Maldades oníricas (3)

Yo era una palabra, no sé cuál,

( acaso importa?),

era un par de sílabas,

un sonido,

salía de una boca

y volaba por el aire

iba directo a una oreja.

La oreja no quería dejarme entrar,

tenía que volver a intentarlo…

Acción en cadena repetitiva

iba y venía de la boca a la oreja.

La boca se iba exasperando

me iba pronunciando en voz aullido,

en casi grito, luego en grito.

Entonces yo palabra, salía

volada, escupida, empujada.

Y la oreja nada, se resistía y me cerraba

la única posibilidad de ser oída.

Me desperté ronca esa mañana,

con la sensación de haber gritado

en silencio toda la noche,

y la angustia de que nadie quiso

saber qué palabra era…

Tampoco yo la recordaba…

Mi sombra (3)

Ser sombra de una sombra, destino o castigo, lo que sea. Dejé la casa sin luz, prendí unas velas viejas en los más viejos candelabros. Escarbé los cajones y descolgué las telas de arañas, di el aspecto de descuido y suciedad propicios. A la hora del crepúsculo, mi sombra, seducida por la tenuidad de la luz salía a bailar cada noche en el espejo de la sala. Ahí la esperé. Ahí la encontré, finísima y perfecta.

Intenté seguir su juego de bailes exóticos, de llamados ingratos en su vaivén lujurioso, fue terrible. En aquella penumbra, jugar a ser sombra de la sombra. De una sombra que sabe bailar, que sabe llamar, que sabe jugar, justo yo que soy tan triste…

He llegado a la conclusión de que para ser sombra de mi sombra deberé aprender a ser feliz, a jugar sin pensar, a dejarme llevar por sensaciones. Mientras tanto, vuelvo a sillón raído de la vieja sala, a mirarla, asombrada, enmudecida. ¿Cómo pudo salir de mí una sombra tan casquivana y transgresora?