Tentáculos

Por un lado había que solucionar el trajín cotidiano. Eso que implica sobrevivir en la sociedad . Por otro lado había que solucionar si vendíamos o no la casa de nuestros padres con todas las discusiones que eso implicaba. Pero además estaba la posibilidad de quedarnos sin trabajo y eso nos desbarataba todos los planes. Y como si todo eso fuera poco: dependiamos de ser descubiertos y si lo hacían, nos llevaban presos.

En realidad de lo único que dependíamos era de lo último. Si nos atrapaban, no había más nada. Ni venta ni nada de nada. Pero si lográbamos vender pronto podíamos aspirar al exilio.

Antes de vender y partir pasamos por los tentáculos del miedo: eran de colores diversos e intensos.

En el exilio todos los tentáculos del destino se aferraron a extrañar y a comunicarnos en un idioma desconocido.

Vivimos entre tentáculos y no pudimos soltarnos. El miedo a desaparecer es un conjunto de tentáculos. El exilio en cambio, tiene el proceso de un duelo.

Cuando llegó la resignación ya no nos reconocimos.