Desde siempre, Esteban

(El verdadero comienzo de: “El ahogado más hermoso del mundo” tal y cómo no se conoce.)

Este es un relato que comenzó al margen de un autor maravilloso, con el mayor de los respetos por uno de sus más ingeniosos relatos quisiera contarles ahora, sin que posiblemente ni él lo pueda creer, el principio de aquel bello ahogado que apareció en un lugar del Caribe que, según su versión y eso es muy creíble, cambió para siempre la historia de aquel pueblito de pescadores toscos. Y sí es cierto que es la parte más hermosa del cuento porque, justamente algunos años atrás, ese hermoso personaje había comenzado su historia en el mismo océano Atlántico pero bastante más al sur.

Una de las partes más hermosas del cuento del autor colombiano es cuando la gente del pueblo decide llamar al ahogado, Esteban, porque ése y no otro era su nombre desde mucho tiempo atrás, desde su bautizo, desde el día lejano que su madre eligió el nombre aún en contra de la voluntad de su terrateniente esposo que repetía hasta el cansancio que su primogénito debería de llamarse José como su abuelo y él mismo, pero su mujer entre pujos y contracciones logró  convencer a su riguroso esposo que su hijo rompería la tradición del nombre para bien de las futuras generaciones porque, Esteban, querido mío, es nombre de hombre bueno, de hombre sabio.

Así nació el hermoso Esteban, desgarrando a su madre con su tamaño excesivo y su cara angelical, rompiendo la tradición del nombre generacional y el corazón de sus padres que lo amaron sin fronteras sobre todo, después de enterarse que ese parto había costado un sangrado tan profundo en las entrañas de la madre que no volvería a dar a luz.

Paradójicamente, la historia de Esteban comenzó en una hacienda lejana al océano donde las tierras de su padre sin embargo, se parecían a aquél porque vaya si las había y de las buenas, con pasturas poderosas y excesivos verdes donde los ojos se pierden. Cercanos a la ciudad de Pelotas en Río Grande del Sur, José Da Silveira y Porto era un hacendado rico, honrado y trabajador. Desde el nacimiento de su primogénito y único heredero dejó de lado el exceso de cabalgatas y dedicó buen tiempo a su hijo, su deseo de transformarlo en un universitario era tan grande que murió, muchos años después, preguntándose si Esteban se había recibido de médico o de abogado. Pero como sucede casi siempre, los padres programan y desean, los hijos deciden y hacen.

Esteban tenía cuatro años la primera vez que fueron a veranear al mar, la anemia perniciosa de su madre exigía según los legos de aquellos tiempos una temporada de baños de mar y yodo más algunas cuotas de sol y mucho descanso. Esteban se enamoró del mar a los cuatro años y ese amor no pudo ser reparado por ningún deseo paterno, ni siquiera por el amor a su madre, quien se fue muriendo en poco tiempo más. Hoy en día se habla de niños prodigio cuando los pedagogos descubren capacidades que los destacan en áreas de la educación o el arte pero, Esteban, que fue un prodigio en su decisión de vivir junto al océano a cualquier coste y de amar solo aquella mujer capaz de soportar su vida cerca de la costa salada, fue también un niño con  decisión precoz y persistente que sólo se murió el día que se ahogó, y ni aún así, porque sin querer el autor lo resucitó en el Caribe años después y bien sabemos que  en ese escritor el realismo y la magia se confunden o mejor dicho, lo hacen confundir a uno.

Y es cierto que Esteban fue hermoso y grande desde siempre, los genes tuvieron y no que ver en el prodigio de su contextura y en la proporción equilibrada de un rostro bello. Tal vez esa belleza surgía de su obstinada forma de perseguir sueños o de su increíble manera de sonreírle a la vida.

Lo mandaron a un colegio privado donde aprendió su lengua y un inglés básico, mucho de religión, se las arregló bien con las materias duras y prometía ser un buen estudiante así que, don José se entusiasmó en soñar que su hijo no sólo heredaría aquellas tierras interminables sino que además, sería un profesional. No andaría por allí adivinando palabras sino que él sería una especie de erudito en ellas. Así soñaba en la galería llena de orquídeas salvajes y helechos gigantes mientras cuidaba el sueño cada vez más profundo en que se sumía doña Angélica. 

Las notas de Esteban no obedecían a otro orden que rogar por vacacionar en el océano cada año y ver sonreír a su madre, lo uno primero y lo otro después. El mar lo atraía, lo seducía, sus sueños de bucanero, pirata, capitán de pata de palo, que eran sus juegos preferidos, despertaban las sonrisas de la madre y las carcajadas del padre. Su biblioteca, con el correr de los años, su fue llenando de aventuras salitrosas, donde el mar y el hombre que lo luchan se vuelven héroes en páginas de oleajes perennes. El niño, que se transformó en un adolescente alto y hermoso, amó el mar y el mar, seguramente, lo eligió a él.

No es difícil imaginar lo fácil que Esteban conquistaba en su ciudad a las morenas y rubias, era alto y fuerte, tenía un ángel intransigente que lo seguía a todos lados y dejaba su estela donde él pisaba. Lo amaron desde muy joven las brasileñas de toda clase social. Y él se dejó amar. Pero reservaba el corazón, la emoción más pura y la pasión más agotadora, para otras formas que no tenían ninguna huella femenina.

Sin embargo, a pesar de su vida tan sencilla, donde un padre rico y generoso le brindaba además horas de charlas pacíficas y planes de un futuro alentador, a pesar de sus buenas notas y de las muchachas que lo asediaban, a pesar de su bello rostro varonil y de su talla envidiable, Esteban tenía dos cuitas instaladas en el pecho: su madre que moría inexorablemente y el mar que se le antojaba quimera cada vez que regresaba a la hacienda.

Y aún a pesar de esas cuitas se fue a la Universidad de Porto

Alegre a mostrar su destreza en una carrera terciaria. Su padre se encargó de todo, de la ropa, del apartamento, de matricularlo y de los pagos. Esteban sabía menos que su propio padre del programa y de los profesores que le enseñarían a ser médico. Y su primer trimestre fue un fracaso total, le resultó claustrofóbica la Universidad, vagó por las calles, conquistó mujeres, bebió más cerveza que nunca y compró novelas de barcos y galeones portugueses, de los cuales con el tiempo, llegó a saber mucho más de lo que pensó alguna vez. Pero así pasaban sus días y las clases se le hacían insoportables, ansiaba llegar al mar, tener una pequeña embarcación, encallarse las manos de niño rico pescando y levando anclas. Soñó con emigrar en un gran buque extranjero, sin importar el cargo, limpiar la cubierta, correr las ratas, limpiar letrinas pero estar navegando, oliendo la sal, mareándose en el oleaje, sintiendo la presencia de su ser en la impotente voz rugiente del mar.

Aquel año apenas aprobó un par de materias para conformar al padre y no poner a su madre bajo más presión que la que ya tenía con la enfermedad y fue ese año, en los meses de primavera cuando su madre desistió de seguir intentando vivir.

Esteban volvió a la hacienda y la encontró agonizando sólo por besarlo por última vez, llorando como un niño aquel gigante hermoso le prometió a su madre, le susurró al oído que jamás dejaría de perseguir sus sueños. La madre murió sabiendo que su hijo viviría y moriría en el mar.

Ese verano fue su primer año de ver el mar sin sus padres a su lado, se tomó tres largos meses en recorrer cada recoveco, en conocer pescadores, en aprender lo que podía de la gente de la costa, obvió amores y bebidas y se metió de lleno a intentar navegar, se enredó con nudos y anduvo dando tumbos con timones y velas, incursionó mar adentro por primera vez pagando a dos viejos pescadores una suma extraordinaria para que lo dejaran acompañarlos, volvió vomitando y feliz, más feliz que un niño con su primer juguete. Se dio cuenta que tenía que cumplir el sueño de vivir junto al mar, la medicina era en ese momento el estorbo más grande para que su padre accediera a comprarle aquel trozo de tierra que venía pidiéndole desde hacía tres años.

Esteban regresó a la Universidad con la mirada torva y el deseo de tener una ventana por donde escapar. Y la misma Universidad se la ofreció en apenas unos meses más.

Para congraciarse de su fracaso universitario con el padre, decidió participar como oyente en un congreso estudiantil sobre cirugía menor. Allí aparecería aquella diminuta estudiante uruguaya, nieta e hija de una generación de médicos ilustres, Felisa Fagundez, una chica que amenazaba a convertirse en una mujer fatalmente hermosa. Se miraron de refilón por un par de días, al tercero tomaron café juntos y al quinto, ya se habían contado los dos, el amor por el mar, el odio por la carrera médica y la pretensión de huir en cualquier momento. Unas horas antes de su partida a Uruguay Felicia y Esteban se besaron por primera vez y se dieron cuenta que tenían un destino sellado.

El resto del año fue un desastre anunciado para el muchacho, necesitaba que llegara el verano para ir al mar y para ver a Felicia, su actividad con el papel fue escribirle cartas interminables que ella contestaba con papeles perfumados.

El padre de Felicia le envió una invitación para visitarlos en su mansión de Punta del Este, balneario que ya ostentaba la opulencia de algunos pero aún reflejaba el océano desde los balcones. Fue la primera vez que Esteban discutió seriamente con su padre y transgredió la orden de estudiar en verano. Se fue al Uruguay y llegó al balneario con el corazón rebosante de amor y los pulmones agitados por los vientos salinos.

El romance fue aplaudido en la familia Fagundez, no era mal partido el muchacho inmenso que venía de Brasil. Y además estudiaba medicina en una buena universidad. Las calificaciones no se comentaron. Antes de finalizar el verano se oficializó el compromiso, el padre de Esteban viajó aterrado a tierras extrañas. El casamiento se venía sin pausas ni oposiciones.

Se planificaba con ostentación para mitad del año, se discutían salones e invitaciones. Nada de eso se daría. En ese corto verano los enamorados planearon casarse sencilla y secretamente, viajarían a instalarse en un lejano puerto de Rocha, puerto de pescadores pobres y playas casi salvajes donde comprarían sus sueños con el dinero que ambos ya tenían en su cuenta bancaria.

La ruptura con las familias debe de haber sido escandalosa, se casaron y huyeron. Se instalaron en aquel lejano lugar donde el mar es océano puro, las rocas son diseñadas por el máximo Hacedor con precisión simétrica y la arena es el jugueteo de un viento lleno de sal. Edificaron sin problemas una bella casona cercana a la playa, no había luz, ni agua potable. Sin embargo pudieron con todo eso y también compraron un barco pequeño, aunque lujoso para la zona, donde se podía realizar el sueño de timonel del gigantón y pescar con su pequeña tripulación conocedora del oficio.

Esteban fue la figura del año en el pequeño puerto. Otorgó trabajo a muchos, era generoso y simpático, lo quisieron enseguida. Felicia agotaba su amor entre tanto paisaje marino y su marido que se convertía en el hombre más alto y más hermoso de leguas a la redonda.

Tuvieron una luna de miel que duró un año. El amor los poseía y el mar los atraía y los envolvía en sus fauces de oleajes. Compraron más tierras, pensaron en tener un hijo. Esteban salía de pesca todas las semanas y volvía lleno de nuevos proyectos con los ojos cubiertos por las mareas y los sueños de almirante. Fue justamente al año cuando una tormenta se tragó al Felisa 2, una horrenda e imprevista marejada de olas, espuma y vientos huracanados lo llevó para siempre. Esteban había salido solo a probar su nuevo barco, o a cumplir con su destino, el mar lo encontró desprevenido, soñando y navegando.  No vio la tormenta, su eterna quimera de morir en aguas profundas se hizo realidad sin que él se diera cuenta.

Felisa lo buscó con toda la prefectura que hizo venir desde Rocha y aún desde Montevideo. Lo buscó meses, llamó buzos, llamó agentes extranjeros, rastrearon mar adentro y mar cercano. Esteban no apareció nunca más. El mar lo devoró.

Felisa no regresó con su familia, se quedó allí, compró más tierras, construyó un sitio lleno de cabañas que poco a poco se fueron ocupando con turistas. Se convirtió con los años en un fantasma. Nadie lograba verla nunca. La playa que cercaban sus predios comenzó a ser llamada La Playa de La Viuda.  Sus tierras también, eran el paraje de La Viuda.

Años después alguien comentó que ningún pescador podía pasar por la zona, que el mar tenía allí una vuelta que arrastraba los barcos. También dicen que los bañistas no pueden nadar en esa playa. Es el lugar más misterioso y peligroso de la zona.

Hoy la zona de La Viuda figura hasta en el portal de Internet que anuncia turísticamente el lugar, Felisa sigue siendo un enigma, sólo saben de ella sus administradores y empleados, que tampoco comentan nada. La viuda es una anciana que vive de sus barcos y sus magníficas cabañas, hoy son lo más caro del lugar. Su dueña sigue encerrada en la mansión que construyeron hace más de cincuenta años. Dicen que es una mujer avara y pretenciosa que no habla con nadie y paga muy poco. Creo que es una mujer que perdió su amor en el mar y se ahogó con él.

Mientras Esteban navegaba en busca de la historia que inmortalizó el cuentista colombiano, su padre agonizó sin saber qué había hecho su hijo con su carrera universitaria y la familia Fagundez, se conformó con ver a su hija convertida en una maniática encerrada que hacía crecer una red de cabañas y barcos de pesca pequeños.

Pero Esteban seguía su viaje hacia el final del ahogado más hermoso del mundo para resurgir en aquel pueblito del caribe donde lo velaron y tiraron al mar después de amarlo sin conocerlo. *

* La historia basada en la lectura repetida de El ahogado más lindo del mundo, es absolutamente irreal y si algo se parece a la realidad, no me acusen, suelen suceder la causalidad y las casualidades también.

Pérdidas

He vivido casi todas las pérdidas.

También vivo los extravíos cotidianos.
Sí, lo sé, vivo de extravío en extravío,
pero luego encuentro…
Hasta encontré la llave en el mar,
y no es ficción.
Vengo a perder ese libro,
con un autógrafo que valdría hoy
mucho más que el libro en sí…
Era el libro de un filósofo y el
autógrafo de un músico que hoy,
es mundial…
Cómo pude perder eso y nunca recuperarlo?
No lo perdí… ingenua de mí,
me lo robaste.
Como tantas otras cosas…
Qué tonta era y qué cruel lo tuyo…
Dormís bien?
Imagino que sí, los ingenuos
tenemos insomnio por todos los que
perdieron dignidad y memoria.

Dificultad

Dificultad
… de olvidar, padezco esa enfermedad,
puedo recordar con precisión ciertas fechas,
palabras, hechos y circunstancias…
Pueden pasar días, meses y años,
quedarán en mi memoria implacable…
No sé si es una virtud,
estoy aprendiendo, de a poco,
que puede ser un defecto
doloroso.
La peor parte de este padecimiento
es sentir que soy guardiana de secretos,
de cosas que los otros decidieron
olvidar…
Tu nombre y tu existencia efímera…
Las cosas que no nos contaron
cuando te moriste.
Y el llanto de mi madre que
se sentía hasta en el ulular del viento.
Es la peor parte: convencerme que
tengo que recordarlo todo.

Recordar que naciste, viviste casi un año.

Moriste abruptamente en brazos de mi madre.

Moriste rapidísimo en brazos de mi padre.

La menengitis era fatal y te llevó en menos de

lo que dura un día. Enloqueció la familia entera.

Mi verdadera hermana mayor. Tu nombre se perdió en el tiempo. Nadie me habló de vos,

te descubrí por curiosidad a los siete años.

Mi madre padeció de un duelo agónico hasta que nació mi otra hermana, la que conocí como la mayor.

Mamá lloraba cada atardecer, gritaba de dolor amargo y en los pinos que rodeaban la casa, su llanto hacía eco.

Años después, cuando ya tu nombre era una foto guardada en un misal, mi tía me contó que nadie quería vivir en esas casa. El llanto de mi madre sonaba cada vez que soplaba el viento.

Aquí estoy, huérfana de padre, madre, hermanos, dejando una huella de tu pequeño trozo de vida. Contando, no sé a quién, qué mamá lloró hasta dejar el eco de su sufrimiento en aquellos pinos. Para recordar que ni papá ni ella te olvidaron, que si no te nombraron era porque nunca superaron tu muerte.

Aquí estoy, guardiana de tu recuerdo Herminia, la primera que anidó el útero de mamá. Aquí estoy mostrando sin miedo la foto que tomaron, unas horas antes de tu muerte y guardaron en un misal, en una caja de fotos y no sé en cuántos rincones más. No hubo tía, primo, abuela, que no guardara una foto tuya.

Hoy estás aquí, como viviendo de nuevo. Decido sacarte a la luz. Tal vez nunca entendí el porqué no se nombra a las niñas muertas tempranamente.

Tal vez nunca quise creer que eras la segunda muerte profética.

Herminia, pequeña hermana mayor, tengo que contar la profecía aunque yo no sea creyente…

Hombres buenos

Mi tío Roque y el tío Jorge. Y un montón más por supuesto. Pero destacables de ser nombrados, esos dos. Hasta la médula de buenos, sin un atisbo de maldad.

Buenos hasta el hartazgo, preguntándome muchas veces: cuándo van a reaccionar. Pero no, nunca nada nadie los hizo enfurecer o accionar mal.

Roque fue el esposo de mi tía menor y lo conocí con tres años de edad. Mi tía, elegante y con aires de una aristocracia que nunca fue legítima, se paseaba conmigo en las tarde de vuelta a la plaza. “ La vuelta del perro” la llamaban los lugareños. Parejas, hombres solos, mujeres solas y con sus amigas, giraban en la plaza principal a determinada hora, los fines de semana. La idea era conocer posibles conquistas. Mi tía tuvo la feliz idea de llevarme con ella. Vestía casi siempre polleras tubo, tacos agujas y chaquetas al cuerpo, negro con blanco, casi siempre.

En una de esas vueltas conoció a quien sería mi tío Roque. Y lo mantuvo varias vueltas convencido de que era viuda, por eso vestía con esos colores, yo era su hija. Mi tía me lleva dieciocho años. Esa fue su forma de conquista y durante algunos meses me paseó con ella y engañó al bueno de Roque. Hasta que el noviazgo se hizo imposible de postergar y el hombre bueno, pidió su mano. Todo atribulado frente a mi abuelo, era otro hombre bueno, y mi matriarcal abuela. A ella le molestó el apellido de Roque porque era de origen francés, hija de italianos la abuela decía que no era buena la relación con apellidos franceses, sus experiencias habían sido malas. Adoptó un tono despectivo que jamás abandonó y fue creciendo con el tiempo. Roque no se amilanó, estaba muy enamorado, soportó a la abuela, las bromas crueles de los cuñados y el apodo: “el manso”. Qué buen apodo: nunca lo vi enojarse. Ni aún en épocas difíciles con siete hijos y la abuela implacable, ni cuando ella quedó senil y había que cuidarla como a un bebé más.

Era manso, con una sonrisa hermosa y un carácter tan apacible que era imposible estar nervioso a su lado. Respiraba y transmitía paz. En una familia dedicada a la crítica sin tregua siempre fue el que ponía una broma para alejar los chismes. Nunca tuvo pereza para ayudar a la inmensa parentela que pernoctaba por una u otra razón en la casa de la matriarca. Ni tuvo vergüenza en cocinar o limpiar cuando las mujeres estaban ocupadas o para que descansarán después de una jornada extenuante. Amó sin treguas a mi tía y a sus hijos, como sobrina nunca dejé de sentirlo el mejor, el más bueno de mis tíos.

Tenía siempre una sonrisa en la boca y un cigarrillo encendido. Ese cigarrillo lo mató joven y murió de cáncer sin molestar ni quejarse demasiado. Era un hombre tan pero tan bueno que su recuerdo ni se percibe en hijo, hijas y nietos. Creo que eso sucede con gente demasiado buena. No tener un carácter fuerte te hace débil hasta en los recuerdos.

Jorge fue también un hombre bueno. Era el tío postizo de mis hijos. Íntimo amigo de su padre, los chicos lo adoptaron como tío. Era tan noble y bueno que creo que su amistad fue una de las cosas más lindas que me pasaron en la vida.

Jorge y mi difunto marido, montevideanos ambos, llevaban años siendo amigos. Tenía, además de una sonrisa fácil y un humor natural, una dislexia al hablar que hizo famosas algunas frases. Jamás dejó que esa burla por sus frases lo ofendieran, a él también lo divertían.

Jorge tuvo una vida no muy agradable. Una madre que lo descuidó bastante, un padre muy trabajador que logró arribar a clase media con su carpintería y un hermano menor que era su opuesto. No solo era alto y de mejor aspecto sino que era el favorito familiar y el gran macho alfa del barrio. Peleador, despectivo, golpeador de su esposa, gritón, mal educado… no voy a seguir, miles de epítetos no alcanzan.

Toda esa negatividad era exactamente lo contrario en Jorge. Nunca una mala acción, nunca discusiones ni peleas, el único que defendía a la cuñada golpeada.

Ni siquiera el amor lo encontró para premiar su bondad. Nunca le vimos una novia. Ni novio. Nada. Su felicidad familiar fueron sus sobrinos y los hijos de su amigo, mis hijos. Cuando mi marido se enfermó siempre estuvo, acompañó, cuidó y me alegró en mi desesperación.

Tal vez el tío Jorge era un ángel. No lo sé. Ocupó una parte importante de mi vida y el solo recordarlo, me hace sonreír. Qué bueno haber gozado de su amistad incondicional, fiel, alegre.

Tenía su dislexia, su mal vestir y su despiste natural, todo eso lo hacía aún más querible. Nunca lo sentí hablar mal de nadie, no criticaba, parecía que todo le era comprensible. Justo él que muchas veces, no se hacía entender.

Cuando se enfermó, cuando tuvo ese derrame cerebral, estuve a su lado una noche y presentí el principio del final. Pero con la misma tenacidad que logró sobrevivir a sus lagunas, al desamor y a las burlas, se puso testarudo y batalló con lo que tuvo y pudo. No recibió ni más amor familiar, ni la atención adecuada. Lo hizo con sus magros recursos y con una sonrisa. Se rehabilitó poco a poco, quedó con lesiones y aún así, siguió bueno y sonriente.

He conocido muchos hombres buenos. Pero estos dos personajes, fueron los buenos más increíbles que conocí y no creo volver a conocer similares.

Queridos buenos: gracias por haber estado en mi vida y haber compartido conmigo parte de las vuestras.

Desorden anónimo

Ver..

… un oso sin bosque, un lobo aullando sin luna, una sombra sin dueño, una sonrisa sin boca, un esqueleto sin nombre, una tumba sin muerto, una vida sin aliento, una flor abandonada en un muro…

No ver…

Que la flor habla, que desde el principio de la primavera le grita al muro: te amo!

Ni ver…

El muro sigue ciego, no la ve, no la escucha…

Y la flor muere en mitad del verano tórrido, afónica de gritos, seca de pasión y el muro, más gris y triste que nunca, se queda tan solo que comienza a buscar una flor…

1973

A mí más que nada…un día como hoy, me gustaría poder contar cómo nos sentíamos los que hace cincuenta años éramos jóvenes. Esa sensación de inseguridad permanente. Esa forma de miedo tan especial que caminabas tus calles con un temblor interno. Esa angustia cuando veías uniformes. Ese pánico nocturno porque hoy se llevaron a un compañero y mañana…a quién le toca?
La noche era propicia para allanar tu casa. Romper todo. Robar lo de valor. Pero más propicia para desaparecerte. Para borrarte. Para llevarte directo al infierno.
Así más o menos vivíamos en aquellos días. No todos los que vivimos esos días somos famosos hoy. Hubimos otros y otras que sin ser héroes jugamos, como pudimos, la resistencia. Debimos acostumbrarnos a vivir con miedo. A crecer sin tener la mínima seguridad por la vida ni por la integridad física. Fueron pasando los meses y años con esa especie de espada de Damóclates en la cabeza.

Muchas cosas de hoy en tu cuerpo, en el mío, son consecuencia de ese ayer. Porque no es normal ser adolescente con terror.

Tengo compañeras que dicen que no sentían terror. Yo sí. Los Ford Falcón, usados por los militares argentinos, me producían escalofríos.

En la calle sentías como te miraban. Eras una presa, una de esas indefensas, ellos lo sabían.

En las marchas, en las protestas estudiantiles, en cualquier manifestación callejera eras su presa favorita.

Nos defendíamos inocentes con clavos “ Miguelitos”, con bolitas contra los caballos, con Molotov caseras y de bajo impacto.

Y una vez que estabas en sus listas, que estabas fichada, la vida ya no era tuya. Porque pasara lo que pasara, aunque no estuvieras involucrada, llegaban a tu casa. De ser posible de madrugada. Si te llevaban no sabías si volvías. Ni donde te llevaban. Ahí ya perdías contacto con todo.

La vida era una cosa que pasaba por otro lado. La vida tuya no tenía ningún valor. Eras una presa cazada y la única razón de mantenerte viva era si tenías información.

Después, en caso de no tener la información, o de resistirte a darla, jugaban con tu cuerpo de todos los modos que el horror te pueda pintar.

Te transformaban en un guiñapo humano, pura sangre, dolor, lágrimas, orina y sudor. Puro grito. Muchos resistieron hasta morir, otros habrán muerto hasta sin resistir.

Reconozco que tuve suerte y mi resistencia no fue hasta perder el conocimiento. Pero tuve lapsus donde me hundí tanto que perdí noción del tiempo y del enemigo. Algo así como el síndrome de Estocolmo.

Y renacer al salir fue tener una fuerza tan extraordinaria que todavía no puedo entender como lo hice.

Mi cuerpo debe de tener tantos vestigios de esos días y noches de agonía. Y sin embargo, le sigo exigiendo.

Pero quería más que nada intentar, no lo logro, contar el clima que vivíamos. Aún así cantábamos, amábamos, estudiábamos… reíamos!

Creo que éramos conscientes e inconscientes, éramos demasiado jóvenes y nos creíamos muy superiores a lo que en realidad, éramos.

Vivíamos en susurros y mensajes en clave. Vivíamos pasando información y escondíamos libros, folletos, volantes. Eran esas nuestras armas. Las fotos también las escondíamos. Con lo costosas que eran. No se podían guardar las fotos: las requisaban y culpaban a todos los que salían en ellas si te las encontraban.

Teníamos que simular obedecer y las reglas de urbanidad, qué palabra odiosa, era con el pelo, el largo de la falda, el peinado, los zapatos. Había que parecer una señorita de buen vivir, otras palabras odiosas.
Esa sensación cotidiana es lo que me gustaría contar y no sé cómo.

Foto: Sara Fasio