Cuando era pequeña en mi casa había un elefante blanco, de loza, en cuya trompa mamá colocaba un billete de 10 pesos.
Los fines de semana tenía la tarea de desempolvar los muebles y lavar los adornos de porcelana.
El elefante blanco era mi favorito. No lo limpiaba, lo bañaba. Mientras lo metía en el agua jabonosa mi mente iba sobre el lomo del elefante. Nos íbamos a una selva frondosa, lejana, mientras yo lo acariciaba, avanzaba sobre sus enormes patas. Su trompa se movía y… zaz! Mi entusiasmo rompió su cuerpo en dos. El llanto me brotó tan fuerte que mi madre pensó que me había lastimado.
Mamá, con paciencia infinita, arregló el elefante. Después me pidió que lo pusiera en su lugar, con el billete, que es el que trae la suerte me aclaró.
Nunca más lo limpié, apenas pasaba sobre su lomo, partido por mi imaginación, una franela verde, como aquella selva imposible que una vez conocí con el verdadero elefante.

