Pérdidas


Sí, lo sé, vivo de extravío en extravío,
pero luego encuentro…
Hasta encontré la llave en el mar,
y no es ficción.

He perdido billeteras, documentos,

dinero, ropa…

He perdido y luego lo encuentro.

Me lo encuentran, me lo devuelven…

Y vengo a perder ese libro,
con un autógrafo que valdría hoy
mucho más que el libro en sí…
Era el libro de un filósofo y el
autógrafo de un músico que hoy,
es mundial…

Un músico que nos gustaba a ambos,

que revolucionó el tango.

Cuánto valdría hoy una dedicatoria

de Astor Piazzolla?
Cómo pude perderlo y nunca recuperarlo?
No lo perdí… ingenua de mí,
me lo robaste.
Como tantas otras cosas…
Qué tonta era y qué cruel lo tuyo…

Cómo no ser ingenua con dieciocho años

enamorada y con siete meses de gestación?
Dormís bien?
Imagino que sí, los ingenuos
tenemos insomnio por todos los que
perdieron dignidad y memoria.

Siempre habrás dormido bien supongo

en cambio lo mío, siguió siendo insomnio

de por vida…

Rituales


La rutina me ensombrece
Los rituales me aburren
Las costumbres me angustian
Mis cábalas son sagradas
Las reglas, para transgredirlas
Los odios para ignorarlos
Me gusta olvidar todo pero
recordar detalles mínimos
Perderme en una baldosa y
encontrarme en un océano
Sufrir por dos palabras y
alegrarme sin demasiados porqué
Me gusta sentirme diferente para
darme cuenta que soy igual…

Llegadas y despedidas

Aquel año estuvo enmarcado por un otoño lleno de colores marrones y amarillos. Poco a poco se enfriaban las noches y las mañanas. El sol seguía haciendo tibio los mediodías.

Primero llegó Clarita, la sobrina del abuelo Tomás. Me perdí ese encuentro porque llegó cuando estaba en la escuela. Me avisó papá cuando me recogió a las cinco. Y se me hizo eterno el camino a la Esmeralda.

No sé qué esperaba, recuerdo mi desilusión al verla. Era una mujer mayor, porque seguro tenía como treinta, según mi deducción. No era alta, ni baja, ni gorda. No tenía los ojos de piedra azul del abuelo Tomás y menos aún, su acento.

Me disgustó la atención de mi madre y más aún, la de mi hermana. Hablaban sin parar de cosas que no entendí. Como tímida venganza me refugié con mi gata en la carpintería donde el abuelo Tomás seguía con sus labores. Tenía los ojos más brillantes? Tal vez, pero su sobrina tomaba la merienda en la cocina y yo, en cambio, le hacía compañía como siempre.

Clarita se quedó como un mes, demasiado, hubo salidas y cenas o almuerzos compartidos. Mi hermana pasó a ser la anfitriona principal y al pueblo caminando, se fue con ella. Ni siquiera me invitó, por lo tanto tomé la decisión de vengarme:

– Mami, vocecita de niña mimosa, vos sabes qué va al pueblo a pasear con un muchacho y se dan besos?

– Y si, me imagino, yo a su edad hice lo mismo. Por eso te pido que la acompañes. Pero ahora con Clarita que es mayor, me quedo más tranquila.

Una maldad injusta sin resultado, rompí el secreto y fue inútil. Lloré abrazada a mi gata en mi cuarto de juguetes y me dormí sobre una de las camas.

Cuando se fue Clarita quedaron tan amigas con mi hermana que prometieron escribirse. El abuelo Tomás con ojos vidriosos prometió ir en diciembre a visitarla.

Y La Esmeralda quedó tranquila, pintada de otoño y con el fuego encendido. Y fue a los pocos días que anunciaron su llegada dos hermanos que eran primos de mi madre. Elba y Mauricio. La felicidad de mi madre disipó cualquier celo de mi parte. Estábamos muy lejos de su familia, en esos tiempos era muy pero muy lejos la Mesopotamia de la Patagonia.

La llegada de los primos fue divertida desde el principio hasta el final. Gente dicharachera y alegre, levantaron el buen humor de mamá y papá a límites que yo no recordaba. Creo, con temor a equivocarme, que la que estuvo un poco celosa fue mi hermana.

Recorrimos el Valle, el Río, fuimos varias veces a Neuquén, visitamos el Dique y el Lago. Los paseos se extendieron. También visitamos a los Mapuches. Y me regalaron un cabrito gris, tan gris como mi conejo.

Y mi padre agasajó a los primos con el cabrito asado. Y envío la piel para que la curtieran y que abrigara mis pies en invierno. Nunca la usé, se la regalé a mi hermana. Yo quería mi cabrito vivo y corriendo conmigo, no lo quería asado y su hermosa piel en mis pies.

Cuando los primos se fueron comenzó el invierno, llegó la escarcha nocturna. Se encendieron todos los calefactores y la estufa mantuvo su fuego desde la mañana hasta la hora de dormir.

También la Escuela tenía aquel largo pasillo de entrada con sus estufas a leña encendidas, hoy han sido remplazadas por las de gas.

El invierno, mi segundo invierno comenzaba allá en el Sur y aún no habían terminado mis primeras experiencias de…

Otoño con novedades

Finalmente estaba en la puerta de la Escuela otra vez. Decidida y con alegría comenzaba mi segundo año escolar.

El paisaje iba cambiando despacio de color. Mi gata tuvo tres gatitos hermosos y por suerte, conseguimos dueños.

En La Esmeralda había menos movimiento pero como decía mi padre: queda mucho por hacer. Y mamá terminaba las últimas conservas caseras y mi hermana enviaba cartas para encontrar a la nieta del abuelo Tomás. ( Cómo se escribirá Tomás en yugoeslavo?)

Mi hermana además, en tanto baile hizo amigas y amigos. A la Esmeralda iban sus amigas, creo que no la dejaban llevar a los amigos. Mi hermana quería estar sola con sus amigas pero yo quería estar: ver cómo ensayaban peinados y se intercambiaban ropas y zapatos. Y cómo se pintaban!

Un sábado mi hermana me invitó a ir al pueblo caminando, acepté encantada, sin ni siquiera pensar qué tan lejos quedaba.

Hace un par de meses cuando me rencontré con el lugar me di cuenta que yo a los seis años era una gran caminadora. Seguro han cambiado los caminos, no había carretera, pero es lejos el centro de Cinco Saltos. Y fuimos varias veces. Era la única forma que tenía mi hermana de charlar con algún amigo varón. Mientras recorrían la avenida principal, la General Roca, yo iba comiendo helado o caramelos. Era el trato.

También llevábamos cartas y cartas al correo. Todas escritas por mi hermana que buscaba a la nieta del abuelo Tomás.

Una tarde mientras corría con la boca llena de caramelos la vi abrazarse y besar a un joven. Nunca le dije nada. No hizo falta: tenía un novio y en casa no había que contarlo. Tener una hermana diez años mayor y con novio era muy lindo, tener su secreto de amor, mirar su cara llena de alegría y los ojos arrebolados de ilusión. Sí, era lindo y me encantaba guardar el secreto.

Era otoño y mi cumpleaños que vino y se fue sin demasiado entusiasmo. Salvo por la colección de libros que me regalaron: lloré de la emoción abrazándolos. Crecía mi pequeña biblioteca en el segundo piso y yo podía leer bastante y bien, sin ayuda.

También me regalaron un conejito gris al que llamé Pony, ante la risa de mis padres que inútilmente me explicaron qué era un Pony.

Al lado del gallinero había una gran conejera de madera que arregló el abuelo Tomás y ahí fue mi conejito. Lo alimentaba apenas me levantaba y al llegar de la Escuela. Era tan manso que yo solía pasar ratos con él en mis brazos. Incluso lo llevaba de paseo por la Chacra contándole dónde estaba cada cosa.

Los sábados lo llevaba a mi cuarto de juguetes, mientras Pony correteaba por todos lados, mi gata lo observaba con desconfianza. Yo les leía en voz alta pero ninguno mostraba interés.

Al fin me prohibieron llevar el conejo a la casa porque ensuciaba mucho. Y tuve que regresar a la rutina de visitarlo cada día en su conejera. Fue creciendo gordo, hermoso, con un gris de terciopelo en su pelaje que contrastaba con sus ojos rojos.

Y fue en Mayo que mi hermana anunció triunfante: Encontré a la nieta del abuelo, se llama Clarita y está cerca: en Bahía Blanca.

El pobre hombre no se lo podía creer, pero sí era su sobrina y antes de salir corriendo a buscarla, papá le avisó que ya le habían enviado dinero para que viniera a quedarse un tiempo con él. Pobre abuelo! Qué emoción tenía! Qué felicidad escondía detrás de su mirada azul piedra.

Y por unos días la novedad fue: llega la nieta del abuelo Tomás.

Primeros carnavales

Siempre digo que no hay como probar algo que nunca se había probado. Malo o bueno. Creo que mi historia con Cinco Saltos y La Esmeralda tiene que ver con eso, a partir de esos recuerdos “ primerizos” elaboré el resto.

El resto de mi historia personal tiene que ver con descubrir primeras veces en ese pueblo del Sur Argentino. Y sin dudas de ahí viene ese deseo que tenia de regresar, el temor a no encontrar nada. Si todo hubiera cambiado tanto en 60 años, algo lógico, mi pasada niñez feliz, con una familia también feliz, se hubiera perdido sólo en mis recuerdos veraces o no.

Pero resultó que pude volver y encontrar vestigios, partes casi intactas de esos recuerdos y como magia, aparecieron todos estos relatos. Se fueron organizando como en una película y la necesidad de dejarlos escritos, nació imperante.

A fines de febrero se iba terminando la cosecha, llegó el carnaval, se aproximaba el inicio de clases.

En mi casa, en La Esmeralda, el enjambre de trabajo daba sus últimos agitados días y dentro de las paredes de la casona, todo eran aprontes para “ los bailes de carnaval “. A mí el fastidio me iba ganando, los bailes eran de noche, a mí me aburrían, además no entendía que tenía de lindo eso de “ carnaval”.

– Te vamos a poner un disfraz para que te diviertas. Dijo mi madre para quitarme el mal humor.

– Querés disfrazarte de gitana?- preguntó mi hermana.

Habíamos visto unas gitanas en el pueblo, tenían polleras de colores vivos, collares y blusas, pulseras. Sí, era lindo ser una gitana. Y allá fueron madre y hermana a elaborar mi traje.

Llegó el primer baile de carnaval y marché feliz disfrazada de gitana. Mi padre había reservado una mesa sobre la pista y cerca de la orquesta. Nos instalamos, pedimos algo para tomar y mi hermana enseguida salió a bailar. Al poco rato salieron mis padres, mi hermano, como siempre se fue a errar por los alrededores y yo también.

Para mí sorpresa e humillación: nadie entendió mi disfraz. De qué “ te disfrazaron “? Me preguntaban. Fueron minutos u horas. Desilusión, vergüenza, humillación… cómo que no se me notaba que era una gitana?

Un desastre mi disfraz! Me fui a sentar ofuscada y tomé mi refresco con rencor. Al poco rato dieron las doce de la noche y todos los bailarines sacaron serpentinas y unos pomos de vidrio que parecían sifones en miniatura y se mojaban con perfume. Lanza perfumes se llamaban. Con eso mi enojo cedió un poco. Pude jugar un poco con serpentinas y hasta se animaron a darme un lanza perfumes. Me dieron mil recomendaciones: sobre todo que no tirara en los ojos porque ardía.

Les cuento que salí a buscar a todas las niñas y niños que se habían reído de mi disfraz? No, supongo que ustedes lo imaginaron porque así fue. Y por supuesto que intentaba darle en los ojos, por suerte nunca tuve buena puntería.

Así la noche se acortó un poco y para cuando junté varias sillas para acostarme y dormir el baile estaba en pleno jolgorio, cerca del final.

Me desperté en mi cama e inmediatamente fui a la cocina a quejarme de mi disfraz.

No voy a aburrirlos con todas las transformaciones que sufrió aquel vestido: dama antigua, hada madrina, princesa… Ninguno resultó efectivo y sufrí de lo que ahora llaman “ bullyng “ en los cinco bailes.

Para mi suerte pronto empezarían las clases y mi frustración con mis disfraces fue olvidada como todas las cosas que se pierden en una memoria de seis años.

El Club Social de Cinco Saltos ya no tiene aquella inmensa pista de baile. Ahora una cancha de basquetbol ocupa el lugar donde me aburría en los bailes, mi hermano erraba sin sentido y mi hermana y padres bailaban casi sin parar.

Sin embargo, logré reconocerlo. Logré recordar la gran pareja de bailarines que fueron mis padres y la incansable bailarina que fue mi hermana. Recordé los “ lanza perfumes”, también lo qué pasó a ser mi fobia por los disfraces.

También me enteré que la cancha de fútbol donde mi padre nos llevaba los Domingo de tarde, cambió su lugar. Sí, todo ha cambiado pero, por suerte quedan paredes y estructuras que me permiten recordar y compartir mis vivencias.

Experiencias del primer verano.

Mi primer verano fue largo, larguísimo. Sin embargo, no hubo momentos de aburrimientos. En primer lugar porque iba mucho al galpón de empaque donde me sentaba en la máquina de clasificar manzanas, trabajaba. Era la mascota de todas aquellas mujeres que además, supongo, no querían desagradar al encargado.

Así que muchas mañanas fueron entretenidas y sería una experiencia inolvidable para toda la vida. La tan mentada “ clase obrera” que luego en la adolescencia me pusiera a defender. Así se tejen los hilos de una vida. Cómo iba a saber mi padre que de esas mañanas donde intentó paliar mi primer verano, iban a venir mis pasiones por la clase trabajadora? Qué de ese sudor, trabajo incesante y ropas sucias, saldrían mis primeros desvelos por la plusvalía? No, no me hubiera llevado.

Otra experiencia que me marcó la vida fue la palabra: muerte. En la niñez, como dice el escritor Mario Benedetti, la muerte es una palabra lejana.

La primera fue el caballo. Un domingo mi hermana a los gritos me levantó de la cama porque papá tenía que matar un caballo. Creo que salí corriendo en piyama tras ella. En el portón principal, en ese tiempo, había en el piso rieles colocados de tal manera, que se suponían eran para que no entraran animales como por ejemplo, caballos. Se imaginan un caballo con manzanas a su alcance?

Pues este hombre que venía con su carro a traer no recuerdo qué, fustigó al animal que terminó entrando, metiendo la pata entre los rieles y quebrándose. Papá ya había revisado al animal, que bufaba un dolor angustioso, y discutía con el carrero. Había que matarlo. Mi padre le disparó con su 38 y el pobre animal, sin emitir sonido, se terminó de desplomar y dejó de bufar.

Una hora más tarde, quizás menos, papá nos invitó a mi hermana y a mí a ver qué haría con el caballo muerto. Fuimos casi sin hablar por caminos de piedra y tierra, hacia calor.

Llegamos “ al poblado indígena “ dijo papá.

Pero eran unas toldarías, casi como en las películas del Oeste, gente muy pobre y mal vestida salió a recibirnos. Armaron un griterío al lado del caballo muerto y lo destriparon de inmediato. Papá subió a la camioneta y lo despidieron con otro griterío.

Mi hermana lloraba, yo estaba asustada y papá mientras conducía de regreso explicó:

– Ese caballo les servirá de alimento un par de días, el cuero también les va a servir para este invierno ( hizo una pausa)… estos pobres eran dueños de la tierra, los dejaron casi sin nada…son muy pobres. Pero sí, se comen el caballo también es bueno que sepan que lo respetan más que nosotros.

Hubo un silencio: un día, cuando sepa que tienen algún caballo salvaje las voy a traer para que vean. Ni un golpe le dan al animal, se pasan días y noches cuidándolos y hablando con ellos. Son realmente expertos en domesticar caballos.

– Pero se los comen- argumentó mi hermana.

– Ya estaba muerto, dijo mi padre, lo aprovechan.

Tiempo después pude ver como los indios domaban caballos: fue otra experiencia imborrable. De eso tendría que hablar en otro momento.

Porque enseguida que murió el caballo, a mi gata se le murió el único gatito que tuvo, lloró maullando una semana. Le hicimos muchas caricias, mi madre le dió carne especial pero nada la callaba. Lloré un poco con ella pero en realidad, aún me resultaba extraña la muerte.

Al Zultán lo mataron. También fue ese verano. No se supo nunca cómo se desató y se fue. Lo buscamos por dos o tres días, por charcas, senderos, el río. Y ahí lo encontró mi padre, con la panza abierta de una cuchillada. Nunca lo vi, no me lo mostraron. Quedó su casa vacía con su nombre escrito y ya no sentimos más sus carreras con la cadena.

Antes del final de ese verano un camión mató un primo de mi madre. A mí se me notificó poca cosa pero mamá lloró a gritos y mi hermana algo me contó. Los primos de mamá, algunos, pues eran muchos, en verano iban al Sur a trabajar ya que los salarios eran muy buenos. Estando mi padre siempre les conseguía trabajo enseguida. Ese verano uno de ellos iba en un camión cargado, colgado del estribo, otro camión lo llevó por delante, sin verlo. Murió casi inmediatamente.

Un verano donde por alguna razón vi la palabra muerte como algo menos lejano. Algo más palpable y que aparecía por todos lados.

Y con esa sensación de tristeza, llegaron los carnavales, casi el final de la cosecha, y la fiesta remplazó todo como enseñándome que la vida, siempre recomienza.

El galpón, el río, la cosecha…

Mientras el Zultán ( por qué escribieron su nombre con Z en su casa? ) cuidaba nuestra casa, ladraba como una fiera y corría como loco porque la chacra, en plena cosecha, estaba llena de jornaleros.

La faena comenzaba de mañana muy temprano, cortaban a mediodía y regresaban después del almuerzo. Hace un mes, cuando regresé a Río Negro y volví a mi pequeño y hermoso pueblo de Cinco Saltos, quedé muy sorprendida pues no vi casi nada de movimiento de los fruticultores de la manzana, la pera, las ciruelas, las nueces. En esta época de verano, el pueblo doblaba sus habitantes. El movimiento era constante. Y en La Esmeralda sólo había quietud por las noches.

Algunas noches salíamos. Íbamos al Club de Cinco Saltos porque había bailes, muy familiares aunque también con muchísima gente, mi madre y mi padre se apuntaron en un concurso de tango.

Mientras bailaban yo me aburría, mi hermana era gran bailarina, y cómo estábamos en familia, le permitían bailar.Juro que no se sentaba en casi toda la noche. Sólo cuándo las parejas de tango competían, mi hermana acalorada, con aquellos sus ojos de cuencas casi transparentes iluminados, la piel con gotitas de sudor y la sonrisa un poco despintada, se sentaba y descansaba.

Mi hermano no bailaba. Qué hacía? No sé, en los bailes se alejaba, recorría el salón, salía afuera y caminaba. Era muy pequeña para darme cuenta que algo en él no estaba del todo bien y más pequeña aún, para saber qué la única que no sabía su condición era yo.

Mi padre era capaz de dormir sólo dos horas pero no se perdía un solo baile. Mi madre en sus brazos parecía más pequeña y sus tacones altos hacían los mil pasos que su pareja exigía. Claro que mis padres fueron pareja de baile muchos años: mi mamá tenía trece y mi padre diez y nueve. Bailaron siempre, mucho antes de ser novios. Habían ganado otros concursos y ese, el del Club Social de Cinco Saltos, también.

Me pareció maravilloso no ir más a los bailes, yo me dormía sobre dos o tres sillas después de molestar todo lo posible y correr por el salón sin tregua, chocando bailarines.

– En carnaval nos desquitamos, avisó mi padre al otro día y supe: no se habían acabado los bailes. Refunfuñé un poco y mi padre, para compensar mi aburrimiento, me dijo: Hoy te llevo al galpón de empaque.

Por fin!!!! Qué ilusión!!! Me subí a la camioneta corriendo. Era cerca el galpón, serían doscientos o trescientos metros, pero a mí me parecieron mil.

El galpón era enorme, lo que aún queda todavía lo es, y era un enjambre de gente trabajando. Adentro en una máquinas con cintas muchas mujeres clasificaban toneladas de manzanas. Había hombre que ponían las manzanas en la máquina, otros las sacaban, otros iban colocando prolijamente las frutas, envueltas en un papel fino y azul, en los cajones. Otros hombres traían cajones vacíos, otros pasaban alambres en los cajones llenos y otros iban llevando los cajones a un camión.

Qué podía hacer una niña de seis años en aquel mundo del trabajo sin molestar? Aprendé a poner manzanas en las cintas, sugirió mi padre. Me llevó y me sentó entre todas las trabajadoras y les dijo, enséñenle, nunca está de más aprender.

La más roja y bonita arriba, la bonita pero no tan roja al medio, las más pequeñas debajo, las feas siguen en la bandeja y las amarillas en la cinta de abajo del todo. Qué emoción me dio ese día: mis manos iban y venían revisando las manzanas, colocando en las cintas y mirando a mis compañeras de trabajo para saber si lo hacía bien. Tal vez fue la única vez que compartí tareas manuales con trabajadoras. Tal vez la defensa del mundo obrero me brotó con los años por esos momentos que mi padre permitió. Fui, ahí, por algunos días una mujercita trabajadora. Y papá estaba orgulloso de mí, se lo dijo a mamá.

De premio ese día también me llevó a conocer el río que estaba al fin de la chacra. Río de piedras, de aguas transparentes, que permitía el riego a través de las acequias. Por suerte me dejó llevar piedras del río a la casa.

Siempre he juntado piedras. Aquellas fueron las primeras y se fueron conmigo a mi cuarto de juguetes. Y ahora, en este regreso mágico de más de sesenta años, nos trajimos varias a casa.

Hoy a miles de kilómetros de mi paraíso de infancia la energía de esas piedras, está cerca de mí…

Aquel primer verano

Para los que no conocen, para los que son muy jóvenes: el verano era suave en el Valle del Río Negro. Los días muy calurosos eran pocos y apenas con una temperatura de 30 a 32 grados. Que no te engañen: el clima ha cambiado mucho.

En ese primer verano yo desayunaba temprano y después me iba a la carpintería. Molestaría al abuelo Tomás? A él no se le notaba. Respondía todas mis preguntas y me dejaba jugar con todas las maderas que sobraban. También le gustaba mi gata, no la corría .

Me decía siempre que la gata era muy cazadora, que se lo atrevía hasta con las gatas de arriba y señalaba dónde se secaba el lúpulo.

Yo subí siempre temblando esas escaleras, iba abrazada a mi gata y si lograba entrar… la soltaba arriba. Muchas veces recordaban trancar la puerta y es que también, el olor del lúpulo se esparcía y no era nada agradable.

A mediodía comíamos cuando llegaba papá y era el jolgorio del mediodía. A mí me encantaba sentarme a su lado y reírme de sus chistes o jugar a hacer rimas. Irremediable: el momento era escaso, una hora dormía papá antes de volver al galpón.

– No puedo ir al galpón?- todos los días preguntaba lo mismo. Sí, un día de estos te llevo, siempre la misma respuesta. Yo estaba sentada en su regazo, que era un mimo antes de su siesta, y me ponía impaciente con el galpón.

A la siesta mi hermano seguía leyendo novelas con tiros de guerra, de peleas, mucho no me gustaban pero era el único que entendía que no podía dormir siesta.

Después me iba a mi maravilloso cuarto de juguetes. Ahí cantaba, actuaba, me reía y leía a solas con mis muñecos y muñecas. Hasta que mi madre me llamaba para tomar la merienda y después, íbamos al gallinero a alimentar los animales antes que se durmieran.

Y un día apareció mi padre con un perro enorme, con cara de malo, y con una puñalada en su anca. Era negro y hermoso. Famoso, según mi padre, por correr ladrones.

No sólo lo alimentó, lo bañó y le curó la herida, hizo un gran rodeo alrededor de la casa con alambre y ahí lo ató con una cadena que le permitía correr a todo lo largo. Le pidió al abuelo Tomas que le hiciera una casa de madera.

Nos pidieron que no jugáramos con él, que ese perro cuidaría la casa, sólo lo soltaría papá cuando pudiera cuidarlo.

A los pocos días el perro era otro. Engordó, le brillaba el pelaje negro, la herida seguía cerrando y tenía una casa hermosa de madera. A mí me hubiera gustado tanto jugar con él pero realmente me habían asustado con que era muy peligroso.

A mí gata no le pareció peligroso. Qué habrá hecho para pasearse oronda en sus dominios y hasta dormir en su casa. Nunca supimos, tal vez, dije un día ante la perplejidad de todos, sí, tal vez le trae las ratas del lúpulo y las comparten.

No supe nunca porqué todos se rieron mucho de mi teoría. También pensé: que bueno sería llevar al Zultán al galpón del lúpulo, entre él y mi gata, seguro, no dejan una rata.

Lo cierto es que Zultán se ganaba su comida recorriendo como un soldado a todo lo largo de la casa, por la parte de atrás. Y de verdad se hacía respetar, muchos trabajadores al pasar por ahí se alejaban del camino y se persignaban.

Nunca pude jugar con él y tampoco ir por la puerta prohibida a correr ratas, era un perro fiero y duró poco tiempo en nuestras vidas.

La puerta prohibida era así, como se ve en la foto.