Otras letras de otoño

Me sucede…
en estos días donde las hojas
me miran tiritando desde las veredas,
donde los vientos cambian sus rumbos
y se acercan
los tiempos de lluvias,
y me sucede en estos tiempos
que siempre coincide con
las mismas hojas del almanaque…

…tiempo previo al invierno:
mañanas tristonas
tardecitas diplomadas de noche
alfombras de hojas suicidas…

Entonces me nace, me hiere,
me convoca,
la mágica sensación de armar
líneas mientras se ríen las hojas
allá, afuera,
y desde este lado las palabras
surgen rápidas, raudas
anhelando amores o muertes
que a veces, suelen ser
la misma cosa…

… los fantasmas del pasado
siempre rondan mi casa
desde aquel día,
hasta el último que haya
de beberme,
andarán buscándome en
este equinoccio de soles
esquivos y brisas frescas…
… me quedo mirándolos,
esperando que sus recuerdos
me inspiren los versos
o los cuentos,
son ellos los que dictan desde
su presencia otoñal,
la locura de mis palabras…
me quedo aletargada, esperando
la llegada, los vientos,
las hojas y mis fantasmas…
los veo, mi mano corre rauda
sobre papeles y teclados,
los miro y me veo,
seré yo en algún tiempo
otro fantasma más que ambule
en esta vieja casa,
me miraré en mi propia foto
sin poder gritar
que ya fui,
buscaré las sombras de otros
que fueron conmigo para
que mi errar no sea solitario,
me miraré en los ojos
de mis hijos,
enredaré los dedos de mis nietos
tal vez hasta pueda
susurrarle a alguien palabras
que rasguen papeles
mientras cae el sol de una
tarde tibia…
…descansaré quizá,
porque esa sabiduría no la tengo,
y entonces,
la muerte, sería sin descanso,
otra cosa vana por la que esperamos
sin remedio.

Disimulemos

Carolina, tan perfecta. Tan bella, rubia, estilizada, sin granitos, sin frenillos dentales. Tan reina de los estudiantes. Y no era mala alumna. Es cierto que vos y yo éramos siempre las mejores. Pero Carolina era buena. Le alcanzaba y le sobraba para estar siempre entre las primeras.

Que nos sucedió a nosotras con Carolina? Fue su mayor experiencia con chicos, fue descubrir que muchas veces mentía o fue lisa y llanamente envidia?

Teníamos apenas dieciséis y ella casi alcanzaba la mayoría cuando nos conocimos. Terminaba ese año secundaria. Se iba a la Universidad. Salió reina de los estudiantes. Reina de la primavera y aún así aprobó el año y sus exámenes. Ese verano, le regalaron un mes en Punta del Este, para festejar todos sus éxitos.

Nosotras que siempre íbamos a la casita de tu tía en Valizas, nos picó la rabia. Punta del Este y con qué plata, nos preguntamos. Su casa era similar a la nuestra, clase media arañando siempre no caer más abajo, padre y madre trabajando mucho para pagarnos el Colegio privado.

Valizas en ese tiempo era apenas un esbozo de balneario con ranchos de paja en los techos, artesanos y pescadores. Ciertos grupos de adultos que preferían ese lugar tranquilo y mataban las tardes de playa con pelota y discusiones políticas. Todos zurdos, decía tu tía mientras se reía y vendía comida casera.

A tu tía le gustaban los zurdos, te preguntaba yo, siempre le gustaron, me confesaste. Si el marido estuvo preso un montón. Y dónde está tu tío, pregunté curiosa, se fue, me dijiste, se exilió y no volvió. Y justo, en ese momento que caía el sol rojo sobre una arena rubia y alocada, la vimos. Nos escondimos enseguida.

Era Carolina. Y nosotras estábamos en Valizas en el rancho de tu tía, no estábamos en Punta del Este. Era Carolina bronceada y esbelta, perfecta como siempre, tomando el último rayo de sol.

Esa noche nos quedamos hasta tarde preguntándonos qué hacer. Al final decidimos escondernos y esperar sus cuentos del verano en Punta. Después nos reiríamos en su cara.

Cuando faltaban unos pocos días para comenzar nuestro último año de secundaria, fue a despedirse, se iba a Montevideo a estudiar.

  • Y qué tal tus vacaciones en Punta- le preguntaste.
  • Ay, no saben lo que me pasó- bajó la voz- me enganché con un tipo mayor tan divino. Lleno de guita! Me llevó por toda la costa. Recorrimos todo y me regaló de todo. Hasta un anillo de oro. Pero se lo devolví… creo que se había metido mal conmigo.
  • Y nos quedamos mudas. Después que se fue divagamos entre si era verdad o mentira. La vimos en Valizas y justo el tipo estaba en otro lado. O era otra de sus mentiras. Congeniamos en que podía ser verdad pero lo del anillo, eso, no lo íbamos a creer.
  • Al año siguiente en Montevideo nos encontramos con Carolina. Ella estudiaba arquitectura y nosotras Literatura. Nos vimos varias veces. Siempre tenía historias con tipos. Un día se me escapó y le solté: sos media puta, no?
  • Me arrepentí enseguida. Me miró con desprecio y me dijo: vos sos una mojigata. Yo no cobro, che. Me acuesto con el que me gusta.
  • Y al que te regaló el anillo?- le preguntaste- ese te gustaba o le diste bola porque te llevó por todos lados?
  • Quedó con sus ojos almendrados fijos no sé dónde, no se acordaba. Me di cuenta. Después de unos segundos eternos reaccionó:
  • Ah, el de Punta del Este? Sí, me re gustaba. Este año voy de nuevo.

Así. Esa era Carolina. De malo no tenía nada. Salvo su pelo castaño claro,lacio y prolijo. Salvo su cuerpo perfecto y su cara hermosa. Y sus amantes y sus veranos en Punta del Este. No, no tenía nada de malo. Además de irle muy bien en la facultad.

Ese año volvimos a Valizas y por suerte tu tía, una santa mujer, había logrado hacernos un dormitorio. Teníamos privacidad y de noche, entrábamos y salíamos por la ventana. Nos íbamos a los toques de la playa, tomábamos sangría y fumábamos algún porro.

Una noche la vimos a Carolina. Tan espléndida como siempre, con una biquini diminuta, un largo vestido calado, tomando cerveza con un tipo que tenía una tabla de surf. Nos fuimos. Esa noche ni porro, ni sangría, ni buscar un chico para pasar a la acción. Nada. Reventábamos de rabia.

La buscamos en la playa al día siguiente. Y a la noche siguiente. Ni rastros. Hasta pensamos que era nuestra imaginación. Al final de enero la olvidamos porque hubo mucha sangría, porro y sexo. Nos sentimos todopoderosas y Carolina dejó de existir.

Fue tal vez en marzo, hacía un poco de frío en Montevideo y fuimos a una manifestación. Ahí estaba la bella Carolina. No queríamos que nos viera pero se acercó jovial, dando besos y abrazos ( como si alguna vez hubiéramos sido grandes amigas). La manifestación era en silencio, por las mujeres víctimas de feminicidios, pero ella se las arregló para contarnos que ese verano había aprendido a surfear y que estaba de novia.

Un mes después la vimos rubia y espléndida del brazo del profesor de surf, no nos arrimamos y ni siquiera queríamos saludar. Pero ella nos persiguió con sus gritos de mujer feliz, quería presentarnos al novio. Y tuvimos que conocerlo, sonreír, besar las mejilla, hacernos la simpáticas e incluso compartir un café.

Tuvimos que aceptar más tarde que el hombre era lindo, musculoso, con sonrisa amplia y cara de buena gente. Carolina estaba más linda, el amor la desbordaba.

Ese año el estudio estuvo duro, no salíamos casi y nos pasamos estudiando. En plenos exámenes de fin de año apareció Carolina en nuestra pensión. Tenía una sombra pálida en la cara y nos dijo que estaba estudiando mucho.

  • Ustedes van a Valizas en enero como siempre, no? Este año voy a ir a quedarme unos días. Nos podemos ver? Este año estreno tabla de surf.

Sonreímos las dos como bobadas encantadas, su majestad de la belleza visitaría en el balneario pobre, a las dos estudiantes pobres también. Toda una revelación y un festejo.

  • Y si no vamos este año?, sugerencia de tu parte.
  • Ah, no, tu tía nos espera siempre y es nuestro único mes de playa. No tengo novio que nos pague hotel en Punta- te respondí muy seria

Nos reímos bastante de nosotras mismas y nuestras niñerías con ese afán por odiar a Carolina, cuando en realidad, casi ni la conocíamos. No era nuestra amiga íntima y si lo pensábamos bien, nunca nos había hecho nada malo.

Verano de sol radiante en Valizas. Muchos chicos lindos. Ayudábamos a la tía con sus tartas y empanadas en la mañana, después en la siesta tomábamos sol sin clemencia. De tarde volvíamos a ayudar a la tía, le hacíamos todos los pedidos para el día siguiente. De noche, casi siempre nos escapábamos. Menos los fines de semana porque teníamos permiso para salir.

Un sábado apareció Carolina con un traje carísimo y una tabla de surf. Se instaló en la casa de mi tía y se puso a contar historias de olas y caídas que me colmaron la paciencia casi enseguida. Y vos te morías de risa, porque vos, mi amiga del alma, me conocías tanto que sabías que yo estaba que explotaba.

No solo se quedó más de lo necesario sino que anunció que esa noche íbamos juntas al toque y al baile en la playa.

  • No voy- te dije apenas salió.
  • Estás loca? Tengo una cita con Juancho el de la facultad. No seas mala, si no la aguantas ponele una pastilla de esas que toma tu tía para dormir y seguro el profesor de surf se la lleva drogui.

Eso, el profesor de surf, el novio. No lo había nombrado ni una vez. Extraño. A vos no podía fallarte, así que nos vestimos y nos fuimos. No sé porqué extraña razón metí en el bolsillo de mi short tres pastillas de la tía. Te tomé la palabra.

Era una noche hermosa, con una luna roja que salía sobre el mar. Cuando llegamos Carolina ya estaba algo tomada. Fue vernos y comenzar a llorar. Tema: el profesor de surf la había engañado, era casado, no tenía un peso y la había dejado sin despedirse. A mí no me hacía gracia oírla, la noche era diáfana, quería bailar, quería tomar algo, divertirme y que vos te fueras a tu cita con Juancho.

Se que habíamos entendido que odiar o despreciar a Carolina era un infantilismo de nuestra parte. Sé que debí tener al menos un poco de compasión femenina. Pero no me salió soportarla. Escucharla llorar borracha abrazada a la tabla de surf. Me pareció ridícula, me sentí usada y le metí las pastillas en el vaso.

Me fui a bailar con un argentino que tenía facha de gitano. Nos reímos mucho y nos besamos un poco a la orilla del agua. Cuando regresé me acordé de Carolina. La busqué y me inquieté. Dormida estaría, obvio, pero dónde.

  • Es que no sabemos ni siquiera con quién está ni dónde está parando- casi gritando me lo dijiste cuando interrumpí tus arrumacos con Juancho.
  • La gran feminista!- me dijiste vistiéndote y saliste corriendo y yo, atrás, llena de culpa y vergüenza.

Fuimos recorriendo los grupos preguntando por Carolina. Un flaco con cara de desquiciado nos dijo: se fue a surfear.

Por supuesto que no le creímos. Carolina alcoholizada y con diazepan encima, se habría dormido por ahí.

  • Odio decir esto pero hay que avisar a la policía- te dije después de una hora de búsqueda cuando una chica bastante sobria nos dijo que vio una chica alta que se metió al mar con la tabla de surf.

Y la buscamos. Y avisamos a las autoridades y al otro día salieron con lanchas de Superfectura.

Y nos enteramos que paraba en un camping muy barato y que se había registrado sola.

A los dos días te fuiste. Yo me quedé y esperé hasta que la encontraran muerta, ahogada y medio comida por los pescados.

Me arrepentí mil veces. Pero no valió de nada: ella está muerta. Si nos hubiéramos quedado: la hubiéramos detenido? Cómo pudo llegar al agua con todo lo que se tomó? Cómo podíamos imaginar que la espléndida Carolina podía intentar un suicidio? O no intentó un suicidio? Quién carajos sale a surfear de noche?

Pero quería contarte que el último trago, el de las pastillas, no se lo tomó. Por lo menos no se lo bebió todo. Porque al otro día el dueño del boliche de la playa me contó que el chico que hace los tragos, se durmió apenas empezó la búsqueda de Carolina.

  • Un insensible- me dijo- todos acá preocupados y este se acostó y durmió hasta hoy a mediodía. No sé qué se habrá tomado…

Entendes que se tomó el último trago de Caro? Me vas a culpar siempre? Te acordas que dijiste si no la aguantas ponele una pastilla de las de tu tía? Se me fue la mano con tres, es cierto… pero se las tomó el chico de los tragos! Estoy segura!

Vas a seguir sin hablarme? No vas a seguir estudiando como siempre conmigo?

Carolina fue solo seis meses a la Universidad. Sí, pregunté, me informé. Sus padres estaban separados.

Todo estuvo mal pero en realidad jamás sabremos bien quién era Carolina. Podes por favor volver? No puedo resucitarla, ni vos borrar nada de lo que pasó.

Te espero.

Arte femenino

Hacía mucho tiempo, cuando eran novios y ella no podía adivinar en qué se transformaría, hizo un chiste:

– Las mujeres que odian, te envenenan, no usan armas.

Será porque las mujeres tenemos menos fuerza, pensó ella y recordó los cuentos de Ágatha Christie.

Eugenia supo soportar durante años al hombre del cual se enamoró en su juventud. Parió sus hijos, abortó por una paliza el último, usó lentes oscuros la mitad del año para ocultar golpes, mintió en el hospital sobre las costillas quebradas y le mintió a su familia cuando ya era imposible ocultarlo.

Esperó con paciencia el crecimiento de sus hijas. Las dosis de arsénico que usó fueron bajas, cuando se despertó el tumor supo que ella lo había adelantado.

Cuando lo diagnosticaron e ingresó al hospital, simplemente se fue a su casa, le aprontó la ropa, hizo su propia valija y se fue.

La buscaron sus familiares pero solo las hijas conocían su paradero y nunca lo dijeron. No visitaron jamás al padre y llamaron a la madre después de su muerte.

– Fue el arsénico- repetía Eugenia a veces mirando en la lejanía.

– Fue el cáncer- contestaban sus hijas y terminaban sonriendo.

Espejos gemelos

Como vos y yo. Eran iguales, pero cada una tenía el suyo. Lástima haberlos comprado idénticos, como nosotras. Eso no fue inteligente.
Somos gemelas , alma y corazón en un puño, en el mismo útero crecimos y nos contemplamos.
Después pasó la vida. Carreras, maridos, hijos . A pesar del sufrimiento debimos separarnos.Y justo, antes de separarnos el triste juego de cambiar espejos. Me quedé con el tuyo y vos, con el mío.
Del otro lado del mundo mi espejo te mira y a mí el tuyo. Te avisa y me avisa y sabemos que nos sucede antes que los demás. Del otro lado del mapa, miramos el espejo de la otra y sabemos qué sucede, qué sucederá.
Hoy lloré frente a tu espejo desde el amanecer. Te veía sin vida.
Cuando a media mañana sonó el teléfono…ya sabía la noticia. Ya había reservado el vuelo. Ya te había visto muerta.

Otoño: vida y muerte

Cómo no podía ser de otra manera, tu aletear en la vida cesó cuando el equinoccio de otoño comenzaba. Porque casi siempre otoño es belleza pero tiene un toque de nostalgia y vos lo fuiste toda la vida.

Cuando me desprendieron de ti, en otro otoño, la melancolía y la nostalgia latieron un poco en el cordón antes de ser cortado; por eso me suele suceder, que me recorren por temporadas, sin permiso, sin aviso.

En aquel otoño donde tuve que ver tu cara y tu cuerpo en un cajón oscuro, sentí que algo de mi ya iba muriendo. Me arrepentí de tantas horas de insomnio que tuviste por mí, de cada vez que discutimos y de cada vez que te confronté.

Me hice la promesa de recordar las alegrías, los paseos, las charlas y los abrazos. Nadie existiría en la Tierra que pudiera disfrutar más mi felicidad y mis logros, nadie más sentiría mi dolor como propio.

Ahí frente a ese horrendo lecho de madera intenté cantarte una canción que te gustaba. A vos te gustaba escucharme cantar. Vos fuiste la primera que me inculcó el canto.

Otoño, soneto de hojas en despedida, vos eras así, como una hoja. Diste abrigo y frescor y melancólicamente fuiste poniéndote amarilla. Después decidiste caer y la tierra fue tu adiós melancólico y triste.

Madre, fuiste una hoja que partió el día que el otoño comenzaba. Me dejaste tantas cosas hermosas y tu amor tan sin igual que aún hoy, mi recuerdo sigue siendo nostalgia y melancolía.

Amo el otoño, su color, su aroma, las veredas llenas de hojas suicidas. Amo el otoño porque en uno de ellos nos vimos la cara por primera vez. Amo recordar que nuestra triste despedida también fue en otoño y eso, nos mantendrá siempre unidas en esta estación de colores ocres.

Reflexión sobre la muerte.

“Morir bien es morir a tiempo. No hay peor infierno que asistir a las exequias del propio deseo. Al funeral de nuestras pasiones. La muerte es por eso… lo que a diario nos acecha. Lo que nos esteriliza, lo que encallece la piel. La ausencia de propósito, la apatía, el desapego a los seres… Esa es la muerte que mata y no la que viene después. Por eso, imploremos que la muerte nos sorprenda sedientos todavía, ejerciendo la alegría de crear. Que nos apague cuando aún estamos encendidos.»

*Santiago Kovadloff

Llegaron las garzas

La mañana que comenzaron a llegar las garzas nosotros, los seis primos que siempre estábamos con la abuela, llegamos un poco tarde al río. Es que la abuela se había quejado toda la noche de un dolor de espaldas como si » cargara dos o tres muertos», dijo. Así que hasta que no le dimos un calmante y la dejamos en su cama confortable, no fuimos a la competencia de canotaje. Igual nos tiramos al río pero nos llamaron la atención las garzas. Paradas y sin miedo, casi sin volar ante nuestra presencia. Al regresar, en el ocaso, no las vimos.

Al día siguiente la abuela despertó en un grito de » diez muertos sobre mi espalda» y llamamos su médico que le dió calmantes y le dijo:

– No son muertos abuela, son sólo años…

– Qué sabrás- respondió ella mientras se adormilaba por la inyección.

Cuando la vimos calmada fuimos al río para ver el final de la competencia y nos llamó la atención cómo había crecido el número de garzas. Seguían tranquilas, prácticamente ni se movían de la orilla. Al oscurecer se fueron.

Al día siguiente fue necesario internar a la abuela que para entonces tenía más de cincuenta muertos en su espalda y fue el momento de llamar al resto de la familia.

Mientras la abuela seguía juntando muertos arriba de su frágil espalda nos íbamos enterando de la » invasión de garzas» como decían las radios, los diarios y el único canal de televisión del pueblo. Entre los quejidos de la abuela y la desesperación de la familia logramos ver en fotos y pantallas un río totalmente tapado de garzas. Algo insólito, pero nosotros sólo atendíamos el quejido de la abuela y los innumerables muertos que cargaba en su espalda.

Al amanecer del octavo día la abuela se sentó en su cama y con voz muy clara nos dijo:

– Ahora me los llevo conmigo.

Después se durmió plácida casi sonriendo, estiró su espalda y acomodó su cuerpo y fue dejando de respirar con lentitud. Cuando ya no respiró más sentimos el golpeteó de alas frente a los ventanales que daban al Oste. Las garzas, como la abuela, se retiraron.