Caty, la oveja

A la oveja Caty, una preciosidad de mi amiga, le dieron un premio, importante segundo premio.

Y yo sé, porque a veces entiendo a Caty, que estaba feliz por su dueña, por la recompensa a su trabajo, su preocupación por su estado, su concentración por los detalles. Caty no es vanidosa para nada y si se sintió resplandeciente lo sé, fue por mi amiga.

El mal momento fue cuando la llevaron a exponer su magnífica forma y su premio en el Museo. Un bello y embaldosado Museo, iluminado y con mármoles de antaño. Espléndido y de arquitectura estilizada y brillante. Ahí se quedó Caty mostrando su belleza y mirando asombrada su entorno.

Qué haría una linda ovejita en un majestuoso museo capitalino? Al principio se intimidó, luego se sintió abandonada, observada y fotografiada hasta cansarse y luego, se aburrió. Las ovejas, algunas, también se aburren.

Decidió salir a buscar a su dueña y no llegó ni a la primera puerta que la devolvieron a su lugar. Después intentó irse en la noche aunque ya sabemos que las ovejas de noche, no ven mucho. Se le detuvo el cuerpecito mullido cuando sonó una sirena y dos guardias entraron corriendo… la volvieron a colocar en su lugar.

Hace unos días su bella lana luce algo apachurrada y tiene los ojos saltones y tengo miedo que si sigue ahí, pierda su genuina belleza.

Los premios son lindos pero la soledad es feísima sobre todo, si se trata de una hermosa pieza artesanal.

Mañana, aunque mi amiga se enoje, la sacamos del podio de ese Museo magnífico y la ponemos en una vitrina donde algunos conejos de lana, un mono y muchas zanahorias, todas tejidas con primoroso amor, le harán compañía.

Caty odia estar parada quieta, sola y aburrida, en un Museo de verdad… y ya se olvidó del premio!