Abuela Felisa

Abuela Felisa ( inédito y dedicado a mi madre)

En las noches tranquilas de mi pueblo la luna solía colarse por las calles desiertas. Eran tiempos lentos de veranos interminables y ardientes. Mi pueblo tenía un silbador. No cualquiera, no señor, era único porque había en su silbido notas de una especie de flauta maravillosa, pero mucho más, por su historia.
El silbador era un mendigo indigente que comía de lo que los vecinos, con gusto, le daban. Vestía andrajos que cada tanto cambiaba por la misma caridad vecinal. Su porte denotaba una elegancia paradójica.
Es que no era un vagabundo cualquiera. Había sido un rico heredero, muy conocido por sus encumbrados apellidos y su linaje de ricos terratenientes familiares. Y había estudiado medicina con solvencia. Pero en cuarto año le sucedió, así sin explicaciones, de un día para el otro, perdió su norte y su sur. Perdió la razón sin motivo aparente y no pudo regresar de la sin razón. Al principio lo internaron, lo llevaron al extranjero, le hicieron mil curas inimaginables. Fue en vano. Al final, rendidos y extenuados, lo dejaron ser. Y ahí el pueblo tuvo ese silbador mágico que imitaba a las mejores flautas de la sinfónica del cielo.
En verano, caminaba las noches enteras. Cuando escuchábamos sus pasos, le rogábamos a la abuela Felisa que se asomara a la ventana.Desde que nos contó que cuando eran jóvenes estuvieron a punto se ser novios, nuestra imaginación no paraba. Porque a pesar de que la abuela negó siempre que el silbador quedara loco cuando ella se casó con el abuelo, nos coincidían las fechas y las suposiciones. A veces ella nos daba el gusto, somnolienta y lánguida se apoyaba en el balcón. Entonces, cuando la veía, paraba el paseo y silbaba una melodía exquisita. Todos escuchábamos embelesados. Se detenía el mundo y el tiempo.
Después se iba caminando lento y la abuela musitaba un gracias tímido, que apenas se escuchaba. Luego se apretujaba en los brazos fuertes del abuelo y los escuchábamos suspirar.» No puedo ponerme celoso, decía él antes de dormir, esa declaración de amor es sublime».
Nosotros nos arremolinábamos en la cama grande y nos dormíamos por esa noche, todos entreverados en un abrazo. Aquel silbido mágico nos arrimaba a un amor que nos entrelazaba brazos y sueños.

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