Se te nota

Tantos se te nota viralizaron mi vida.

Se te nota que estás menstruando

Se te nota que engordaste

Se te notan mucho los senos

Se te nota que no te depilaste bien

Se te nota la raíz del pelo sin tintura

Se te notan las primeras arrugas

Se te notan las “ arañitas” en las piernas

Se te notan las uñas débiles

Se te nota que no usas más tacones altos

Se te nota la falta de maquillaje

Pero faltaro tantos…

Porque no hubo:

Se te nota la ternura

Se te nota la nostalgia

Se te nota la pena inmensa

Se te nota la sonrisa

Se te nota que lees demasiado

Se te nota que escribes por pasión

Se te nota el amor

Se te nota la humildad

Entonces…

Entonces he decidido que se me note todo,

lo que ven y lo que no.

Es el único motivo por el que sigo escribiendo.

Causalidad o casualidad

Cuántas veces te preguntaste si esto o aquello fueron simple casualidad o tal vez, causalidad.

No debo ser la única. Empiezo por mi fecha de nacimiento: 2 de abril. Día Internacional del Libro Infantil. Cumpleaños del escritor Hans C. Andersen. Porqué motivos la vida me sedujo, ya adulta, a especializarme en libros para niños y niñas. Hubo muchos motivos. Casualidad?

Nací en Misiones, Argentina, a pocos km de donde vivió y escribió Horacio Quiroga. Porqué causas de la vida me vine a vivir a Salto, Uruguay, su ciudad natal. Hubo también otros muchos motivos. Además compré mi casa, sin notarlo, a menos de 500 metros de la casa donde vivió su infancia. Casualidad?

Amé leer y escribir desde muy niña. Uno de los grandes poetas argentinos que leí fue Leopoldo Lugones. También leí mucho de la admiración de Jorge Luis Borges por su poesía.

Era casi adolescente cuando mi padre me contó que a sus dieciséis años, por vender quinielas clandestinas, lo pusieron en un reformatorio. El regente era Lugones. Mi padre ideó un campeonato de fútbol con otras Instituciones similares, con la promesa que lo dejaban salir si ganaban el campeonato. El rector, Lugones, hombre temido por todos, aceptó porque mi padre convenció a su amante, que siempre lo acompañaba al reformatorio.

No lograba creer que él excelso poeta dirigiera brutalmente reformatorios. Pero era su hijo, no el poeta. La brutal bestia que introdujo la famosa “ picana eléctrica “ en los interrogatorios. La hizo popular en las cárceles argentinas y en épocas de dictadura, su propia hija pereció por esa tortura. Qué tiene que ver con mi vida? Casualmente mi padre con el fútbol y la amante de Lugones hijo, se salvó de estar dos años en el reformatorio. Muchísimas lunas más tardes, a mis veinticuatro años, me salvé yo de la famosa picana, estando detenida, encapuchada y casi desaparecida, porque me canjearon por un preso más importante que estaba en Argentina. Me dejaron en libertad condicional, sin documentos, tenía que presentarme a firmar cada quince días.

Mi padre aseguraba que él no hubiera salido vivo del reformatorio si se quedaba dos años. Creo que yo tampoco hubiera sobrevivido. El apellido Lugones nos unía, lejos en el tiempo, en el destino de padre e hija. Casualidad.

En mi último libro: Mi paradisiaco Cinco Saltos, relató cómo me entretenía mi padre en mis vacaciones de verano, allá, en el Sur argentino. Me sentaba en una máquina y las mujeres, esa tarea de clasificar manzanas era realizada solo por mujeres, y yo intenté aprender. No sé si lo hice bien pero desde niña me sentí mejor entre la gente que trabajaba. No fue difícil leer sobre las luchas obreras y tener ideas revolucionarias en mi adolescencia. También fue casualidad.

De ese paraíso llamado Cinco Saltos, del que nunca deberíamos habernos alejado, me vine a vivir en una ciudad llamada Salto. Pura casualidad.

Y al final pienso que quizás toda mi vida ha transcurrido de una casualidad a otra. Porque tengo muchas más…

Domingo del pasado

Este es un domingo del pasado. Desde que despertamos sentimos la sensación de un deja vú permanente.

Un domingo de final de fútbol y pastas caseras, de aperitivo y buen vino. Un domingo de puertas adentro donde se condensa la vida compartida en rodajas iguales.

Un domingo lento donde el tiempo puede o no pasar y no nos importa. Ni el sol afuera, ni la luz, ni siquiera la tentación de salir. Es un domingo de pijamas, sin apremios de zapatos, uno de esos domingos que nos dolían en la infancia.

En la vida tuvimos muchos domingos y gran parte de ellos, los quisimos para dormir hasta tarde o gozarlos afuera. Gozar paseando.

Hoy no, hoy hasta hicimos pastas caseras, nos adentramos en el mediodía en una hora justa y sentimos, así, al unísono, que era un domingo de otro tiempo.

Es exagerado decir que sentimos presentes a nuestros antepasados en la mesa, pero sí, los sentimos. Nos reímos de ese pensamiento compartido y después, permanecimos un poco serios, porque no era un sentimiento menor.

Hoy va siendo ese domingo del pasado que nos tocó revivir. Lo excelente de esta situación es tener la sensibilidad de experimentarlo. Cuantas personas lograran percibir un domingo cualquiera como un domingo de otro tiempo?

Cuántos deja vú se animarán a percibir en un domingo completo, lleno, intenso y antiguo?

La copa, el plato, la condensación de puntos de luz tras la ventana, la charla, el silencio y la lentitud han sido terriblemente un estar en otro tiempo que alguna vez, tuvimos.

Indiferencia fingida

A los setenta años podría narrar en las luchas que estuve involucrada y de ser posible, analizar cómo o porqué llegué a esas luchas.

Eran para mí o tal vez las heredé?

Porque según parece, no soy experta, no solo se heredan los genes del ADN, también las células tienen, me dijeron, una memoria de siete ( siete!) generaciones en lo emocional. Lo de siete quizás sea simplemente mítico. No lo sé. Supongamos que esa memoria emocional puede tener una influencia de tres o cuatro generaciones pasadas.

Tendría que saber bien si mi abuelo, el que se escapó de una guerra y de un campo de detenidos de guerra, ni la primera ni, mucho menos la segunda, a ver: qué causas defendió el abuelo Serafín de Francesco. Tal vez ninguna por convicción y por eso desertó,fue prisionero y se escapó tras el amor de su vida a Buenos Aires. Pero qué guerra fue? De qué lado estuvo o mejor sería saber la causa de su deserción.

Pero del lado materno, recuerdo por lo menos dos tíos abuelos comunistas. Y lo casual es que mi abuela, matriarca total, nunca renegó de esos hermanos. Sus hijos, mis tías y tíos, fueron absolutamente de derecha. Habrá rebotado la herencia de memoria celular y me tocó a mí inclinarme por la izquierda? Buena pregunta.

Me habrán influenciado las lecturas de mi hermana que insistía mucho con defender a los negros? También las novelas de gente muy pobre que sufría terriblemente?

O mi primer gran amor fue determinante?

El primer amor. Ese hombre que me enamoró más con su coeficiente intelectual que por él mismo. A los dieciséis años una se engaña con facilidad. Los primeros libros de Marx, sin dudas, se los debo.

Después no pude dar marcha atrás. Aunque ese amor me dejó un hijo, un abandono, una tristeza infinita, una pérdida total, no regresé a pensar como el resto. Todo lo contrario: siendo época de dictadura me puse mucho más a la izquierda: marchas, protestas, actos que reivindicaban el socialismo, libros y lecturas todo eso más alguna leve participación en esconder personas requeridas.

Intenté dos veces reconciliarme con el régimen familiar, social y déspota del momento, pero ni pensando en mi hijo, ni en mi madre, lo logré.

Cuando estuve detenida nadie me reclamó. Y tuvo que aparecer el segundo hombre en mi vida para que, conforme llegó la amenaza de muerte de la AAA, alguien me ayudara. Fue él, nadie más, que me sacó de Argentina y me escondió en Uruguay.

En el año 1978, a pesar de mi bajo perfil y de mi intento de vivir en el exilio como una señora de clase media, con marido, un hijo, una madre y una vida “como correspondía “, volvieron a buscarme y encarcelarme.

Fue fatalmente doloroso: la humillación, el miedo a perder todo, las torturas y violaciones. No voy a describirlas. Estuve desaparecida y mi vida se la debo a un prisionero uruguayo que desconozco y lo canjearon por mí. Eso creí escuchar bajo la capucha que nunca me quitaron.

Cuando aparecí, nunca supe cómo me sacaron, tuve que enterrar todo el dolor, sepulté el duelo y traté de no perder lo que había logrado. Después de todo, tampoco apareció nadie de izquierda a tenderme un hilo de salvación. Solo mi madre, otra vez ella, mi marido, pidieron por mí y me buscaron.

Después de eso nunca más me acerqué a nada que tuviera que ver con la política. Estuve un año firmando mi libertad condicional en distintos lugares. Me dejaron indocumentada y sin posibilidad de volver a Argentina. Me perdí.

Me reconstruí con otros recuerdos y comencé a escribir. Me alejé definitivamente de toda manifestación política o social. Fue lo único que supe hacer para borrar el dolor del que jamás hablé.

Pasaron años y cosas, parí mis dos hijos, volvió la democracia, perdí a mi madre. Pude viajar. Recobré mi documento y obtuve otro, Retomé el camino de la literatura, me dediqué a los niños, seguí estudiando y comencé mi etapa de nuevo. Otra vez me reinventé.

Comencé a destacarme en grupos literarios, me puse a estudiar y escribir como nunca. Comencé a viajar a Congresos y recibí becas. El tiempo seguía corriendo y de política no quería hablar.

Volví a hablar hace apenas veinte años cuando la fuerza, mal llamada de izquierda, ganó las elecciones en Uruguay. Y resurgió todo lo que había leído y aprendido en tiempos prohibidos.

Me fui involucrando de a poco una vez más pero esta vez, en democracia. Había una supuesta libertad. Hay una supuesta libertad.

No voy a explicar porque llamo supuesta izquierda y porque digo supuesta libertad. Sería adentrarme en un discurso político y filosófico, social, que no me merece atención. No quiero escribir sobre eso.

Quiero escribir que cuando retomé el camino y busqué un reparo económico por haber estado presa, por haber sido indocumentada y encerrada en este país, no hallé ayuda alguna. Entiendo que mis relaciones sociales no eran buenas, pero de las puertas que toqué, ninguna se abrió.

Ni siquiera un rédito económico pude sacar de aquellos días de terror y olvido. Había que sepultarlo del todo. Otra vez lo enterré.

Hace unos años tomé banderas nuevamente, hice pública mi afiliación política. Después de todo encontraba dentro mío que muchísimos años atrás, no había estado equivocada. Que no vivía en la izquierda soñada pero era lo más cercano y lo mejor para mucha gente que estaba pasando mal. Tomé otra vez, posición hacia la izquierda y esta vez, sin ocultarlo.

Pero seguí aferrada a la literatura y a los niños y jóvenes. Hice mi carrera y no me aparté. Muchos años después recién escribí mi primer relato con contenido político o social. Ingenuamente había escrito salteando hábilmente ese dolor escondido. Como si la literatura infantil y juvenil fuera solo un instrumento para reír y jugar. Lo cual no está mal pero… podía haber dejado huellas. Lo hice tardísimo y hasta hoy, me cuesta escribir sobre el tema.

Porque volví a equivocarme. Me embanderé, volví a las marchas, volví a llenar artículos con consignas de izquierda, incluso permití mi nombre en listas y volví a equivocarme. Habían pasado casi cuarenta años y mi ingenuidad seguía estando.

Cuando desobedecí políticamente algunas razones turbias, me tendieron una trampa en la que caí y me quitaron lo más bello que tenía: Mi trabajo con los niños.

Destruyeron por unos meses mi imagen, mi pasión por los niños y la literatura, pero lo más importante fue mi destrucción interna. Presa otra vez de la desconfianza, la depresión y la ansiedad, caí en un pozo sin tregua que, a los sesenta años cuesta mucho más remontar.

Cuando me acusaron de mal tratar una niña autista, cuando me pidieron renunciar a mi cargo como especialista en la Biblioteca infantil, nadie de izquierda alzó su voz. Muchas personas me llamaron y escribieron en Redes sociales y defendieron mi nombre pero, la fuerza política, se mantuvo callada y nadie puso mi nombre sobre el tapete. Debí de defenderme, pude hasta enjuiciarlos, pude hacer muchas cosas pero el proceso iba a desgastarme tanto que, inexorablemente, me iba a doler igual que la capucha, la violación y la tortura.

Demoré hasta hoy, tres años después, en preguntarme qué consignas levantar. Decir que soy apolítica seria un error enorme porque ni lo soy, ni existe tal posición. Seguir apoyando fuerzas progresistas que dicen ser de izquierda pero también, de una u otra forma, consiguen votos y hacen todo tipo de alianzas, es estafarme a mí misma.

Jamás podré estar del lado de esta derecha rancia renacida en estos años, incluso fascista, o no tanto, que sigue honrando a los ricos y poderosos, el capitalismo libertario, así le llaman, esto que siempre va contra los más desposeídos y los más empobrecidos. No podría. Sería traicionarme.

Pero no volveré a usar banderas. Tampoco de este progresismo pintado de izquierda porque muy adentro, siento que aunque es mejor para mucha gente, no es auténtico. Es desleal, timorato y obsecuente. Sé que la izquierda soñada en mi adolescencia, allá por los años 70, no sirve hoy. Que hay que tomar otros caminos. Sé? No, no lo sé, eso dicen los que supuestamente siguen los caminos correctos. Quién sigue el camino correcto? Si la teoría es buena pero quienes la ponen en práctica son humanos erráticos en un mundo de caos y corrupción? Hasta Cuba nos genera dudas hoy, después de defenderlos más de cincuenta años…

Entonces quién soy? Y no me digan de Centro porque eso es un slogan. Y no me digan apolítica porque esa posición cómoda para no hablar mal ni bien de nadie, es la hipocresía de toda la vida.

Una crisis de identidad política a los setenta años no debería de generar ni siquiera un renglón de escritura. La vida se me escapa, tengo que vivirla a como dé lugar e intentar ser feliz mientras la salud, que va decayendo, me lo permita. He ahí una forma de política: ahora yo y mis amores, ahora yo con lo que me gusta, ahora yo sin lo que no me gusta, ahora yo y después vemos si hay espacio. Esto parece un libro de autoayuda y de verdad, los odio.

Podría con mucho esfuerzo, acostumbrarme. Hacer oídos sordos a informativos, noticias y campañas. Dejar correr y aferrarme a lo único real que tengo: mi vida y las de los que amo y me corresponden. Mis letras, estas y otras, que a veces, hasta me dan alegrías. Lo demás: dejar pasar. Dejar hasta de opinar porque para quien lo ha hecho por tanto tiempo, es imposible impedir la pasión. La pasión lleva a la discusión y a la puesta a punto del motor de una lucha. Y mi vida, tan plagada de luchas, necesita el descanso de las batallas.

Pero qué pasión levantaré para impulsarme cada mañana?

Ni la política, ni los concursos literarios en los cuales tampoco he triunfado, ni las Bibliotecas ni las Marchas por derechos, ni esto ni lo otro porque tampoco sirve o sirvió.. si me quedo sin pasiones, como me reconstruiré?

Estoy buscando respuestas.

Quién me avisará

Quiero creer que alguien me avisará cuando comience a repetirme.

Cuando a la lógica de una conversación, la remplace por arbórea e innecesarias aclaraciones.

Cuando dé todo por sentado sin comprender, quién se dará cuenta y me ayudará?

Cuando esconda la desconfianza eterna tras un gesto amargo, quién lo comprenderá?

Cuando dejen de interesarme todas las cosas que me llenaron la vida y no pueda disimularlo, quién estará a mi lado y me dará un apretón de manos?

Cuándo lentamente caiga en descenso sin freno, quién estará para abrazarme ?

Me dirán frases triviales?

Me acompañarán y consolarán?

Intentarán frenar mi agotamiento?

Frenarán mi voluntad de entrega?

Nunca temí morir, temo agonizar y que me obliguen a soportarlo.