Alfa

Me imaginé siempre que su nombre le traería consecuencias

Pero no imaginé que sería tan importante en su vida poder ver el mar.

Ver a no ver el mar: esa fue la gran cuestión.

Alfa y su esposo, un hombre común con nombre común, su seguridad y pasión creo que igualmente comunes, habían trabajado durante casi treinta años para cambiar el apartamento céntrico. En ese apartamento vivieron desde que se casaron.

Ambos deseaban tener uno con ventana al mar.

Acá detengo el relato: cómo puedo imaginar esa pareja joven? No puedo. Porque se me hace que Alfa siempre fue muy Alfa y el hombre… sólo eso. Ni Beta, ni Gama. Cómo puedo imaginar que el hombre deseara, más allá de todo en la vida, un departamento con ventana al mar? No puedo.

Es que ese contador bueno, sencillo, dedicado, no podía desear más que una vida apacible. La idea, el deseo desproporcionado de tener vista al mar, fue de Alfa. Y para tener la vida en paz su marido trabajó el doble. Ella también lo hizo, duplicó sus horas de docente de Historia y trabajó hasta el límite de horas permitidas.

Así fue como vivieron y pasaron los años dorados de la juventud. Ahorrando para jubilarse con vista al mar. No es una crítica: cada quién trabaja y se desloma por el objetivo que desea. Aunque los hijos se posterguen, aunque no se tenga tiempo para vacaciones. El objetivo se cumple, sea cual sea, llegando a la meta con felicidad. O no.

Lo compraron en un quinto piso y la vista era espléndida, se veía el mar, un poco lejos pero cada mañana, ahí estaba. Cada noche de verano cenaron en el pequeño balcón para mirar el ocaso sobre las aguas.

Habrá sido feliz Alfa por primera vez? Suponemos que sí. De todas maneras el objetivo se cumplió un poco antes y tuvieron que trabajar unos años más. Qué pena, horas sin ventanal mirando el mar.

Entonces la ciudad dio un giro, la bonanza económica, la vorágine de inversiones, la construcción en auge. Y aquel inmenso edificio que se construyó justo enfrente y tapó la vista al mar.

Discutieron cómo nunca. Se pelearon por la decisión mal tomada. Cuando los conocimos habían repartido culpas porque la vida era un infierno. Alfa no se veía divorciada y el contador, aceptaba sus decisiones.

Para hijos era tarde y vivian en un edificio que no aceptaba mascotas. Un edificio sin vista al mar. Enfocar la vida de jubilados jóvenes, clase media, que abren la ventana y ven otro edificio.

Aún llamándose Alfa, fue mucho para ella. El hombre, resignado a su vida como fuera, se aferró a denunciar la construcción del monstruo que les plantaron delante. Un delirio ,nosotros pensamos que lo hacía, para tener un tema agradable de conversación con ella.

Gastó dinero y horas inútiles en oficinas legales. Desde que se gestó el monstruo hasta que se finalizó. Está de más decir que fue inútil.

Ya jubilados y con algo de dinero la única obsesión era hablar de lo que les había sucedido. A cuánta persona conocían la llevaban a ver el horror de sus vidas: les taparon la vista al mar.

Así nos conocimos, así fue como tuvimos que ir y horrorizarnos por la desgracia de aquella pobre gente: Alfa y su marido. Sin vista al mar.

Podían hablar horas del tema. Incansables eran. Entendimos que por esa educación poco sincera que recibimos, deberíamos escuchar en silencio. Mover la cabeza en gesto de desaprobación cuando frente al ventanal del trauma, nos servían sándwiches y bebidas.

Una sola vez recordé, en voz alta, que había personas viviendo en la calle. Cuando hicieron silencio supe que había dicho algo muy malo.

No nos invitaron más. Dejamos de ver el trauma en forma de ventanal y el monstruo en forma de edificio.

Cuando leí lo del incendio, en esa zona residencial y bella, me acordé de la pareja de jubilados que no podían ver el mar. Desestimamos que pudieran ser ellos. De todos modos el incendio no llegó a mayores y se reparará el edificio, el monstruo…

Tal vez… no se pueda reparar. Son suposiciones. Cómo no tuvimos más noticias de la pareja, no pudimos llamarlos para preguntar si gracias a la fogata, entre fierros y ladrillos quemados, pueden ver el mar…

Sobrevivir

Nada más quería saber, te enojaste, por qué arrastrando tu cuerpo con dolor, aún ansías la vida?

No, no eres sólo tú: casi toda la humanidad repite esa tragicomedia.

Perdona que diga tragicomedia pero así lo siento. Personas que viven en una silla de ruedas, sin un brazo, con seis dedos; ni hablemos con enfermedades limitantes. Aún así siguen luchando por un poco más de vida. Las y los ancianos rebeldes se aferran a ella también, incluso cuando están muy deteriorados.

De eso quise hablarte: de por qué será?

Será porque no conocemos otra cosa. Será por ese miedo ancestral y religioso a la muerte y el más allá. Será porque la vida vale muchísimo y aún con mil decepciones y muchas enfermedades, sigue teniendo valor?

Ves mucha gente que lucha por sobrevivir en ciertos estados en los que , asombra esa tenacidad y valor. Se ve en bebés y niños, jóvenes y viejos: tal vez sea una lucha animal por sobrevivir y salvar la especie. Sólo eso.

– No pienso morirme- afirma mi tía con 87 años y creo que no lo hará. Vivirá más de 90. A cómo dé lugar. Dónde sea, con quién sea, cómo pueda: ella va a vivir. La muerte tendrá su trabajo.

Por eso los suicidas o los que piden asistencia para morir con dignidad, aunque sea diferente, en su mayoría son incomprendidos.

Al nacer tenemos un chip imborrable de apego a la vida y quien lo quiera borrar: será condenado a la opinión popular. La guillotina.

No estoy de acuerdo con nada. Te lo dije. Ni con el apego, ni con el suicido. Sólo me pregunto los porqués y si tendré la fuerza cuando me toque.

Tal vez, una posible explicación sea que: tenemos el poder sobre la vida y no queremos soltarlo. Después de todo nadie que tenga poder sobre algo o alguien, quiere perderlo.

Así se pobló este planeta: sin contar los millones que han muerto que nunca sabremos cuántos fueron.

Hay que aferrarse a la vida: es nuestra, nos pertenece, nada de soltar lo que se ha ganado con sudor y lágrimas.

Los creyentes que esperan vivir otra: no tengo idea de cómo logran aferrarse. Para los otros: cuesta menos, pero también más. Somos menos apegados pero no creemos en otra vida y una vez muertos, listo. No nos queda nada.

Así hemos transitado y seguiremos haciéndolo. Condición humana: sobrevivir a todo costo.

Siete conjuros


Violeta fue rebelde desde niña. Cuando las mujeres aún montaban de costado y usaban corsé, ella tomaba el mejor de los potros y montaba en pelo, como una india. Su madre había muerto apenas nació ella y todos en el pago aseguraban que la leche de la aborigen que la crió, había torcido su destino. El padre nunca se ocupó demasiado de ella y solía reírse de sus ideas, montarases y alocadas.
Cuando vió por primera vez, aquel hombre de razgos aindiados y piel curtida, de torso robusto y cabellos largos, se enamoró locamente y se escapó con él casi sin pensarlo.
En diez años parió siete hijas. Todas idénticas entre ellas. Cabellos lacios y negros como el indio, figuras esbeltas y finas como la madre. Bellísimas y serenas, siempre esperando desde niñas. Les puso a todas nombres con L : Luz, Lágrima, Luna, Lisa, Luisina, Loreta y Lucero.
Cuando el padre de Violeta murió, le dejó hectáreas verdes de praderas y un montón de animales, abandonó al indio y se llevó las hijas a la estancia donde había nacido.

Se ocupó de todo y enfrentó a los poblanos con un dejo de soberbia y mucha indiferencia. Regenteó los campos y animales con rigor y educó a sus hijas en artes secretas e irresponsables.
La estancia, después de su muerte, se hizo famosa por una especie desconocida de aves bellísimas que habitaron los aleros de la casona. Fueron y son, un atractivo turístico hasta el día de hoy. Las aves eran siete, lucieron siempre un plumaje negro con finas líneas rojas en las alas. Han vivido allí más de ochenta años y no se sabe muy bien como se reproducen, se piensa que son hermafroditas . Ponen siete huevos por vez y han poblado la comarca de infinitas avecillas iguales.
Los viejos decían que se llaman las Eles porque cuando murió Violeta, sus hijas desaparecieron.

Los trenes

Siempre amé las estaciones, las de ferrocarril especialmente. Aunque era ese lugar desde donde despedíamos a papá por su trabajo, también ahí lo recibíamos.

Mis viajes en tren se extendieron desde los cuatro años, hasta los veintitantos. El último fue a pedido mío: ya existían esos buses rápidos e incluso los aviones internos.

Quise viajar en tren porque esa mecedora de su traqueteo me parece mucho más saludable que las carreteras, que el vértigo del avión y de los vómitos que tuve las dos veces que anduve en barco.

Los trenes tuvieron, hace muchos años, una cierta elegancia propia de dónde venían. Los cubiertos eran de metal y las servilletas, de telas blancas, impolutas. Platos de loza fina. Todo eso que se movía en forma peligrosa pero, casi nunca se rompían.

De noche, dormir en tren, correr la cortina de la ventanilla y ver pasar la noche. Ver pasar estrellas, miles, lunas, miles, sombras, miles. Hasta que el suave traqueteo te iba adormeciendo.

Despertar en el tren, quizá era la parte más complicada del viaje, en cada extremo del vagón estaban “ los servicios sanitarios”, de cada género. Solía suceder que había que hacer una larga fila para acicalarse. Pero, si tenías un buen camarote, en una esquina en forma simulada, se abría una tapa de mármol y madera, encontrabas una pequeña canilla de donde salía un fino chorro de agua fría para lavarse. Debajo, con otra puerta hermosa de madera, se guardaba una especie de palangana de metal, elemento indispensable para no mearse encima. No era eso finísimo y genial?

Los trenes iban y venían, en las estaciones repletas, las personas se abrazaban y besaban, se compraba de todo antes de subir: desde caramelos hasta fiambres. En los trenes los viajes eran largos y el tedio, se mataba comiendo.

Las clases sociales estaban bien marcadas no era lo mismo camarote, primera y segunda clase. Ni los servicios higiénicos eran iguales. A mí me encantaba caminar por los pasillos estudiando los vecinos y cuando me animé a saltar entre vagones, no entiendo cómo me dejaban hacerlo y cómo sobreviví, ir mirando cómo el paisaje interno iba cambiando.

Era el mismo tren y afuera, el mismo paisaje pero adentro iba cambiando totalmente. Aprendí que la gente no siempre viajaba feliz como nosotros, algunos iban hasta enfermos. El parloteo entre unos y otros era constante: a mí me costaba muchísimo encontrar con quién charlar en los camarotes.

Los guardas, que no sólo picaban los boletos con una especie de tenaza de metal, también anunciaban las estaciones, la hora de comer y la de dormir. También cuidaban severos la moral. Nada de apretujes, nada de besos y caricias por pasillos o asientos. Para eso estaban los camarotes: si no podían pagarlo, tampoco debían hacerlo. Era así de sencilla la moral… y las buenas costumbres.

La gente de primera iba al comedor, pero en otro horario, primero íbamos los de los camarotes, que para eso habíamos pagado el doble. No sé si había horario para los de segunda, pero cuando mis padres dormían la siesta y me iba a recorrer el tren, comían en la falda, a veces les daban bandejas.

Los trenes eran ingleses, me había explicado mi padre, luego entendí porqué nosotros teníamos hasta servilletas y los otros, a veces bandejas.

Un viaje en tren duraba un día y una noche. O medio día y una noche. El paisaje era cambiante, diverso, aburrido o colorido. A veces había niños saludando el paso de la máquina infernal, paisanos a caballo, mujeres con niños en brazos. Todos saludando. Ni el frío más cruel podía detenerme: me encantaba subir el vidrio y responder el saludo, agitaba mis brazos… hasta que me cerraban la ventana.

Lo más intenso y misterioso era cuando el tren atravesaba un túnel y todo quedaba en penumbras o oscuro. Cuánto terror se inventaba para hacer el viaje más entretenido. Cómo no teníamos TV ni otros entretenimientos, leíamos mucho y jugábamos a los naipes. Mi padre siempre ganaba y todos se burlaban de mi enojo. El tren seguía y el tiempo pasaba.

El otro día soñé que volvía a caminar por los pasillos de un tren muy largo. No llegábamos nunca, no sé con quienes viajaba, eran familiares. El tren no paraba nunca y sentí, latente en el sueño, esa ansiedad que se tiene sólo en la niñez, eso de querer llegar con todo tu cuerpo, pidiendo mentalmente que al fin se detuviera el tren en la última estación.

Así será la vida sin que nos demos cuenta? Siempre queriendo llegar, siempre apurando el viaje, siempre deseando la estación final…

Desear descender y ver todo para después, querer volver y entender tarde, que ya no se puede…

Último día de noviembre

Y cuántos he tenido. Son siempre similares. El agobio del calor, el agobio del dinero, el agobio del año entero. Mañana comenzará el último mes del año y como brotes la gente soplará nuevos sueños, arrinconará nuevas esperanzas y deseará llegar a fin de mes y poder gritar : FELIZ AÑO NUEVO.

Enviarán por Internet saludos a conocidos y desconocidos. Desearán, supongo que de a ratos lo harán de verdad, que todos gocen de buena salud y prosperidad y más…

Último día de noviembre, mañana empezaremos a mendigar que lleguen las ansiadas fiestas. En familia y con muchas fotos. Las Redes estallarán, en pocos días más habrá que ver los árboles navideños. Llenos de nieve extranjera mientras nos ahogamos de calor. Los lechones serán sacados de sus tetas. Los corderos igual. Y aunque el termómetro marque que la temperatura subió al techo, habrá brazas y humo. Asadores alcoholizados antes de hora.

Pero será diciembre mañana. Habrá que vivirlo. Habrá que hacer pensar que una también está a la altura de tantos buenos deseos. Y desear lo mejor… ( qué es lo mejor?)

Se termina hoy este mes que es algo así como la sala de espera, después vendrá el quirófano de diciembre y estallaremos en el parto: nació el 2024!

Quién no se ilusiona y desea lo mejor ante un recién nacido?

Y por unos días hasta nos creemos que así será, le ponemos ganas… después… nada, después la vida sigue.

Pero no quiero adelantarme: aún, hoy, aquí, a esta hora y en esta parte del mundo, estamos pisando las últimas horas de noviembre. Aún en la sala de espera.