Había una vez un lobo muy, pero muy viejo. Vivía en un bosque sombrío, en una pequeña casa. Casi nunca salía y se dedicaba a recoger vegetales y hongos de su pequeña huerta para cocinar.
Era un día de verano. A los lobos les gusta más el invierno, pero a este no, porque estaba tan viejo que el frío le hacía doler los huesos. Ese día estaba contento, recogiendo frutas de uno de sus manzanos favoritos. Intentaba silbar algo, pero ya no tenía dientes; se le escapaba el aire y no conseguía producir ninguna melodía.
De pronto, golpearon la puerta con energía.
El viejo lobo se asustó. Nadie lo visitaba desde hacía muchos años.
Qué gran sorpresa se llevó cuando abrió: dos hombres vestidos de policías estaban allí.
—Buen día, don Lobo. Necesitamos hablar con usted.
—Pasen, señores agentes, pasen —dijo el lobo—. Nos sentamos y conversamos.
—Así es, señor Lobo. Hace muchos años que existen denuncias archivadas en su contra y usted nunca se presentó a dar explicaciones.
—¿Denuncias? A mí nadie me avisó.
—Bueno, ahora lo estamos informando. En primer lugar, hay un pleito por esta casa.
—¿Cómo puede ser? ¡Si siempre he vivido aquí!
—La señora cabra dice que es de ella. Y los tres cerditos sostienen exactamente lo mismo.
—No puede ser. En esas historias a mí me tiraban al río o me mataba un leñador. Nunca fui dueño de esta casa.
—También la abuela y Caperucita lo han denunciado por violencia de género.
—¡Pero si a mí me mató el leñador!
—Y las denuncias no terminan ahí. Un día usted se comió un montón de ovejas de Pedro y lo transformó en el pastor mentiroso.
—En esas historias yo era otro lobo. Eran cuentos para entretener a niñas y niños. Además, mírenme: ya ni dientes tengo. Y ovejas no como. ¡Soy vegetariano!
—¿Y cómo piensa solucionar todas estas denuncias? Nosotros somos la autoridad. Alguna respuesta debemos dar.
—Ustedes no respetan a los ancianos, y eso también es un delito. Ni hablar de que me amenazan cuando pertenezco a una raza casi extinguida. Tampoco protegen a las especies animales.
Los agentes se miraron y sacudieron la cabeza.
—Vamos, don Lobo. Si nosotros no encontramos una respuesta para estas denuncias, enviaremos a los denunciantes directamente a hablar con usted.
—Que vengan. Ningún peligro correrán conmigo.
—Arreglen entre ustedes lo de la casa. No queremos más denuncias por cuentos viejos.
—Arreglaremos. Con un poco de paciencia, se las dejaré de herencia —dijo el animal con los ojos llorosos—. Ya no me queda mucho tiempo de vida.
—Pero, don Lobo, usted es eterno. No se preocupe —dijo uno de los agentes.
—A mis hijos todavía les cuentan esos cuentos en la escuela —agregó el más joven.
—¿En serio? ¿De verdad? —preguntó el lobo, sorprendido.
Y así terminó esta historia.
Los agentes regresaron al pueblo muy contentos. Llevaban un autógrafo del lobo para sus hijos y se fueron a discutir con los denunciantes.
Yo no pude enterarme de si la abuela y Caperucita, los tres chanchitos, la señora cabra y sus cabritos, y Pedro el pastor fueron o no a visitar al señor Lobo.
Creo que nadie les creyó demasiado.
Por eso el cuento…
ha finalizado.

