pueden gritar y entenderse a la vez. Todas pueden dejar que sus hijos vayan y vengan pero no les permitirán interrumpir esa reunión compleja, espiritual, chismosa, cruel, tierna y tan femenina que se puede lograr en un grupo de tías.

Así, recordándolas, comienza otro año. Gracias por tanto.

Veinticuatro horas

Era una ciudad común y corriente que estaba creciendo a la vera de un río. Como no paraba de crecer alguien inventó eso de vender de noche y de día y de día y de noche para que las ventas también crecieran.

Y fue tan bueno que crecieron los vendedores y los puestos para no parar de vender.

Hubo tantos que la ciudad se desveló. Los habitantes empezaron a comprar casi todo en la noche y al día siguiente se dormían y llegaban tarde al trabajo e incluso niños y maestros llegaban tarde a la escuela.

Los señores gobernantes decidieron correr los horarios y modificar los relojes. La noche ya no era noche, el día ya no era día. Las cortinas en las ventanas estaban desahuciadas y los gallos mudos. Se gastaba tanta luz por andar comprando en las noches que inventaron un espejo gigante para reflejar la luz de la luna.

Entonces la luna dejó de llegar y el sol anduvo perdido de ocasos en amanecer, despistado y sin huellas.

La ciudad con más ventas del mundo se perdió en los confines de todos sus comercios y ni un solo habitante supo ni qué hacer, ni por dónde regresar…