Oración para el nuevo año

Empezó el verano
ya se escuchan chicharras;
ayer, escuchamos ranas…
Ya se alargó el día y
este sol quema sin tregua…
Ya se arriman las fiestas tradicionales,
este año llegaron antes?
Es un misterio o un Ministerio esto del tiempo?
Empezó el verano y se fueron corriendo
las mantas, las bufandas y este año…sí este,
también se está yendo.
Volveremos a tener la esperanza inevitable,
la ilusión adherida a cualquier cosa linda,
olvidaremos el virus, el hambre, la guerra,
los planes, las vacunas, y hasta nuestros muertos…
El arte de sobrevivir exige no rendirse,
debemos tener unos momentos de magia,
brindar con brillo en los ojos,
abrazar a los que tengamos cerca…
El arte de sobrevivir exige amar
y pide a gritos empatía…
Llegó el verano y se está muriendo lento
otro año inusual que nos hizo pensar más
que nunca: qué solitario está nuestro planeta… qué solos estamos,
“sólo somos polvo de estrellas “,
lo dijo un sabio…,
qué falta nos hace una humanidad solidaria …
Por ahora… sólo comenzó el verano
y este año se va cayendo del almanaque
y la esperanza, obstinada,
regresa.

Josefa

La prima Josefa.

Era prima de mi abuela, pero lo mismo sirve si viene al caso contar una historia que parece mentira. Resulta que Josefa nació en una gran familia de raíz puramente itálica, creo que nació apenas bajaron del barco o algo así. Cuando digo gran familia es porque eran más de diez, seis varones. Lo que tuvo fue la suerte de ser la última porque la madre ya no pudo tener más niños. Y nació delgadísima, crecía apenas, tenía unos pelitos rubios y escasos en una cabeza menuda. La pusieron durante la infancia en cuanto tratamiento vigorizante conocían. Mientras araban los campos y ordeñaban las vacas, le daban todo tipo de grasas y aceites para engordarla y para desafiar al médico que le dio apenas unos meses de vida.

Y fue bueno porque se quedó viva, bien viva, aunque siempre andaba como entre nubes. No creció como los demás, siempre tan delicada, tan frágil, tan rubia, tan blanca, tan etérea. Fue la regalona del padre y los ojos de la madre. Debido a su contextura de muñeca de porcelana ella no anduvo en los campos, ni siquiera para verlos. No montó a caballo, no tuvo que endurecer sus manos podando citrus, no tuvo ni siquiera que aprender a hacer tallarines caseros como toda buena hija de italianos. En cambio, y para su suerte, la dejaron ir a la escuela hasta los trece años. Y también la dejaron leer a su gusto. En realidad, lo de la lectura les sirvió a todos porque en épocas de grandes faenas como la de hacer vinos o las de carneadas de animales con sus posteriores hechuras de embutidos, Josefa leía para todos, la escuchaba con deleite la prole completa.

Las únicas tareas que le asignaron fueron el cuidado de los pájaros enjaulados y el jardín del frente de la casona que seguía creciendo con la fortuna de estos italianos trabajadores. Josefa regaba las plantas y cantaba, les daba alpiste a los pájaros y leía novelas. Se aburría a los quince y a los dieciséis, más. Los hermanos mayores ya estaban ennoviados con buenas gringas, los casamientos ya se olían en los aires y Josefa se aburría. Y fue por aburrirse que levantó la cabeza y lo vio.

Lo miró y se miraron, ella nunca había visto un hombre así ni siquiera en sus novelas. Aindiado, con unos ojos oscuros y atrevidos, un físico fuerte y moreno, le desveló las noches. Todos los días a la misma hora salía al frente de la casona para mirarlo, para que la mirase de esa forma provocadora y única.

Los cuentos de esta prima lejanísima no conocen los caminos del idilio, duró apenas unos meses es seguro por las fechas, mi abuela coleccionaba fechas y sabía de los nacimientos, casamientos y muertes de toda la familia. Duró poco porque ambos sabían que jamás los dejarían tener un noviazgo como se acostumbraba. Él era descendiente de aborígenes, peón de poca monta, casi analfabeto salvando la firma. Además de la prohibición seguro que él iba a recibir una paliza ejemplar e iba a ser obligado a abandonar la zona.

La prima Josefa perdió la razón, pero siguió alimentando canarios y zorzales, siguió regando rosas y camelias, mientras tanto en un viejo galpón iba acumulando cosas que misteriosamente se perdían. Ropas, cobijas, alimentos secos, herramientas pequeñas y armazones para el zulqui. Así hizo su provisión para el escape, se fugaron tremendamente enamorados.

Los buscaron unos cuantos días, después se declaró el olvido del nombre de Josefa. Nunca más la nombraron en la familia. Nunca más supieron de ella hasta que su prima, mi abuela, la encontró. Para ese tiempo mi abuela era ya una mujer casada con el buen gringo que fue mi abuelo, no se cansó de preguntar hasta que dio con ella. La ubicó en un rancho pobre, con piso de tizón pisado y paredes blancas de cal. La encontró con unas pocas vacas que le proporcionaban el escaso dinero que entraba en una casa llena con cinco hijos. Fue dispuesta a insultarla, a pegarle a aquel indio ladino que le robara la más hermosa de sus primas, pero no pudo. La vio radiante y feliz, cantando en su pobreza, la vio madre y mujer plena y la perdonó. El camino hacia aquel rancho pobre sería una cita obligada para mi abuela después de esa primera vez. Los padres y demás hermanos de Josefa nunca quisieron andar ese camino.

En cambio, nosotros, los nietos de mi abuela, supimos ser felices en ese rancho con vacas y lleno de uva en sus patios. El indio, que se transformó en el mejor primo de mi abuela, contaba historias hermosas bajo un cielo de verano, inventadas o ciertas, qué importaba. Le gustaba contarnos historias. La prima de mi abuela ya cercana a los sesenta años se veía siempre feliz, con una sonrisa abierta, de mujer plena y sin rencores.

De mis recuerdos de infancia son la pareja más feliz que he visto. Siempre de la mano en amoroso dúo. Los domingos eran los más festivos: tenían un ritual maravilloso.

Él llegaba borracho sobre su caballo, llorando, implorando perdón desde el portón del patio enorme. Los hijos y nosotros, parientes lejanos y niños, nos escondíamos detrás de los muebles. Ella aprontaba un mate especial. Al fin de una hora de llantos y lamentos, él entraba y se sentaba, ella sin palabras lo obligaba a tomar el mate. Nunca supe que ponía en ese mate: al tercer mate ella arrimaba una palangana porque él vomitaba hasta la última gota de vino. Luego reinaba la paz, ella lo llevaba a una gran bañera antigua y lo metía ahí con yuyos y aceites de olor, él se dejaba bañar y ella le cantaba como a un niño. En la noche, después que despertaba de su borrachera: los hijos lo imitaban, repetían domingo a domingo la escena y ambos reían a carcajadas.

Cuando ella murió él se dejó ganar por el alcohol y lo mató la cirrosis que se provocó.

Se suicidó de amor el indio noble y cuentero que se ganó el corazón de la más bella de las primas.

Elsa, sin amor

( una historia casi real que tiene unos 80 años)

Elsa, sin amor.

La prima Elsa, la que tuvo una infancia infeliz. Un padre que se fue temprano de su casa, tendría unos siete años, una madre que se consuela rápidamente con otro hombre, el que se transforma en su padrastro y cuando cumple  los doce años comienza a perseguirla por los rincones. Lo evitó hasta que pudo, a los catorce se fue a vivir con los únicos parientes que conocía. A los quince años con sus escasos conocimientos pudo entrar en la banca nacional de quiniela y ahí pasó casi cuarenta años, hasta que se jubiló. Pudo estudiar mucho más pero tuvo que hacer lo que hacían las primas de antes: casarse, cuidar a los demás, tener un hijo.

Se había enamorado de Gardel, amaba su forma de cantar y lo idealizó tanto que cuando él se murió, pensó por primera vez que la vida no valía nada. Una sola vez el mito vivo de Gardel pasó por su pueblo, pueblo costero de un Uruguay pequeñito, lo miró desde la acera, descalza, desde la calle donde pasó raudo el auto que lo llevaba. Pero ese simpático hombre morocho, algo gordo, con la sonrisa más linda del mundo, se asomó por un minuto y saludó. Fue un instante, nada más, pero la miró a los ojos y supo que nunca más amaría así. También supo que nunca lo tendría, que era quimera y utopía, pero se guardó la mirada en el rincón de su alma donde nadie jamás entraría.

A los diecisiete, ya estaba ocupando un pequeño cargo en la banca, era algo así como secretaria, en el tiempo que no era glamoroso serlo. De todos modos hacía de todo, hasta lavar los baños pero con los números le iba tan bien que poco a poco fue ganando espacios en el escritorio. En ese tiempo fue cuando  vio al segundo hombre con el que pudo ser feliz pero, las trampas ya estaban colocadas. Se miraron con algo de descaro en la calle principal. Lo repitieron unas pocas veces más, se cruzaban y se miraban. La única vez que ella, salvo con Gardel, se atrevió a enviar ese mensaje que mandan las almas femeninas a través de las miradas y que sólo algunos hombres entienden.

Un medio día de sábado, día de limpieza en la casa, lo vio golpear la puerta de la casa de sus tíos y tembló. No tenía dudas que venía a preguntar por ella. Su corazón se agitó como pájaro enjaulado al que le muestran la puertita sin tranca. La voz de su tío sonó seria en el corredor:” acá hay un señor que quiere hablar con la “señorita Elsa” “, dijo contundente, ella tembló. Si el hombre había llegado hasta ahí, el noviazgo era casi un hecho porque no se iba a la casa de una chica decente y se preguntaba al tutor por ella sin una causa justificada. El hombre, el que vio varias veces y cruzó con él miradas especiales, estaba en la puerta invocándola. Se miró al espejo, tal vez se pasó un cepillo en la larga cabellera…y cuando iba como pájaro trémulo hacia la puerta su prima, dos años mayor, se le apareció en el camino con las manos en jarras y le espetó un desafiante: “ni se te ocurra ponerte de novia con él, yo lo vi primero, es mío, estoy enamorada de él”

Un universo cae en pedazos, otro Gardel se muere, otro mito se desaparece, otra vida se frustra. Nada, el ser o no ser feliz ajustados a la rueca de los “debo ser una buena persona”. Se traga las mil lágrimas que nunca lloraría, se come la angustia que nunca confesaría, aparece en la puerta y lo mira con otros ojos, lo desafía con un tono imperial diciendo: “usted no me interesa, no me moleste, no venga nunca más a verme…” O algo así.

Al cerrarse la puerta siente que se ha cerrado a la fortuna de amar, se dice a sí misma que no puede ser. La prima, muerta de risa, se le aparece nuevamente con otra cara, con otra pose y le dice asombrada: “¿pero no me digas que te lo creíste y lo echaste? Tonta, si a mí no me gusta…”

Después vendrían los arrepentimientos, los pedidos de ayuda, los por favor vayamos a la calle a ver si lo ves de nuevo y le explicamos entre las dos. Pero Elsa nunca más, nunca. Pierde por primera vez la vista, se queda ciega, no lo ve nunca más.

Al año comienza a buscar un hombre para casarse, no quiere ser un estorbo en casa de sus tíos. No lo es, porque aporta buen dinero, ya es secretaria y hace cursos de secretariado para avanzar. Pero ella quiere irse. Mientras tanto la colección de discos de Gardel le insume todo lo que sobra de su sueldo y miles de recortes sobre el mito del tango, se acumulan llenando viejas valijas. El hombre que busca debe de ser, no lo piensa, solo lo intuye, la antítesis de lo que para ella hubiera sido el amor.

El baile se le da, los fines de semana con la custodia del tío atrás, van a los bailes, su prima, ya de novia formal, ella, esperando. Encuentra el hombre, familia trabajadora, conocida en el pueblo por su esfuerzo, no por su fortuna. Bien, piensa, alguien de fortuna no se fijaría en ella. Es tosco, trabajador y dado al único pasatiempo de beber e ir de putas los domingos. Es un empleado más del estado uruguayo, trabaja mucho, gana poco. Baila con él, sabe que le pedirá ser su novio, acepta sin asombrarse ni preguntarse. Es el destino, dirá años después.

Y como destino se vive su vida atada a un hombre tan tosco como dicharachero del que nunca se enamora y al que nunca deja, se ata a su persona, a su casa, tiene una hija para cumplir con su rol de madre, atiende los partos de todas sus cuñadas, atiende a sus suegros en penosas enfermedades. Mientras, trabaja más y más en la banca hasta que logra realmente ganar un buen sueldo. Jamás deja de coleccionar discos y artículos, luego vendrían los libros, sobre Gardel. Mientras trabaja en la banca, mientras atiende a una familia de once miembros que la explotan como a una Cenicienta, no se queja, sólo lo hace. Pierde su útero tempranamente, a los veintinueve años, se alivia toda ella. Ya no debe fingir con su marido, él puede seguir emborrachándose en los prostíbulos y nadie dirá nada, ella es una mujer “vacía”. Está vacía desde hace años solo que ahora, el certificado médico lo corrobora.

Años y años pasaron juntos. Tuvieron quizás algunos años felices o no. No importa ahora está ciega, inválida y la única forma que tiene de escuchar a Gardel es con un buen aparato y un buen audífono. Enajenada del mundo suspira con cada tango como si tuviera quince años.

Ancestrales y actuales

(para ti hija mìa)

Desde la tibia quietud de mis recuerdos, traídos a la luz por las voces de mis abuelas, hay un lazo que nos liga más allá del de madre e hija. Ese, tan conocido, donde fuiste huevo y nana en mi útero, quizás no sea el más fuerte aunque esto pueda resultar irónico.

Ancestralmente nos persiguen pasos de mujeres que en nuestras familias se revelaron, fueron severamente castigadas, se sometieron, fuero bestialmente humilladas, se suicidaron fueron borradas, se emanciparon y fueron envidiadas, se volvieron soñadoras y las encerraron, se liberaron del yugo dogmático y las juzgaron.

A través de mis sueños y los tuyos, en este devenir caótico de esta Era que es la tuya más que la mía, nosotras las vengamos. Nosotras las resucitamos para que sean un poco más felices, para entenderlas, para vivirlas.

Por eso hija mía, quiero legarte una a una mis memorias de mujeres, algún día, tal vez, las leas y te verás, te leerás y sabrás algunos por qué que hoy, no sabés responderte.

Hubo en mi familia, itálica por excelencia, historias varias de mujeres que dijeron no, no quiero, no, no lo voy a hacer, a pesar de que decir no, en esos años era terriblemente castigado con un peso físico, social y moral, severísimo.

Por eso, por esas mujeres, brindaré contigo hasta el fin de mis días. Por la que fui y sentenciaron, por la que fui y  persiguieron, sí, por ella también. Pero más que nada por otras, mucho más lejanas en sangre y cercanas en la decisión de vivirse la vida a su manera.

Salud, hija, por más historias que contar.

Y los cerdos hicieron silencio

En medio de veredas de tierra y barro, las madres sacaron sus colchas desteñidas. Las usaron como alfombras para sentar los niños.

Barrio pobre, tan pobre, ojos grandes puestos en la persona que les iba a hablar por un micrófono, ropas raídas y zapatillas rotas.

Más allá, la vecina está preparando la merienda y el olor a chocolate con leche perfuma el barrio. Las narices se expanden con deleite: una taza de chocolate y leche, algún bizcocho y por un rato, sentirse feliz. Cuando hay hambre, la felicidad puede tener olor a comida.

La persona que tomó el micrófono estaba un poco inestable, el olor del chocolate no lograba quietarle el otro de su nariz. Era un olor fuerte, le trajo recuerdos de infancia pero no pudo precisarlos. Tenía que dirigirse a su público que la esperaba antes de esa comida vital.

Y empezó a narrar suavemente, estiró sus brazos, gesticulando, le puso alas al cuento. Así, hasta que llegó el silencio y unos cincuenta ojos ansiosos siguieron la trama. No se hizo esperar al final, un aplauso espontáneo y el pedido de otro. La narradora creció y a pesar de su olfato, obvió el aroma pesado y comenzó el segundo. Otra vez y poco a poco fue escuchando el silencio, mirando cómo los ojos perseguían la trama. Sintió las risas, disfrutó los gestos de incredulidad y festejó con ellos el final bienaventurado.

Pasaron más de treinta minutos, consideró que ya era mucho a pesar de que seguían atentos. Pero la mesa servida con chocolate, leche, bizcochos, le pareció injusta tanta espera. Abandonó su micrófono y su público salió corriendo en busca de la merienda.

Entonces y a pesar del bullicio, volvió a percibir el aroma fuerte pero esta vez acompañado de un “ oinc oinc”, que reconoció: eran cerdos?!

Allí nomás, detrás suyo, a escasos treinta o cuarenta metros había un chiquero lleno de cerdos. Chapaleando barro con patas y hocico, una hembra y varios lechones, habían escuchado también sus cuentos.

Se quedó un rato al lado del rústico corral improvisado casi en la calle. Recordó su infancia cuando tapaba sus oídos y se escondía para no oír los gritos cuando chillaban al ser llevados a la muerte.

Miró el chiquero y las niñas y niños qué metros más allá devoraban la merienda. Se dio cuenta que había sido su mejor experiencia. De todos los escenarios recorridos ese fue el mejor. El único donde hasta los cerdos hicieron silencio para escucharla narrar.

Escribir, por qué y para quién.

Me estoy desvelando con estas preguntas. Por qué sigo escribiendo? y para quién lo estoy haciendo? Si fuera una mujer altamente positiva, diría para mí, para el que le guste, para que algo quede y algunas otras trivialidades semejantes.

Pero es que no me conforma. Si bien es cierto que he escrito desde que tengo unos once o doce años, si bien mis períodos han sido irregulares y he tenido esos baches que se llaman «la hoja en blanco», casi siempre seguidos de otras rachas donde no puedo parar de escribir, me siguen la existenciales preguntas.

Creo que es una deformación de la formación: quién se recibe de escritor/a?. Los grandes premiados? Sólo una décima parte de los escritores y escritoras lo son realmente? Y así, pregunta tras pregunta, no paro de preguntarme. Creo que por deformación, al no haber recibido el título de escritora, al no ser una escritora reconocida, no al menos cómo debió ser y no pudo, tengo esa situación de conflicto.

Ayer leí un artículo en un blog, » La hoja en blanco», y un artìculo: Dejar de escribir. Comparto cada una de las cosas que ahí se dicen, pero claro, tengo aristas propias. Por las dudas, les dejo el link: https://hojaenblanco.com/dejar-de-escribir-de-una-vez-por-todas/

Mi arista propia es que no creo poder: aunque tengo agujeros negros, días y días donde no escribo, donde por esfuerzo llega alguna idea pero no con la profundidad ni asiduidad necesaria, no creo que pueda dejar de escribir. Pasarán días, meses, pero un día sentiré la imperiosa necesidad y tendré que hacerlo. Tal vez ya no un cuento pero esto de delirar posturas o de reflexionar frente al teclado, será necesario.

Entonces llego a la conclusión más obvia: escribo por necesidad. Agradezco que la necesidad nunca fue económica. En este país tan pequeño deben de ser contado con los dedos los escritores que viven de los derechos de autor. Aún si me hubiera quedado en Argentina, donde nací, la carrera es tremendamente empinada y además de mucho talento hay que tener muy buenos contactos, hay que saber mucho del momento y el lugar y hay que competir con muchísimos y muy buenos. Repito pues, escribir es una necesidad en mí y por suerte no es necesidad económica.

La otra tarde me quedé viendo la ventana, recordando una frase que le dijo Julio Cortázar a Cristina Peri Rosi: sin melancolía no habría poetas. Y la encontré certera, toda poesía tiene una denotación algo o toda melancólica. A mí me cuesta tremendamente escribir algo similar a un poema, lo mío siempre ha sido el cuento, ni he llegado a pensar en la novela. y mis mejores épocas de producción no han sido las más melancólicas, será que en eso diferimos los que trazamos la prosa con los que dibujan poemas. Otra duda sin respuesta.

Muchísima gente ha escrito el doble en la pandemia e incluso surgieron los que nunca habían escrito, lo he leído en estos dos años, el encierro, la incertidumbre, la lejanía, les ha duplicado la producción o les ha hecho nacer la aficción. A mí me sucedió exactamente lo contrario: nada nuevo surgió y el libro que publiqué llevaba años guardado en la computadora.

Existen muchas dudas más. Escribo bien? ( Si tengo esta duda ya me salgo de la necesidad psicológica o personal de escribir para mí). En mi caso me consuela la LIJ porque al escribir para niños y jóvenes, si ellos leen y les gusta, si yo les leo y les gusta, puedo considerarme dichosa, finalmente yo escribo para niñas, niños, jóvenes, quién más me debería preocupar?. Pero viene la deformación otra vez a molestarme: es buena realmente mi literatura para los más jóvenes?

No tengo respuesta, nunca he logrado una buen premio, y los premios son los que marcan. Los premios dicen siempre la verdad o es otra deformación educativa académica?. El jurado es totalmente imparcial?, jamás subjetivo y usa metódos ortodoxos que responden sólo a la práctica de medir la buena y mala literatura, que de paso: cuáles son?.

A lo largo de mi vida de lectora y escritora me he preguntado siempre cuántos, cuántos libros nos hemos perdido, sí, de verdad. Algunos fueron quemado, quitados del medio de forma brutal. Pero cuántos escritores y escritoras jamás hemos leído, ni leeremos, porque simplemente no llegarán a mostrar su obra. Y no se puede estar seguro si algunos, algunas, realmente buenos, han quedado en ese camino insólito, donde no sólo se necesita tener la idea y escribirla sino, estar en el momento justo y con las personas indicadas para que suceda el descubrimiento. No será fácil el camino y no sé cómo sucede con pintores, escultores, bailarines y músicos. Supongo que es similar. Pero la literatura queda más escondida a la vista general. Las otras artes exigen más escenario.

Como buena habitante de este planeta, y en estas fechas precisas, me hago todas estas preguntas para planificar, evaluar, corregir o simplemente, reflexionar con un informe casi anual y absolutamente existencial. Suena exagerado, mi vida no es: escribo, luego existo. Sin embargo en algún momento de mi historia creo que la lectura me salvó. Debería de seguir esperando que haga lo mismo, salvarme…de la rutina, de los ejercicios de la desmemoria, de la hipocresía, de la falta de imaginación, de la pereza y la abulia…e otras cuantas cosas más, como horas y horas de terapia.

Seguiré escribieno, el 2022 vendrá con nuevas escrituras. No seré famosa, ni rica por ello, pero hay una cosa que no podré hacer, dejarlo, no podré aunque estos y otros misterios y enigmas me desvelen más de una vez.

Finalmente es cierto, quiero que me lean, pero esencialmente escribo para y por mí.

De balas y olvidos

El primer disparo me rozó la oreja y ya quedé atontada. El segundo me dió en alguna parte del cuerpo, no supe cuál, el dolor fue uno solo y salí como elevada en el aire hasta que rodé sobre el asfalto, desplomada. A mi alrededor seguían los balazos y las botas y los gritos. Yo oía todo como desde otra dimensión. El cuerpo no me respondía y vi correr un hilo de sangre desde mi abdomen.

El asfalto olía a sangre y pólvora. Me iba durmiendo o muriendo, mejor lo segundo, llegué a pensar. No quería despertar en un hospital de la dictadura. Un cuartel o algo similar: mejor morir. Me fui con el hilo de sangre, que iba formando un charco sobre el asfalto caliente, me fui hacia el charco rojo, mi vida iba por ese pequeño torrente,cayendo, cayendo…

Había sido la mejor manifestación de mi vida, y la última, donde logramos unirnos los universitarios con gremios de obreros. Y fue tal la algarabía de ese abrazo deseado desde todas las teorías de izquierda, que no vimos que la represión venía con balas verdaderas…

Cuando empezaron los primeros balazos huimos y fui de las primeras en caer.

Abrí los ojos y vi el asfalto y mi sangre y la noche cercana, esa obstinación de vivir del cuerpo joven, nadie me había levantado y era difícil de creer. Intenté moverme, reptar un poco, era imposible, el cuerpo entero me gritaba. Yo no quería escuchar mi cuerpo, no quería escuchar nada, quería que mi vida se fuera de una vez… pero no se iba.

Sentí el inevitable sonido de las botas, maldije las botas, el último disparo me remató en el piso.

Al otro día estaba mi foto en todos los diarios y de estudiante universitaria pasé a ser subversiva y guerrillera. Portaba armas y era peligrosa. La muerte me hizo una mujer peligrosa, dejé para siempre de ser una joven estudiante.

Mi familia no tuvo forma de verme muerta. Pidieron por mi cuerpo por vías diplomáticas, judiciales y llamados a cuanto conocido influyente tenían. Nunca lo recuperaron. Fue así, les entregaron un cajón con alguien muerto, no sé quién. Cerrado y sellado el cajón del muerto ajeno, no los dejaron ni llorarme y apuraron el entierro.

A mí me tuvieron en la morgue y ni ahí me salvé de los insultos, algunas patadas y otras aberraciones que ni siquiera muerta pude evitar. Después cargaron mi cuerpo con otros, nos apilaron en un furgón militar, desnudos, vejados, muertos y extraviados nos querían.

Nos tiraron en un foso inmenso, nos taparon y nos dejaron. Y creció el silencio y el pasto sobre nosotros y los gusanos hicieron su trabajo: igual que ellos.

Cuándo fue que un hueso mío finalmente vió la luz? , no lo sé, ese hueso salió y gritó y se escuchó y vino la luz para los otros. Llegaron a desenterrar lo poquito que quedaba de nuestras vidas jóvenes y sepultadas, escondidas y casi olvidadas.

Después vinieron los análisis, las investigaciones y las denuncias. Lo terrible de los reconocimientos: ver a los hermanos llorar, los hijos e hijas con edades similares o superiores a cuando nosotros morimos de muerte asesina. Ver madres y padres tan viejitos. Todos habían mutado: sólo nuestros pobres huesos conservaban un pedazo de aquella juventud borrada.

Lo mío sé complicó: mi familia tuvo que enterarse que nunca me había enterrado, que algunos huesos míos, tan rebeldes como yo, decían que había estado enterrada con los demás. Pero cómo te sepultan dos veces?

– Mirá que sos complicadora- era la frase favorita de mi madre cuando yo la fastidiaba siendo niña. Me hice cargo de esa frase hasta después de muerta.

Mucho papeleo, mucho desenterrar secretos, siguió pasando el tiempo. En el fondo de la fosa común mis restos no sabían del tiempo, me deshice devorada por gusanos y ni me enteraba del día, la noche, los años. Pero cuando mis pobres y rebeldes huesos quedaron como testigo de que mi tumba no era mía, supe otra vez que el tiempo pasa lento.

Supe de las marchas por buscar a otras y otros más desaparecidos que yo. Supe de las luchas que seguían en las calles. Supe que todavía había gente con hambre, supe que al final, éramos todos o casi todos, muertos. Incluyendo a los vivos.

Hoy me están llevando a mi verdadera sepultura, con mi nombre, mi fecha de nacimiento y mis veinte años de vida. Hoy dejaré para siempre el anonimato, seré yo en mi tumba y el balazo que me remató aquel día, en la cabeza, es testigo del cómo. Hoy voy con mis pocos y rebeldes huesos hacia otro hueco en la tierra. Pero voy con verdad, sin mentira.

No hubo justicia, no la hubo. Ni sé quién me disparó, ni si alguna vez sentirá el peso en su conciencia. Me llevo unos pocos restos como episodio restante de todos mis sueños.

He armado un poco de revuelo, hubo que ver quién era el muerto que no era yo, otra vez mi nombre en los diarios y recobré mi identidad de joven universitaria. Ves? Acá voy. Ahora sí me haré polvo y seguiré viva en la memoria. Mis huesos ya no necesitan asomarse. Sólo necesitan el verdadero final.

Uno con lentes


Mi hermana me leyó aquel cuento de la autora francesa cuando yo tendría seis años. Ahora que lo pienso no sé si me leyó o me lo narró. Era una mujer que tenía unos lentes azules. Eran unos lentes que le permitían ver al animal que todo humano lleva adentro. A la señora aquella mansa y voluminosa le veía la vaca interior. Al señor que era déspota, el chacal y así veía un zoo con sus lentes azules que, realmente eran lentes inteligentes.
A mí ese cuento me ha quedado fijado en la memoria. Cada vez que me cambian la receta de mis lentes y busco armazones sonrío y evito los azules. Aún siendo mi color favorito.
Pero sucedió…porque jamás pensé en los lentes de natación. Mi única gimnasia ha sido por años nadar media hora en la vieja piscina del club. Ese día me puse gafas azules anti cloro, anti vapor, anti reflejos y no sé qué más. Cuando regresaba de mis primeros cincuenta metros y saqué la cabeza para inhalar vi al león marino observándome. Sacudí la cabeza y toqué la pared regresando. Con los ojos bien abiertos vi la sombra del gigantesco mamífero acompañando mis brazadas. Supuse un delirio de mi cansancio pero no podía ser, recién comenzaba. Sería el estrés. Del otro lado a los veinticinco metros vi la foca. Temí lo peor: me quedé loca en el agua, pensé.
Otra vez divisé al enorme león marino y más lejos un poni corría por el césped verde. Detuve mi ejercicio, me tomé del pasamanos y ya en la escalera me quité los lentes y me atreví a mirar.
Había comprado los lentes azules. Cada vez que los usara vería el animal que los otros llevan dentro. Corrí al vestuario para ponérmelos frente al espejo…