Vómito

Qué asco vomitar. Qué gusto asqueroso te queda, que dejo amargo en el paladar.

Y cuando no podes parar y sentís que tu vida sale por la boca a borbotones hasta desintegrarte?

Qué sensación angustiante. Qué cansancio y agotamiento te deja ese vómito que juntó tus tripas a tu alma.

La vida como que se iba entre arcada y arcada.

El alcohol? Indigestión?

No, palabras. Eso. Has logrado, alguna vez, vomitar sin poder parar palabras que te sacan el alma y la vida?

Es una sensación que debería de definir con mi psicóloga. Porque comenzás escribiendo casi con timidez y de pronto, viene el vómito. No alcanzan los dedos, las pantallas, los recuerdos, no podes ni querés parar de vomitar.

Exhausta, casi agonizando estoy.

Es un proceso: reconstruir para sanarme.

Escribir para afirmar mi verdad.

Veremos si la vida me da el tiempo necesario y si logro vomitar hasta la última gota de amargo rencor escondido bajo la careta mansa que he venido usando.

Algoritmo

Entró ella, la inconmensurable maestra, la extraordinaria maestra de las palabras, pero no entró majestuosa por mi puerta. Sabia y sencilla se sentó sobre mi cama y de inmediato sacó infinitos papeles escritos. 

A mi lado se turnaban mi hermana y mi mejor amiga de la adolescencia. Deseosas como yo de descifrar el contenido intrincado del tejido de palabras.

Masticábamos galletitas secas, la poeta también lo hacía, sin parar de mostrar los papeles y explicar. Faltaban palabras y había que encontrarlas, colocarlas en el lugar preciso y la puntuación tenía que ayudar, converger, hacer que parezca perfecto.

Sabemos que la perfección en palabras es algo diferente a un algoritmo de números y sin embargo, a mí la propuesta me parecía similar. 

El sol calentaba la habitación y nosotras nos debatíamos sobre el cobertor azul, cuáles eran esas palabras, dónde iban, cómo lograr la puntuación perfecta. Que ella, la maestra de todas las maestras, la favorita de las palabras nos hubiera elegido, me producía una sensación de alegría y miedo que no podría explicarla nunca.

De pronto los papeles se habían multiplicado y el afán de búsqueda era como una carrera en el tiempo. Alguien dijo que se nos acababa la oportunidad y me quedé como inerte. Estábamos concursando. Recién me daba cuenta. Nos había elegido a nosotras para estar en su equipo. Qué instante de sanación se produjo en mi alma.

Respiré hondo, sentí el aire apenas tibio, seguí buscando palabras pero ya sin afán, lo importante, lo feliz, era ese mínimo hecho: estaba eligiendo compartir y competir con nosotras. 

Qué buen despertar. Saludé al atrapa sueños con un sonrisa y una mano feliz. 

La más grande había estado compartiendo su arte conmigo y me trajo a mi hermana y a mi mejor amiga.

Si la realidad pudiera contagiarse de los sueños…

Sólo en los sueños los mayores talentos se juntan con la plebe y les permiten sentirse elegidas.

Las palabras

Soberbia pretensión: creer que se tienen.

Las palabras están viven se escapan.

Las palabras huyen.

Las palabras desaparecen.

Y una creyó, mucho tiempo,

que tenía con ellas un buen vínculo.

Una creyó que con ellas tendería

todos los puentes de comunicación.

Los del perdón, los del amor, los de

la ironía, los del entendimiento…

Nada, en realidad las palabras tienen

vida propia y están cuando quieren,

( o cuando pueden).

Estoy angustiada de palabras obstinadas

acurrucadas en algún lugar de mi cuerpo.

Se retuercen y no me salen,

al menos no salen las que deben,

ni cuando ni como quiero.

Errática y desencajada estoy

disparando de esta situación

que me tiene silenciada o casi,

que digo lo que no debo,

que me obligo a silenciarme porque

sé que las palabras, mis cómplices,

esta vez no pueden ayudarme.

De verdad he leído sobre el silencio,

he intentado ese método de dejarlo hablar,

de habitarme con una paz de silencio.

Y que este silencio sean mis palabras.

Reverenda estupidez. Pero por hoy:

no me quedan soluciones ni

esperanzas para expresar lo que quiero,

ni lo que ansió, ni lo que no quiero.

Solo el silencio me asiste.

Del silencio que seremos

Parafraseando a Faciolince en su libro “ El olvido que seremos”, me estoy preguntando sobre el silencio que seremos.

Seremos? Ya no hay millones de nosotros que lo somos, que no tenemos voz? Y ya no hablo de gritar derechos, sería demasiado, hablo de que se nos escuche en la pena, en la risa, en el llanto, en el pedido y en la gratitud; en nuestras hipocresías y en nuestras verdades.

Nadie nos escuchará. Hay una élite muy pequeña que se escucha y, como dioses del Olimpo, de tanto en tanto se dignan a escuchar a otros.

Somos un silencio atronador que no escucha nadie. Ni nuestro grito de vida al nacer, ni el de agonía al morir.

El silencio nos anula, quedamos a la intemperie de los sordos consecuentes y así moriremos.

El silencio también es nuestro aliado y pasamos desapercibidos que a veces, es la mejor manera de seguir vivos. Si te gusta ese estar vivo silencioso.

El silencio también es una forma de escuchar. Escuchar es una virtud de pocos. Hoy por hoy: quién escucha? Y qué es escuchar? Puedo oírte y no escucharte…

Lo cierto que en en esta sociedad hipercomunicada, donde todo se resuelve con un clic, hay un gran silencio que parece un ruido atroz donde nadie escucha a nadie.

Los lugares

Las ciudades y los lugares donde alguna vez estuvimos: guardan algún recuerdo de nosotros?

No puede ser que una ciudad, un barrio, una casa donde caminaste, viviste, fuiste… joven, se quede sin nada tuyo. En cada baldosa que pisaste con la insana risa, en cada muro donde te recostaste indolente, en cada habitación donde reías con ganas de ser eterno, dejaste una parte de vos…Dónde quedan pedacitos de tu alma, es tu pasado, tu estancia primitiva, tu paso indolente…

Recuerditos tuyos hay en un montón de lugares que ya no recuerdas. Estás seguro que esos lugares no te atraerán de alguna manera con su onda radiactiva de recuerdos?

El Aconcagua

Así de impresionante como el océano es el Aconcagua. Es finito y no parece tocar el cielo pero casi. Y yo siempre lo vi de lejos y de arriba cuando algún piloto te lo muestra. Y volando por encima como si fuera la gran cosa no se ve la majestuosidad.

Subimos en excursión y a mí me venían dos historias o mejor dicho, dos Libros a la cabeza: De los Apeninos a Los Andes, la historia del niño que sale de Italia y viene a Argentina buscando a su madre y Viven, la historia verídica de los sobrevivientes uruguayos del avión que llevaba un equipo de rugby desde Chile y cayó en la cordillera.

El laberinto montañoso ya es bello sin escrúpulos pero mirar de tan cerca el Aconcagua es otra vez, como frente al océano , sentirse hormiga de este planeta. Eso hace bien.

Me impresionó saber que cada año mueren muchas o muchos intentando escalarlo. No nos aconsejaron visitar el cementerio donde reposan, supuestamente, los desventurados.

Y mientras disfrutaba de esa inmensidad montañosa, de esa falla geológica, de la cordillera más joven del planeta, veía la inocencia de mis nietos en la nieve y el ciclo de la vida, blanco como ella.

Mis sentidos de vuelta a la infancia y ver el otro pico, el Tupungato, pero de la mano de mis padres. Entonces entiendo porqué insistí en traer mi hija, mis nietos.

El ciclo de la vida, volver al origen, a la infancia perdida, a los padres muertos, mirar con estos ojos intentando recuperar el asombro de entonces.

Volví…

Maldades oníricas

Maldades oníricas

¿por qué no soñar cómo todo el mundo

con mis muertos o con calles vacías?

¿con necesidades incompletas o

verdades develadas en quién sabe qué pasillo?

No, otra vez se me enroscan dos víboras

en los tobillos tallados de musgos,

otra vez las veo sutiles y rápidas

ejerciendo un poder ancestral

que me guía al centro de un espiral eterno,

una fuerza poderosa me lleva: estoy muerta,

más allá de las sombras la luz prometida

y la trampa de siempre:

siete puertas para elegir paraíso o infierno.

(no las cuento el número es símbolo)

Alguien a mi lado me arroja

(¿ángel o diablo?)

un manojo de finísimas llaves doradas

(¿ángel o diablo?)

Tengo que elegir con cuidado

cielo o averno,

tengo tan poco tiempo y

es tan difícil… que me despierto asustada:

¿por qué no sueño con mi

último libro leído o veo el rostro

de los que me amaron?