Un vendedor de espejos en este siglo es una auténtica estupidez. Eso pensó el pueblo entero y esa noche, en la plaza, cuando el hombre armó su estand y comenzó a lucir sus espejos, no se arrimó nadie.
Pero el vendedor fue perseverante, toda la semana a la misma hora montaba su puesto ambulante de espejos. Al final los ganó la curiosidad y fueron visitándolo.
Nadie se quedó sin comprar un espejo. Era fascinante: llegabas y sólo con tu nombre, tu fecha de nacimiento y tu color favorito, te asignaba tu espejo. Y te lo comprabas.
Quién podía resistirse a un espejo que te mostraba tu infancia, tu presente y tu futuro?
El vendedor de espejos regresó al año siguiente y otra vez ofreció sus espejos mágicos. Y esta vez todo el pueblo compró uno para ver qué le anunciaba la fortuna.
Pero eran espejos normales qué solo reflejaban caras. Cuando fueron a quejarse, el vendedor asombrado, les dijo que era la primera vez que visitaba ese pueblo. Que jamás había vendido espejos «raros», que no sabía de qué le hablaban.
Hubo una gran discusión. El pueblo entero frente al vendedor de espejos. Ante la insistencia y los gritos, el vendedor dijo:
– Tal vez ustedes vieron a mi abuelo muerto. Dicen que era medio brujo y vendía espejos especiales. Lo raro es que hace años está muerto. Mi padre nunca vendió espejos y yo, el año pasado, al quedarme sin trabajo decidí probar suerte con lo que mi abuelo dejó. Pero no vine al Norte, estuve por el Sur…

