Amor del Bueno…

Qué suerte la vida nos dio esta oportunidad a los 45 años…

Vos de un lado del mapa, yo del otro, un encuentro trivial por aquella vieja amistad que habíamos tenido y de pronto… descubrirnos.

Llegar hasta ha sido maravilloso a pesar de la lucha. Brindamos anoche por nuestro pequeño triunfo de amor

Las nueces mágicas

1.

Ella comienza su día como cualquier sábado más. La rutina de dejar la casa reluciente aunque está sola. De pronto suena el timbre, suena como insistiendo, sale y no hay nadie. Está a punto de entrar cuando ve el paquete en el escalón. Es un paquete del correo.

Sigue con su rutina de plumero y escoba, el paquete queda sobre la mesa intacto. Ella no tiene nadie que le pueda enviar nada, será una equivocación o un broma tonta de algún ex alumno.

Pero el paquete la intrigaba, de todos modos, estaba segura de la falsedad porque el cartero la conocía y no se había quedado en la puerta a esperarla. Sí, sería todo una broma. Sin dudas.

Era una mujer madura pero conservaba aún su aspecto juvenil. Había sido profesora muy joven y también se retiró muy joven. Los amores se le negaron, incluso uno se le murió y decidió quedarse en la casa paterna y mantenerla lo mejor que podía. Era la tía favorita de los sobrinos, tenía dos hermanas. Y justamente los sábados merendaban todos juntos bajo la gran magnolia.

Los sábados ella tenía mucho que hacer, ni miraría el paquete del correo. Lo dejó en su habitación y le llamó la atención la letra manuscrita y prolija. Quién escribe hoy en manuscrita? se preguntó pero siguió haciendo cosas.

Esa era su tarde feliz. Jugó con sus sobrinos y charló con sus hermanas. La invitaron como siempre para salir el domingo y respondió, como siempre, que no. El domingo se dedicaba al jardín y la lectura.

2

Esa noche dio vueltas y más vueltas en la cama. Fue al baño, se hizo un té y después se quedó sentada en su cama mirando el paquete. Era para ella, su nombre estaba escrito en forma sencilla, clarísima, buena letra y hasta le pareció simbólica.

Ya de madrugada encendió la luz y abrió sin muchos miramientos el sobre. Adentro había una carta, más bien una nota y cuatro nueces. Perpleja leyó la nota:

“No son nueces cualquiera, las he cultivado especialmente y sólo te pido que las plantes, en cuatro lugares diferentes de tu hermoso jardín. Si crecen, si una sola crece, crecerá el amor.”

Y ya no pudo dormir. Para broma le parecía infantil. Para molestarla era simplemente estúpida. De qué se trataba y de quién era? La caligrafía y ortografía denotaba que no era alguien muy joven.

Los días que siguieron fueron imposibles: qué hacer con las nueces?

Al sábado siguiente puso tres en un pastel que comieron con sus sobrinos y la otra no la pudo encontrar. La encontró de noche en su mesita de luz, junto a la cama.

3

El domingo plantó la nuez, consideró que si se había salvado del horno, merecía la tierra.

Sucedió que en los días siguientes se fue sintiendo animada y con ganas de hacer cosas fuera de la rutina. Sucedió que el nogal crecía a pasos acelerados y ella no sabía qué sucedía.

Sucedió que a los cuatro meses el cartero volvió a tocar el timbre en plena mañana de sábado y no tenía carta alguna en las manos, tampoco su uniforme de cartero.

Abrió la puerta y lo vió por primera vez, recordó el compañero de banco de la escuela primaria, recordó la letra hermosa de notitas a montones que recibió y nunca respondió. Lo miró y sonrió y él, devolvió la sonrisa.

Sucedió que él entró en la casa, se sentaron bajo el nogal que no paraba de crecer y le dijo con dulzura:

– Tuve tanto miedo de que no fueran las nueces correctas, las espero hace muchos años.

Y se quedaron tomados de la mano abajo del nogal mágico.

Cáscara

Se han quedado con mi útero, que anidó tres huevos sanos, se quedaron también con mi saliva que supo gritar cuando se debía. Se quedaron con mi rabia porque me la guardé.

Se quedaron con mi salud, con mi poca lógica y con mi tranquilidad… se quedaron con mi paz interior y mis eternos proyectos.

La posibilidad de que todo regrese, porque todo pasa, es un lento vaivén de olas que me sacuden entre melancolía y ansiedad. Tal vez más pronto que tarde vuelva a ser. Ahora sólo estoy reptando la impotencia de no ser.

Hace años, cuarenta, llegaron y patearon, y a golpes se quedaron con mi destino.

Hoy no son los mismos. Son otros: los que deberían entenderlo que lo vuelven a destrozar.

Estoy solita con mi cáscara pero… aún de pie.

El olvido que soy

Aludiendo al famoso título del autor colombiano “ El olvido que seremos”, Héctor Abad Faciolince, me puse a pensarme…

Me siento a pensar y dialogar conmigo y siento que soy olvido. Que de las palabras que me habitan se me han borrado muchas y otras se mezclan entre sí formando un olvido disperso, agotador y frustrante.

Ser olvido antes de morir es brutalmente feroz. Tus funciones vitales están pero tu mente no las acompaña. O de a ratos sí, pero de a ratos no. Cabe preguntarme: cuál soy? Soy alguien?

A veces el cuerpo acompaña un poco y se pone más lento y flojo, entonces pienso: bien, ya no soy, en breve seré olvido. Pero la máquina infernal a las pocas horas, se reanima.

Entonces me alegro y quiero juntarla a mi mente, quiero estar, ser, des olvidar el olvido.

Hasta que nuevamente caigo en frases inconclusas, pedidos de no sé qué pues no recuerdo y alguna idea que, estoy segura, era genial, se disipa en una nebulosa.

Vuelvo a ser olvido…

Estrangulamiento por ósmosis

Pero no había forma de adivinarlo.

Eras el más pequeño de todos haciendo fila para tomarte tu foto con la Pitón gigante. En aquel alejado y algo aburrido lugar de veraneo, salvo la compra de artesanías y un mar intenso e imparable, fue lo más novedoso que pudimos ver.

Todas tus primas y primos hicieron la fila pero, una vez cerca de la inmensa serpiente, se fueron yendo uno a uno. Y ahí quedaste tú, el pequeño de cinco años, resistiendo el miedo, con la inmensa pitón colgada al cuello. No sólo te aplaudimos sino que te hicimos tomar montones de fotos que pagamos enseguida.

Encuadré una en casa y quedé defraudada cuando al año siguiente, ya próxima las vacaciones, quise llevar el cuadro y descubrí que había perdido completamente el color. Entonces busqué las otras pero no encontré ninguna. Discutimos con el abuelo, las buscamos por horas antes de partir. Nada…

Y luego de eso, fueron años de vacaciones pero al amaestrador de víboras nunca más lo encontramos. Finalmente, ese pequeño detalle de tu niñez, lo olvidamos.

Y eso fue todo. Quién sabe cómo, cuándo, te hiciste domador de pitones. He leído por ahí que sos temerario: que mostras como la pitón te semi estrangula hasta que tú voz la detiene.

Hace algunos años te vas con tus amigas y amigos de vacaciones, como corresponde a tu edad. Este año regresaste y fuiste corriendo a mi casa a mostrarme fotos con la pitón. Sería la misma? Donde la encontraste? Y el domador?…te atosigué a preguntas.

Si, es la misma, me dijiste mezclando una ironía que no entendí , yo soy su domador.

He buscado y mirado demasiadas fotos en las Redes.

La última fue una foto que me asombró: era una de esas que perdimos cuando tenías sólo 5 años. Abajo estaba tu biografía más o menos veraz y de tu dominio sobre esos magníficos ejemplares.

Abajo… tu obituario… y ya no sé cómo vivir estos recuerdos y tu falta y tu no regreso…desearía ser esa última pitón que te abrazó…

La foto de la muerta ( ejercicio 2)

El pueblo estaba alborotado por el casamiento de Fermina Dacosta y Prado. Era la única hija del ganadero más rico del pago.

Cada quién esperaba una invitación, porque el día que comprometieron a Fermina con un abogado de la capital, después del festejo casero, el patrón se tomó un montón de vino en el boliche de Sánchez. Invitó a todos los presentes, terminaron todos borrachos y con la promesa de que todo el pueblo tendría su lugarcito en la boda.

Así que ese mes de octubre el pueblo entero anduvo esperando invitaciones que por cierto, fueron llegando. Y llegaban camiones desde la capital surtidos de todo lo necesario para que esa boda fuera la más recordada en la historia.

A la novia casi no se la veía, tenía dos modistas y peluqueras alojadas en el casco mayor de la Estancia El Patrón, donde estaba la casa más grande de la familia Dacosta y Prado.

Después de recibir las invitaciones las mujeres enloquecieron, cómo iban a vestirse, cómo conseguirían ropa para los hijos y los maridos. Los hombres estaban ocupados calculando si iban a hacer vaquillona con cuero, si optarían por cerdo o corderos. Tal vez todo. Y bebidas?

Todo el pueblo sacaba deducciones y mientras tanto no habían más telas en la única tienda del pueblo, no habían zapatos, ni sombreros. Se encareció muchísimo el casamiento: había que traer las ropas de pueblos vecinos. Y los pueblos vecinos aprovecharon, ellos no tenían fiesta pero ganarían más: aumentaron toda prenda o ropa de buen vestir.

También las mujeres que cosían tuvieron sus beneficios pero padecieron los malos tratos y trabajaron día y noche. Malos tratos como: que mi vestido no se parezca al de la viuda X, que no tenga mi vestido nada que ver con la flaca M, y mil advertencias más.

Todas las mujeres querían ser originales y elegantes. Los hombres, asombrados de los bríos y discusiones, prefirieron quedar al margen y ver sus ahorros volar sin meterse demasiado en el apronte familiar.

En la casona principal no paraban los preparativos que iban desde el jardín a los salones. Pocos días antes llegó personal extra para la cocina.

La boda estaba fijada para el 4 de noviembre, y octubre entero fue de locos preparativos. Pero cuando las cosas estaban ya al borde, cuando la novia ya se había probado varías veces el vestido, entonces fue que sucedió.

Fermina se murió. Ataque cerebral o al corazón o a la realidad, quién lo podría saber? Fue instantáneo, no hubo tiempo para ir a buscar médicos, los hospitales estaban muy lejos.

A la locura de los preparativos se vinieron, como golpes insanos, aceptar la novia muerta. Tener que preparar un velatorio y olvidar el casamiento es, fue y será una paradoja brutal.

La familia quedó en shock y el pueblo entero hizo silencio. La novia, nívea y virginal, en su cajón de madera durmiendo para siempre. Todos o casi todos reprobaron al Patrón que hizo fotografiar a su hija muerta en su cajón.

Pero nadie dijo nada. Muchos días después llegaron las fotos, eran varias y en esos tiempos valían una fortuna. La casa entera se llenó de esas fotos enmarcadas finamente.

La foto de la muerta estuvo en el gran casco de la estancia, en cada habitación, por orden del padre de Fermina.

Cuando murió el padre fueron quitadas y guardadas en algún lugar sombrío. Las fotos desaparecieron, nadie quería tenerlas, todos querían olvidar.

Cómo aparecían esparcidas en las calles del pueblo cada 4 de noviembre debe de ser una leyenda del lugar. Sin embargo, no puedo explicar… cómo consiguió mi abuela esta foto cuando visitó aquel pueblo de su infancia?

No quiero pensarlo…

Ejercicio literario

Muy bien, así se hace. Solo que yo quisiera hoy dominar únicamente un sistema, el de preguntas y sus respuestas?

Tengo cuarenta años y él veinte.

Vivo con él que estudia, fuma, ensucia el departamento con pisadas de barro y recibe llamadas con voces femeninas todo el tiempo.

… Entonces querido mío, al sorprenderme cierto beso de despedida, sólo pude aumentar mi silencio. Un poco asociada en el negocio de la mentira de los demás, vuelvo a preguntarte si aún se mantiene tu necesidad de abrir la puerta.

Entonces ya no habrá otra alternativa. No es cierto? Y tendré que decirte la fecha…

En el cajón inferior de mi cómoda hay una foto y varios recortes de prensa. De eso, algún día debimos hablar. A veces pienso que en ese cajón hay un monstruo que respira y se alimenta de lo que guarda.

Cierta noche, en el claro de un pinar nos asaltó la sensación de saltarnos fuera de la tierra. No era necesario lo nuestro ya había recorrido muchos planetas y cada vez que nos besábamos, nos colgábamos de un cielo diferente.

Recuerdo la vez del hotel en el bosque. Hacía un frío de muerte y la habitación que nos dieron, parecía haberlo concentrado por encargo.

Y aquel molino y el bosque, te parece cursi, a mi también, pero tengo una memoria exagerada que se me adhiere a la piel. El viento que agitaba los pinos y mis gritos de placer haciendo eco. Cursi y vano, pero no se me olvidan.

Después tomé el abrigo y salí a recorrer el parque. Una eternidad pisando hojas muertas y lodo. Por momentos creí morir bajo los pinos, sentí que querían atravesar mi corazón con sus puntas finas.

Al regresar ya habías empacado: me voy y tengo miedo, susurraste.

Miedo a qué? Te pregunté sin querer oírte.

A la pobreza de un hombre rico, a la riqueza de un hombre pobre, a llegar a la cima y encontrar un diamante negro y haya que partirlo millones de veces para que cada cuál tenga el suyo…( suspiraste)

En ese momento supe que era el final y que un día lo recordaría y lo escribiría.

La inmigrante de Armonía Sommer. Cuento tratado como ejercicio literario.

El llanto entre los pinos.

Fue la segunda o tercera vez que escuché el relato. Vía oral, como han sido la mayoría de los relatos en mi infancia.

Me había olvidado y por suerte mi tía, la última, la única que me queda de parte de mi madre, guardó el recuerdo.

Cuando la visito miramos fotos antiguas. Entre las fotos, además de mis padres en su casamiento, estaba mi hermana muerta.

La que nunca se nombra. La que murió en forma repentina de una meningitis feroz, una semana antes de cumplir su primer año de vida. Siempre pensé que mi madre no hablaba porque le volvía el irremediable dolor de la pérdida de su primera hija.

En el panteón familiar, en una pequeña urna, sus huesitos recuerdan que estuvo, que vivió, que la abrazaron y la amaron, que ya estaba intentando caminar por este mundo, ya balbuceaba palabras, ya escuchaba a mi madre susurrarle canciones. Ya reconocía abuelos y tías. Ya hacía esas primeras gracias que hacen los bebés de todo el mundo y enternecen a familiares y amigos.

Y sin embargo sus pequeños logros no se recuerdan. Eran los logros de una bebé y no quedaron los registros necesarios. Creo que me enteré a los ocho o nueve años que en realidad mi hermana mayor, la de verdad, había muerto.

Olvidada en el rincón de las fotos siempre estuvo, en los misales de mi madre, en los de la abuela, también. Hoy la encontré en una gran caja de fotos que sólo mi tía guarda.

Y como mi creatividad está incierta, decidí escribirle en mi rincón para que por lo menos aquí… quede una mención a mi verdadera hermana mayor.

Y que quedara también aquí la historia del llanto de mi madre. Cuando mi hermana murió, en menos de un día de fiebre y convulsiones, mi madre estuvo al borde de la locura. Cuando volvieron a la casa en el campo, mi tía menor, la que hoy me muestra la foto y me cuenta la historia, se quedó algunos meses acompañando a su hermana mayor, mi madre.

Mamá lloraba horas enteras con el corazón, con las tripas, con el alma. La casa rodeada de pinos repetían como eco ese llanto inconsolable. El personal que vivía cerca o lejos lo escuchaban con una mezcla de tristeza y respeto.

Algunos años después, mis padres ya no vivían allí y mi tía, ya adolescente visitó el lugar vaya una a saber porqué motivos. Fue entonces cuando se enteró que en días de viento, en el ulular de los pinos, un llanto desesperado de mujer sonaba interminable.

Fue muy poca la gente que logró vivir ahí, aterrorizados por ese llanto que escuchaban.

El llanto de mi madre… seguirá en ese lugar?