Historias de domingos.

Y los hubo donde papá insistía en escuchar tangos a las seis de la mañana, ni la almohada sobre la cabeza lograba acallar la radio y su voz de barítono acompañando. A las diez comenzaba el fuego en su parrilla. El domingo giraba en torno a mi padre cuando él estaba en casa.

Hubo domingos de mamá… su mano casi itálica para amasar y sus salsas caseras hicieron las delicias de muchísimos domingos. Nunca tuvo pereza ni para nosotros ni para la casa llena de gente.

Hubo domingos en la chacra de la abuela, esos eran llenos de primas, primos, tías y tíos, llenos de arena y guerra de mandarinas. Llenos de gritos, corridas entre los naranjos y la vida por delante.

Hubo domingos de descubrir Buenos Aires y el primer amor que llegaba a mi vida. Hubo domingos silenciosos, ansiosos, domingos de planificar la economía y también, de pensar en una revolución.

Hubo domingos de terror! Encerrada y encapuchada. Domingos donde no supe qué día era y si tenía otro por venir.

Los primeros domingos en el exilio dieron un vuelco en mi vida: comía sólo en ciertos lugares, nunca en casa, no tenía, mi madre y mi hijo conmigo.

Montevideo fue la ciudad donde de nuevo mi madre logró hacer lucir su mano para la pasta italiana. Comenzaron a aparecer amigos y un amor diferente cambió el rumbo de mi vida. Éramos de nuevo una familia.

Tuve después de mis otros dos hijos, ya en Salto, domingos de restaurantes y salidas a diferentes lugares. Después del último viaje de mi madre, tuve tantos domingos de tristeza que me quedaba en casa y muchas veces, ni comía.

Pero aún me faltaban muchos domingos: cuando el padre de mis hijos se enfermó y no recuerdo casi ningún domingo feliz. Más de quince años fueron. Domingos negros o muy tristes, nostálgicos o inútiles.

Después que se fue de este mundo tuve domingos muy locos: tratar de entender los hijos, dos adolescentes y un adulto, tratar de encontrar una rendija para recuperar algo de mí… después de tantos años de ocuparme solo del marido enfermo.

Se me destruyó todo. Domingos de laberintos e incomprensión. Después de dos años me encontré otra vez con el amor y rejuvenecí diez años.

Domingos en casa, domingos con él y la hija y su familia, domingos con mi hermana. Domingos de asado, otra vez.

Tendría que poder recuperar esos domingos pero ya no puedo. Inexorablemente me llega la nostalgia dominguera. Salimos, visitamos diferentes restaurantes, o como hoy, volvemos al tradicional asado. Estamos solos.

Cuando estemos más viejos estaremos aún más solos. Ya no sé si podremos asar en casa o habrá que comprar…

De todos modos: siento nostalgia de mis domingos de infancia y pongo música muy fuerte. Y hoy se asa en casa, se vive a pesar de estar solos, se brinda y se solidifica nuestro amor verdadero, seguro, ese amor bueno.

No es cualquier día: es domingo.

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