De religiones


Es difícil definir el estado espiritual de mi familia. Era fácil ser creyente y no serlo, también. Teníamos serios conflictos espirituales.
Católicos no practicantes podría definirnos. Pero había algunas viejas raíces anarquistas y comunistas que se negaban a creer y por respeto a la Gran Matriarca, mi abuela, no lo decían, pero si podían te sembraban la duda razonable. Y mi padre se llamaba ateo y se reía de las cruces que se hacían cuando lo proclamaba. Pero aún así, dejó mi educación en manos de las monjas.
Los tíos abuelos contaban historias de un Jesús casi comunista y un Pedro avaro que representaba al Vaticano. Teníamos una crisis espiritual permanente.
Como mi hermana que de puro transgresora abrazó otras creencias, que la llevaron desde la reencarnación budista a tirar el Tarot y hacer cartas astrales. No me quedó mucha alternativa y me fui arrimando a un materialismo que me arrojaría de cabeza en un marxismo prohibido.
La transgresión comenzó y no hubo maneras, ni familia, capaz de contenerla. El castigo llegaría en forma inexorable.

Novelas


La radio del taller de costura, en la casa de mi abuela, estaba siempre encendida y las novelas, radio teatros, se sucedían regularmente. Desde las primeras horas de la tarde hasta llegada la noche.
Mi tía podía seguir más de ocho novelas diarias sin interrumpir su labor de artesana y modista. Cuando el trabajo la desbordaba acudían las hermanas a ayudarla.
Casamientos o fiestas de alto porte demandaban manos extras para finalizar infinitas puntadas.
La tía explicaba antes de cada radio teatro el resumen del mismo. Y cuando la cortina musical lo anunciaba, las agujas laboriosas trabajaban en silencio. Curiosa por aquellos dramas radiales me acercaba y cebaba mate.
Un mundo de amores y desdenes con fondos musicales caían en mi imaginación casi infantil. Amaba, odiaba, me ponía triste con la ayuda de esas voces. Y lo mejor era el después: comentarios obligados de lo que sucedería en el próximo capítulo.
Los radio teatros como las fotonovelas descansan en el rincón de los olvidos. Hoy quería contar como pasábamos las tardes largas, sin prisas, ni aburrimiento. La voz era nuestra compañía. La imaginación, la aliada.

Los jardines

En días de lluvia como hoy, después del infierno del calor, mi madre salía a hablar con sus plantas. Se mojaba sin importarle y a cada una le hablaba con tonos de voz distinto, les contaba o les preguntaba.
Con papá la mirábamos y nos reíamos un poco, tomábamos un mate y le reprochábamos sin escándalos la dulce locura de creer que la escuchaban.
Mi madre tenía un jardín espectacular, nunca compró plantas, siempre robó gajos, siempre le regalaron o las consiguió.
Hoy, en estos días donde tener jardines cambió el estatus de una casa, donde las plantas como las mascotas se han vuelto parte de ser o no ser determinada élite, recuerdo a mi madre. Simple y sencilla, con jardín rebosante, hablando bajo la lluvia mansa, con todas ellas, contándoles, preguntándoles…Qué tan sabia era y yo recién me doy cuenta.

Los martes

Los martes mi pequeña casa se transforma. Le preceden días de preparación en secuencias desde el viernes, así cuando llega el martes puedo terminar el ritual completo.

El martes bebo ese batido especial cuya receta dejó mi abuela y que rezó en voz alta por primera vez, en su lecho de muerte. Sólo mi madre la recordó y luego la escribieron: mi abuela era analfabeta.

Así comienzan mis martes: brebaje de la abuela. Baño con flores y hierbas. Ropa de algodón. Y voy juntando fotos y encendiendo velas. Luego inciensos hasta que la casa cambia su aspecto.

Mi querido amigo, amante, compañero de vida sabe que los martes debe dejarme sola hasta el anochecer.

Camino por la casa, voy nombrando mis muertos queridos, mantengo una discusión con mi hermana y le pregunto a mi madre si me dará la razón. Coloco un disco de Piazzolla y charlo con papá si es o no tango. Le pido a la abuela un cuento de su cultura italiana que sólo ella narraba. Vuelvo a leer con mi hermano un libro del lejano oeste. Mi difunto marido fuma como siempre y sonríe como la última vez. Mis tías discuten todas entre ellas y yo, cebo mate con hierbas y un poco de azúcar.

El día se desplaza lento. Vuelvo a encender más velas y enciendo más inciensos. Lleno los floreros con flores, dejó un fondo de música suave. Llegó la hora de beber con ellos y brindar y agradecer que cada martes, estén conmigo…

A veces también vienen algunos amigos y amigas muy entrañables, mis suegros y mi hermanita, que nunca conocí y la puedo tener en brazos.

Después se van retirando sin hacer ruido, me voy durmiendo en el sofá, les tiro besos, les digo: “ hasta el próximo martes” y me duermo en paz.

Dicen que estoy loca, que bebo mucho, que alucino, que uso drogas… tal vez todo eso sea cierto pero el resto de la semana, lo juro!, soy una persona normal.

Muerte y después

El sol rojo y eterno se va a morir por un rato

Cae sobre la magnificencia del agua en el eterno e infinito horizonte

Mil puestas de sol no te alcanzan para seguir mirando, ni a mi, ni a nadie…

No somos especiales: toda la humanidad se ha detenido a mirar alguna vez, la puesta del sol.

Es un poco esa sed de inmortalidad: sabemos que regresa, es una muerte falsa su caída roja sobre la lejanía… y tenemos la esperanza de volverlo a ver.

Así reanudamos el ciclo y nos sentimos eternos como el astro rey.

La muerte mentida del sol lleva millones de años, es un breve refugio para abrazar la noche, abrazar la oscuridad , rodearnos de ella o dormirnos en ella y renacer con el nuevo nacimiento del sol.

El crepúsculo suele ser lo más romántico del día y tal vez por eso mismo, lo visitamos con frecuencia pero… qué tiene de romántico la cercanía de la muerte? Nada en la vida humana…pero todo en el deseo antropológico de eternidad.

El sol se muere de mil colores y el rojo es el favorito de fotógrafos y poetas. Porque el rojo es pasión y morirse o irse, es lo mismo, mejor llenos de pasión que blanco hielo.

Dejemos, una o mil veces más, que el sol se vaya fingiendo muerte, mirémosle arrebolados de belleza… tal vez podamos parecernos mísera mente en morir en rojo pasión…

Vendedor de espejos.

Un vendedor de espejos en este siglo es una auténtica estupidez. Eso pensó el pueblo entero y esa noche, en la plaza, cuando el hombre armó su estand y comenzó a lucir sus espejos, no se arrimó nadie.
Pero el hombre fue perseverante, toda la semana a la misma hora montaba su puesto ambulante de espejos. Al final nos ganó la curiosidad y fuimos visitándolo.
Nadie se quedó sin comprar un espejo. Era fascinante: llegabas y sólo con tu nombre, tu fecha de nacimiento y tu color favorito, te asignaba tu espejo. Después de conocer estos datos buscaba con paciencia entre las filas de espejos colgados, apilados, embalados. Su concentración mientras revolvía aquel mundo de espejos era absoluta. El resultado: increíble.

Una vez que te daba tu espejo lo comprabas, era imposible no hacerlo. En primer lugar porque nunca se excedía con el precio pero, lo más importante era lo que veías en él.

En laberíntica forma se veía tu vida: la infancia desamparada o feliz, la adolescencia rebelde o abúlica, tu presente incierto o realizado… pero aún más: tu futuro a corto o lejano plazo.

Y el pueblo se obsesionó y nadie se quedó sin su espejo. Y había una especie de fijación por mirar cada día el futuro, algunos que habían tenido pasados felices se quedaban en él y ya no veían más. Otros, abstraídos sólo atinaban a espiar su muerte.

Y cambiamos….y el vendedor se fue, no supimos cuándo, dejó un pueblo diferente. Ya nadie puede ser la misma persona cuando puede recordar con precisión o saber cómo y cuándo será su muerte.

Perdida

Estoy buscándome por millonésima vez,

verdadero desastre mis búsquedas.

Me declaro feminista, transgresora, de izquierda

apasionada de causas rebeldes y sin embargo…

Siempre sigo encontrando una mujer con complejos

Una mujer con culpas cristianas que se dice atea

Una mujer que se parece a su madre cuando juró ser diferente…

De fracaso en fracaso y el resto, ellos y ellas, creen que soy inteligente y exitosa…

Habría que definirles qué es inteligencia y qué es éxito…

Pero tal vez subconsciente les venda esa imagen: triunfal, poderosa, simpática, guerrera, incansable y bla bla bla…

Debe de ser mi máscara, mi armadura, y cada vez que me la quito encuentro debajo las mismas debilidades pero llenas de arrugas y canas…

No he logrado nunca meditar… esta es mi única forma de encontrarme, me escribo, me describo, me invento, me miento, me pierdo, me reencuentro…

Quisiera saber si esta técnica comenzó a los diez o catorce años pero no lo sé y si así fuera…entonces yo no sabía que era esto lo que hacía: catarsis con la escritura.

Me he inventando tantas historias con mi propia vida y las ajenas que son incontables…me ha bastado recortar, agregar, imaginar y listo! También lo hago cuando escribo para niñas, niños: pero ahí… soy más feliz, mucho más.

Ahora… hace tiempo no escribo exclusivamente para mi público favorito. Estoy muy triste. No es época para escribirles… es época de mi tristeza.

Época de llorar pero no me llega el llanto, época de recuerdos y anhelos injustificados (?), época de volverme otra vez sobre mí misma…

Cuando pueda y termine de llorar… sin saber muy bien porqué… retornaré. O no… todo es tan efímero y extraño en estos días…

La obsesión de Adelaida

Adelaida se volvió loca con la casa. No sé si porque fue la menor de once hermanos o porque enferma desde pequeña, debió permanecer mucho tiempo encerrada en la casona familiar.

Después se fueron muriendo los abuelos y sus padres y a partir de ahí, su vida fue una búsqueda desesperada para no salir de la casa.
Hizo de todo, todo es todo, no pregunten tanto, imaginemos los todos de una mujer desesperada y con una obsesión. Fue comprando la parte correspondiente a cada hermano. Tuvo suerte con los mellizos que ricos en el extranjero, le cedieron sus partes.
Y no vivió más que para eso. Para cuando terminó todos los pagos tenía casi setenta años. Ni hijos, ni marido, hasta sobrinos sin conocer. Se murió en la casa y nadie se enteró. Encontraron su cadáver momificado y la casa en ruinas. Ladrones, gatos y perros vagabundos se habían comidos su esfuerzo en menos de seis meses.