Un agujero en el costado izquierdo

Cuando me contó que vivía desde hacía años con un agujero en el pecho, lo tomé metafóricamente.

En las duchas, pude verlo y era un hueco casi sobre el corazón. Limpio, sin sangre, como si lo hubieran trazado con un compás. Y se podía ver para el otro lado sin problemas.

Desde ese día me dió miedo acercarme y hablarle, no se puede ser amistosa con una persona que no tiene corazón o tiene la mitad, pero sigue viva.

Debo reconocer que mi miedo obedece al desconocimiento porque sin ser por ese hueco era amable, simpática, empatizaba y era solidaria.

Pero el hueco y mi ignorancia me alejaron para intentar conocer su verdad…

Fuga y misterio

El arroyo era pequeño, apenas se insinuaba pero para nosotras, era el límite. Los límites siempre tienen algo de misterio y por eso seguramente queríamos pasarlo.

Los misterios casi siempre dan miedo y si hay que escapar, doble miedo. Era nuestro caso.

Un día entró en el arroyo la pequeña y dijo que era demasiado frío, que imposible…Al otro día fue la madre y apenas se mojó los pies, aseguró que era fangoso, qué asco…Mi hermana dijo que ella en esa agua turbia no pasaría y yo mentí, dije que había visto víboras.

Así fue creciendo el miedo y el misterio. Y nos parábamos horas mirando y preguntándonos qué habría del otro lado. Nadie había ido nunca, ni se veía nada…

Fue un día cualquiera que alguien propuso, entremos todas juntas. Y fue así que lo cruzamos. Avanzamos temerosas y después nos reíamos de los nervios. Pie con pie, mano con mano.

Cuando terminamos de cruzarlo no lo podíamos creer. Estábamos al fin del otro lado…

Aquí estamos, del otro lado, pensando si regresamos o nos metemos en la espesura del monte, otro misterio, otro miedo, por ver vivir correr….