Vendedor de espejos

Un vendedor de espejos en este siglo es una auténtica estupidez. Eso pensó el pueblo entero y esa noche, en la plaza, cuando el hombre armó su estand y comenzó a lucir sus espejos, no se arrimó nadie.

Pero el vendedor fue perseverante, toda la semana a la misma hora montaba su puesto ambulante de espejos. Al final los ganó la curiosidad y fueron visitándolo.

Nadie se quedó sin comprar un espejo. Era fascinante: llegabas y sólo con tu nombre, tu fecha de nacimiento y tu color favorito, te asignaba tu espejo. Y te lo comprabas.

Quién podía resistirse a un espejo que te mostraba tu infancia, tu presente y tu futuro?

El vendedor de espejos regresó al año siguiente y otra vez ofreció sus espejos mágicos. Y esta vez todo el pueblo compró uno para ver qué le anunciaba la fortuna.

Pero eran espejos normales qué solo reflejaban caras. Cuando fueron a quejarse, el vendedor asombrado, les dijo que era la primera vez que visitaba ese pueblo. Que jamás había vendido espejos «raros», que no sabía de qué le hablaban.

Hubo una gran discusión. El pueblo entero frente al vendedor de espejos. Ante la insistencia y los gritos, el vendedor dijo:

– Tal vez ustedes vieron a mi abuelo muerto. Dicen que era medio brujo y vendía espejos especiales. Lo raro es que hace años está muerto. Mi padre nunca vendió espejos y yo, el año pasado, al quedarme sin trabajo decidí probar suerte con lo que mi abuelo dejó. Pero no vine al Norte, estuve por el Sur…

Mujer espejo

Un espejo y sólo uno. No había otro que pudiera mirar. Sería su loca fijación porque lo heredó de su abuela, sería porque fue lo único que conservó de su infancia. Quién sabe y qué importa.

En la afilada y resbalosa superficie, cada noche se untaba la cara con crema…escudriñando. Algunas veces el cristal le hablaba o más bien, le mostraba: sus absurdas mentiras, sus comentarios hipócritas, su mansedumbre comprada, su indiferencia pagada, su lejanía forzada.
El espejo era el que nunca le mentía. También el único que en realidad la conocía. Era su único amigo y confidente.
En la vida real: ella era la bien amada esposa, madre, empleada.
Pero cuando la casa quedaba oscura y en silencio, su último ritual era ponerse crema en la cara frente a ese espejo que enorme y biscelado, era la puerta del antiguo ropero de la difunta abuela, la miraba y escrudiñaba.
Allí y sólo allí lloró cada una de las amantes de su marido, la indiferencia absurda de los hijos, el trato insensible de compañeras de trabajo, su frustración en el lecho del amor, la lujuria solitaria que ocultó siempre.
Frente a ese espejo tramó venganzas y se atrevió a verse a si misma, no sólo como fracasada sino también como posible asesina.
Ya casi tocaba el ocaso de su vida, sus ansias querían saltar del espejo a la realidad, no soportaba más su doble vida. Planificó cada detalle de su venganza que comenzaría con las amantes de su marido y seguiría con él.
Esa noche frente al cristal de la abuela se confesó por primera vez en voz alta, habló como con su hermana gemela… por primera vez se atrevió a escuchar en voz alta su plan de venganza. Tenía cincuenta años de observación y silencio.

Y la vieja puerta chillando polvo y olvido de pronto se abrió. Y ella no resistió la curiosidad de mirar adentro. Y miró y no regresó. Nadie más la encontró o la vió.
Algunas veces, después de años de darla por muerta, el marido y los hijos creían ver su imagen en el viejo espejo… pero sacudían la idea y nadie lo contó jamás.
Del lado del cristal, sin otra posibilidad que observar y descubrir pasiones, odios, hipocresías y otras ridículas formas de vida, ella sólo observa.

Casa del recuerdo

Queridos padres: encontré la casa!. No me pregunten, es largo de contar. Debí vender algunas cosas sólo para localizarla. Finalmente la encontré. Deben de venir urgente. Yo aviso a mis hermanos.

Olvídense de encontrarla como la dejamos. Aquel suntuoso living, el teléfono con manijita, el comedor para doce personas y nuestras habitaciones en la planta baja, conservan apenas algunos retazos de lo que fueron.

Sin embaro la gran pérdida fue la planta alta. Allí, en ese laberinto de piezas casi vacías, pasé los mejores años de mi infancia. Tuve mi primer biblioteca. Nada queda de eso. Ni un pedacito de muro para ponerme nostálgica.

Y el gigantezco taller de carpintería donde nos hicimos nietos postizos de aquel yugoeslavo orfebre qué escapó de la guerra y quisimos de verdad, ni rastros.

Tienen que venir. No sé si podremos reconstruirla. Está todo tan caro…Pero aún podremos estar todos juntos y recordar los cinco mejores años de nuestra vida familiar.

Mis hermanos también vendrán. Estoy segura. Al final eso de que soy la única sobreviviente es pura trivialidad. Ustedes vengan yo sé bien que como almas o fantasmas, me ayudaran en esta reconstrucción utópica.

El llamado del escritor

Exacto, coincido totalmente!

Avatar de JJ ZaratrucianoRealismo Antimágico

“Escribir no es normal. Lo normal es leer y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo; leer a veces puede ser un ejercicio de sadismo, pero generalmente es una ocupación interesantísima”.  Roberto Bolaño

Escribir es un oficio, crear historias es el arte. Escribir es como hacer ejercicio, todos quieren verse bien, pero son pocos los que se comprometen con el gimnasio y la dieta para lograrlo. Escribir es igual, en todos hay grandes historias que contar, pero de ahí a escribirlas se requiere algo más que fuerza de voluntad porque no es una obligación, es una necesidad. Nadie llega a la literatura por casualidad.

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Casa humilde

Era una casa humilde, cercana al mar. Casa de chacareros pobres. No faltaba la sombra del parral en el patio. Ahí, debajo, escuché miles de cuentos en el verano. En su galería pequeña y sombreada de plantas, escuché las cosas más graciosas e interesantes de mi infancia.

Era sí, muy humilde la casa. Pero era mi lugar favorito para ir en vacaciones. No habían reglas de etiqueta, se podía andar sin peinarse y descalzos, los tíos abuelos jugaban con nosotros, de noche no faltaban los cuentos a la luz de las luciérnagas. El baño cotidiano era una gran tina antigua donde una podía quedarse hasta que el calor se evaporara.

Yo tenía un cariñoso y agradable recuerdo en esa casita. Por eso discutía tanto, por eso no quería regresar. Pero acá estoy, me ganaron, me hicieron venir.

La tibieza y la felicidad de mi infancia han quedado reducidas a una pocas y crueles palabras de unos versos que recuerdo bien :

» y qué iba a hallar al volver/ tan sólo hallé la tapera». ( del Martín Fierro de José Hernández)

La foto

Sacar fotos a casas abandonada fue mi entretenimiento aquel verano. Treparme en el risco, pisar sus desniveladas galerías invadidas de yuyos , intentar con la cámara una imagen que diera cuentas del dolor de su abandono. Inútil, nada era tan bueno como yo esperaba.

Fue la noche en que la luna mostró el mar detrás de una de las ventanas voladas cuando que creí lograr la imagen perfecta. Tomé una y más, era una noche tan mágica y aquella casona lucía tan triste mostrando el paisaje por sus ahuecados bordes.

Después de las tomas rápidas fui corriendo a ampliar mis codiciadas fotos. Entonces supe que fotografie una pareja o más bien, sus sombras. Entre la luna y el mar,intemporales y distantes, una pareja en sombras escapó por algún lado y posaron para mí mientras yo soñaba que fotografiaba una casa en ruinas.

Me fui enterando de a poco, porque me daba ese no sé qué averiguar en un lugar desconocido, qué había sucedido allí.

La historia de una pareja enamorada y feliz, recién casados, ricos herederos, sin que ni la salud, la belleza y el amor les faltara, que se suicidaron y luego, ante el horror, la mismas familias quemaron parte de la casona… me dejó temblando.

La historia la conoce todo lugareño. Por las dudas, no me traje las fotos.

La casa del mendigo

La casa abandonada donde mis hijos jugaban de niños tenía un mendigo que dormía en ella. En lo alto del peñasco se levantaba orgullosa la mitad o menos, de lo que fue una sólida mansión. Tenía en sus memorias luchas familiares por su posesión que terminaron, vaya a saber porqué, en su total abandono.

Y los niños insistían en ir cada tarde y correr entre sus escombros, gritar entre las paredes venidas abajo o encontrar arañas más o menos grandes.

Un día, su único habitante, el mendigo, decidió acostarse temprano. Tal vez fue el frío. Y cuando los niños entraron con sus locas risas les habló desde la sombra de una pared. La ilusión del fantasma los hizo gritar con el miedo alegre y caprichoso que dan esos hechos en la infancia.Llenos de felicidad venían a contarme cada tarde que el fantasma los espantaba.
Sé que debí ser más cauta con aquel personaje mitad ficción, mitad pobreza. Sin embargo nunca pude tener miedo por su figura harapienta.
Pasó el tiempo y un día noté que mis hijos ya no tenían tanto entusiasmo por ir cada tarde a jugar con la ilusión del fantasma. Sin dudas, habían crecido.
– No-respondió el mayor ante mi pregunta de porqué ya no jugaban más en la casona abandonada-su único dueño, el fantasma, ya está muerto.
Esa tarde yo misma me atreví entre escombros y raíces a recorrer las ruinas. No hallé ni volví a ver al mendigo.
Pregunté a los vecinos y después a la policía, nadie lo recordaba, nadie lo conocía y negaron haber visto jamás un mendigo en la casa abandonada.
Ayer terminaron su demolición para reciclara, mis hijos, que ya me han hecho abuela, recordaban conmigo sus infancias y su fantasma que los llevaba cada tarde a correr y gritar entre las ruinas. Estábamos con esos recuerdos cuando apareció la policía, debajo del piso del salón principal encontró un esqueleto enterrado…

Casa de alguien

No hay nada más triste que una casa abandonada y en ruinas. Me detengo en una que hay en el camino. Escudriño sus escombros buscando sus recuerdos. En esta ventana ahora sin marco alguien divisó un amor. Por esta puerta dando un portazo se habrá alejado alguien. En esta habitación llena de yuyos habrán reído los niños y aquí, dejó huellas la cocina, lugar donde la familia se reunió. Qué tipo de pasión habrá escuchado la pared rajada del dormitorio grande. Cuántos sueños habrán escuchado estos despojos domésticos. Gritos, risas, suspiros, rezos y pasiones. Este laberinto de escombros escoltados por puros yuyos, es el lugar donde alguien albergó la vida. Al costado del camino solitaria y violada de secretos quedó la casa abandonada.