Quién me avisará

Quiero creer que alguien me avisará cuando comience a repetirme.

Cuando a la lógica de una conversación, la remplace por arbórea e innecesarias aclaraciones.

Cuando dé todo por sentado sin comprender, quién se dará cuenta y me ayudará?

Cuando esconda la desconfianza eterna tras un gesto amargo, quién lo comprenderá?

Cuando dejen de interesarme todas las cosas que me llenaron la vida y no pueda disimularlo, quién estará a mi lado y me dará un apretón de manos?

Cuándo lentamente caiga en descenso sin freno, quién estará para abrazarme ?

Me dirán frases triviales?

Me acompañarán y consolarán?

Intentarán frenar mi agotamiento?

Frenarán mi voluntad de entrega?

Nunca temí morir, temo agonizar y que me obliguen a soportarlo.

Delia Genoveva

Hoy cumpliría años mi hermana mayor.

Mi querida hermana estaría cumpliendo 80 años hoy. Se fue de viaje muy joven. He escrito para ella y por ella, muchos textos. Fue mi segunda madre y gran impulsora de mis infinitas lecturas.
Ayer recordaba con mi compañero, le contaba, mi casa era una avalancha de cartas y estampillas. Mi hermana adoraba escribir cartas. No sé cómo logró tener tantos actores famosos, sus fotos autografiadas, en un álbum que parece, hoy, inverosímil. Pero fue real, tenía cerca de cincuenta fotos de los más famosos, con sus firmas en ese extraordinario álbum.
Cómo lograría viviendo en una ciudad tan pequeña que le llegaran desde USA o Europa? Cuántas cartas escribió mi hermana? Su salida habitual era ir al correo.

Mi hermana Delia, una máquina de escribir y leer. En su adolescencia le brotaban amores y cartas. Muchos de esos amores no pasaron de lo epistolar. Otros, fueron epistolares y de una sola cita. Pero no había Internet. Sus idas y vueltas al correo ponían los pelos de punta a mi madre.

En uno de esos giros de la vida, estudió un poco de teatro y ya estaba seleccionada para una obra. Quiero creer que se llamaba LAS DE ENFRENTE, era una comedia de época.

En mi casa papá se puso como loco. Cómo iba a andar haciendo teatro su hija?

– Pero si a vos te gusta el teatro, decía mi madre.

Fueron días de pedidos, permisos, discusiones y salí ganando yo. Con solo diez años tenía que acompañarla. Cuantas cosas se pueden aprender a los diez años desde atrás del telón. Y en los ensayos. Y salir de gira por pueblitos diminutos donde inventábamos camerinos.

En esa época del teatro, el aluvión de cartas se cambió por otro aluvión, el de los guiones. Hasta yo me los aprendía de memoria. Y mis fines de semana eran a puro teatro.

Entonces llegó el autor de una obra sobre el castillo abandonado en la ciudad de Concordia. YO VOY MÁS LEJOS, se llamaba. Se hizo primero un radio teatro, incursión en la radio, debido al éxito de audiencia, se teatralizó. Qué magnífica estaba Delia, con sus vestidos largos y antiguos.

Mi hermana en el escenario era ella, la otra, la de la vida cotidiana era la simpática chica familiera que los demás querían.

En esas épocas de acompañarla a la Radio, al teatro y sus giras, yo me enamoré de la ópera. Mi padre insistía en hacérmela escuchar y un compañero de teatro de mi hermana, había estudiado canto lírico. Como leí sobre óperas. Como escuché e intenté entenderlas. Miré algunas, no era fácil, estuve horas persiguiendo la forma que me dejaran estudiar canto lírico. Canté en el coro del Colegio, aunque era música sacra, aprendí a entonar y seguir el piano.

Mi casa era de arte: teatro, música y ópera. A veces me dejaban ir a la casa del compañero teatrero de mi hermana para buscar instrucción en la educación de mi voz. Me alentó muchísimo y creo que me enamoré un poco de él. Pero apenas tenía doce años y el muchacho era homosexual, así que fue puro amor platónico y me dejó el sueño de llegar a ser una buena soprano.

Ni mi hermana llegó más lejos que esas obras en su actuación, ni yo con mis canto lírico. Nos faltaba perseverancia, apoyo familiar y más amor por el arte mismo. También nos faltó la inteligencia de seguir para cambiar nuestro opaco destino. No había tiempo: papá estaba enfermo y mi hermano, con una esquizofrenia que nos volvía locas.

Se fueron las cartas, los guiones de teatro, mi hermana decidió tener un novio serio y casarse. Para eso demostró que podía tejer, bordar y cocinar como su madre o sus tías.

No alcanzó. Nunca tuvo suerte en sus amores. Por eso tal vez un día incursionó en lo mítico, el Tarot, las cartas astrales, la numerología y otras premisas que no recuerdo.

Así, con esa mansedumbre fingida, logró algo de independencia y se fue alejando del familión materno que todo lo controlaba, todo lo criticaba. Trabajó en muchas cosas pero realmente creo que fue muy buena en dos: el teatro y el Tarot. No sé si se lo dije, no sé si se lo dijeron. Pudo haber sido conocida por cualquiera de esas profesiones. No sé si famosa, pero sí, conocida.

Mi hermana tenía ojos inmensos y casi grises de tan claros. Hablaba con ellos antes que con su boca. Expresiva y multifacética su gran problema fue el amor. Se enamoraba con la misma facilidad que la engañaban. Demasiado crédula y tal vez, hasta un poco ingenua.

La vida se la llevó apenas pasados los sesenta y ese cáncer debe de haberse originado de tanta necesidad de un buen amor.

En gran parte y por una u otra razón: todas y todos la traicionamos. No entendíamos sus aspiraciones y ella, mentía para estar bien con todos, hasta que ya no pudo. Fue desgastante vivir en esa familia hiper crítica y tan influyente. Tenía que irse, como me sucedió a mí, creo que ambas elegimos la peor opción. Un mal matrimonio.

Tuve mucha más suerte que ella. Pude reconstruir y tejerme otro futuro. Ella, que fue la alegre de la familia, no pudo.

La voy a extrañar hasta mi último aliento aunque sus celos fraternos me alejaron tantas veces como me acerqué.

Y no le escribo a ella, ni siquiera a mí… le escribo a la vida que tuvimos juntas y que nos permitió transitar un pedazo del camino.

Agujas

Agujas

( Ficción dedicada a mi madre y a todas las que son u ofician de mamá)

Mamá siempre repetía que ella con una aguja tenía lo que quería. No sólo obtenía un vestido, una camisa, una bata desde un trozo de tela. Mi madre podía conseguir objetos maravillosos que no salen de una aguja común y corriente.

Una vez cosió un billete de cien pesos y tuvimos una época distendida en dinero. Otra vez cosió granos y tuvimos la despensa llena. Cosía pelos de parejas descarriladas y les volvía el amor como en racimos. Cosía ropitas de niños pálidos y les volvía el color y la fuerza. Cosía pelos de animalitos enfermos y los sanaba. Mi padre estaba sujeto a ella por un amor de mil hilos.

Mi casa estaba sujeta a aquella vida por millones de agujas de tamaños inverosímiles.

Desde pequeñitas para los llantos de bebé hasta las gigantes que ataban desde un amor o un sueño imposible hasta un hogar, como el nuestro.

Mi madre cosía todo el tiempo y contaba cada puntada. Lo más increíble era que recordaba cuantas daba para cada cosa. A veces cobraba dinero pero otras, comida o ropas, cosas necesarias pero no imprescindibles, decía al pasar los costos. Cuando su fama de costurera universal de todo lo aferrable se extendió por varias zonas, le exigimos con papá que subiera los costos. Y ella cosió para nosotros un billete grande y nuevo.

Y comenzaron a llegar a sus manos laboriosas la gente que tiene dinero y aun así, necesita más cosas. Y le pagaban aunque mamá siempre se reía de sus pretensiones. Pero nunca les aferró a sus hilos ambiciones desmedidas o propósitos desopilantes. Mi madre cosía con éxito sólo las posibles necesidades dignas y humanas. Ganó prestigio, todos la necesitaban. Sus manos mágicas cosían un mundo de deseos buenos.

Su vida no fue la misma. Dejó de dormir para poder cumplir y luego de comer. Las agujas y los hilos la fueron atrapando de tal manera que ella misma quedó cosida. Un día dejamos de verla y llorando a gritos la buscamos. Mi padre la encontró cosida a su cama y me dijo que mañana o pasado volvería.

Y volvió. Y fue mi mamá y por suerte nunca más recordó su afán por coser los deseos de otros.

Juana

Juana

Qué hiciste Juana?

⁃ Justicia.

Así comenzó aquella mañana gris en el país europeo que jamás pensé visitar y donde me encontré a Juana. Fue tan inesperado el encuentro, diez años sin vernos y encontrarla viviendo en Europa.

Juana y yo no éramos amigas íntimas pero compartimos durante algunos años intereses literarios y de edición de libros. Nos encontrábamos en cursos, talleres, conferencias y algunos otros eventos.

Creo que solo dos veces nos fuimos solas a tomar una copa de vino pero no recuerdo haber intimado más allá de lo común y corriente.

⁃ Lo mataste?

⁃ No, yo no…

⁃ Pero bueno, es casi lo mismo.

⁃ Es algo totalmente diferente!- agitó su larga cabellera oscura y dejó de mirarme.

La historia de Juana era una historia común o no, según usted lo mire. Ella siempre me dijo que estudió arqueología y le creí, porqué no, nunca me aclaró cómo había terminado siendo editora de libros. Sé, era obvio, que abandonó la arqueología.

Tal vez la habían obligado a estudiar? No, cuando hablaba de arqueología su cara adquiría ojos y gestos felices. Cuando compartimos un paseo y un almuerzo con su marido, se me ocurrió pensar qué tal vez, abandonó su profesión por él, o por su hijo. Era una posibilidad.

Formaban una linda pareja joven. No llegaban a los cuarenta. Tenían un solo hijo que era brillante en los estudios. Que no eran felices, se les notaba.

El hijo quería ser médico y el padre quería que heredara su negocio. La única vez que le vi poner un gesto durísimo fue cuando, en una cena con amigas, nos contó lo mucho que discutía con su marido para que dejara al muchacho estudiar lo que quería.

En otro seminario que coincidimos me contó que el hijo había obtenido una beca total en una excelente universidad. El marido ya no podía oponerse, con o sin su ayuda, el joven estudiaría medicina.

Era tan obvio que el mundo de Juana era su hijo. Ahora ya no estoy tan segura.

Juana se ha mudado a Europa y su hijo sigue en su país estudiando, a punto de ser médico ya. Ella vive con su nueva pareja y en las fotos, se ven tan felices…

Al marido de Juana lo mataron de forma inverosímil y estúpida. A media mañana salió hacia la calle hablando por su celular, adentro del comercio estaba Juana, y con un pequeño cuchillo de cocina le perforaron el hígado, se llevaron el celular.

Cuando Juana salió el hombre ya estaba bañado en sangre, cuando llegó la ambulancia estaba agonizando desangrado. Murió camino del hospital.

A mí me avisaron amigas en común. Pero recién volvimos a vernos casi al año, en otro simposio.

Estaba muy delgada. Es verdad. Tenía una sombra en la mirada. También es cierto eso. Se iluminaba cuando hablaba de su hijo, como siempre. El joven iba muy bien en sus estudios.

Y nada más. El hombre murió y nunca nadie supo nada del incidente. Pasó la pandemia, pasaron dos años, no nos vimos.

La encontré hace pocos días en Europa donde reside desde hace más de un año. Está feliz, y se le nota, con su pareja. Dejó su adorado hijo y vive lejos, enamorada y exilada, adaptándose.

De qué se exilia una mujer? Del desamor, de la obligación, del miedo, de la sospecha? De eso y mil motivos más. Unos más dignos que otros.

Tiene derecho a ser feliz, a considerar su pasaporte europeo( aunque hablaba lenguas aborígenes y defendía sus causas), tiene también derecho a amar y cambiar todo lo que quiera cambiar.

Tiene derecho a olvidar el pequeño cuchillo clavado en el hígado, la infortunada mañana donde toda la sangre se fue por la acera, si, tiene derecho. Incluso a no querer vivir donde vive y estudia su único hijo, que fue su luz, su vida.

También tiene derecho a olvidar que nunca se supo quién destrozó ese hígado a cambio de un celular.

Lo demás, me lo inventé para contar una historia. Eso, lo del principio, lo que usted leyó y quizás lo hizo llegar hasta aquí, pura invención mía… o tal vez, no tanto.

En el aire

Una vez que estés en el aire sentirás que ya nada te pertenece.

Todo depende de tantas circunstancias que te son ajenas, ya nada depende de ti.

Y qué malo si eres cinéfalo y has mirado cine catástrofe de vuelos increíbles.

Estará el clima realmente como dicen?

El piloto y el copiloto habrán tenido una noche de sexo y alcohol?

El avión tendrá todo el chequeo que corresponde?

Habrá alguna distracción en el vuelo? Habrá algo que no nos dicen? Tal vez. Las aerolíneas pueden engañar con facilidad pues todas y todos los que estamos esperando este vuelo con retraso: qué sabemos de aviones?

El vuelo lleva casi una hora de retraso, sé que el pronóstico meteorológico no es bueno. Nos alojarán? Nos pondrán un café gratis al menos mientras esperamos ansiosamente?

Nada. Comienzan a llamar una hora más tarde y como siempre, llaman por grupos pero nadie hace caso. Se amontonan y pasa la del A y la del C, así, descontrol total. Qué tienen? Pánico a no tener asiento? Ni que fuera un bus urbano…

Ya pasó el malón y nos levantamos cuando realmente nos toca. Después en el túnel nos reímos bastante: si hubieran ido como lo pidieron ya estaríamos sentados, pero con ese problema de mezclar los grupos tenemos para media hora más. Ahora estamos de pie y al borde de la claustrofobia en ese túnel que lleva a la bendita puerta del avión.

Bueno, nos sentamos. Al fin parece que se terminó de acomodar el vuelo. Ya llevamos un poco más de hora y media de retraso.

Pero como nos atrasamos tanto, hay que esperar: siete u ocho aviones tienen pista antes que el nuestro. Los miramos irse. El avión nuestro en marcha espera. Mientras tanto la azafata se encarga de explicarte todo lo que puede pasar: que las puertas de emergencias, que los chalecos salvavidas, que las mascarillas de oxígeno, que pongas tu celular en modo avión, y siguen las instrucciones.

Nos reímos: en caso de accidente deje sus pertenencias y camine por donde indiquen las luces. En qué mundo es posible? Si toda esta gente se amontonó a la hora de partir y ni una vez permanecieron sentados cuando se les indicó?

Si algo sucede: me muero sentada aquí, le digo a mi compañero, prefiero morir así que pisoteada o que me empujen al mar antes de ajustarme el paracaídas. Habrá gente qué logró colocarse el chaleco y saltar y sobrevivir? Tengo dudas.

Finalmente partimos. Hay turbulencias, se nos anuncia, no ponen en peligro el vuelo. Genial, finalmente vamos a casa. Habrá que dormir un poco pues nosotros vamos a descender y tenemos unas seis horas más para llegar a casa.

Dormir es un eufemismo. En el asiento de enfrente viene una bebé hermosa. No va a dormir, lo sé, alguna vez tuve bebés.

Pasan con el carro de comidas y bebidas: demoran una eternidad porque como es un vuelo por Sudamérica, no hay nada gratis. Otra cosa es si usted va a Europa. Las personas miran el menú, paupérrimo, sacarán cuentas algunos. En fin, les pido algo y agua, ya habíamos cenado.

Se apagan las luces, dormir un poco, pienso. No, porque todas y todos van al baño, sacan una cobija de la parte de arriba y golpean las puertas, se acuerdan que llevaban agua, van iluminando sus acciones con los celulares en modo avión, pero con linternas. Y despiertan a la bebé por primera vez.

Primer intento de conciliar el sueño se pierde. Esperemos el segundo. Se produce una hora y media después. Todo está tranquilo. Y surgen las turbulencias y la voz de la azafata nos advierte, la bebé rompe en llanto.

Segunda esperanza de dormir que se marcha. Muchas personas van al baño. Otras conversan porque ya perdieron esperanzas de dormir. Incluso en ese momento intento al menos descansar. Imposible. Una vecina muy joven pone su celular en la parte alta del asiento de adelante y aunque lleva auriculares, la luz de su película da directamente sobre mi cara. Decido mirar la película aunque no escucho. Escena erótica. La chica baja el celular a su falda. Y me quedo sin ver nada. Me resigno, vuelvo a cerrar los ojos.

El novio de la chica, la de adelante de mi asiento que mira romance erótico, cambia su asiento con la pasajera de al lado y se sienta junto a su novia ( esposa o lo que sea). Juntan las cabezas y comienzan a mirar una película de acción que supongo es china, las mujeres vuelan, las artes marciales producen explosiones. Me gustaba más el otro cine. Además este, aunque cierre los ojos es imposible descansar, los fuegos de la pantalla del celular son fatales … realmente esto no debería permitirse. Bajen el celular, quisiera decir pero la bebé comienza a llorar. Está muy molesta. Llora más fuerte que antes.

Pobrecita. En algunos años irá al psicólogo por un daño infligido por su abuela y su madre. La abuela es la única que logra calmarla pero se pasea por el pasillo, cuando va a comenzar a tranquilizarse, aparecen nuevas turbulencias.

Llanto de la bebé. Cinturones que se aprietan. Murmullos y el celular de mi vecina sigue iluminando su asiento, el de su novio y el mío.

Cuando se vuelve a tranquilizar todo, no tengo real conciencia del tiempo, mi compañero me avisa que debajo del cúmulo de nubes que pasamos se ilumina el cielo con rayos y centellas. Quiere que mire. No, ya está, hay demasiadas distracciones, no quiero ver las de afuera. Se le ocurre sacar fotos. Cierro los ojos con total resignación: nadie dormirá.

Y surge la voz del capitán, la bebé llora dando berridos, que nos anuncia que iremos a un aeropuerto alternativo, el nuestro está cerrado por niebla baja. Qué tal? Recién se enteran. Yo lo sabía desde antes de volar por el pronóstico del clima.

Una hora y media más de vuelo. Ya llevamos tres en total de atraso. Pero mientras lleguemos… que llore la bebé, que sigan mirando películas explosivas los vecinos y que sigan yendo y viniendo al baños los ciento y tantos pasajeros restantes. Llegar bien y vivos es la prioridad. Dormir es un verbo en olvido.

Llegamos con tres horas de retraso, agotados, con los oídos zumbando, preocupada porque aún restan quinientos km de carretera y llueve torrencialmente por momentos.

Mi compañero prepara mate, quince días sin mate, y comienza a conducir. Nos vamos riendo todo el camino de las vicisitudes del vuelo. Insisto en que la aerolínea siempre supo del atraso y se ahorró un bufet. Qué sudaca somos!

Eso pasa por no volar al primer mundo!

No es verdad?

Sentada

En el sofá de mirar la vida

la abuela sentada, espera,

mano sobre mano,

ojos allá lejos y una sonrisa

leve, apenas perceptible,

endulza su cara.

Afuera se agita la vida,

ella, adentro, espera.

La sangre de su sangre

la carne de su carne, corre,

se apura, huye y se descalabra.

La vida de la vida suya también

anda por los caminos, las rutas,

los mapas, con apuro… la máquina

de producción los devora.

Ella, sentada ve pasar, ve girar

la vorágine que ya no es suya,

Ahora, se dice, me toca esperar…

Espera o vigila que pueden ser, la misma cosa.

Y con esa actitud, casi ingenua,

no debelará secretos. Los atesorará

en su eterno baúl de recuerdos.

No se acuerda de casi nada, murmuran,

los verdaderos ingenuos,

mientras ella repasa confidencias,

infidelidades, deseos, odios muy recónditos,

lejanos y de otros tiempos.

Mira siempre lejos y no ve casi nada,

se preocupa su joven nieta;

pero ella mira allá, adentro. Y puede percibir

angustias, envidias, miedos, siente

los celos y puede ver muertos.

Una nunca sabe de verdad, qué cosas hace

una abuela que divaga y se distrae,

cómo más allá del tiempo.

Explica algo positivo que un miembro de tu familia haya hecho por ti.

Llegó en el momento preciso cuando mi vida se abría como en un abanico. Llegó cuando confianzuda y equivocada andaba diciendo: todo está bien.

Llegó tímido pero firme, susurrante pero seguro. Sin prisa pero sin tregua.

Ya estábamos en los cuarenta y tantos pero así y todo de pronto, recuperé la risa de la adolescencia, recordé lo que era la pasión sin escondijos, me importó nada la opinión ajena, me aferré a su mano y mi vida, toda ella, cambió para siempre.

Mi novio, mi amante, mi marido. Mi admirador y mi cómplice. El que ha soportado y aprendió a querer a mis hijos y es abuelo de mis nietos.

Sin dudas: nadie de mi familia ha sido tan amoroso y eficaz para transformar mi vida, la suya también, en este remanso de hoy.