Cuando lo imposible se hace cuento

Saben que yo logro creer que soy escritora cuando las y los niños me escuchan, sus ojos siguen mis movimientos, su silencio le gana a mi pausa y de pronto, sonríen con alegría.

El cuento narrado o leído atraviesa décadas y centenas de años, miles ya sé, pero aún hoy presos de las tecnologías, de las pantallas y en lugares ruidosos, se abren paso las historias y el público joven se pone a escuchar.

En esos momentos me siento mejor con el mundo, conmigo y hasta con la vida. Y la energía me brota como si estos años que llevo no pesaran nada, y la energía de ese público sin dudas me alimenta.

Qué nos ha sucedido que la magia del tiempo se vuelve atemporal y vigente? Pues nada! No culpe al cine, a Internet y la TV, si la culpa es sólo nuestra. Cuántos minutos por día dedica usted a leer para sus hijas/os? Qué son grandes, que lean solos, que no tengo tiempo, que trabajo mucho y mil excusas más. Sucede qué tal vez a usted tampoco le contaron o leyeron historias. Tal vez se ha perdido usted la magia del entrar por la puerta del ” Había una vez…” y de cerrar con el otro pase mágico ” y este cuento se ha acabado”. Dos rutinas que permiten soñar imaginando lo que el otro lee o narrar. Si usted no lo bebió, es difícil que contagie el deseo de beberlo.

Pruebe con buena literatura infantil: busque un cuento para compartir en familia. Puede durar cinco, diez minutos, no se necesitan más. Haga una rutina de lectura de cinco minutos diarios para ir leyendo en forma pausada un poema, cuento o novela, vaya observando qué sucede en usted y su auditorio.

Un lazo de afecto irá impregnando las palabras, además de crecer en imágenes, suposiciones, deducciones y lenguaje, el afecto irá de la mano. Porque sólo lee o cuenta para otras y otros el que ama, aunque sea por un rato y eso, se nota, se vive, se siente.

Leer en familia multiplica la posibilidad de comunicación, estimula la lectura, hace más fluida la comprensión social y afianza la confianza tanto como el afecto.

Inténtelo, vale la pena.